27 octubre 2020

Ya he tenido suficiente

Amigos que producen televisión, en Santo Domingo y Miami, me han invitado a participar en programas sobre las elecciones en Estados Unidos. Me he excusado con todos más o menos con las mismas palabras. Cuando se trate de Cuba, les he dicho, cuenten conmigo.
Eso no quiere decir que no tenga una opinión al respecto. Pero ya he tenido suficiente con los dimes y diretes, las peleas y los insultos que he visto a diario en las redes sociales. Tengo a muchos amigos tanto de un bando como del otro. Si tuviera que discutir con alguno de ellos, quisiera que fuera sobre otros temas.
El mundo que vivimos a menudo me hace recordar los finales de los años 80. Nunca he vuelto a ser tan optimista como en aquellos meses. Los regímenes del campo socialista iban cayendo, uno a uno, y muchos estábamos seguros de que Cuba, sin la manutención soviética, también acabaría cambiando.
Pero ni la historia se acabó, como había vaticinado Fukuyama, ni los cubanos pudimos librarnos de ese destino totalitario y empobrecedor que empujó a tantos al exilio (la actriz Isabel Santos dice que tiene una libreta de teléfonos llena de números a los que no puede llamar, porque todos se han ido). 
Me ha costado mucho reconstruir el país de mis afinidades del otro lado. Recuperar un grupo de amigos, aunque sea en las redes sociales, para hablar de los temas que me apasionan, ha sido una tarea ardua que me ha consumido muchísimo tiempo. No me interesa desbaratar todo eso por Trump o Biden.
Repito, tengo mi opinión al respecto, pero yo ni siquiera voto. Sea quien sea el presidente de Estados Unidos en los próximos cuatro años, quisiera seguir compartiendo y queriendo a esos amigos que ahora están enfrascados en dimes y diretes, peleas e insultos.
Cuando se trate de hablar de Cuba, puedes contar conmigo, le respondí a Groy Pereira (uno de los que me invitó). En ese tema, en el que nos va la vida a todos, sí me involucro cueste lo que me cueste. No pierdo la esperanza de volverme a sentir como el jovencito de finales de los años 80.
Tarde o temprano, ese día acabará llegando.

25 octubre 2020

La puerta azul

Alrededor de las cinco,
abro la puerta azul
y le miro a los ojos
a la madrugada.
Otra puerta como esta
se abría a un andén
donde antiguas
madrugadas
esperaban
la hora de irse.
Ahora tengo que subir
una oscuridad
que cruje
hasta que mi mujer
también se despierta.
Camino de las luces
me cruzo
con el Beny Moré
que tenemos
junto a la Virgen
del Carmen.
Le doy
los buenos días
al Bárbaro
y escucho
su respuesta
entre las aves
que cantan.

Alrededor de las cinco,
abro la puerta azul
y me encuentro
al día
que me espera,
puntual,
en el andén
de la intemperie.

24 octubre 2020

Nosotros

Acabo de ver una foto
donde miras
a la muchacha
que más quisiste
en un jardín
de la ciudad que más
te quiso.
Muchas canciones
pudieran ser
el fondo
de ese paisaje
en el que ya
no hay 
manera
de dar contigo.
Más de una vez,
oyendo viejos tracks
de la República
o recordando
la Cuba bufa
que tanta gracia
te hacía,
me dan deseos
de volver a vivir
en la misma calle
que tú.
Siempre que veo
a Bacallao patinando
sobre los violines
de la Aragón,
me dan ganas
de regresar al país
en blanco y negro
que tanto disfrutamos.

Demasiados asuntos
pendientes,
como puedes ver,
para que desaparezcas
de ese paisaje
que siempre tendremos
de fondo, nosotros, 
los que te quisimos tanto.

22 octubre 2020

Rachmaninov y las oscuridades del Prado de Cruces

Fue la primera vez en mi vida que me puse unos audífonos. En la Sala de Música de la Biblioteca Nacional parecía residir el silencio de La Habana. El piano de Sergei Vasilyevich Rachmaninov era el único sonido que llegaba a mis oídos. Afuera, los 80 se recuperaban de un torrencial aguacero.
Alexis Díaz de Villegas (El Majá) y yo éramos inseparable en aquellos años de la Escuela Nacional de Arte. “Vamos a oír música clásica”, me convidó. Nos subimos a una ruta 81 en medio de un diluvio y, después de dar incontables vueltas por Miramar y El Vedado, nos bajamos en la Plaza. Llegamos empapados. 
La señora a cargo, paciente y amable, ignoró nuestro horrible estado y se concentró en lograr que las cabezas de aquellos dos guajiritos (de Cumanayagua y el Paradero de Camarones) se adaptaran a unos rudos artefactos de fabricación soviética. El Majá eligió a Mozart. Yo, al autor de “La isla de los muertos”. Apenas unos meses atrás, había bailado en una de las esquinas más oscura del Prado de Cruces con Los Pasteles Verdes, Los Terrícolas y Los Brincos. Una muchacha cuyo nombre ya se me extravió, bailaba con su cabeza en mi hombro. Pero un ruso de Semiónov estaba despertando a un Camilo que hasta yo desconocía.
La gente con la que compartí, los libros que leí, las películas que vi, las conversaciones que escuché y los teatros a los que fui, me cambiaron para siempre. Nunca más volvería a ser el mismo después de aquellos primeros meses en Cubanacán. Eso lo supe cuando regresé a las oscuridades del Prado de Cruces. 
“Crees que por ser tu amante/ no puedas llevarme por donde tu vas./ Y que tengo que ocultarme/ como un fugitivo en la oscuridad”, volvió a cantar la muchacha en mi hombro, mientras una multitud de pergas nos rodeaba. Renay Chinea me hizo recordar todo esto con algo que escribió hace poco.
A veces, cuando voy solo en el Jeep, pongo a los Pasteles Verdes, Los Terrícolas o Los Brincos. Aún me sé muchas de sus canciones de memoria. Pero Rachmaninov siempre aparece en los momentos ideales para que no haya más sonido que el de su piano. Entonces el Camilo que hasta yo desconocía se pone en mi lugar.
Todo empezó el día que por primera vez en mi vida me puse unos audífonos.

18 octubre 2020

Los 86 de Elia

Ayer celebramos el cumpleaños 86 de mi suegra. Nació en el central Elia, en el sureste del antiguo Camagüey, en 1934. Sus padres, dos emigrantes canarios, le pusieron el nombre de aquel lugar, agradecidos por las oportunidades de trabajar y prosperar. Luego, ya en El Cristo, se graduó de maestra y aprendió a tocar el piano.
Cuando se casó con Jorge Sarlabous, tenían la intención de vivir en aquel pequeño pueblo del oriente cubano para siempre. Pero cada uno de sus pequeños sueños se hicieron trizas cuando la revolución se apropió de todo lo que su familia había logrado con tanto esfuerzo. 
El día que Jorge, que era agrónomo, dijo que deseaba marcharse, fue condenado a 3 años de trabajos forzados. En 1970 por fin aterrizaron en Santo Domingo, como parte de una pequeña escala que se convirtió en el resto de sus vidas. Ayer, varias generaciones de sus alumnos dominicanos le dieron las gracias.
“Tus lecciones cambiaron mi vida”, le dice en un video una de sus alumnas de piano, que ahora es una reconocida profesional en Nueva York. Una vez le pregunté a don Jorge por qué habían decidido marcharse. “Para que Diana no tuviera que vivir aquel horror”, me dijo sin pensarlo. 
La noche que llegaron a Santo Domingo no sabían ni dónde iban dormir. Esa misma madrugada conocieron la hospitalidad y la generosidad de los dominicanos. Jorge trabajó hasta los 80 años. Elia se mantuvo dando clases de piano hasta que decretaron el confinamiento por la pandemia del Covid-19. 
Ayer, en su fiesta de cumpleaños, vino un mariachi a cantarle. Lloraba de la emoción mientras que, con su mano derecha, apretaba fuerte la mano de Jorge. Con la izquierda, tocaba un piano invisible. ¡Muchas felicidades, querida Elia, y gracias por Diana!

13 octubre 2020

Paisajes después de una devastadora tormenta

En uno de los edificios gubernamentales de La Habana se mantuvo parpadeando, durante décadas, un cartel lumínico. “Revolución es construir”, rezaba. Pero la historia acabó siendo muy distinta de la consigna. Desde 1959 hasta hoy, Cuba y los cubanos han tenido que soportar un proceso de depauperación humillante.
Esa incesante destrucción, que arrasó con los signos vitales de la sociedad y generó una crisis social y moral cuyos daños aún son incalculables, también acabó con oficios, saberes, tradiciones, costumbres y sabores. La nación, como la industria azucarera, prácticamente ha sido desmantelada.
Acabo de ver, en Amazon Video, dos estremecedores documentales sobre la Cuba actual: Cuban Food Stories (Asori Soto, 2018) y Campesino (Mia Tate, 2018). En ambos me pasó lo mismo, me costó mucho trabajo adaptarme a la idea de que eso que se veía en la pantalla era el país donde nací y viví durante 33 años.
La gente, esa manera inconfundible de ser y de mirar que tiene el cubano, acabaron convenciéndome de la autenticidad del paisaje. La película de Soto es un poético viaje en busca de las comidas perdidas, de esos platos y sabores cubanos que han logrado salvarse de la horrorosa supervivencia.
Mia Tate, por su lado, le sigue los pasos a Carl Oelerich, un fotógrafo amateur que trabaja como maletero en el aeropuerto de Salt Lake City y que, durante 15 años, ha documentado los cambios en las tradiciones y costumbres de los campesinos de Viñales, en Pinar del Río.
Aunque el viaje gastronómico de Asori es mucho más largo que el de Mia, ambos acaban dando vueltas en círculos alrededor de una cotidianidad viciosa. Incluso los entrevistados que aún son capaces de decir alguna frase optimista, lo hacen desde una tristeza estremecedora.
“¡Cuánta destrucción!”, me dijo Diana cuando acabamos de ver los documentales. Entonces recordé el cartel que parpadeaba en uno de los edificios gubernamentales de La Habana. 61 años de revolución han convertido a Cuba en eso, en el penoso paisaje que dejan a su paso las tormentas más devastadoras.