12 mayo 2008

Los firmantes, abajo

“Puro oportunismo, sí, y pura cobardía”, así define Pablo Milanés la actitud de los intelectuales cubanos que ahora ovacionan los cambios que se producen en la isla y que, hace apenas cinco años, apoyaron con su firma el fusilamiento de tres jóvenes.
Pablo recordó que él estuvo entre los pocos que se negaron a suscribir el documento que intentó legitimar el ajusticiamiento a menos de 72 horas de celebrado el juicio. En declaraciones al diario español El Periódico, el autor de “No ha sido fácil” aseguró que siempre dijo lo que pensaba sobre la liberación de los presos y los fusilamientos.
En más de una ocasión en la entrevista, Milanés lamentó la inconsecuencia de los intelectuales cubanos que “cambian de postura”. El músico agregó que esas mismas personas que apoyaron los fusilamientos de Lorenzo Enrique Copello, Bárbaro Leodán Sevilla y Jorge Luis Martínez, “suscribieron la condena de largos años de prisión a 75 disidentes y opositores pacíficos”.
“Ya entonces dije lo que tenía que decir. Y ahora, que algunos de estos presos están a punto de salir de la cárcel, son muchísimos los que cambian de postura”, dijo Milanés tajante. La última frase de la última canción del último disco de Pablo abre y cierra dos signos de interrogación: “¿Ha valido la pena?/ Pregunto, no sé./ ¿Ha valido la pena?/ Respondo, no sé”.

LOS 27 QUE FIRMARON
Alicia Alonso, Miguel Barnet, Leo Brouwer, Octavio Cortázar, Abelardo Estorino, Roberto Fabelo, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Julio García Espinosa, Fina García Marruz, Harold Gramatges, Alfredo Guevara, Eusebio Leal, José Loyola, Carlos Martí, Nancy Morejón, Senel Paz, Amaury Pérez, Graziella Pogolotti, César Portillo de la Luz, Omara Portuondo, Raquel Revuelta, Silvio Rodríguez, Humberto Solás, Martha Valdés, Chucho Valdés y Cintio Vitier.

09 mayo 2008

Muertos de la risa

Hace poco un amigo me preguntó cuáles eran, para mí, las diferencias más claras entre el sentido del humor dominicano y el cubano. Por un momento, la conversación se tornó muy compleja y hubo que desmenuzarla en regiones e idiosincrasias. Aunque, al final, tuvimos que volver a ese punto donde siempre confluyen las risas y carcajadas de ambas naciones: La tremenda corte.
Cuando yo nací, ya en Cuba no se podían pronunciar en voz alta los nombres de Pototo y Filomeno. Ambos habían sido excomulgados y borrados del mapa de la cultura nacional junto a Chicharito, Sopeira y Álvarez Guedes, entre muchos otros. Sólo se les mencionaba en voz muy baja, de casualidad o cuando algún artista, aprovechándose de su ausencia, los imitaba.
Yo me enteré de su existencia la primera vez que me abotoné mal mi camisa de pionero. “Arréglate eso –me dijo mi abuela Atlántida–, mira que te pareces a Pototo”. Obviamente no entendí lo que me decía y ella, por precaución, tampoco quiso explicarme. Cincuenta años después de su partida, Cuba aún conserva una frase para combatir a los bromistas: “¡No te hagas el gracioso, que tú no eres Tres Patines!”
Respecto al humor, República Dominicana y Cuba tienen otra cosa en común. Ambos países poseen una capacidad infinita para reírse de sí mismos. Toda calamidad nacional encuentra de inmediato una solución humorística. Da lo mismo que sea una crisis económica o una devastadora gripe, siempre hay un genio anónimo dispuesto a bautizar cada suceso con los más sarcásticos calificativos.
Tanto dominicanos como cubanos son también agudos cultivadores del humor político. Incluso muchos chistes, como el del longevo galápago, se cuentan de manera idéntica (lo único que cambia en ellos es el protagonista: aquí es Balaguer y allá, Fidel). Aunque, en honor a la verdad y gracias a la censura, los cubanos han sacado cierta ventaja en esto. Si los episodios de Pepito y el Comandante en Jefe fueran llevados al cine, podrían convertirse en una serie tan exitosa como la de Astérix y Obélix.
Hace poco oí decir que Guillermo Álvarez Guedes era uno de los más grandes antropólogos cubanos. Es cierto que en esa infinidad de chistes están las claves de lo que, en sus indagaciones, Jorge Mañach llamó choteo. Pero si de antropología del humor cubano se trata, hay que revisar de arriba a abajo la obra de Samuel Feijóo, un poeta villareño que deambuló por los campos de su provincia copiando las cuartetas, décimas y cuentos que guardaban en su memoria los campesinos.
La gran mayoría de ellas se publicaron en incontables volúmenes y revistas. Otras, por razones obvias, tuvieron que se calladas. Reproduzco aquí una décima anónima que Feijóo salvó del olvido, pero que nunca pudo ser revelada. Ella prueba la audacia y el talento de esos guajiros que jamás leyeron a Cervantes y que aún no saben quién es Quevedo:
“En tiempos del batistato
me dijo un guajiro un día
que si Batista caía
andaba un mes si zapatos.
Pasó aquel gobierno ingrato
de estirpe malvada y cruel
y el mismo guajiro aquel
me dijo a mí, compañero,
yo andaría un año en cueros
si se cayera Fidel”.
Como dijo el más lúcido de todos los Marx, Groucho, “las bromas son más efectivas que las bombas para resolver grandes conflictos”. Esa puede ser la razón por la que en nuestras islas la gente prefiera morir, por encima de cualquier otra causa, de la risa.

08 mayo 2008

Los vínculos

La prensa colombiana ha reseñado con insistencia los vínculos de las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) con el líder comunista dominicano Narciso Isa Conde. El stand de su movimiento en la Feria del Libro de Santo Domingo tiene una inscripción: “Somos amigos de la FARC”, dice con insolencia, con descaro.
Hace unos siete años entrevisté a José Saramago. El encuentro fue en lo alto de un hotel, dentro de un bar con vista al Caribe. Nuestra conversación se extendió más de lo planeado y quien le servía de edecán al escritor nos interrumpió amablemente. En la mesa más apartada del sitio, Isa Conde esperaba impaciente por el Premio Nobel.
Durante mucho tiempo me he preguntado qué conversaría el autor de Ensayo sobre la ceguera con un individuo tan fundamentalista y retrógrado. Aún hoy puedo reconstruir aquel escenario hasta el más mínimo detalle. Ni siquiera necesito repasar las excelentes fotografías que hizo Miguel Gómez. 
Me gustaría creer que en ningún momento se habló sobre las tácticas para mantener el terrorismo en las selvas de Colombia.

06 mayo 2008

Permiso de Salida

Cuba es una isla, pero sus límites no están en las aguas del golfo. Mi país se acaba en una línea roja. Es demasiado estrecha, pero basta para delimitar 114,525 kilómetros cuadrados de tierra. Todo cubano que cruza ese paralelo imaginario que hay en el aeropuerto José Martí de La Habana, se sabe del otro lado.
En otras partes, cuando alguien se despide, anuncia que se va de viaje. Los cubanos, en cambio, decimos que nos vamos para “afuera”. Ni siquiera es algo que podemos pronunciar en voz alta, todo no es más que en un susurro, un siseo contra uno mismo.
No viajamos, salimos. No nos movemos, partimos. Por eso la estampa que nos endosan en el pasaporte lo deja bien claro: Permiso de Salida. El sello atraviesa el documento de lado a lado, fijando unas fechas demasiado precisas e inapelables.
En el Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos hay una línea que copio textualmente: “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”. Cuba, para los que nacen en ella, es como uno de esas rondas de infancia en las que el perdedor, o el que la abandona, no entra más.
Durante décadas, sobre todo entre los intelectuales de adentro y de afuera, se ha hecho un esfuerzo ingente para que las autoridades cubanas erradiquen una de las medidas más denigrantes de la Revolución. Pero nada se ha podido.
En Dos Cubalibres: Nadie quiere más a Cuba que yo, Eliseo Alberto cuenta su regreso a la Isla. “Un hombre sin país es un náufrago –dice Lichi Diego con una voz pausadísima, que cada vez se parece más a la de su padre–; un escritor sin lectores nacionales (naturales), el mismo infeliz, sólo que más solo. Opinar desde el exilio se parece a gritarle al horizonte o a la luna. Rebota el eco.
El murmullo del silencio se mezcla con el rumor de la marea. Uno acaba ronco, desbaratado y lo que es peor, indiferente. Apenas queda el consuelo de lanzar mensajes en botellas. El mar se traga los frascos". Durante años, la Revolución le negó al escritor el derecho a volver a la casa de su madre y a la tumba de su padre.
Al final, después de extensos cabildeos, le permitieron hacer el vuelo hasta Rancho Boyeros con una condición: permanecer en el más absoluto de los anonimatos y no asistir a ni una sola actividad pública. Lichi, por supuesto, aceptó. Al fin y al cabo, como tantas veces dijo Bola de Nieve: "No se puede tener conciencia y corazón".
Raúl Rivero se fue de La Habana con dos años de Permiso de Salida en el bolsillo. Aunque todos sabemos que el día de su regreso no depende de una fecha sino de un suceso. Raúl, como millones de cubanos, esperará con paciencia a que un suceso y no un cuño le permita el regreso a su patria.
“¡Qué ganas tengo de crecer… de hacerme adulta y que me dejen salir y entrar de casa sin permiso!”, puso Yoani Sánchez en su blog, después que le negaran la posibilidad de viajar a España. El último post de Yoani no habla de viajes sino de comida. En el borde de su balcón, un pequeño pan fue retratado. Al fondo, la Plaza de la Revolución se ve fuera de foco. Allí, desde siempre, las auras tiñosas parecen aviocitos que giran sin parar sobre el futuro mausoleo.

La Generación Y no tiene salida

Yoani Sánchez, la joven cubana que mereció el Premio Ortega y Gasset de Periodismo por su blog “Generación Y” (www.desdecuba.com/generaciony), no podrá viajar a Madrid a recibir el galardón. El Gobierno de la Isla le ha negado el “permiso de salida”, ese oprobioso salvoconducto que precisan los ciudadanos cubanos para llegar o irse de su propia patria.
A pesar de todas las restricciones impuestas al acceso a Internet en Cuba, Yoani ha sido capaz de mantener un blog desde un edificio donde se ve lo indispensable de La Habana. Mientras la mayoría de los intelectuales, escritores y trovadores han preferido callarse e ignorar el momento que viven, Yoani decidió convertirse en la conciencia de su generación por cuenta propia.
Es muy probable que, al menos por esta vez, Yoani no pueda viajar a España; pero sus posts lo harán por ella. Día a día, desde cualquier punto del mundo, crecen las entradas a su espacio en la web. “Lo más importante es que los cubanos hemos empezado a olvidar a Fidel”, dice después de vencer la paranoia y darle send a sus palabras.

05 mayo 2008

En casa del trompo

Nunca aprendí a bailar. Tengo una casi perfecta falta de coordinación entre torso, brazos y pies. “Es un problema de oído”, me dijo alguien una vez. Por eso, después de pensar en ello semanas enteras, traté de oír. Pero fue peor aún, porque cuando por fin entendía lo que había escuchado, ya no estaba a tiempo de indicarle a mis pies lo que tenían que hacer. No pocas muchachas del Paradero de Camarones sufrieron en carne propia esos desfases. Ellas fueron las primeras que desistieron en el empeño de que yo aprendiera a moverme como un cubano.
Eso, al principio, me provocó un gran trauma. En mi cabeza no cabía aquello de que El Chiqui lograra sacudirse mejor que John Travolta. Me frustraba ver cómo El Venao empezaba a caminar hacia atrás con sólo subirse las mangas hasta los codos. Al final todos en el pueblo acabaron aprendiéndose el bailecito de Michael Jackson, todos, menos yo.
Mi única oportunidad de entrar en aquel ruedo de cemento pulido era cuando las luces disminuían y Roberto Carlos le cantaba al “gato que está triste y azul”, aquel que “nunca se olvida que fuiste mía”. Así fue que conocí a Juana Granados, mi primera novia, una rubita que era cuatro años mayor que yo y que se parecía a Olivia Newton-John (aunque siempre prefirió guarachar a lo Celia Cruz).
Mi padre fue un gran bailarín. Todavía me parece verlo, moviendo sus pies como si se deslizara por el agua, siguiendo cada gesto de Bacallao, el cantante de la Orquesta Aragón. Nunca me lo dijo, pero él también estaba decepcionado con la idea de que yo no supiera bailar. Sus dos grandes pasiones eran el baile y la pesca submarina. En ambas fui un fracaso. Como Martí, el arroyo de la sierra siempre me ha complacido más que el mar. Por eso para mí aquellas semanas de navegación junto a él eran una verdadera tortura. “Algún día te arrepentirás de no haber disfrutado esto”, me decía cuando el barco por fin fijaba su proa de regreso a Casilda, un puerto del sur de Cuba.
Me he arrepentido de muchas cosas, pero aún sigo convencido de que si me hubiera quedado en tierra firme durante aquellas interminables semanas, habría “pescado” mucho más. Lo mismo me pasa con el baile. Con los años he aprendido que quedarse en las mesas puede ser mucho más divertido que dar vueltas y vueltas debajo de una bola de vidrio que también da vueltas y vueltas.
He vivido dieciocho años con una de las habaneras que mejor baila y tampoco ha sido suficiente. Por fortuna, cuando la conocí, oíamos canciones que no se bailaban. Uno puede pasarse una noche entera oyendo a Silvio, a Serrat o a Sabina sin que a nadie se le ocurra dar ni un solo pasillo. Eso ha sido, realmente, una gran ventaja. Por eso estoy eternamente agradecido de ellos, y de muchos trovadores más, por haberme ayudado a esconder mi gran discapacidad. Desde Suiza me eviaron una intimidante pregunta: “¿Sabes bailar tan bien como los cubanos que andan por estos predios?”. Sé que es difícil de imaginar, pero nunca aprendí, jamás supe qué hacer en casa del trompo. Yo también soy de los que lleva la clave por dentro.

02 mayo 2008

Los Perversos de Puerto Padre

No conozco a Puerto Padre, pero lo he oído. El piano de Emiliano Salvador ha sido siempre el vehículo que me ha llevado hasta los sonidos de ese punto de la costa norte cubana. Por Emiliano, para conocer al menos desde arriba lo que sería su nostalgia, he sobrevolado calles y parques desde Google Earth.
Poco a poco, han ido colgando fotos del pueblo. Como sucede a lo largo y ancho de la isla, las instantáneas han sido subidas por exiliados nostálgicos que quieren revivir, al menos a través de ese mapa satelital, sus experiencias en la isla. La parroquia San José, la vieja estación de ferrocarril y una serie de casas de madera a punto de desplomarse es hasta ahora todo lo que puede verse.
Hace unos días, explorando las imágenes de Secretos de Cuba (www.secretoscuba.cultureforum.net), encontré una instantánea de Los Perversos de Puerto Padre, una orquesta que nunca he oído y de la que sólo conozco sus 13 rostros, apostados alrededor de un pisicorre. No conozco a Puerto Padre, pero el sonido de Emiliano y el silencio de Los Perversos han sido el modo más efectivo de llegar hasta allí, de atravesar tantos recuerdos en ruinas sin ser visto.

01 mayo 2008

La Habana cae, cae, cae

25,666 habaneros están a punto de perder su residencia en la tierra. Sus casas están entre las 7,997 que han sido diagnosticadas en estado crítico por los organismos competentes. Cualquier azar puede ser la causa de su desgracia de ahora en adelante: un ciclón, un rabo de nube, un aguacero en venganza...
Juventud Rebelde acaba de admitir la tragedia. No hay madera suficiente para apuntalar a una ciudad que ya se dio por vencida. En la capital cubana hay 984 edificios en “estática milagrosa”, un término que los arquitectos cubanos usan ante la imposibilidad de explicarse cómo ciertas estructuras aún se mantienen en pie.
El reportaje del diario oficialista se produjo después que Marilyn Brito, una residente de la Habana Vieja, encontró un abismo entre su habitación y el baño colectivo de su edificio. Como la de Marilyn, hay 8,000 historias más que aún están pendientes. Llena de ruinas y de misterios, La Habana, como aquel papalote, cae, cae, cae.