31 marzo 2015

Los Venegas

De izquierda a derecha: Serafín (mi padre), Paulino y Cipriano (mis tíos).
Sentado, Lázaro (mi abuelo).
(Pubicado originalmente en Diario de Cuba)

Los Venegas se extinguieron

como el oso mexicano,

los delfines del río Chino

o el ciervo de Schomburgk.

Las mujeres perdieron

la memoria 

y las ganas de vivir,

los hombres resultaron 

tener un corazón de cristal.

Sus nombres, raros 

y siempre compuestos,

no alcanzaron a mi generación.

La elegancia rural de su apellido

quedará suprimida

cuando nuestras hijas den a luz.

 

Fueron mambises, 

carreteros,

bodegueros,

desmochadores de palmas,

alzados,

maquinistas de barcos

y, 

por encima de todas las cosas, 

borrachos empedernidos.

Conservo una foto donde los varones

posan junto al viejo Lázaro.

Más que un padre 

junto a sus hijos,

parecen una manada.

Paulino, Serafín y Cipriano

miran a la cámara con arrogancia,

convencidos de que Cuba

era el lugar perfecto

para perpetuar su especie.

 

Pero los Venegas 

acabaron extinguiéndose

como el oso mexicano,

los delfines del río Chino

o el ciervo de Schomburgk.

Ninguno pudo intuir

la desaparición de su hábitat.

Todo sucedió de golpe:

Un día el último de ellos

salió a su portal

y ya no reconoció a La Habana.

Ni siquiera es posible 

dar con sus tumbas.

Se borraron como se borra 

todo lo que la humedad 

irrespirable de la Isla

pudre, ahoga o derriba.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tienes el porte de tu padre, sin duda.