03 julio 2015

Campos de fresa para siempre

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Para algunos de los críticos más exigentes, “Strawberry Fields Forever” es una de las mejores canciones de los Beatles. Fue compuesta por John Lennon y recuerda el jardín de una casa donde él jugó de niño. Fue lanzada en un disco de 45 rpm junto a la inolvidable “Penny Lane”.
“Déjame llevarte a allá,/ porque voy a los campos de fresa./ Nada es real y no hay nada para perder el tiempo./ Campos de fresa por siempre”, susurra la voz de Lennon con el tambor de Ringo siguiéndole los pasos. Roque Díaz nunca ha oído esa canción, sería impredecible su reacción si se le habla de rock sicodélico.
Mucho antes de que amaneciera salimos de Santo Domingo. Diana, junto a un equipo de BonAgro, sostendría un encuentro con uno de los campesinos que más ha colaborado con la empresa desde su fundación. Cuando se trata de intrincarse en el Cibao, sea por la razón que sea, me las ingenio para hallar una excusa y enrolarme.
Aunque la carretera de Casabito siempre promete una densa neblina, esta vez estaba excesivamente traslúcida. Allá abajo, en el fondo del valle, una presa era un espejo del mundo abisal. En el colmado de don Roque aún sonaba una bachata de la noche anterior. El café ya estaba servido.
Sus manos callosas son como su sentido de la hospitalidad, siempre están al alcance del que llega. Quería hacerle una entrevista, pero es tan elocuente que tuve que ahorrarme las preguntas. La primera planta de fresa que sembró se la llevé a un señor que las trajo de California. Todas las otras han sido por idea de don Alfonso Moreno.
“A don Alfonso le debo todo lo que soy. Porque él me dio el mejor consejo que se le puede dar a un hombre: usted viva de su propio trabajo. Recuerdo como si fuera hoy el día que me dijo eso”. Que sea un individuo rudo, acostumbrado a doblegar a las montañas para que produzcan, no quiere decir que no llore, incluso que sea de lágrima fácil.
Durante décadas, Roque Díaz ha cosechado las fresas con las que Bon, una de las marcas más queridas por los dominicanos, hace sus concentrados de frutas naturales. Entre los surcos de su plantación, haciendo equilibrio en la empinada loma, ofrece lo mejor que él sabe hacer: “Vea, pruebe esa fresa, vea qué calidad, esta tierra es milagrosa”.
Cuando uno lee la prensa dominicana, rara vez encuentra en sus páginas a gente como Roque Díaz. Los corruptos, los mesiánicos, los ególatras, los manipuladores y los parásitos, aunque son una minoría, siempre se las ingenian para acaparar los titulares y las portadas.
Para hombres como don Roque, que han producido felicidad por casi medio siglo, apenas hay espacio. A Altagracia Genao, su mujer, la felicidad se le ve en el rostro, pero se trata de algo que ella no sabría expresar, porque el estado natural de las cosas no necesita explicaciones.
Ella es quien nos dice que don Alfonso Moreno era como un padre para Roque: “Mire, uno a veces tiene todo lo que necesita al alcance de sus manos, pero no es capaz de producirlo, porque nadie te dice cómo hacerlo. Eso fue lo que hizo don Alfonso. Nos ensenó que estas montañas, si uno las cuidaba y las sembraba, nos harían ricos. No ricos de dinero, sino ricos de verdad… ¡Y eso es lo que somos!”.
Roque Díaz no sospecha que él vive dentro de una canción de John Lennon, tampoco le hace falta. Las bachatas y los merengues típicos que suenan en su colmado son más que suficientes. Lo demás, se lo dan la montaña y Altagracia, las dos mujeres de su vida.

Las cosas que una madre no le puede transmitir a su hijo en Cuba

El régimen de Cuba es muy efectivo a la hora de comunicar sus cada vez más escasos logros. A pesar de que la vida cotidiana de los cubanos es un infierno y que el indicador que más crece en la Isla es el de las ruinas, tanto físicas como morales, siempre se las arreglan para encontrar un titular que estremezca al mundo.
Un ejemplo de ello es una pregunta que hace BBCMundo en su portada del pasado 1 de julio: ‘¿Cómo se convirtió Cuba en el primer país en eliminar la transmisión del VIH de madre a hijo?’. La declaración ni siquiera lo da un funcionario de la dictadura, sino Massimo Ghidinelli, jefe de la unidad de VIH de la Organización Paramericana de Salud (OPS).
“Es un logro enorme para Cuba, para su sistema de salud que esperamos pueda llegar a otros países de la región”, dijo Ghidinelli. Todo el reportaje está plagado de elogios. Aunque su titular es una pregunta, en ningún momento se cuestiona cómo un país que se cae a pedazos logra de una manera tan fácil algo que es muy difícil hasta para los ricos.
En su obnubilación, el reportaje desperdicia la gran oportunidad de seguir abundando en el resto de las cosas que una madre jamás le puede transmitir a su hijo en Cuba. Empezando por la más elemental, que es la de enseñarle a ser un hombre libre y a crecer defendiendo siempre su derecho a expresarse con libertad.
En un país donde los libros de textos tienen fotos de Fidel hasta donde se habla de los protozoos, una madre, bajo ninguna circunstancia, podrá hablarle a su hijo de los miles de contagiados con el VIH que fueron separados de sus familias y escondidos de la sociedad.
Por eso hablar de los logros del régimen en la lucha contra el VIH siempre será una falacia, si no se recuerdan aquellos ignominiosos sanatorios donde muchos jóvenes de mi generación fueron confinados a la fuerza por el resto de sus vidas.
Las cosas que una madre no le puede transmitir a su hijo en Cuba son muchas, pero la mayoría de ellas son difíciles de comunicar y resultarían muy incómodas. Sobre todo en un momento como este, donde hasta el Papa Francisco solo quiere oír la parte bonita del cuento.

01 julio 2015

Orden de Tren

Con la bahía de Cienfuegos cubriéndonos las espaldas.
En el Reglamento de Operaciones de los Ferrocarriles de Cuba hay una regla suprema que deroga todas las demás. A través de ella, los despachadores de trenes pueden desobedecer al Itinerario y hacer que su decisión final anule las órdenes de vía anteriores.
Mi vida con Diana Sarlabous ha llegado a un punto, en que creo necesario emitir una orden muy parecida a las que mi tío Aldo Yero le daba a los trenes que circularon por los años más felices de mi provincia. Con ella, establezco prioridades y jerarquías en la tráfico de mis sentimientos.
El pasado deja de tener vigencia cuando pierde la capacidad de afectar el futuro. Por eso todos los poemas que escribí antes del 4 de julio de 2011, en que por fin encontré a la mujer que siempre estuve esperando, están dedicados a ella. Esta Orden de Tren abolirá a todas las anteriores. 
El viaje de ahora en adelante solo tiene sentido junto a mi Cucha. En la locomotora o el cabouse, en el estación de partida o en el andén de llegada, con muchísimo retraso o en hora, apenas me basta con estar a su lado.
Todo esto viene a cuento porque hoy me pasé el día entero armando cosas en nuestra nueva casa. Con el sonido del taladro como música y con dos haitianos como compañeros de labor, pensé mucho en mi vida con Diana y quise regalarle todo lo que he escrito. Justo por eso, insisto, esta Orden de Tren deroga todas las demás.


vvv

Cuando Diana Sarlabous se leyó este post, escribió algo en su muro de Facebook que quiero reproducir aquí, porque me regala una razón más para decir lo que digo.
Portal de la casa de los abuelos de Diana en El Cristo.
"Salí de ese paraíso cuando tenía cinco años. Todos los días pasaba por la línea del tren de mi pueblo, El Cristo, para ir a la escuela. Cuando llegamos a Santo Domingo, no encontré nada que me recordara a mi país, salvo el olor a brea de los postes del tendido eléctrico. Un día, cuando tenía unos 6 años, iba de la mano de mi padre por un calle de la Zona Colonial y pasamos por unos de esos postes con intenso olor a brea. Miré a papi y le dije: "¡Me huele a Cuba!". En realidad me olía a las líneas del tren que todos los días cruzaba en mi pueblo para ir a la escuela. ¿Entienden ahora por qué amo tanto a El Fogonero?. Él es la única vía de volver al paraíso que una vez perdí."
                                                                                                                        Diana Sarlabous

El miedo de Titón, las vacaciones de Antonio Castro

En una fecha tan temprana como 1963, Tomás Gutiérrez Alea escribió ‘Alineación’, una pequeña viñeta que Mirtha Ibarra incluyó en el libro Titón, volver sobre mis pasos:
Al principio de la Revolución recuerdo que tenía una gran sensación de seguridad y de integración con la sociedad. No me interesaba ganar dinero, y lo que ganaba lo entregaba a la Reforma Agraria o a cualquier otra necesidad de la Revolución.
Poco a poco me voy sintiendo más acorralado por el monstruo burocrático que engendra la Revolución y cada vez menos en consonancia con la comunidad. Una necesidad de atrincherarse y de hallar seguridad. Alienación trágica. Ahora, para mí, el dinero cobra una importancia como futuro de seguridad que no había tenido nunca antes.
Antonio, el hijo menor de Fidel Castro, no vivió ese momento épico en que su padre instauraba una revolución socialista para un hombre nuevo, al que no le interesaba ganar dinero. En cada aparición pública y en cada fotografía suya que se publica pareciera esmerarse en que le reconozcan como el Paris Hilton de los Castro.
En la última semana han circulado las imágenes de sus lujosas vacaciones en Turquía, donde sus guardaespaldas agredieron a la prensa que se acercó a fotografiarle. ¿Cómo escribiría Titón hoy su 'Alienación', qué diría de la Revolución que lo convidó a integrarse y a desprenderse de todo lo material?
El miedo de Titón y las vacaciones de Antonio Castro son dos contrastes perfectos para explicar las entrañas del régimen instaurado en Cuba el 1 de enero de 1959.