13 abril 2021

Husos Horarios


(Fragmento de la novela Atlántida)

El día que el maestro Gustavo nos enseño los husos horarios, extendió un mapa sobre la pizarra y nos pidió a El Chiqui y a mí que cerráramos las persianas del aula. Entonces apagó la luz y encendió su linterna. Así fue que conocimos al Meridiano de Greenwich y el tiempo universal coordinado.
—Ahora el sol está sobre Cuba —nos dijo, mientras alumbraba a nuestra isla—. Si se fijan, Hanoi está totalmente a oscuras y en Berlín se está haciendo de noche.
Cuando mencionó a Berlín algunos soltaron una risita y eso molestó tanto al maestro que encendió la luz del aula. Marita, que siempre está pendiente de todo, le hizo notar que no había apagado la linterna y le estaba dando en la cara a la primera fila.
—¡Me encandilé! —Dijo Tito Migollo— ¡No veo nada!
—¡Ponte frente a la pared para que veas menos! —Le ordenó el maestro Gustavo, que solía usar ese castigo con los varones que nos portábamos mal.
—Maestro, ¿entonces cuando aquí era de día, Basilia estaba oscura—Preguntó Venancio.
Hubo otra vez risitas y Gustavo le señaló la pared a Venancio. Tito y él se pasaron el resto de la clase con las manos en la espalda y la cara pegada a otro mapa del mundo, el físico, que es mi preferido, porque aparecen las más altas montañas, las más profundas fosas marinas y los más grandes ríos.
En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, a diferencia del resto de Cuba, hay dos zonas horarias. No tienen que ver con los meridianos ni con el Sol o la rotación de la Tierra, sino con Atlántida y Aurelio. Por es imposible señalarlos en un mapa.
Cuando Atlántida sale al andén y me dice que deje de jugar pelota y que me vaya lavando las manos porque solo faltan cinco minutos para que esté la comida, puede estar hablando de diez o quince minutos y hasta de media hora. Los cinco minutos de Aurelio, en cambio, son exactos.
Si mi abuela me dice que le haga un mandado en un ratico, puede tomarme toda la mañana y parte de la tarde en hacerlo. Los “en un ratico” de Aurelio pasan volando, son tan breves que prácticamente quieren decir “ahora mismo”. Por eso, si uno no quiere recibir un regaño, tiene que salir corriendo.
La Unión Soviética y Estados Unidos tienen once husos horarios. Pero si a Francia se le suman sus territorios en todo el mundo, llega a tener doce. En China, a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de este a oeste, hay un solo huso horario. Por eso en algunas regiones a las diez de la mañana es de noche todavía.
Al maestro Gustavo le encantan esas curiosidades. A veces, en las clases de geografía, botánica o zoología, parece que ha viajado por el mundo entero. Habla de los animales como si fuera Félix Rodríguez de la Fuente, el español de El hombre y la tierra. De los mares parece saber tanto como Jacques Cousteau.
—Si se alejan del meridiano de Greenwich hacia el este, hay que sumar horas —explicaba el maestro—. Si lo hacen hacia el oeste, hay que restar. Pero en cualquiera de las dos direcciones se llega a un punto del océano Pacífico en que se juntan dos zonas horarias que tienen entre sí 24 horas de diferencia…
—¡Se hizo de noche! —Dijo Tito Migollo cuando vio a Basilia asomándose en la puerta del aula.
Enfurecido, Gustavo le tiró el borrador. Por suerte dio en la pared y no contra la cabeza de Tito, que empezó a toser dentro de una nube de polvo de tiza. Al llegar a la casa, Atlántida me dijo que estuviera atento, porque en cinco minutos iba a pasar un tren de La Habana que habían desviado por un accidente en la Línea Central.
—En verdad va a pasar dentro de 15 minutos —dijo Aurelio después de consultar su reloj de bolsillo.
A pesar de tener 10 minutos de diferencia, los dos se estaban refiriendo a la misma hora. Eso pasa cuando se vive en una casa que está en dos zonas horarias. El maestro Gustavo no lo sabe, pero en la estación de Ferrocarril del Paradero de Camarones también puede figurar en su lista de curiosidades.

10 abril 2021

Veloz, Marcio, siempre me sentaré a tu lado


Tengo la enorme fortuna de haber compartido comedores obreros con grandes intelectuales. En Cuba, arrimé mi bandeja de aluminio a las de escritores que siempre voy a querer y admirar. Mis empleos en el
 Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Casa de las América me lo permitieron.

Durante los años que laboré en el Centro León, comí muchas veces junto a Marcio Veloz Maggiolo. Al mediodía, después que los tabaqueros de La Aurora oían La Tremenda Corte en la radio, Juan Miguel Pérez, Pedro José Vega y yo solíamos sentarnos junto a ellos a comer. Muchas veces don Marcio nos acompañaba.

La comida era deliciosa, pero la sobremesa mucho mejor. En ellas fue que supe de la amistad de Marcio con Carpentier y Onelio Jorge Cardoso. Conocí una Cuba que no dejaba de sorprenderme y, sobre todo, fui descubriendo esencias de la cultura popular dominicana que aún desconocía.

Al principio me pareció un tipo pesado. Después descubrí que reservaba su bondad, su sencillez y su mordaz sentido del humor para los que lo merecían. Aunque sabía que era, probablemente, el más importante escritor dominicano vivo, se comportaba como cualquier mortal.

Eso le permitía compartir secretos invaluables como el de La Miniatura, el lugar donde venden el mejor queso de hoja de Bonao, o el de esas butifarras cibaeñas que ya solo se pueden encontrar en una intrincada calle de Santiago. “¡Ah, qué maravilla!”, decía con los dedos llenos de grasa.

Un día me llevó un texto que acababa de escribir para una exposición. “No tuve tiempo de revisarlo —me dijo—, hazle todos los cambios que creas”. En verdad era una página impoluta, solo adapté alguna que otra idea al propósito de la muestra. Lo llamé para decirle. “Imprímelo”, fue su respuesta.

Más que confianza en mí, era humildad. Un día llegué tarde al comedor y, desde la fila, vi que Marcio me guardaba un puesto. Veloz, me senté a su lado. Hoy República Dominicana ha perdido uno de sus más importantes escritores y yo, además, a un inolvidable compañero de sobremesas.

09 abril 2021

El olor de Siberia

Una vez al año, un tren dejaba en uno de los andenes de mi casa un vagón lleno de travesaños. Acababan de llegar de Siberia y tenían un fuerte olor a creosota. Las brigadas de Cruces, San Fernando y Cumanayagua se los iban llevando poco a poco para reparar la línea principal y el ramal. 
A diferencia de los travesaños de maderas cubanas, que duraban hasta 50 años, los de pinos siberianos no resistían el clima tropical. Apenas unos meses después de haber sido colocados, empezaban a podrirse. Eso obligaba a los trenes a circular con precauciones y muchos de ellos acababan descarrilados. 
La última vez que llegaron travesaños de la Unión Soviética fue a principios de los años 90. Empezaba la gran depresión económica que Fidel Castro bautizó con el eufemismo de “Periodo Especial” y, con ella, la profunda crisis social que socavó cada valor de la sociedad.
El trabajo empezó a ser algo simbólico, porque lo que se ganaba no alcanzaba para comprar lo básico. Eso convirtió a cada cubano en un sobreviviente. Los mismos que ponían los travesaños por el día, volvían en la noche para robárselos. Aunque es innegable que se trataba de un robo, no eran ladrones.
Eran hombres que ya no podían ganarse la vida honradamente a pesar de que trabajaban ocho duras horas al sol. En esa época un travesaño nuevo valía 80 pesos y el salario mensual de un reparador era de 148 pesos. En la madrugada se oían pasar los motores de vía a toda velocidad. 
Llevaban las luces apagadas. No pedían autorización para circular. Pegaban las orejas al “control” (la línea telefónica de los despachadores de trenes) y aprovechaban la más mínima oportunidad en que la vía estuviera libre para llegar de un pueblo al otro.
Bajo el mediodía, aquel fuerte olor inundaba la casa, el salón de espera, los andenes y se expandía por todo el Paradero de Camarones. Todavía, cuando oigo o leo la palabra Siberia, las cosas me empiezan a oler a creosota.

02 abril 2021

No se puede tapar el sol con una bandera


El castrismo está en su fase terminal, casi nadie tiene dudas de ello. Eso no quiere decir que pueda acabar hoy, mañana o la semana que viene. Pudiera tardar años en caer. Su maquinaria represiva, la única institución que aún le funciona, está ahí para garantizarlo. Se trata de un Estado que solo es capaz de proveer terror.

Por eso le dan más importancia a los símbolos que a la gente. Ni al más despiadado tirano se le hubiera ocurrido aplicar medidas de choque en medio de una situación tan desesperante como la pandemia. El régimen cubano, en cambio, se siente tan seguro de su capacidad de reprimir, que se lanzó a “ordenar el ordenamiento”.

Las elecciones en Estados Unidos eran su luz al final del túnel. Confiaban en que una victoria de Joe Biden devolvería las cosas al punto donde Obama las había dejado. Pero la nueva administración de Washington no parece dispuesta a ceder ni a cometer los mismos errores.

Esa puede ser la explicación de que el castrismo se decidieran a reaccionar y levantar una horrorosa bandera de concreto en el Malecón, frente a la embajada de Estados Unidos. En esa misma avenida, un ícono de la ciudad, se suceden los edificios en ruinas. Todo el cemento derrochado ahí hubiera significado un gran alivio para muchas familias que están a punto de perder su techo.

Pero advertimos que al régimen le importan más los símbolos que la gente. Aunque es incapaz de gestionar nada con éxito, todavía conserva intacto su talento para erigir los más horrorosos monumentos y para mancillar la belleza de La Habana. ¿Alguien pudiera explicarles que no se puede tapar el sol con una bandera?

28 marzo 2021

Mi madre camina por el andén de Camarones para ver pasar un tren


A cada rato escribo “Ferrocarriles de Cuba” o “Cuban railroad”, así, entre comillas, en los buscadores y las tiendas on line. Acopio toda imagen, texto, documento, película o libro que aparezca. Nací en la estación de trenes del Paradero de Camarones. Al hacer eso salvo, de alguna manera, mi mundo perdido.
Hace un tiempo compré este DVD en Amazon. Había comprado muchos antes. En todos lo más cercano que aparecía a mi casa y mi pueblo eran las locomotoras de vapor de los centrales Mal Tiempo (Andreíta, antes de 1959) y Espartaco (Hormiguero). Con esos sonidos y esas imágenes me bastaba y me sobrada.
Pero en un capítulo de Cuba, 1998, apareció el Prado de Cruces y, al fondo, un tren de tolvas de azúcar saliendo de la estación. Cinco kilómetros después está mi casa. “¡Qué cerca!”, me dije a mí mismo. He olvidado un detalle. Estaba viendo el DVD junto a mi madre. Quien era feliz al estar a mi lado, pero extrañaba aún más que yo a su pueblo.
De pronto apareció un cartel y luego unos carneros (así le llaman a las ovejos en Cuba) y los dos dijimos al mismo tiempo, “¡Esos son los de Mele!”. Sí, era el aparatadero, junto a la cerca del patio de Mercedita. De ahí en adelante la cámara nos fue descubriendo la estación detalle a detalle.
Mi madre empezó a llorar y agarró fuerte mi mano. Entonces, sin que ninguno de los dos pudiera ni siquiera imaginarlo, apareció caminando de la puerta de la calle al teléfono del anden.  Ahora no tengo a su mano para apretarla al volver a ver esas imágenes. Pero igual, siempre que vuelvo a ellas, empiezo a llorar.

Camilo y Serafín posan en Yaguajay

Serafín Venegas, con gorra, detrás de Camilo Cienfuegos.

En los archivos de
 Bohemia encontré esta foto donde Papi aparece junto a Camilo Cienfuegos en Yaguajay. En un Noticiero ICAIC se les ve otra vez juntos ese mismo día, izando una bandera cubana en lo alto del Ayuntamiento del pueblo (no he logrado conseguir esos segundos de película). 
Pocas semanas después Serafín Venegas Nodal le dijo a su jefe que no le interesaba la vida militar. Con un Dodge 58, un camión y una motoniveladora se fue a vivir a su lugar preferido en el mundo: el Escambray. Hizo de Manicaragua todo el espacio que necesitaba para ser feliz.
El Dodge acabó destrozándose contra un árbol una madrugada de carnaval. La motoniveladora hizo camino en las montañas hasta su último aliento. Alcancé a conocer al camión. También era Dodge. En él me picó una abeja que me dejó una marca para toda la vida. Cada vez que la veo en un espejo, recuerdo al vehículo.
Compartí la foto con Alejandro Aguilar y Marianela Boán. Al rato, Marianela me hizo una observación: “Las mujeres parecen salidas de la película A pleno sol, de Alain Delón”. Estamos hablando de Yaguajay, un apartado pueblo dedicado a la agricultura en los confines de Las Villas.  
El día que caiga el régimen que acababa de triunfar en esa imagen, a los fotógrafos le va a costar mucho trabajo hacer una foto de grupo, incluso en las esquinas más concurridas de La Habana, en la que todos los hombres tengan camisa y las mujeres no anden en prendas de interior como si fuera ropa.
Camilo y Serafín posaban en una Cuba que nacía. Ni ellos ni los que están a su alrededor podían imaginarse que en realidad moría.