09 abril 2026

No tengo imágenes de Brno

Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga,
llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde.

Todavía en el andén de la estación Budapest Nyugati, mientras esperábamos la orden de abordar el tren que acababa de llegar, pensé en Brno. Trataré de hacer la mayor cantidad posible de fotos, me dije. Después de revisar todas las paradas que haríamos, esa era para mí la más importante.
Había leído el nombre de la ciudad en las contracubiertas o las solapas de algunos de mis libros preferidos. De hecho, llevaba uno conmigo, con la intención de empezarlo a releer en cuanto el tren se pusiera en marcha. Intentaría acabarlo en el destino, donde estaríamos tres noches.
Brno, actual República Checa, 1929. Eso se lee al comienzo de las síntesis biográficas de Milan Kundera. Cuando yo todavía no había salido de Cuba, antes de poder conocerla en persona, nadie me explicó mejor la libertad que él. Era comprensible: él huyó de un país totalitario, yo nací en otro. 
Aunque padecía a diario la opresión, no fui de verdad consciente de ello hasta mi primera lectura de La insoportable levedad del ser. Allí los personajes eran sometidos al mismo horror que nosotros. Muchas de las cosas que yo veía como normales dejaron de serlo.
Quería retratar el paisaje de Brno, quedarme con imágenes de sus casas, sus árboles, sus andenes, todo lo que apareciera en la ventanilla. Cuando apareció como próximo destino en el vagón, retraté la pantalla. Poco después, una voz anunció, primero en checo y después en inglés, que estábamos llegando.
Me imaginé a Teresa y a Tomás en aquel escenario. Por fin podía ver, en persona, un paisaje como el que los rodeaba a ellos. Ya en Praga, descubrí que no había hecho ni una sola foto. Solo miré. No tengo imágenes de Brno. El pueblo de Kundera, como el mío, sigue siendo un recuerdo abstracto en mi cabeza.

07 abril 2026

María cumple 20 años

María retrata el puente de Carlos y el Moldava
desde lo alto de la torre. 

Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba. 
En el medio del bosque vi un bulto. Era María, que había salido antes. Entonces todavía era una niña y le pregunté qué hacía allí.
—Vine a ver qué le pasa a Laika.
—¿Y no te dio miedo salir sola? —le pregunté desconcertado.
—Cuando tú estás cerca yo no tengo miedo —respondió y volvió a la casa.
Antes de ayer, mientras cruzábamos el puente de Carlos, en Praga, me miró retadora.
—¡Tenemos que subir juntos a la torre! —me ordenó.
Hoy cumple 20 años. Es una estudiante sobresaliente de periodismo y comunicación digital, pero cuando le preguntan qué quiere hacer cuando se gradúe, lo resume en una sola palabra: escribir.
Cuando ella está cerca yo tampoco tengo miedo, por eso mis rodillas lograron vencer los 138 escalones de la torre del puente de Carlos.
¡Felicidades, Pori!

27 febrero 2026

Incógnito por La Habana


Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta. 
Avanzo, página a página, sin perder la esperanza de poder meter los pies en la piscina donde Ava Gardner se bañó desnuda. No recuerdo un viaje tan fascinante a Cuba desde mi última relectura de "Tres tristes tigres". Gracias, Antonio José Ponte, por eso.

01 febrero 2026

Talín, Camilo y Estrella



Talín era nuestro vecino más cercano. Su casa estaba del otro lado de las dos líneas que pasaban frente a la mía, que era la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Todas las tardes él pasaba a conversar con mi abuelo. Entonces los vecinos solían reunirse al final del día.
A esa hora, mi abuelo y yo leíamos, un sillón al lado del otro. En esa época, también, los niños pasábamos mucho tiempo junto a nuestros adultos. A mi abuelo Aurelio no le gustaba que lo interrumpieran cuando leía, pero Talín gozaba del privilegio de poder hacerlo.
Luego me fui a estudiar a La Habana y mi abuelo murió, pero Talín se quedó con la costumbre de cruzar las líneas y pasar por mi casa cuando ya se había bañado, entalcado y puesto la ropa de por las tardes. Siempre que me encontraba, me pedía lo mismo: 
—Camilito, trata de conseguirme el libro de Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón.
Se puso muy feliz el día que se lo regalé. Entonces, dejó de pasar por mi casa. Lo veía desde el andén, bañado, entalcado y sentado frente al pozo de su casa, leyéndole en voz alta a su esposa Mercedita, que a esa hora terminaba de cocinar y empezaba a poner la mesa:
Un campo maravilloso,
lindo sol que reverbera,
sublime brisa campera,
cielo azul y suelo hermoso.
Un valle verde y gracioso,
una montaña intrincada,
una límpida cañada
y una espléndida vivienda,
todo eso es la gran hacienda
de don Patricio Moncada.
El libro hoy está en manos de Dulce, la hija más linda de Marino Pérez, el pocero y curador de vacas (lo hacía tanto con medicinas como con rezos). Me hizo llegar una foto de la cubierta del libro y de mi dedicatoria. Me llama la atención lo escueto y respetuoso que fui. Así éramos entonces con los mayores.
Después que Talín murió, mi madre me decía que a veces escuchaba su voz ronca y estruendosa. Eso solía ocurrir en el Paradero de Camarones: cuando alguien dejaba de estar, los demás necesitaban oírlo, presentirlo, seguir creyendo que aún andaba por ahí. 
Gracias a Dulce, volví a oír a Talín.