09 noviembre 2012

Fábula del ciclón


Éramos un pueblo feliz que ordeñaba sus vacas,
y cosechaba los frijoles, las hortalizas y el arroz
para esperar los embates del invierno
(aunque todavía no sabemos a ciencia cierta
en qué consiste esa estación del año).
Éramos un pueblo sonriente
que trabajaba de día y estudiaba de noche,
usábamos arados, regadíos y libros
con la misma destreza
(heredada de los ancestros,
aquellos que eligieron nuestra cultura
y destinaron la símbolos que velaríamos).

Pero una noche entró un ciclón por la ventana del fondo
y arrasó con todo lo que encontró a su paso.
El ganado, los víveres, los implementos agrícolas
y hasta los libros más valiosos salieron volando.
Pareciera que todo lo que teníamos
estaba hecho del mismo material.
Nuestros bienes se elevaron,
como hojas de papel, hasta perderse de vista.

Desde entonces somos un pueblo oscuro,
desorientado
que lee noticias o bosteza en los portales ruinosos.
Al principio culpamos a la falta de preparación,
luego a la desconfianza en nosotros mismos.
Pero después de mundo indagar
advertimos que la verdadera causa de nuestra desgracia
era mucho más simple de lo que suponíamos.

Todo no fue más que un descuido:
dejamos la ventana del fondo abierta
y por ahí entro el ciclón, en medio de la noche,
disfrazado con la libertad de un aguacero.
Se han hecho muchos cálculos y todos coinciden.
Estaremos pagando, por generaciones y generaciones,
los perjuicios del acto involuntario, casi infantil,
de tenerle miedo al calor y no conocer el frío del invierno.

07 noviembre 2012

Las locomotoras inglesas pasaban como barcos


La primer vez que vi una de aquellas locomotoras se me pareció a un barco. Siempre pasaban de noche, halando el tren Habana-Santiago. Los vagones llenos de rostros, algunos dormidos, otros desvelados, dejaban una extraña luz en los traspatios del Paradero de Camarones.
Luego supe que aquellas hermosas máquinas eran inglesas. Aunque se llamaban Class 50, fueron rebautizadas como Clayton para tratar de burlar el embargo norteamericano. Su silbato no se parecía a nada conocido, sonaba como el saxofón de un blues en la madrugada.
Arribaron en 1965, pero la falta de piezas de repuesto las hirió de muerte en unos pocos años. Por eso, 10 años después, en cuanto llegaron nuevas locomotoras (20 de la Unión Soviética y 50 del Canadá), fueron remolcadas hasta un apartadero del antiguo Central Hershey. Enseguida la burda hierba del trópico se empezó a tragar su británica elegancia.
Todavía permanecen ahí, como tesoros hundidos, perdidas en un lugar donde les cambiaron hasta el nombre. Pasaron como barcos por el paisaje cubano y acabaron por encallarse. Tuvieron muy mala suerte, fueron a dar a una isla donde los trenes siempre van, pero rara vez vuelven. 

31 octubre 2012

El éxito de Ángel Castro, el fracaso de su hijo Fidel


La casa de natal Ángel Castro, el padre de Fidel y Raúl, se ha convertido en lugar de peregrinación. Según La Voz de Galicia, tanto simpatizantes como detractores del régimen cubano viajan hasta Láncara, en Lugo, para conocer el modesto hogar.
El general de brigada Armando Choy, quien ahora comanda el grupo empresarial Torregroso, ha sido uno de los últimos en movilizarse hasta esa remota aldea. Choy se sorprendió por el origen humilde del padre de sus jefes. Luego, manifestó su consternación por el estado ruinoso del inmueble.
Esa casa es la prueba del éxito de Ángel Castro y del fracaso de su hijo Fidel. El campesino gallego llegó a Cuba como soldado, para luchar contra el ejército libertador. Después de haber sido deportado, regresó a la isla en 1905 en busca de oportunidades para su espíritu emprendedor.
Logró convertirse en un exitoso colono. La foto del coche motor en el que se movía la familia Castro por los ferrocarriles del Oriente, es un testigo de excepción de esa bonanza económica. En 1959, Fidel y Raúl se hicieron del poder gracias a una insurrección armada. En pocos meses desarticularon la república que había hecho posible un caso de éxito como el de su padre.
Ahora Cuba produce menos azúcar que a finales del siglo XIX, cuando estaba devastada por la guerra que motivó el primer viaje de Ángel. La nación se ha convertido en un páramo improductivo donde los emprendedores no tienen cabida. No hay ni una razón por la que un hombre como el gallego Castro quisieran afincarse en ella hoy.
Aun cuando el país entero está en ruinas, el régimen de Fidel y Raúl prefiere restaurar una humilde casa de Galicia. No advierten que al salvar ese lejano símbolo, están demostrando el fracaso de la revolución desde su lado más íntimo: el familiar. 

30 octubre 2012

El comandante Menoyo y el chivato Capote


El día que supe que el escritor cubano Raúl Capote era un agente de la Seguridad del Estado, traté de recordar las conversaciones que tuvimos. Reuní los pedazos que me quedan en la memoria de aquel Cienfuegos, de aquella Cuba. Sentí pena, mucha pena.
Nunca más volví a pensar en eso hasta ayer, en que un amigo común me remitió un link de su blog El adversario cubano. Aunque el nombre está puesto con esa intención, no logra confundir a nadie. No se trata de la bitácora de un escritor, sino de la agenda de un policía.
El envío del amigo era a propósito de un post: “La muerte de Eloy Gutiérrez Menoyo”. Cuenta Capote un encuentro suyo con el comandante en la Feria Internacional del Libro de la Habana. Como se sabe, ese evento se celebra en  la Fortaleza de la Cabaña, una antigua prisión donde Ernesto Guevara ejecutó antes del juicio a cientos de cubanos.
Aunque Raúl trata de humillar a Menoyo en el mismo escenario donde ya había sido vejado por Fidel Castro, durante más de dos décadas de presidio, no hace falta defender al héroe del cobarde. La historia se hará cargo de eso cuando recupere la libertad de poner las cosas en su sitio.
Cada hombre es libre de tomar el camino que prefiera, pero si elige el del miedo siempre será un preso de sí mismo. Por eso, de todo lo que dice Capote, solo quisiera pedirle que tenga la delicadeza de no mencionar a Patricia Gutiérrez Menoyo en sus ripiosas palabras.
Ella es ahora una dama llena de dolor. Por segunda vez en su vida se está acostumbrando a la idea de seguir adelante sin la presencia de su padre. Al menos respeta eso, compadre. Sé que te pido demasiado al reclamarte un poco de pudor, pero haz un esfuerzo.
Una última cosa. No digas más que eres amigo de gente que te abrazó en el pasado. Cuando se ejerce el oficio de chivato se está exento de esa responsabilidad. No embarres con tu actual miseria a los que una vez te quisieron limpiamente.

26 octubre 2012

La última batalla del comandante Menoyo


Mi tío Aramís no sabe regalar elogios. Tiene el duro y empecinado carácter de los Yero. Cuando confiesa su admiración por alguien, es porque esa persona ha pasado ya todas sus pruebas de resistencia. Sin embargo, hay unos pocos nombres que lo llenan de orgullo, que lo ponen feliz de solo pronunciarlos.
Cuando Aramís habla de José Martí, Beny Moré o Miguelito Cuní, los ojos le brillan. Para él, esas personas encarnan sus ideales, su identidad y su credo. Hay otro nombre, pero de un tiempo a esta parte lo decía con tristeza, con un raro dolor que siempre se acababa en una mueca.
Aramís fue compañero de armas del comandante Eloy Gutiérrez Menoyo. Durante el tiempo que estuvo bajo sus órdenes, en las montañas del Escambray, aprendió a respetarlo como a un padre. Luego, empezó a verlo como un héroe, como uno de esos hombres que uno pone en el altar invisible de la devoción.
Hoy ha muerto en La Habana uno de los luchadores más valientes y contradictorios que ha conocido Cuba. A su última batalla fue sin armas, con la convicción de que un hombre desarmado podía derrotar a una dictadura que ya no necesita de los fusiles. Un silencio absoluto acabó por derrotarlo.
Hoy será un día largo y triste para mi tío Aramís. Acaba de perder a su líder. Al hombre con los cojones más grandes de todos los que ha conocido en su vida. Cuba también debería tener un día largo y triste. Al comandante Menoyo se le debería despedir con los honores de un héroe y con las banderas a media asta.
Pero ya dije que fue vencido por el silencio. Solo él le acompañará en el corto camino hasta su última morada.