30 may. 2008

Acuse de recibo

Hoy he vuelto a ver un cartero en persona. Por mucho tiempo creí que ese era un oficio extinto. Daba como un hecho que los modernos servicios de mensajería habían forzado la desaparición de ese individuo que, de silbatazo en silbatazo, nos advertía de su presencia y de las buenas nuevas que cargaba en su alforja.
El último cartero que conocí fue el del Paradero de Camarones. Isidro era un hombre zambo y lentísimo que recorría mi pueblo con las manos llenas de periódicos del día anterior, revistas de la semana pasada y publicaciones soviéticas de quinquenios vencidos. Isidro andaba en una yegua que lucía más cansada que él y llamaba a todos con una misma frase: “¡Preeeeensa!”.
Estaba lloviznando y el cartero llamó una sola vez. Me trajo un sobre de Manila que enviaron desde Barcelona. Mi nombre y la dirección aparecían escritos justo debajo del logo de Tusquets Editores. Abilio Estévez cumplió su palabra. Ya tengo en mis manos El navegante dormido.
Esto me obliga a detener al menos por una semana la lectura de El autobús perdido, una obra de John Steinbeck que encontré el supermercado, justo al lado de una oferta de vinos de California, que es donde sucede la historia. Me sedujo la coincidencia y la portada, que tiene una foto bellísima de una vieja "camberra", aquellas ruidosas guaguas que iban de Cienfuegos a San Fernando.
Más adelante les comento qué me pareció la novela que pone fin a “la triología cubana de Abilio Estévez”. Ahora sólo hago el acuse de recibo, mientras comparto mi alegría por haber visto otra vez a un cartero en persona.

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