5 mar. 2011

Doña María Ugarte

Conocí a María Ugarte en la sala de su casa. Fui por unos minutos, a pedirle una colaboración para Pasiones (la revista cultural de El Caribe), pero acabamos teniendo una larga conversación. “¡Caramba, si se hizo de noche!”, dijo ella cuando advirtió que la tarde de Santo Domingo ya no estaba entre nosotros.
Me envió su texto con un amigo común. Dentro del sobre encontré  una pequeña nota: “Gracias, Camilo, por permitirme seguir diciendo las cosas que hay que decir”. A los pocos días de comenzar a trabajar en El Caribe, en diciembre del 2000, alguien me comentó que para poder contratarme la empresa había cancelado a “la doña que hacía el suplemento cultural”.
Aunque luego supe que aquel enemigo rumor no era cierto, llevé un incómodo cargo de conciencia hasta el día en que la conocí. Cuando nos presentamos nos dimos la mano. En la despedida, un abrazo y un beso. A partir de ese momento, doña María me hacía constantes llamadas para comentarme el último número de la revista, sugerirme temas, darme consejos o revelarme claves de la vida cultural del país.
Nunca le di las gracias, creo que a ella tampoco le hubiera gustado que lo hiciera. Antes que intelectual o periodista, era maestra. Para ejercer ese oficio fuera de un aula, se necesita el mayor acopio de desinterés posible. La labor que realizó María Ugarte desde su llegada a República Dominicana es de esas que nunca se recompensan lo suficiente.
Pero ahora ha llegado el momento de sus discípulos. El deber de todos los que aprendieron algo de María Ugarte es continuar defendiendo y difundiendo las identidades dominicanas. Mientras eso suceda, ella permanecerá entre nosotros.

4 comentarios:

Pedro Ramón López dijo...

magnífico y conmovedor.

S. dijo...

Hermoso.

Carlos dijo...

Si doña María hubiera podido leer esto, me hubiera dicho algo que expresó muchas veces delante de mí: ese cubanito escribe como los ángeles. Gracias por tu sinceridad y por tu nobleza.

Anónimo dijo...

Bella mirada de esa señora: las nobles son nobles...
No como Vil-ma Espín o todas esas brujas filisteas.