28 marzo 2022
Conde Olmos
22 marzo 2022
4 ½
20 febrero 2022
Manicaragua
En Manicaragua vivían las Gallart y los Donato. Herminia, la hermana mayor de Atlántida, llevó a los hijos de sus dos matrimonios a ese pueblo. Allí empieza o se acaba el Escambray, según de qué lado se esté mirando el mapa. Lérida fue a pasarse una semana en casa de Alicia Gallart, con sus primas Aya, Mermo y Milvia.
Estaban sentadas en el portal. Sin levantarse de los sillones podían ver la calle Oriente de principio a fin. Entonces apareció él, lleno de polvo y con una herida en la frente. Las muchachas le preguntaron qué le había pasado. Él dijo que cuando se hacen carreteras por esas lomas muchas cosas pueden salir mal.
—¿Y tú quién eres? —preguntó mientras se tapaba la cara con una mano para poder encender un cigarrillo con la otra.
—Es nuestra prima —dijo Aya.
—Vive en una estación de trenes —dijo Mermo.
—Se llama Lérida —dijo Milvia.
Serafín la sacó a bailar esa misma noche. Apenas hablaron. Cuando él la acompañaba de regreso a la mesa, le preguntó cómo podía llegar a su pueblo. “Pastilla de menta” empezó a sonar a todo volumen, los dos hacían señas para decir que no entendían nada.
Dos semanas después Serafín llegó en su Dodge a la estación de ferrocarril de San Fernando de Camarones. Le seguía de cerca una enorme nube de polvo. Lérida le preguntó qué hacía allí y él le respondió que había ido a pedir su mano. Se miraron a los ojos por un largo rato y luego se besaron por mucho más tiempo.
—Alicia dice que es un vividor —le dijo Atlántida mientras servía la mesa—, que la hija del médico del pueblo es su novia y que ya tienen fecha para casarse.
Lérida no dijo nada, tampoco se sentó a la mesa. Se acostó y estuvo dos días sin levantarse. Hay una foto, en el Liceo de San Fernando, donde se ve que Atlántida todavía está molesta con el noviazgo. Lérida y Serafín, sin embargo, mantienen sus frentes pegadas y se miran a los ojos, como si estuvieran a punto de besarse.
Un año después, en 1966, estaban mirándolo todo a través del vidrio trasero del Dodge, mientras la familia le decía adiós y ellos se alejaban en dirección al hotel Jagua, de Cienfuegos, donde pasarían su luna de miel. Una noche la llave se les quedó dentro de la habitación y él trepó por los balcones.
Nueve meses después nací yo, el 16 de julio de 1967. Ese día se celebra la fiesta del manicaragüense ausente y Serafín, en vez de estar junto a Lérida, en la Clínica del Maestro de Santa Clara, bailaba con Margarita, la hija del médico con la que no se casó. La orquesta Aragón parecía tocar solo para ellos.
—Siempre te dijimos que era un vividor —dicen que dijo Atlántida segundos antes de que me diera a luz.
Al otro día, cuando me cargó por primera vez, me lanzó hacía arriba. Dijo que él se iba asegurar de que a mí me gustaran el mar, las montañas, la pesca submarina, las huevas de pescado fritas y la orquesta Aragón. “¡Mi macho!”, dicen que gritaba cada vez que me iban a cambiar el culero y quedaba completamente desnudo.
El matrimonio solo duró seis años. Lérida se cansó de que él entrara a la casa cantando como Bacallao y preguntando quién ha visto por ahí a su novia Margarita. No recuerdo el día en que acabó todo, pero sentía una gran felicidad cada vez que me veía corriendo por el andén.
—Te vas a quedar a vivir aquí con tus abuelos —me decía Lérida enternecida en llanto.
—Sí, mami, sí —le respondía yo feliz, mientras un largo tren pasaba delante de nosotros.
—Yo me tengo que ir a trabajar a Cienfuegos, pero vendré a verte todos los fines de semana.
—Sí, mami, sí.
—Tienes que hacerle mucho caso a tu abuela Atlántida y a tu abuelo Aurelio.
—Sí, mami, sí.
—¿Me vas a extrañar?
—Sí, mami, sí.
19 febrero 2022
El último día de clases
El hallazgo de una carpeta con una las primeras versiones del libro Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes (2011), me ha permitido recuperar unas 12 viñetas que parecen escritas para Atlántida y no para aquel libro. Esa debe ser la razón por las que acabé descartándolas en aquel momento.
Esta, además de quedar perfecta al comienzo del capítulo “Julio”, me permite hacerle un pequeño homenaje a mi primo Ignacio Yero, quien falleció en Cienfuegos el pasado 5 de septiembre. Siempre recordaré a Papo y a su amada Lucía con mucho cariño.
17 febrero 2022
El gallinero
Este fue uno de los cuentos que deseché del libro Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes. Hace unos días di con él y me pareció que encajaba perfecto en Atlántida, en cuya edición y revisión trabajo. Ahora tengo que hacerle lugar en uno de los capítulos.
Era un pequeño rectángulo de mampostería con techo de tejas y pintado con cal viva. Escritas a mano alzada sobre su única puerta había tres letras: “P.N.R.”. Aunque era un cuartel, alguien dijo que parecía un gallinero y el nombre se le quedó. La celda tenía un candado del tiempo de España. Su llave era enorme y colgaba del cinto de Meneses.
Atlántida y Aurelio lloraban de la risa cada vez que Rao recordaba al muchacho de Cruces que sorprendieron robando azúcar dentro de una tolva. Según mi tío abuelo, las piernas le temblaban cuando pasó esposado por la esquina. Detrás de él, iba Meneses con un máuser.
—Así, así, así —decía Rao mientras movía las piernas como si estuviera bailando charlestón—. Temblaba, temblaba, temblaba.
Cuando llegaron a la puerta del cuartel, el muchacho intentó escaparse. Meneses trató de disparar al aire y el máuser reventó. Los dos se asustaron tanto que se tiraron al suelo. Todos los que vieron la escena se murieron de la risa, igual que Aurelio y Atlántida cada vez que Rao hacía el cuento.
—El muchacho aullaba, aullaba, aullaba —contaba Rao—. Aaauuu, aaauuu, aaauuu.
Según mi tío abuelo, esa noche no dejó dormir a nadie con sus gritos. Al otro día, cuando vino el Jeep de cuatro puertas de la policía de Cruces, los que viven alrededor del cuartel sintieron un gran alivio. “Esta noche podremos dormir”, se decían a través de los portales y de las cercas de los patios.
Según Rao, desde que construyeron el cuartel, Meneses solo sabía decir que el que no anduviera derechito se lo llevaba preso. “Ve y dile a Castellanos que te pele o te llevo para el cuartel”, “vístete como se visten los hombres o te llevo para el cuartel”, “apaga esa música americana o te llevo para el cuartel”.
No pocos viajeros acabaron en el cuartel. Meneses los esperaba en la carreterita para registrarles el equipaje. A un hombre que se bajó del tren de Cumanayagua le quitó un paquete de café y le dijo que lo acompañara. “¡Pal gallinero!”, susurraron los borrachos en el bar cuando los vieron pasar.
A un viejo que llegó de Potrerillo con un saco a cuestas le hizo tirarlo en medio de la calle y abrirlo. Eran frijoles negros. Después de decirle que ese saco debía de estar en Acopio y no en manos de un particular, le dijo que lo acompañara. “¡Pal gallinero!”, susurraron los borrachos.
Lo mismo le pasó a una mujer que venía de Sagua la Grande a cambiar botellas de cloro por cartones de huevos. Pero esa vez el único de los borrachos que dijo algo fue Cuquito Yero. “No seas abusador, chico —susurró—, con lo buena que está”. Meneses se detuvo y le ordenó a la mujer que hiciera lo mismo.
—¿Qué tu dijiste?
—¿Y a ti que te importa lo que yo dije?
—No le faltes el respeto a la autoridad.
—Qué autoridad, ni autoridad, tú lo que eres es un abusador.
Meneses le quitó las esposas a la mujer y se las puso a Cuquito, quien no dejaba de tambalearse y apenas podía unir los brazos. La mujer permitió que mi tío abuelo se recostara a ella para que pudiera mantener el equilibrio. “¡Pal gallinero!”, susurraron los borrachos.
—¿De dónde tú eres, mi vida? —preguntó Cuquito.
—De Palmira —respondió la mujer.
—Cuando salgamos de esta, te voy a hacer la visita para que me cueles un café.
—Vamos a ver si se callan los detenidos —gritó Meneses, mientras jugaba con la soguita donde tenía atada la llave del candado del tiempo de España. Cuando el Jeep de cuatro puertas se llevó a Cuquito para Cruces, los borrachos lo aplaudieron como a un héroe.
—¡Viva Cuquitooo! —gritó Cundunga.
—Si vuelves a decir algo, aunque sea media palabra —le advirtió Meneses—, te llevo para el cuartel.
—Al principio el gallinero no nos dejaba dormir —dijo Cundunga mientras le ponían las esposas—, pero ahora no nos deja vivir.

