15 julio 2016

NORGE ESPINOSA: “Extraño a las personas que han sido para mí La Habana”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

El día que conocí a Norge Espinosa dormimos juntos. Viajamos a La Habana, invitados al Festival de El Caimán Barbudo, y nos alojaron en un hotel de la Unión de Jóvenes Comunistas. Ninguno de los dos había cumplido 20 años. Tener que compartir la habitación, gustos y lecturas, le dio origen a nuestro cariño.
Desde entonces, lo admiro como poeta, como individuo y como cubano. No conozco a nadie que logre, como Norge, hablar durante horas sin usar ni una sola muletilla. Aunque nunca publico en El Fogonero párrafos con más de cinco líneas, tuve que hacer una excepción en su caso. Él habla de corrido y los que le conocen me agradecerán esa concesión.
Hace unos meses estaba en el aeropuerto de Miami, esperando el vuelo que me traería de regreso a Santo Domingo. Oí, desde una fila contigua, un “¡Camilo Venegas!”. Era su voz inconfundible. Me llamó como si estuviera en un escenario y no en una sala de espera. Ese es el Norge que quiero; alguien para el que la realidad, sea cual sea, es puro teatro.

“Vestido de novia” fue un acto de desaforada valentía en un país intolerante y homofóbico. Hablo de la Cuba de finales de los 80. Te recuerdo claramente, en el portal de El Caimán Barbudo, leyendo en voz alta, con orgullo un desconocido para mí. Como conoces mejor que nadie al Norge jovencito que escribió el poema, ¿puedes presentármelo como si hoy fuera aquella noche?
Eran los años 80 y estábamos en Santa Clara, uno de los panteones literarios, como solía decir en broma Bladimir Zamora para recordarnos que por esos días, no solo se escribía buena literatura en La Habana, sino también en Matanzas, Camagüey, Holguín o Santiago de Cuba. En esa ciudad medio adormilada, estaban las personas que definitivamente le dieron un aire que adelantaba a la Santa Clara de hoy, con una vida nocturna más ágil y tolerante, y más atenta a otras maneras de vivir y, sobre todo, querer y dejar vivir. Frank Abel Dopico (ya van dos personas a las que menciono en este párrafo que acaban de morir, y por eso trato de escribir estas líneas sin que me tiemble la memoria o la mano), fue esencial en mi descubrimiento de la poesía y el teatro. Yo tenía todo por delante. Y tuve su generosidad, y la de otros que en aquella ciudad se reconocían como poetas y locos o iluminados, de acercarme a ellos. Los oí leer y discutir sus textos. Vi numerosas funciones de espectáculos como El hijo, Molinos de Viento, El alboroto, (y aprovechaba la cinemateca provincial para ir aprendiendo ciertas cosas, no solo por lo que advertía en la pantalla. Yo era delgadísimo y feo, con aquellos espejuelos de cristal tan grueso. No sé si leía “Vestido de novia” con orgullo. Sospecho que lo hacía con pasión: esa cualidad que me ha sido tan útil y a ratos tan costosa. Mi madre leía novelas de misterio mientras yo procuraba los poemas de autores que ella nunca conoció. A ella le debo el sentido del humor, la fidelidad a lo que creo pueden ser algunas verdades, y el gusto por el arte. En aquel tiempo todo era sencillo y promisorio. Lo único que puedo decirte es que no estaba ni remotamente preparado para todo lo que vendría después.

Quiero que sigas, por una pregunta más, en la piel de aquel Norge. ¿Quiénes te ayudaron más a reafirmar tu identidad, en qué espejos te mirabas, con qué ojos?
Ya he mencionado a varias de esas personas que hicieron mucho en Santa Clara. Llegué a La Habana con “Vestido de novia” bajo el brazo, y esa fue una carta de presentación que me enlazó a personas que me hicieron saber que ello no bastaba, que un buen poema puede ser escrito en circunstancias incluso accidentales, pero que un buen poeta es el resultado de muchos días y muchas noches. Rafael Alcides, Sigfredo Ariel, Abilio Estévez. A todos ellos les debo algo. Abilio me encauzó en la ruta de Virgilio Piñera, y aprender de él una imagen de Virgilio me ha servido de mucho para evitar lecturas ingenuas del menos ingenuo de nuestros escritores. Hizo más, me condujo a lecturas, a preguntas interesantes. Él estaba cerca además de Roberto Blanco, director de Teatro Irrumpe, que en aquel momento me interesaba tanto. Acudir a ensayos de Irrumpe, ver a actrices y actores como Hilda Oates, Lilian Rentería, Omar Valdés y otros en plena faena, me ayudó a ir más allá de lo que aprendí en la Escuela Nacional de Teatro, en la cual, bueno es decirlo, tuve buenos profesores. Había tertulias en El Caimán Barbudo, que más que una revista era un estado de ánimo. Con todos ellos aprendí, entre otras muchas cosas, a no dar nada por sentado, a mantener despierto el sentido crítico que aún me acompaña, y que en esa generación a la que llegué casi en el último minuto, fue siempre una señal provechosa. Hoy hemos retrocedido a la egomanía de los halagos y a las formas versallescas del elogio hueco. Por eso no hay crítica literaria en Cuba. Casi ninguna crítica. Y créeme que, habiéndome formado en un gusto natural por el diálogo y la discusión, es algo que extraño muchísimo.

He visto lo que escribes en las redes sociales cuando sales y cuando entras. Disfruto tus reportes desde diferentes puntos del mundo y digo que me gusta la mayoría de las veces que comentas algo. Cuando vuelves a La Habana, sin embargo, se produce un largo silencio. Ayúdame a superar los problemas de conexión, explícame lo que de verdad significa volver después que uno se ha ido.
Cada vez es más difícil regresar. Lo siento en mi cuerpo y en lo que pesa la memoria. Regreso a La Habana y sigo estando conectado, discretamente, dentro de lo poco que se puede hacer en Cuba. Creo que me preparo para regresar a las huellas inevitables de la crisis, a las carencias que nos han acompañado tanto que algunos ya las creen hasta parte de sus vidas y no una rémora. Pero no lo estoy para enfrentarme a la cara de mi madre o de algunas personas, en las que reconozco un desasosiego o un agotamiento que cada vez es más visible. Regreso a una Cuba en la que también han desaparecido personas que, al irse, se llevan también un modo de conversación, un giro en el habla, un gesto que nadie podrá repetir ante mí: puertas cerradas en una ciudad que se va haciendo más agreste y más ruidosa, y en la cual respiro poca poesía. Aquí están, por suerte aún, algunos de mis amigos y maestros. Vuelvo a una Cuba donde Carlos Díaz y Rubén Darío Salazar hacen buen teatro, donde Antón Arrufat y Ramiro Guerra siguen desatando controversias, donde persistir en el rescate de ciertas memorias y figuras es una labor estimulante, a pesar de todas las dificultades. Me hastía la bulla, la falta de respeto a la privacidad de los otros. Me doy cuenta de que ya, a mis 45 años, hay códigos que la gente joven maneja que empiezan a serme extraños, y que esa juventud apenas conoce autores y artistas sin los cuales no seríamos los mismos seres humanos. En esa Cuba los cuerpos y los deseos tienen precios también peligrosos. Vuelvo a una Cuba sabiendo que tendré que reaprender algunas de esas fórmulas de mercado rudimentario y barato con el cual el país renegocia su historia, su día a día, y también su supervivencia. Algunas páginas saldrán de eso, me digo, para creer que no se trata solo de sufrir ello sin más.

Más de una vez has dicho que vives en país donde la homofobia te golpea “cada día en muy distintas y no siempre sutiles expresiones”. ¿Cómo has logrado defender tu homosexualidad en ese contexto sin hacer concesiones ni dejarte utilizar?
La he defendido siendo lo que soy y sin máscaras. Alguna vez un escritor cubano, comentando mi trabajo como activista y promotor de lo homoerótico en las artes del país, me dijo: hay que tener cojones para hacer eso. Para mí se trata de una responsabilidad que me permite conectar visiones, estados de ánimo, proyectos de una imagen en la que, amén de lo sexual, reconozcamos calidades que nos identifican. La homofobia es tan peligrosa como la idea de un país que parece aceptar acríticamente lo que representa un valor distinto del deseo. Por ello me molesta el trabajo que algunas entidades han empezado a proyectar, intentando que los gays y lesbianas de la Isla, o los que llegan aquí, no conozcan a fondo la historia de persecuciones, acuerdos, conflictos y traumas que nos acompañan en ese devenir. Eso me ha ganado adeptos y muchos enemigos, no pocos de ellos con mucho poder (o que se creen poderosos, algo ridículo en un país donde el verdadero poder lo detentan unos pocos). En la Cuba que viene, muchas otras cosas cambiarán para mal o para bien. El escenario que es el país ahora está rediseñando a toda prisa su imaginario, tratando de ofrecer imágenes muy blancas que eludan ciertos debates impostergables, o que resulten complicadas para el extranjero que nos piense como un mercado inmediato. Ser homosexual en Cuba no es más ni menos difícil que en muchas naciones del mundo. Pero ser homosexual en Cuba sin poder tener algún dominio sobre lo que esa comunidad de personas ha aportado a la Nación, sin conocer a fondo sus luchas, sus rechazos y pareceres, nos hace personas mucho más desarmadas y vulnerables. No quiero que me represente nadie que no haya tenido conmigo una determinada complicidad. O que hablen por mí personas que no me hayan preguntado nunca cosas esenciales, ni que esperen de mí solo lo políticamente correcto que ya esté contemplado en sus agendas. También en eso soy un soldado solitario. Fue mi obra quien me identificó como un escritor homosexual. Dentro de ese compromiso con lo escrito, seguiré obrando, hable o no directamente acerca de ese tema, en la Cuba que he sido y en la Cuba que vendrá.

Eres un testigo de excepción y un sobreviviente de muchas “cubas” y de muchas “habanas”. Del pasado, ¿a qué le echas más de menos? Del futuro, ¿a qué le temes más?
Extraño a las personas que han sido para mí La Habana, y ya no a la ciudad misma. Extraño a Abilio Estévez pero sé que está en Barcelona, una ciudad maravillosa, y que allí no ha dejado de escribir ni de encontrar nuevos lectores. La Azotea de Reina María Rodríguez eran ella y los poetas que, escuálidos gatos letrados, subían a por un poco de libertad bajo aquel cielo de los años 90. Esas cosas extraño: encontrarme a Antonio José Ponte en una calleja de La Habana, o subir la empinada escalera de la casa de Abelardo Estorino para hablar con él o Adria Santana: una actriz a la que cada día recuerdo con mayor admiración. Y también me pasa eso: no he vuelto nunca más a la casa de Estorino tras su muerte, porque no quiero encontrarla vacía de lo que él fue. Me ocurre lo mismo cuando tengo que irme hasta las remotas cúpulas del ISA a sabiendas de que Armando Suárez del Villar no va a estar allí. Delante del Hotel Monserrat, pienso en Reinaldo Arenas, a quien no conocí, y en Bladimir Zamora, al que extraño tantísimo. Y lo mismo me sucede cuando regreso al Gran Teatro de La Habana y no encuentro en su portón a Alberto Acosta-Pérez. Extraño a las personas porque de ellas dependen diálogos, provocaciones y deseos. A Marianela Boán, por su talento y por la mezquindad de este país que no le ha regalado aún el Premio Nacional de Danza que tanto merece. A Carucha Camejo, porque en la tarde de Nueva York que me regaló a su lado, oíamos a Benny Moré y ella hizo de ese encuentro un instante memorable. Me acompañan muchos fantasmas, vivos y muertos, del teatro y la literatura de este país. Estoy empezando a entrenarme en el duro arte de las despedidas, porque ya sé que muchos más comenzarán a faltarme. Me desquito en esa Habana futura cumpliendo algunas promesas, como las de editar las Memorias de Ramiro Guerra, quien me hizo jurarle que cumpliré esa labor. Volviendo al teatro, más allá de mis manías y resquemores, para ver qué hacen los nuevos dramaturgos. En La Habana futuro, imagino un lector y un espectador que vendrán a preguntarme por mis nuevas páginas o mis nuevas obras. Pienso en ello para librarme de lo que temo pueda pasar en esa Habana, la del mañana, que se prefigura en la avalancha de turistas y hoteles carísimos, donde tal vez nuestros padres o nosotros mismos no podamos entrar. Le temo a una Habana que no piense en sus personas, en sus habitantes. Le temo a un País que olvida la importancia de cada uno de sus ciudadanos, y que se arrastre mesiánicamente en pos de señales menos provechosas. Mi hora preferida en La Habana es el amanecer. Ha pasado la noche, y ya se sabe que la noche en La Habana es un amasijo de riesgos y deseos. La Habana, como una mujer que aún se sabe de algún modo hermosa, se repone de todo ello y se dispone a continuar, alzándose sobre sus propios despojos. Esa energía no le falta a La Habana. La contiene de un modo que la hace única, y que nos impulsa, por encima de ausencias y carencias, a creer que es posible un día más. Un nuevo día más. Hasta que se acabe el mundo.

13 julio 2016

ABILIO ESTÉVEZ: "Empecé a sentirme todo lo libre que podía cuando conocí a Virgilio Piñera"

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

Mi primer encuentro con Abilio Estévez fue en la librería de Cienfuegos. Conocí su cara en la contraportada de Manual de tentaciones. Por 40 centavos me llevé un ejemplar conmigo. Recuerdo que salí a la calle leyéndolo y no pude parar de hacerlo.
Me senté en un banco del Prado y no me levanté hasta llegar a la última hoja (para decirlo al modo de O. Henry). Luego, en La Habana, lo conocí de verdad y desde entonces tengo que agradecerle muchísimas cosas, desde largas conversaciones y libros hasta una enseñanza que me ha servido de mucho.
Una vez me invitó a comer pizza en lo alto del Focsa y, cuando terminé, solté el cuchillo y el tenedor campesinamente.
—La señal de que uno acaba —dijo inclinándose sobre mi plato— es poner los cubiertos en paralelo sobre el plato, en la posición de las cuatro y veinte.
Desde entonces, cada vez que hago eso, recuerdo a Abilio. También lo recuerdo por su literatura, por su inteligencia, por su valentía y, sobre todo, por el gran cariño que nos tenemos.

Conocí y disfruté al Abilio Estévez habanero. Caminé junto a él por su ciudad, era como un pez en el agua. ¿Cómo lograste llevarte a La Habana que necesitas contigo, cómo puedes escribirla tanto sin tenerla en verdad delante?
Como bien dices, la caminé tanto, la disfruté y padecí tanto, que ya no necesito “tenerla delante” para escribir sobre ella. Siendo yo un niño, acompañaba a mi madre a sus viajes de compras semanales, por las calles Galiano, Reina, Monte, Belascoaín, Obispo, San Miguel... Mi recompensa era un juguete que ella me compraba en los portalones del Palacio Aldama, y una merienda en cualquiera de los Ten-Cents de Galiano o de Monte (al de Obispo íbamos muy poco).
Luego, cuando ya me permitieron salir solo, la caminaba por el mero placer de caminarla. Había pocas cosas que hacer salvo leer y ver alguna película en un cine con aire acondicionado bien fuerte. De modo que caminar la ciudad se convirtió en una aventura. Siempre había algo que descubrir. La Habana, pues, formó parte de mi infancia, de mi adolescencia, es decir, de mi aprendizaje.
No soy niño, ni adolescente (como se puede comprobar fácilmente) ni estoy en La Habana. Pero mi niñez y mi adolescencia están “incorporadas” (no encuentro una palabra menos fea) a mi vida actual de señor de sesenta años, del mismo modo que aquella Habana. Como decía la sabia de Flannery O'Connor, todo el que haya sobrevivido a su infancia y adolescencia, tiene tema para escribir el resto de su vida.

Te gusta recordar la frase donde Elías Canetti asegura que “el mundo ha sido siempre un mundo de proscritos”. ¿de qué le ha servido a Abilio Estévez ser un proscrito?
Creo que exactamente Elías Canetti recomendaba la utilidad de que cada hombre sintiera la condición de exiliado alguna vez en la vida. Apartándonos de que a veces no es necesario abandonar el país para sentirse en el exilio, yo con toda sinceridad creo que para un escritor es una condición de privilegio. Se pasa mal, muy mal; a veces hasta parece que estás a punto de tirar la toalla y que eso que llaman “desarraigo”, y que aunque parezca una ñoñería algo de verdad tiene, a veces tiende a lo insoportable. Sin embargo, es una experiencia única, ahí es donde de verdad tiene lugar la “revelación”: te das cuenta de que tus únicas raíces están en los libros que lees y has leído y en los libros que escribes y has escrito.

La libertad es un tema recurrente en ti, muchos de tus personajes la buscan de una manera o de otra. ¿Cuándo Abilio Estévez encontró su libertad, cómo la ha defendido?
Bueno, la pregunta es un poco grande. No sé si me respuesta estará a la altura. La verdadera libertad es para mí escribir lo que me da la gana, cuando me da la gana, sin pensar en consecuencias (buenas o malas). Pensar en las consecuencias viene después.
En Cuba, consistía en burlar la censura y dominar el miedo y la autocensura. Acá, consiste en evitar la tentación de ser un escritor cuyos libros aparezcan en las estaciones de metro o en los aeropuertos. Para vivir sin peligro y con mucho dinero, hay otras ocupaciones algunas honrosas y otras no tanto.
Hay quien dirá que digo esto con el resentimiento de ser un escritor que vende poco. No me interesa convencer a nadie, pero estoy convencido de que para ser verdaderamente libres, los escritores sólo pueden tener la ambición de usar las palabras para hacer un poco más misterioso ese misterio que hay ahí, cuando se abre la ventana.
Quizá empecé a sentirme todo lo libre que podía cuando conocí a Virgilio Piñera. Era un hombre que sabía ser dolorosamente libre. Su libertad fue como si de pronto se abriera una puerta tremenda por la que casi no sabía cómo entrar yo, a mis veintiún años.

Una vez, en una noche de rones y conversación, te oí decir que una de las peores consecuencias de la revolución es que había privado a los cubanos del acceso al placer. Como he citado tanto esa frase de memoria, me gustaría tenerla más argumentada y por escrito. ¿Me complaces?
Trataré de tener el placer de complacerte. Un poco en broma y un poco en serio, siempre he visto la revolución como una versión de la Contreforma que salió del Concilio de Trento. ¿Te acuerdas de aquel maravilloso cuento cruel de Villiers D'Lisle Adam, “La esperanza”? Salvar al ciudadano haciéndolo vivir en un apropiado Valle de Lágrimas a la espera del Paraíso (futuro, como es lógico).
“La tierra será el paraíso, patria de la humanidad...”, decía La Internacional. Vivíamos mal, comíamos mal (sin sabores; los condimentos los inventó el diablo, decía Stephen Dedalus), vestíamos mal, teníamos poco que hacer con nuestras vidas, el plan de vida se limitaba a muy pocas cosas. Nos iban despojando de cosas cada día, nos hacían vivir con muy poco.
Había que construir la nueva sociedad y su habitante, el hombre nuevo, a base de interminables sacrificios. No es nada extraordinario. Todas las utopías que se proponen convertirse en realidad terminan en los mismo. Aunque yo cada día me convenzo más de que ni siquiera se trató de hacer real la utopía. Fue algo más simple y más duro: el afán de poder.
Me parece extraordinariamente despiadada esa frase según la cual “hay que destruir al hombre para salvar al Hombre”. Nos quisieron quitar el placer de vivir. Sólo nos permitieron el placer sexual porque para eso el poder, por supuesto, no les alcanzaba. Tendrían que haber usado castración química, con la consecuencia de que no nacería nadie más. ¿Gobernar en un cementerio? ¿Para qué?
Por supuesto, cortábamos caña, bebíamos agua de los porrones y dormíamos en hamacas, mientras aquellos que nos enviaban a los campos se bebían sus copitas de Chivas. Como en el siglo XIX, vaya. No sé si esto sirva como ciencia política. Así es más o menos como lo veo.

En una entrevista dijiste que “ya no tiene importancia volver o no volver, porque a lo que de verdad quisiera regresar es a los buenos momentos que viví. Y eso, hasta donde sé, es imposible”. Si un día eso llegara a ser posible, ¿a qué Cuba regresarías, a quienes saldrías a buscar, dónde quisieras encontrarte con ellos?
No, eso no podría llegar a ser posible. En la novela sí; lo hizo Rulfo; pero en la realidad, que siempre es más pobre... No, no es posible. Ni siquiera podría regresar a los potreros de la Minina, en Bauta, o a un lugar muy hermoso, en Güira de Macurijes, donde fui instantáneamente feliz, porque aun considerando que esos lugares se mantuvieran intactos, tengo, entre otras cosas, falta de calcio y la vista un poco cansada.

11 julio 2016

El árbol de Croix-des-Bouquets

La mañana que volé sobre Haití, en mi viaje definitivo a Santo Domingo, me mantuve mirando por la ventanilla de Il62M. En el poema Itinerario, que es el último de mi libro homónimo, dejé por escrito esa experiencia:

Salí de Cuba el 30 de noviembre de 2000.
Estaba nublado y apenas distinguí el primer trecho de costa norte.
Intuyo que una mancha azul Prusia
–estancada por un rato en el borde del ala izquierda–
era la bahía de Cienfuegos.
Los contornos de la isla se veían grises
y pronto se perdieron entre el océano y la nubosidad.

Ya sobre Haití todo se aclaró.
Pasamos justo por encima de La Citadelle
y poco después las continuas aldeas eran perfectamente visibles.
Un grupo de hombres ínfimos decía adiós sin moverse,
sus brazos extendidos semejaban el muñón de Mackandal.
Es muy probable que entre todos aullaran sus conjuros desconocidos
(con alas, con agallas, galopando o reptando).

Pondré aquí la fecha del regreso.
Aunque lleguemos debajo de un aguacero torrencial
y en el aire de Camarones
esté flotando el arcaico olor de la caña quemada,
seré estricto:
el día, el mes, el año
y el ruido monótono del mar que me sale al paso por todas partes.

Fue Julien Dalbin, un querido amigo francés que tiene un gran amor con los árboles dominicanos, el primero que me habló de los artesanos de Croix-des-Bouquets.  “Hacen maravillas con tanques de 55 galones”, dijo mientras abría los brazos como él suele hacerlo cuando quiere decir que algo es muy importante.
Para nuestra cabaña en la Loma de Thoreau, Diana y yo ya hemos conseguido un ángel (al que llamamos Mackandal) y un árbol. Como un homenaje a Los gobernadores del rocío y a El reino de este mundo, ese será el símbolo de nuestro refugio.
Esos cuatro sinsontes de latón nos cantarán en silencio todas las mañanas, cuando el rocío de la cordillera sea quien gobierne a nuestro alrededor.

09 julio 2016

¿De quién nos quejamos cuando nos quejamos?

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Como estoy a punto de cumplir 49 años, me ha caído encima una crisis existencial. Ya no soy joven, pero siento que todavía no he envejecido. Afortunadamente, hace poco leí una entrevista a Joan Manuel Serrat que me ayudó bastante.
“He logrado envejecer sin convertirme en un adulto”, responde el autor de “Cada loco con su tema” cuando le preguntan sobre su edad. Muchos a mi alrededor, que también rondan los 50, han solucionado su dilema tratando de vestirse y comportarse como los jóvenes de hoy.
Eso, según ellos, les permite mantenerse al día y enmascarar un poco las arrugas, la caída del pelo y esos dolores súbitos e insoportables. Estoy en total desacuerdo. Cuando uno se empecina en tratar de ser lo que no es, al final solo consigue hacer el ridículo.
Según los que se encargan de definir esas cosas, pertenezco a la generación X, que son los nacidos entre 1965 y 1979. Nadie, en ninguna otra época, ha visto más cambios en el mundo como nosotros. Cuando llegamos, todo estaba igual que cuando lo hicieron nuestros abuelos y nuestros padres. 
El mundo de nuestros nietos, sin embargo, será radicalmente diferente. Vengo de una época en que vivíamos a diario una escena impensable hoy: Mi familia se sentaba todas las noche frente a la televisión y permanecía junta hasta que llegaba la hora de irse a dormir.
La oportunidad de compartir la vida cotidiana con mis abuelos, me enseñó a buscar en ellos la respuestas a la mayoría de mis preguntas. Esa puede ser la razón por la que Zygmunt Bauman, un anciano de 91 años, sea quien mejor ha sabido explicarme el mundo actual. 
En mi mesita de noche hay actualmente tres libros de Bauman. Aunque ya los he leído, los sigo abriendo al azar para que él me recalque cosas, tal como hacía mi abuelo. “¡Mucho fundamento!”, me advertía Aurelio. “La vida tiene que ser real, no virtual”, me insiste Zygmunt.
En uno de sus libros, Bauman profundiza en el tema de las redes sociales y en la legitimidad de las comunidades que se crean en ellas: “Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en zonas de confort, donde lo único que oyen es el eco de su voz”, dice. 
Eso me hizo pensar en la epidemia de quejas que ha infectado a las redes. Para muchos es suficiente con hacerse de un entorno donde puedan hacer pequeña catarsis de 140 caracteres. Tanto placer nos produce la queja, que cuando alguna cosa está bien nos resulta poco atractiva, inservible. 
Algunos han llegado al paroxismo de lucrar con sus seguidores para que sus quejas parezcan todavía más relevantes. No les importa buscar soluciones, no les interesa compartir aportes. Para ellos basta con el acto simple de la queja por la queja.
“Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es muy fácil evitar la controversia en ellas”, advierte Bauman. En efecto, basta con decir lo que pensamos y cerrar la ventana. No tenemos que esperar por la respuesta. De hecho es muy probable que nadie responda.
¿De quién nos quejamos cuando nos quejamos? ¿No será de nosotros mismos? ¿Cuántas veces al día hacemos justo eso que en la redes repudiamos? Denunciamos la corrupción sin antes asegurarnos de que nunca contribuimos a ella. Criticamos el caos vehicular, pero no contabilizamos las infracciones que cometemos cada vez que salimos a la calle. 
Esos son solo dos ejemplos y esta fue una catarsis de un individuo que está a punto de cumplir 49 años, de alguien que está envejeciendo y no consigue ser adulto. 140 caracteres siempre me parecerán insuficientes para contar estas cosas. 

07 julio 2016

IVÁN CAÑAS: “Nunca me interesó retratar el Capitolio ni el Malecón”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

© Sergio Cervantes
El cubano se ofrece cambió mi manera de mirar a a mi pueblo y al mundo que me rodeaba. Antes de conocer ese libro de Iván Cañas, la belleza de mi entorno era invisible para mí. Viendo sus fotografías, descubriendo los detalles de cada imagen, aprendí a ver lo que la abúlica vida de provincia me ocultaba.
Si soy del todo honesto, debo reconocer que en mi escritura, sobre todo la que tiene que ver con las descripciones de mi pueblo y el mundo de los ferrocarriles, hay una notable influencia de la mirada de Iván Cañas y de su modo de entender esos paisajes humanos.
No tuve la fortuna de conocerlo en Cuba. No fue hasta hace poco que por fin anclé en su muellecito de Miami y, junto a Diana y Alba, brindamos con Brugal, nos abrazamos y compartimos historias hasta que la madrugada pasó por el río.  

La Zafra de los 10 Millones es un momento épico (y catastrófico) de la historia de la revolución cubana que está ejemplarmente documentado con tus imágenes. ¿Cómo lograste permanecer en los cañaverales con una cámara mientras los demás andaban con machetes?
La Zafra de los 10 Millones fue un evento único en la historia contemporánea de Cuba. Todos los recursos del país se pusieron en función de ese fracaso económico y social.
Tuve la suerte, como fotógrafo, de ser seleccionado junto a dos viejos colegas y amigos de la revista Cuba, Luc Chessex y Enrique de la Uz, para cubrir durante unos dos meses el desarrollo de la zafra en Oriente.
El protagonista de mi reportaje, como siempre, fue el cubano de a pie, el cortador de Caña. Mis imágenes, las de Chessex y De la Uz, vieron la luz en un número de la revista Cuba y en una expo en el Museo de Bellas Artes.
Luego, debido al fracaso sonoro de esta costosa aventura, aquellas imágenes no volvieron a ser divulgadas.

Cuba es el gran tema de tu fotografía. Aunque fuiste, eres y seguirán siendo un gran fotógrafo, allí dejaste lo que mejor sabías mirar. ¿Cómo te las arreglas sin mirar a Cuba a través de un lente?
Llegue a estas playas a comienzos de 1992 y comencé inmediatamente a tratar de volver a lo mío. No fue muy fácil que digamos. La fotografía en blanco y negro, la que conozco, la que amo, ya apenas existía. Todo era color y las diferencias son enormes.
No obstante, logré volver a hacerme de un cuarto oscuro y a los 2 ó 3 meses hice mi primera exposición personal aquí en Miami. Tuvo una cobertura de prensa muy decente y poco después comencé a colaborar como free lance en la Editorial América, una empresa que producía unas 40 publicaciones en español.
En esos momentos se fotografiaba en color, pero aun no existía el mundo digital. No era la fotografía que yo tanto amaba, pero era fotografía. Y ahí seguí...

Los cubanos que retrataste, en verdad, parecían ofrecerse. ¿Cómo hacías para que posaran con tanta naturalidad para la historia de la fotografía cubana?
El cubano es muy comunicativo y eso facilitaba mi acercamiento personal al sujeto a retratar. Mi técnica era conversar algo con ellos antes y después pedirles que miraran a cámara y fotografiarlos.
Como se observa en mis retratos, en realidad no son fotos posadas. Los fotografiados no están rígidos ni molestos. Me regalaban su imagen a partir de una comunicación mutua. Ellos se me ofrecían y de ahí el título de mi primer libro.
Como sabes, la maqueta original de El Cubano se ofrece forma parte de la Colección Permanente del Museo Reina Sofía, lo cual es un honor para mí... y para los todos los que se ofrecieron.

La Editorial Verbum acaba de publicar un libro sobre censura y revolución, a partir del caso de la revista Cuba. ¿Cómo fue tu experiencia en esa mítica publicación?
La autora de ese libro es Minerva Salado, amiga de toda la vida. Fue Jefa de Redacción y periodista de la revista Cuba, donde compartimos oficios durante 10 años y comenzamos una amistad que ya ronda el medio siglo.
La revista Cuba, que luego se convertiría en Cuba Internacional, dejó de circular en la isla en 1969 y se enfocó al exterior. Este hecho determinó que la censura y la intromisión del gobierno en el contenido de la misma, fuera mucho mas leve que en el resto de las publicaciones.
Tan es así, que la enorme mayoría de los periodistas, fotógrafos y diseñadores de la revista no éramos militantes, ni del Partido ni de la Juventud comunista. Cuando nos comparábamos con los colegas de otras publicaciones, nos sentíamos afortunados de nuestro carácter “internacional”.

Si tuvieras la oportunidad de volver a retratar a la Cuba actual como pudiste hacerlo con la de los 60 y los 70, ¿qué imágenes irías a buscar?
Creo que volvería a hacer lo mismo, retratar al cubano que se ofrece. Nunca me interesó retratar el Capitolio ni el Malecón, siempre me fascinó la cubanía y ella está hecha del hombre de a pie. Ese es mi país. Lo volvería a retratar con mucho gusto.

¿Puedes regalarle a los lectores de El Fogonero una foto inédita de un cubano que se ofrece?
Sí, claro. Esta es absolutamente inédita. Es un vendedor clandestino de pájaros en los alrededores del Mercado Único. Habana, 1971.
© Iván Cañas.

06 julio 2016

Queridos cumpleaños

Hoy, 6 de julio, es el cumpleaños de Marta Valdés y Mario García Haya, dos de los cubanos que más he querido. De Marta oí y a Marta la oí muchísimo antes de conocerla. Mi abuelo Aurelio, que era un incondicional de los antiguos trovadores cubanos, reconoció la tradición hasta Marta.
Cuando quería enfatizar algo, repetía una palabra. Eso explica por qué, al oír alguna canción de Marta, elevaba su jaspeado vaso soviético rebosado de ron refino y fijaba la vista en el potrero: “¡Ella es la última de los grandes grandes!”, exclamaba.
Cuando conocí a Marta ya él había muerto. Esa debe ser la razón por la que he soñado varias veces que llego al Paradero de Camarones en un Moscovich Aleco y que saco de su maletero a Marta, guitarra en mano, cantando "Tú no sospechas", "Sin ir más lejos", "Palabras" o cualquiera que hiciera llorar a mi abuelo.

De Mayitín también puedo contar muchas historias, pero como él siempre prefiere recordarlas en familia, reproduzco el mensaje que acabo de mandarle por WhatsApp:
No sé si sabes que naciste el mismo día que Marta Valdés.
Te quiero mucho, Mayi. A ti, a Soraya, a María Eugenia, a Maguín, a Lala, a la gata y hasta al conejo, que es con quien menos he interactuado. Cuando nos vemos mucho, cuando nos vemos poco y cuando no nos vemos, ustedes son para nosotros nuestra familia. Es por eso que solo te deseo felicidad y muchos, muchísimos años de vida.
Entra ahora mismo a Spotify y oye el disco de Haydée Milanés cantando las canciones de Marta en vivo. Creo que no hay mejor regalo para tus 50.
Hoy, 6 de julio, es el cumpleaños de Marta Valdés y Mario García Haya. Y aquí estoy yo, celebrándolos.