El poeta Heriberto Hernández Medina publicó hoy, en su blog La Primera Palabra, tres poemas inéditos míos. Más que los textos, lo que celebro de esa noticia es el rescate del quinqué de las Ediciones Vigía y el recuerdo de aquellos años en que Alfredo Zaldívar fundó un "taller renacentista" para que tantas palabras de tanta gente no se quedaran en el aire.
LA CASA DEL POETA
Reconstruyeron todo hasta el más mínimo detalle.
Buscaron al único maestro constructor
que recordaba aquella técnica de los catalanes
para que pusiera los ladrillos que faltaban.
Un carpintero que sólo tenía dos dedos
en la mano derecha
y había perdido un ojo mientras pulía
un sofá victoriano,
reconstruyó las persianas y logró
que la puerta del baño cerrara sin trabajo.
En la cocina fue repuesto el tragaluz
y en la estufa no quedó ni una mancha de hollín.
Los cuadros, los muebles y los libros
se han repartido otra vez como un juego de cartas.
El sillón donde solía leer a Dante y escribir sobre el infierno
ha vuelto a la esquina de la casa donde siempre estuvo.
Ese es probablemente el único detalle
que se mantiene intacto,
todo lo demás es pura escenografía.
El poeta se murió convencido de que ya no sobrevivía
ningún maestro constructor que recordara aquella técnica
que sólo conocían los albañiles catalanes.
Cada vez que llovía a cántaros,
celebraba aquel torrente que caía por el hueco del tragaluz
y lo inundaba todo en la cocina y el baño,
cuya puerta sólo se cerraba si se le empujaba duro con el hombro.
La casa del poeta es un lugar vacío donde nunca le hallaremos,
si se leen bien sus versos se verá cuándo de engaño hay
en ese cascarón reconstruido hasta el más mínimo detalle.