El oficio del corresponsal extranjero en Cuba es tan difícil como
el de los funámbulos. Ambos se la pasan tratando de mantener el equilibrio. El
principal enemigo de los segundos es la Ley de Gravedad. Los primeros, en
cambio, tienen que cuidarse de la objetividad y de las verdades incómodas.
Para el uruguayo Fernando Ravsberg eso está muy claro. Hace muchos
años que vive en La Habana y conoce la realidad de la Isla como la palma de su
mano. Se nota que ha comprado carne de res en la bolsa negra y que ha comido
langostas en época de veda. Su blog prueba que ha llegado hasta los más
inaccesibles recovecos de la nación.
Para conservar el puesto, como corresponsal y como testigo de
excepción, Ravsberg tuvo que aprender a comunicarse con la mitad de su lengua.
Por eso escribe todo a medias, contando solo la porción tolerable de los
hechos, el trozo menos comprometedor de la historia, el pedazo que no contenga
lo intolerable.
Ese excesivo cuidado lo ha llevado, primero, a la autocensura y, de
ahí, a la miseria. En su más reciente post, “Los aprendices de brujos”, fue tan
evidente su maña que Rosa María Payá no se pudo quedar callada. Una por una,
destapa las maniobras y falsedades del uruguayo.
“Ravsberg está tan acostumbrado a caminar sobre esas desventajas
que se atreve a sugerir que a los cubanos no les interesan los derechos
humanos. ¿Cómo se atreve a despreciar de esa manera racista al pueblo del que
ha vivido durante tantos años?”, afirma la hija de Oswaldo Payá.
Rosa María describe muy bien al personaje y revela todo de lo que
es capaz. Aún así me siento en la necesidad de decirle algo más a Fernando
Ravsberg: Tratar de subestimar y, lo que es peor aún, de empequeñecer a la oposición
cubana sin antes mencionar la criminal represión a la que es sometida, es de
una cobardía imperdonable.




