05 septiembre 2012

La mitad de la lengua de Fernando Ravsberg


El oficio del corresponsal extranjero en Cuba es tan difícil como el de los funámbulos. Ambos se la pasan tratando de mantener el equilibrio. El principal enemigo de los segundos es la Ley de Gravedad. Los primeros, en cambio, tienen que cuidarse de la objetividad y de las verdades incómodas.
Para el uruguayo Fernando Ravsberg eso está muy claro. Hace muchos años que vive en La Habana y conoce la realidad de la Isla como la palma de su mano. Se nota que ha comprado carne de res en la bolsa negra y que ha comido langostas en época de veda. Su blog prueba que ha llegado hasta los más inaccesibles recovecos de la nación.
Para conservar el puesto, como corresponsal y como testigo de excepción, Ravsberg tuvo que aprender a comunicarse con la mitad de su lengua. Por eso escribe todo a medias, contando solo la porción tolerable de los hechos, el trozo menos comprometedor de la historia, el pedazo que no contenga lo intolerable.
Ese excesivo cuidado lo ha llevado, primero, a la autocensura y, de ahí, a la miseria. En su más reciente post, “Los aprendices de brujos”, fue tan evidente su maña que Rosa María Payá no se pudo quedar callada. Una por una, destapa las maniobras y falsedades del uruguayo.
“Ravsberg está tan acostumbrado a caminar sobre esas desventajas que se atreve a sugerir que a los cubanos no les interesan los derechos humanos. ¿Cómo se atreve a despreciar de esa manera racista al pueblo del que ha vivido durante tantos años?”, afirma la hija de Oswaldo Payá.
Rosa María describe muy bien al personaje y revela todo de lo que es capaz. Aún así me siento en la necesidad de decirle algo más a Fernando Ravsberg: Tratar de subestimar y, lo que es peor aún, de empequeñecer a la oposición cubana sin antes mencionar la criminal represión a la que es sometida, es de una cobardía imperdonable.

30 agosto 2012

Danilo Medina también mató a Trujillo


(Escrito para la página de Opinión de Listín Diario)

Los libros de historia señalan otra fecha, pero la democracia dominicana en realidad comenzó a construirse el 16 de agosto de 1978. Ese día, se le puso fin a una dictadura de 12 años en la que Joaquín Balaguer reprimió, persiguió y asesinó a una generación de dominicanos que aún hoy sigue siendo insustituible.
Cuando Antonio Guzmán recibió la banda presidencial, estaba sentado en la misma silla que había usado Joaquín Balaguer. El ya longevo presidente la había heredado, al cabo de unos convulsos años que incluyeron un golpe de estado y una guerra civil, de Rafael Leonidas Trujillo.
Pocos días después, el retrato de Guzmán ya había sido colgado en todas las oficinas públicas de la República. El político cibaeño logró cambiar muchas cosas antes de suicidarse, el 4 de julio de 1982, pero no se atrevió a deshacerse de aquellos dos símbolos.
En 1986, ya a tientas, Joaquín Balaguer recuperó la silla de caoba centenaria con el escudo labrado en el espaldar. El anciano no se volvió a levantar de ella hasta 1996, en que se la cedió a Leonel Fernández, un joven abogado que se había formado bajo la tutela de Juan Bosch.
Aunque la palabra clave en el discurso de Fernández fue “progreso”, mantuvo los funestos símbolos durante 12 años. Sus fotografías, retocadas y rejuvenecidas, fueron dispuestas en todas las oficinas públicas. Aún en el más remoto acto inaugural, fue llevada la silla presidencial, cual trono decimonónico en pleno siglo XXI.
Danilo Medina acaba de disponer que, en lugar de su retrato, se colgaran obras de arte de pintores dominicanos. El uso de la silla, quizás el atributo más visible del trujillismo que permanecía vigente en la sociedad dominicana, fue también prohibido.
Los símbolos a veces tienen un peso mayor que los hechos. Cuando Danilo dispuso no imprimir sus fotografías y retirar la infame silla de la vida nacional, también mató a Trujillo. Antes, en su campaña electoral, había prometido hacer lo que nunca se ha hecho. 
Ha empezado por el punto donde más se necesitaba, por despojar al futuro del peso ignominioso del pasado.

29 agosto 2012

Nuestros hijos


En la televisión cubana de mi infancia había un programa que se llamaba Nuestros hijos. Educadores, sicólogos y especialistas de diferentes disciplinas instruían a las familias sobre cómo formar al hombre nuevo, la generación que le daría continuidad a la obra de la revolución.
El programa tenía un horario estelar en el Canal 6, justo antes de las novelas, de manera que todos tuvieran que verlo. Hablo de un país donde solo habían dos opciones. Si no era la temporada de béisbol, en el Canal 2 se dedicaban a pasar documentales soviéticos o reportajes sobre la marcha de la zafra. 
Para acompañar a los panelistas, se rodaban imágenes de apoyo donde siempre aparecían familias felices en un entorno ideal. Los hogares que salían en la pantalla tenían todos los efectos electrodomésticos (que también eran soviéticos), cortinas, búcaros con flores y los infaltables retratos de Camilo, el Ché y Fidel. 
Con independencia del tema que se abordara, los especialistas recomendaban que los niños participaran en las actividades organizadas por la escuela. Entonces salían videos de pioneros exploradores que descubrían un lugar desconocido a través de un mapa, encendían fogatas o cantaban a coro. 
Hace dos días se supo que la hija de Marino Murillo, el vicepresidente de Cuba, había cruzado la frontera de México con Estados Unidos para pedir asilo en ese país. Aunque el suceso tuvo una gran repercusión, por la posición que ocupa en el régimen el padre de Glenda, no es una excepción ni un caso aislado. 
Pregunté en Twitter qué habría fallado en la educación de esos muchachos. "Tal vez la pregunta sea otra", me respondió Elías Amor desde España, "a lo mejor el problema estuvo en la educación de sus padres". Sus hijos supieron qué hacer con el mapa, pero ellos no lograron mantener viva la fogata.

28 agosto 2012

Yo soy guajiro natural

Unos meses después de llegar a La Habana, para estudiar teatro en la Escuela Nacional de Arte, comencé a perder el acento villareño (que es un tono más alto que el habanero y alarga el final de cada frase como si se estuviera dentro de un lugar con eco). 
Mi forma de vestir también cambió al poco tiempo de estar interno en Cubanacán. Me deshice de las camisas Yumurí a cuadros y conseguí unas a rayas con cuello chino, lo más parecidas posibles a las que usaba Silvio en los escenarios argentinos.
Nunca más volví donde Castellanos, el barbero del Paradero de Camarones. Cuando se acabó el semestre, tenía el pelo más largo que John Lennon en la foto en que está en pijama. A partir de ese momento, el campesino que seguía siendo quedó totalmente disfrazado de un snobista estudiante de arte.
Recuerdo que una vez acompañé a Salvador Lemis (Él y Eloy Ganuza prácticamente me adoptaron en mis primeros meses en la ENA) a la casa de una profesora que, según él, se había enamorado de mí. Los oí hablando en la cocina. “Él es inteligente y bueno –dijo ella–, pero pobrecito, es tan guajirito”.
Por más que luchaba para tratar de sofocarlo, el campesino que llevaba dentro siempre afloraba y acababa delatándome. Solo una vez logré confundir a alguien. Fue en el estadio Latinoamericano. Jugaban Industriales contra Villa Clara y salté eufórico con un jonrón de Víctor Mesa.
–Asere, ¿cómo un habanero va a estar con los guachos esos? –Me dijo indignado un fanático que no podía ocultar su odio por la Explosión Naranja.
No tuve valor para decirle que en verdad era de un pueblecito del municipio Cruces. Por primera vez me confundían con un habanero y quise disfrutar ambos momentos: el batazo y el timo. Hoy Diana se estaba leyendo a Sartre y, mirando una foto de Simone de Beauvoir, me dijo que hubiera querido tener un marido como el filósofo francés.
–¿Por qué no te haces existencialista? –Me preguntó en broma.
–Ya no puedo, yo soy guajiro natural –le respondí en serio.

24 agosto 2012

Los primos

 
Cuando éramos niños mi primo Alahím vivía en Sagua la Grande. Solo podíamos vernos en vacaciones. Eso sí, durante los días que duraba el receso escolar éramos inseparables. Mi abuela Atlántida decía que el abrazo más grande que había visto en su vida nos lo dimos nosotros, un día de julio de 1974.
Yo estaba jugando pelota frente a casa de Felo López, en la Carreterita, y vi que Tío Aldo y Alahím se estaban bajando del tren de Santa Clara. Solté el guante, dejé caer un fly y salí corriendo. Como no tengo hermanos, pude saber lo que eso significaba cada vez que llegaban las vacaciones.
Cuando nos sentábamos a comer, con Aurelio a la cabeza, los Yero nos creíamos eternos, invulnerables. La muerte de mi abuelo y el derrumbe del país sucedieron al mismo tiempo. Acabamos solos y desperdigados. La última foto de familia nos la hicimos en el andén de Camarones a finales de 1992.
Cuando éramos niños, Alahím y yo nos prometimos que nuestros hijos también serían muy unidos y se querrían como hermanos. Pero no lo logramos. Ni siquiera los vimos crecer. Amanda, Amalia y Ana Rosario ya son mujeres y no tienen ningún recuerdo en común.
Amanda vive en Tenerife, Amalia en Miami, y Ana Rosario en Madrid. Aunque las distancias entre ellas son mucho mayores a la de Sagua la Grande con el Paradero de Camarones, han empezado a hacer planes de reunirse, primero en Canarias y luego en Madrid.
Tengo una foto del día en que Amanda y Alahím se despidieron. Es curioso, pero están en el medio de un triángulo, que es el sitio donde los trenes cambian de dirección. Soy llorón y lloré. Tuve deseos de soltar el guante, dejar caer el fly y salir corriendo a dar el abrazo más largo que he dado.
Ahora solo espero la primera foto de Amanda y Ana Rosario juntas.

23 agosto 2012

El intento de asesinato de Barriga Verde

 
No sabía de la existencia de Barriga Verde hasta que Google me alertó. Me pareció extraño que una página web en San Juan de la Maguana, en el sur profundo dominicano, me mencionara junto a Rafael Rojas, Antonio José Ponte y José Prats Sariol.
Lo primero que me llamó la atención fue el staff de columnistas de la publicación, que es encabezado por Narciso Isa Conde y Lilliam Oviedo, representantes del extremo más obcecado y absolutista de la izquierda dominicana, voceros impenitentes del régimen cubano.
En “El colmo del cinismo” un reportaje firmado por Arthur González, se comenta el Llamamiento por una Cuba mejor y posible que suscribieron recientemente cubanos de todas partes del mundo. Con la misma retórica del régimen, González ataca los propósitos del documento y señala a algunos de sus firmantes (entre ellos yo) como agentes de la CIA. 
Debido a mi labores en República Dominicana, he llegado a familiarizarme con los nombres de casi todos los periodistas del país. Arthur González, sin embargo, no me resultaba conocido. Consulté a Vianco Martínez, quien sí los conoce a todos, y tampoco tuvo la más mínima idea de quién era.
Desconcertado, le escribí a Anulfo Mateo Pérez, director de la publicación, para que me pusiera en contacto con el autor del reportaje. Solo quería, le dije, alguna explicación sobre la grave acusación que hacía, a mí y a un grupo de importantes intelectuales cubanos. La respuesta llegó tarde y con una extraña lógica.
Resumiendo: Anulfo me advertía que en el mundo había muchos Camilo Venegas, que si yo no era agente de la CIA, entonces no se referían a mí (ya una vez le oí decir algo parecido a Fidel. Cuando se esfumó el comandante Cienfuegos, aseguró que en el pueblo había muchos Camilo).
Revisé la lista de los firmantes del Llamamiento… y, en efecto, no había nadie más con mi nombre. Le volví a escribir a Mateo Pérez y aún no ha respondido. No lo hará por varias razones, pero la más importante de todas es que Arthur González no existe. Se trata de una máscara de uno de sus colaboradores o de algún funcionario de la Embajada de Cuba.
Por estos días se ha hablado mucho de cómo Fidel y Raúl Castro han asesinado, sistemáticamente, la reputación de los que han disentido de su dictadura o reclamado una Cuba más plural y libre. Como no hay argumentos para dialogar, se opta por aniquilar moralmente al adversario.
Me gusta el nombre de Barriga Verde. Me gusta que existan en República Dominicana medios alternativos que procuren y consoliden la pluralidad, diversidad y libertad de su gente. Pero es una lástima que se dejen usar, que se presten para asesinar la reputación de los cubanos que quieren lo mismo que ellos para su patria.