15 abril 2020

La protesta de los títeres sin cabezas

Cada quien tiene el muro de Facebook que se merece, porque está hecho con los contenidos que producen sus amigos. Puedo asegurar sin temor alguno a equivocarme (nací y crecí en el absolutismo, si de algo sé es de eso), que el mío es una de las mejores publicaciones culturales que existen.
No tengo que salir de mi muro para leer algunas de las prosas de mayor calidad que se puedan encontrar en nuestra lengua. Los posts y las reacciones de Enrique del Risco, Ramón Fernández-Larrea, Néstor Díaz de Villegas, José M. Fernández Pequeño, Mabel Cuesta o Renay Chinea, por solo citar a los que más leí ayer, son un lujo que no se pueden dar muchos medios hoy.
Como si todo eso fuera poco, hace unas semanas entablé amistad virtual con Fermín Gabor, el nombre con el que Antonio José Ponte soltó su lengua (y la de su asociado). Desde entonces, no puedo parar de disfrutar y divertirme, mientras no quedan títeres con cabezas en el retablo de eso que llamamos cultura cubana. 
Ponte siempre se resistió a tener una cuenta de Facebook con su nombre, pero accedió a entrar en la red social como Fermín Gabor, de quien no se ha tenido más noticias desde que publicara sus lapidarias colaboraciones en La Habana Elegante, las cuales han sido compiladas por la editorial Renacimiento, seguidas de un Diccionario de La Lengua Suelta escrito por su socio.
La protesta de los títeres sin cabezas no se ha hecho esperar. El resurgir de los textos de Gabor y los nuevos aportes de Ponte, que le dan seguimiento y actualidad a los filtrados hasta el 2010, tienen al grito (expresión dominicana que me encanta) a la oficialidad de la isla (no me refiero a militares sino a escritores y artistas). 
Tan poco acostumbrados están a la pluralidad y tan cómodos se sienten en su autoengaño, que no son capaces de tolerar que alguien al fin llame a las cosas por su nombre. Los ataques a Gabor han venido de muchas partes de la geografía nacional. Solo las limitaciones impuestas por la pandemia han impedido el acto de repudio (o de susurros).
Un poeta municipal, dedicado desde hace años a la cursilería y el autoauxilio (que es la versión cubana de la autoayuda), fue uno de los primeros en reaccionar. “Algo de tan mal gusto no debería divulgarse”, dijo. Su mentalidad de divulgador provincial, tan habituado a la censura y la autocensura, lo traicionó.
Otros han advertido que eso es tentar al karma. Han acusado a las composiciones de Gabor y Ponte (herederos de Piloto y Vera) de chancleteo, chanchullo, chapucerías, chismes, choteos, chusmerías… Están a punto de agotar los oprobios que aparecen en la Ch (a propósito de diccionarios).
Un amigo que fue a La Habana, tuvo una larga conversación con un director teatral. “Yo sé hasta dónde pueden llegar ellos y ellos saben hasta dónde puedo llegar yo”, dijo refiriéndose al acuerdo tácito de los creadores con la dictadura y a esa raya que nadie se atreve a pisar.
Lo que los tiene desesperados ahora es que con Fermín Gabor las cosas ni se suponen ni se sobreentienden. Son o no son. Los títeres, aun sin cabezas, pueden mantener los movimientos por el retablo si alguien les mete una mano por debajo. Pero son incapaces de tener voluntad hasta para algo tan sencillo como llamar a las cosas por su nombre.
Además de que no pueden, los aterra.

12 abril 2020

Rudolf Häsler en Cuba, una historia de amor y terror

Rudolf Häsler y su esposa María Lola en Cuba.
Casi todas las historias que Diana me cuenta de los años que vivió en Cataluña, empiezan o se acababan en casa de su querida tía María Lola y sus primos Rodolfo, Alejandro, Ana y Juan Carlos Häsler. De todos ellos solo conocía a Rodolfo, por poemas suyos que, de una manera o de otra, me fueron cayendo en las manos.
Después supe que los otros hermanos también eran artistas. Ana, cantante lírica. Alejandro y Juan Carlos, pintores. Su padre se llamó Rudolf Häsler y fue uno de los maestros del realismo europeo del siglo XX. El año pasado, por fin fui con Diana a su casa en San Cugat del Vallés. 
Comimos con toda la familia. Diana se quedó en la sala con su tía, Ana y Juan Carlos. Yo me fui a la biblioteca con Rodolfo. “Uno vive muchos años para recordar días como este”, le dije a Diana mientras conducía de camino a Calella de Palafrugell, donde nos estábamos quedando.
Fue aquella tarde que nos enteramos de que Televisión Española estaba realizando un documental sobre Rudolf Häsler. María Lola anduvo toda la casa enseñándonos los sets de la filmación. Ayer por fin lo vimos (estará disponible en la App de TVE hasta el 20 de abril). El capítulo cubano es devastador.
Rudolf nació en Interlaken, en 1929. Fue maestro de escuela y trotamundos antes de conocer en Andalucía al amor de su vida, una santiaguera que lo llevó a Cuba en 1957. Su luna de miel fue un recorrido de un mes por toda la isla. Suficiente para que se enamorara del país y decidiera quedarse. 
En 1959, cuando triunfa la revolución, Häsler cree haber encontrado por fin el sentido que tanto buscaba y le ofrece todas sus en energías a una utopía que lo enamoró tanto como María Lola. Lo nombraron Director Nacional de Artesanía del INIT (Instituto Nacional para la Industria Turística).
—Nadie preguntó, de nosotros, que más puedo ganar —recuerda Rudolf Häsler—. Todos preguntaban qué más puedo hacer por este pueblo. Esto es la liberación de su ego. La creatividad en favor de otros, es lo más glorioso que un hombre en su vida puede vivir. Es la felicidad completa.
Su cargo equivalía al de un viceministro y tenía una nómina de 5.000 empleados. Era, después de Ernesto Guevara, el segundo extranjero con más alto rango en el gobierno. Pero el romance de Häsler con la revolución cubana duró poco. Su caso se parece mucho al de Heberto Padilla, solo que no consiguieron que Rudolf se hiciera una autocrítica.
La primera vez que le pidieron al Suizo (como le llamaban todos, incluido Fidel Castro) que se vistiera de verde olivo, se negó. “Jamás me pondré un uniforme militar que no sea el de mi país”, respondió. A la segunda negativa, sospecharon que era agente del enemigo. A la tercera, lo dieron por sentado.
Trataron de condenarlo en un juicio 
—Uno de los días más horribles de mi vida fue el día que me acusaron de todo lo imaginable —reconoce Rudolf Häsler—. Las mentiras más grandes. He vivido todo lo que se puede vivir en un sistema de terror como el sistema comunista.
Eligió hacer su propia defensa en el juicio sumario. Logró salvarse del paredón y, gracias a la embajada de Suiza, escapar de Cuba con su familia. Así fue como los Häsler acabaron viviendo en San Cugat del Vallés. Cada pared de la casa cuenta la historia de una familia que ha elegido siempre, después del amor y el horror, la creatividad. 
—La vida es un regalo, un gran regalo —se le oye decir a Rudolf Häsler en los segundos finales del documental—. La persona es completamente libre de hacer de esto una mierda o una fiesta.
Para mí es una fiesta ser parte de la familia Häsler, compartir su historia.

Serie de sellos cubanos diseñados por Rudolf Häsler.

08 abril 2020

Iraola y Wayacón

Frank Iraola.
Cuando me gradué de la Escuela Nacional de Arte (ENA), me enviaron de regreso a mi provincia a cumplir el servicio social. Eran los últimos años de la década del 80 y de la Cuba en la que habíamos crecido. Sigo recordando con mucho cariño a los amigos con los que compartí aquella experiencia.
Tampoco olvido a los que encontré en Cienfuegos a mi llegada. Dos de ellos, Frank Iraola y Wayacón (Julián Espinosa Rebollido), me revelaron una ciudad que yo desconocía: esa que se emborrachaba junto a los muelles, sin la más mínima esperanza y con los alcoholes de la peor calaña.
Iraola, como yo, se había graduado en la ENA, pero nunca quiso abandonar su ciudad. Eso fue reduciendo su enorme talento como pintor hasta dejarlo encerrado en el ámbito municipal. Wayacón, era un artista naíf que había sido descubierto por Samuel Feijóo.
Con aquellos dos pertinaces borrachos (que es algo muy diferente a un alcohólico) conocí muchos puntos de vista y códigos que me eran ajenos. Iraola tenía una gran cultura, pero prefería comportarse como un marginal. Wayacón, como buen discípulo de Feijóo, era un gran observador de las costumbres campesinas.
—¿Tú te has fijado que a las seis de la tarde los guajiros se arrebatan, rascándose las nalgas contra los troncos de las matas, lo postes de la luz, las paredes o lo que encuentren? —Me dijo un día muy serio—. Es que a esa hora los oxiuros bajan a comer.
Nunca se sabía si Wayacón hablaba en serio, en broma o deliraba. Al tratar de traducir sus estados de ánimo, Iraola creaba una confusión aún mayor. Estar junto a ellos en esos momentos, era andar por un mundo paralelo, que siempre acababa, curiosamente, en un popular verso dominicano.
—Total —recitaban a dúo—, si las palmas son más altas y los puercos comen de ellas.
En el año 90 me fui a vivir a La Habana y nunca más los vi. Pero a menudo me sorprendo repitiendo algunas de sus frases, como aquella con la que Wayacón se defendía cada vez que alguien le advertía de su extrema delgadez: “Todo guajiro que se respete debe tener un buen parásito en la barriga”.

Julián Espinosa Rebollido (Wayacón).

07 abril 2020

Viajeros inmóviles

Nos encanta viajar juntos. Siempre nos las arreglamos para sacarle el mayor provecho a los trayectos que hacemos. Cada vez que volvemos a casa somos diferentes a los que se fueron, porque las experiencias que vivimos acaban cambiándonos. 
Durante un doloroso tratamiento, en el que nadie se le podía acercar, me fui con ella a descubrir las rutas más intrincadas de los Everglades. Por esos días, fuimos hasta la estación de Tampa, a una hora señalada, solo para ver llegar el Amtrak. Otros trenes nos han llevado a noches que tampoco podremos olvidar.
Tratamos, incluso, de darle un sentido diferente a los viajes de trabajo. Es así que nos hemos quedado solos, en la madrugada de Murcia, frente a la imponente catedral, o hemos batido pañuelos en el aire de Salamanca, pidiendo una oreja más para ese gran artista que es Andrés Roca Rey.
Nuestro próximo viaje iba a ser a Concord, el pueblo de Thoreau. Habíamos reservado un hotelito muy cerca de la Laguna de Walden, donde Henry David se hizo una cabaña y vivió dos intensos años.  Estábamos releyendo sus diarios para conocer bien el terreno antes de llegar a él.
Pero la pandemia del coronavirus paralizó al mundo y nos tuvimos que quedar encerrados en casa. Todos estos días, sin ni siquiera poder ir a la Loma, también han sido un viaje. Nos hemos disfrutado más en todos los sentidos. descubrimos, incluso, nuevas formas de pelear y de reconciliarnos. 
José Lezama Lima solía decir que él era un viajero inmóvil, porque andaba el mundo entero a través de los libros, sin tener que levantarse del sillón que tenía en la sala de su casa. Diana Sarlabous es mi viaje. Ella es el mundo que recorro dentro y fuera de casa.

05 abril 2020

El mundo perdido de Cienfuegos Carga

Mi madre, como mis abuelos y sus tres hermanos, fue ferroviaria. Los Yero en los ferrocarriles eran como los Veloz en la televisión. Miraras donde miraras, había uno allí. En vacaciones me iba con mi madre a su trabajo. Era la estación de Cienfuegos Carga, un enorme caserón lleno de ferroviarios legendarios. 
Bernardo Zamora era el jefe de Terminal. Un hombre alto y bonachón, pero muy exigente, que no toleraba lo mal hecho. Su mesa de trabajo era enorme y, como tenía una amplia ventana al patio de la estación, se veía desde ella todo el movimiento de los trenes. 
Gracias a la reputación que me precedía como nieto de Aurelio Yero, Zamora arrinconaba la infinidad de papeles que tenía sobre la mesa para que yo jugara en ella. Martinito me regalaba paquetes de boletines usados (que los conductores recogían antes de llegar a la última estación) y esos eran mis trenes.
El Abuelo, cuya familia había sido dueña de una famosa cafetería, me traía bocaditos de jamón para la merienda (¡los mejores que me he comido en mi vida!).  Cuando ya ponía cara de aburrido sobre la mesa de Zamora, Macho me llevaba al patio a jugar con los trenes de verdad.
Así fui varias veces, sobre una vieja y destartalada locomotora alemana, hasta lo último de Reina, donde la línea acababa hundiéndose en la bahía. Me emocionaba cuando aquel tren de combustible desembocaba en la avenida y se abría paso entre guaguas, camiones y rastras. 
Marino Vega, el maquinista, me sujetaba con una mano, mientras conducía con la otra, para que yo pudiera sacar la cabeza. Lugones, Arambares y Serralvo (quien para mí era Rafelito, porque estaba casado con mi tía Cary), comprobaban mis conocimientos haciéndome preguntas del Reglamento de Operaciones.
—Este va a ser el mejor de los Yero —vaticinaba Arambares, poniendo a brillar cadenas, anillos y dientes de oro. 
—Ese niño no falla —le decía Lugones a mi madre cuando me llevaba de regreso a su oficina—. Dile al viejo Yero que va a ser tremendo ferroviario.
Aunque todos se equivocaron en sus predicciones, acertaron en algo mucho más importante: en el sentido de pertenencia que me inculcaron. En 2011, cuando volví a Cuba después de 10 años, llevé a Diana Sarlabous a conocer la estación de Cienfuegos Carga, donde el niño que fui vivió muchos de sus días más felices.
El edificio se había derrumbado y no quedaba ni rastro del mundo que hubo allí. La tarde caía sobre Cienfuegos y me fui a caminar por el herbazal que había donde antes estuvo el patio de la estación. Zamora, Martinito, El Abuelo, Macho, Marino Vega, Lugones, Arambares y Serralvo iban conmigo. 
Ustedes no me creerán, pero fue como se los cuento.

Diana Sarlabous en las ruinas de la estación de Cienfuegos Carga, 2011.

Mi tío Aldo Yero Mosteiro en las ruinas de Cienfuegos Carga.