07 julio 2016

IVÁN CAÑAS: “Nunca me interesó retratar el Capitolio ni el Malecón”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

© Sergio Cervantes
El cubano se ofrece cambió mi manera de mirar a a mi pueblo y al mundo que me rodeaba. Antes de conocer ese libro de Iván Cañas, la belleza de mi entorno era invisible para mí. Viendo sus fotografías, descubriendo los detalles de cada imagen, aprendí a ver lo que la abúlica vida de provincia me ocultaba.
Si soy del todo honesto, debo reconocer que en mi escritura, sobre todo la que tiene que ver con las descripciones de mi pueblo y el mundo de los ferrocarriles, hay una notable influencia de la mirada de Iván Cañas y de su modo de entender esos paisajes humanos.
No tuve la fortuna de conocerlo en Cuba. No fue hasta hace poco que por fin anclé en su muellecito de Miami y, junto a Diana y Alba, brindamos con Brugal, nos abrazamos y compartimos historias hasta que la madrugada pasó por el río.  

La Zafra de los 10 Millones es un momento épico (y catastrófico) de la historia de la revolución cubana que está ejemplarmente documentado con tus imágenes. ¿Cómo lograste permanecer en los cañaverales con una cámara mientras los demás andaban con machetes?
La Zafra de los 10 Millones fue un evento único en la historia contemporánea de Cuba. Todos los recursos del país se pusieron en función de ese fracaso económico y social.
Tuve la suerte, como fotógrafo, de ser seleccionado junto a dos viejos colegas y amigos de la revista Cuba, Luc Chessex y Enrique de la Uz, para cubrir durante unos dos meses el desarrollo de la zafra en Oriente.
El protagonista de mi reportaje, como siempre, fue el cubano de a pie, el cortador de Caña. Mis imágenes, las de Chessex y De la Uz, vieron la luz en un número de la revista Cuba y en una expo en el Museo de Bellas Artes.
Luego, debido al fracaso sonoro de esta costosa aventura, aquellas imágenes no volvieron a ser divulgadas.

Cuba es el gran tema de tu fotografía. Aunque fuiste, eres y seguirán siendo un gran fotógrafo, allí dejaste lo que mejor sabías mirar. ¿Cómo te las arreglas sin mirar a Cuba a través de un lente?
Llegue a estas playas a comienzos de 1992 y comencé inmediatamente a tratar de volver a lo mío. No fue muy fácil que digamos. La fotografía en blanco y negro, la que conozco, la que amo, ya apenas existía. Todo era color y las diferencias son enormes.
No obstante, logré volver a hacerme de un cuarto oscuro y a los 2 ó 3 meses hice mi primera exposición personal aquí en Miami. Tuvo una cobertura de prensa muy decente y poco después comencé a colaborar como free lance en la Editorial América, una empresa que producía unas 40 publicaciones en español.
En esos momentos se fotografiaba en color, pero aun no existía el mundo digital. No era la fotografía que yo tanto amaba, pero era fotografía. Y ahí seguí...

Los cubanos que retrataste, en verdad, parecían ofrecerse. ¿Cómo hacías para que posaran con tanta naturalidad para la historia de la fotografía cubana?
El cubano es muy comunicativo y eso facilitaba mi acercamiento personal al sujeto a retratar. Mi técnica era conversar algo con ellos antes y después pedirles que miraran a cámara y fotografiarlos.
Como se observa en mis retratos, en realidad no son fotos posadas. Los fotografiados no están rígidos ni molestos. Me regalaban su imagen a partir de una comunicación mutua. Ellos se me ofrecían y de ahí el título de mi primer libro.
Como sabes, la maqueta original de El Cubano se ofrece forma parte de la Colección Permanente del Museo Reina Sofía, lo cual es un honor para mí... y para los todos los que se ofrecieron.

La Editorial Verbum acaba de publicar un libro sobre censura y revolución, a partir del caso de la revista Cuba. ¿Cómo fue tu experiencia en esa mítica publicación?
La autora de ese libro es Minerva Salado, amiga de toda la vida. Fue Jefa de Redacción y periodista de la revista Cuba, donde compartimos oficios durante 10 años y comenzamos una amistad que ya ronda el medio siglo.
La revista Cuba, que luego se convertiría en Cuba Internacional, dejó de circular en la isla en 1969 y se enfocó al exterior. Este hecho determinó que la censura y la intromisión del gobierno en el contenido de la misma, fuera mucho mas leve que en el resto de las publicaciones.
Tan es así, que la enorme mayoría de los periodistas, fotógrafos y diseñadores de la revista no éramos militantes, ni del Partido ni de la Juventud comunista. Cuando nos comparábamos con los colegas de otras publicaciones, nos sentíamos afortunados de nuestro carácter “internacional”.

Si tuvieras la oportunidad de volver a retratar a la Cuba actual como pudiste hacerlo con la de los 60 y los 70, ¿qué imágenes irías a buscar?
Creo que volvería a hacer lo mismo, retratar al cubano que se ofrece. Nunca me interesó retratar el Capitolio ni el Malecón, siempre me fascinó la cubanía y ella está hecha del hombre de a pie. Ese es mi país. Lo volvería a retratar con mucho gusto.

¿Puedes regalarle a los lectores de El Fogonero una foto inédita de un cubano que se ofrece?
Sí, claro. Esta es absolutamente inédita. Es un vendedor clandestino de pájaros en los alrededores del Mercado Único. Habana, 1971.
© Iván Cañas.

06 julio 2016

Queridos cumpleaños

Hoy, 6 de julio, es el cumpleaños de Marta Valdés y Mario García Haya, dos de los cubanos que más he querido. De Marta oí y a Marta la oí muchísimo antes de conocerla. Mi abuelo Aurelio, que era un incondicional de los antiguos trovadores cubanos, reconoció la tradición hasta Marta.
Cuando quería enfatizar algo, repetía una palabra. Eso explica por qué, al oír alguna canción de Marta, elevaba su jaspeado vaso soviético rebosado de ron refino y fijaba la vista en el potrero: “¡Ella es la última de los grandes grandes!”, exclamaba.
Cuando conocí a Marta ya él había muerto. Esa debe ser la razón por la que he soñado varias veces que llego al Paradero de Camarones en un Moscovich Aleco y que saco de su maletero a Marta, guitarra en mano, cantando "Tú no sospechas", "Sin ir más lejos", "Palabras" o cualquiera que hiciera llorar a mi abuelo.

De Mayitín también puedo contar muchas historias, pero como él siempre prefiere recordarlas en familia, reproduzco el mensaje que acabo de mandarle por WhatsApp:
No sé si sabes que naciste el mismo día que Marta Valdés.
Te quiero mucho, Mayi. A ti, a Soraya, a María Eugenia, a Maguín, a Lala, a la gata y hasta al conejo, que es con quien menos he interactuado. Cuando nos vemos mucho, cuando nos vemos poco y cuando no nos vemos, ustedes son para nosotros nuestra familia. Es por eso que solo te deseo felicidad y muchos, muchísimos años de vida.
Entra ahora mismo a Spotify y oye el disco de Haydée Milanés cantando las canciones de Marta en vivo. Creo que no hay mejor regalo para tus 50.
Hoy, 6 de julio, es el cumpleaños de Marta Valdés y Mario García Haya. Y aquí estoy yo, celebrándolos.

ANTONIO JOSÉ PONTE: “Escribí 'La fiesta vigilada' sin saber que era mi despedida de La Habana”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

A mediados de los años noventa, las visitas de Antonio José Ponte a mi casa del Vedado se hicieron cada vez más frecuentes. A esos encuentros debo muchísimas lecturas y una visión mucho más iconoclasta de la historia y la cultura cubana. De él también aprendí a ver La Habana desde la altura de una bicicleta, lo cual hizo que fueran mucho más llevaderas las travesías.
Su novela La fiesta vigilada es un volumen que dedica buena parte de sus páginas al arte de apreciar ruinas. Eso ayuda al escritor y al lector a entender una Cuba que sufre un deterioro físico y social muy parecido al de su capital, pero a escala de país. Quería que entrevista tratara de eso, pero al final pudo más el deseo que tengo de hablar con Ponte.
Hace 16 años que no nos vemos. Debo confesar que, aunque he armado este texto para que pueda ser publicado, la única excusa que me movió al hacerlo fue el deseo de que volviéramos a conversar. Antonio José Ponte es, al menos para mí, uno de los individuos más lúcidos de mi generación. Desde que lo conozco, una de las cosas que más disfruto es buscarle la lengua.

La fiesta vigilada tiene poco de ficción y mucho de testimonio. Más que una novela, a mí me parece un diario en el que no importan las fechas sino los sucesos y las consecuencias de éstos. ¿Cómo lo defines tú?
"La cosa cuyos ojos y orejas no vemos y cuya nariz y cabeza apenas vemos, en pocas palabras, nuestro cuerpo", escribió Lichtenberg. Y su descripción, tan elusiva, me permite explicar la idea que me hacía de ese libro mientras lo escribía. No alcanzaba a ver sus ojos y orejas, y apenas alcanzaba a ver su nariz y su cabeza. Tiene mucho de testimonio, me parece. Algo, más que nada, de ficción. Y me gustaría pensar que es de amena lectura. (Amenidad y Perseverancia son dos calles habaneras que podrían servir de lema a cualquier autor.)

En casi todos tus textos La Habana aparece, y la mayoría de las veces es más un personaje que un escenario. Fuera de la literatura, ¿qué siente Antonio José Ponte por La Habana y cómo te despediste de ella?
Mientras no tenga suficientemente caminada Madrid, La Habana es mi ciudad. Antes lo fue Matanzas, donde nací. Y espero que La Habana no llegue a desdibujárseme como se me ha desdibujado Matanzas.
Me despedí sin saber que me despedía. Dejé mi casa del mismo modo en que lo había hecho tantas veces, para volver a ella. Escribí La fiesta vigilada sin saber que era mi despedida de La Habana. Y me puse ante la cámara de los documentalistas Florian Borchmeyer y Matthias Henstchler sin saber que en Habana. Arte nuevo de hacer ruinas filmaban mis últimos paseos por esas calles. Mejor que haya sido así.

Recuerdo que en La Habana solías tener ciertas rutinas y costumbres. ¿Cuán diferente eres de aquel individuo que atravesaba La Habana a grandes trancos, con un paraguas como única protección? ¿Cuáles son tus rituales madrileños?
Perdí el paraguas (en Madrid llueve poco) y sigo siendo un paseante de largas distancias. En La Habana leía los libros de una sentada, ahora se me demoran más. Intento, sin embargo, ser el mismo lector y el mismo paseante. Y he tenido que cambiar las casas de los amigos por cafés y por bares.
Recorridos por librerías. No alejarme de los enanos: visitar de vez en cuando a los Velázquez del Museo del Prado. Tomar un buen café (según lo dicta mi experiencia de un año en Portugal). Comprar billetes en establecimientos de lotería estrictamente fijados por la superstición personal. No volver al bar aquel donde escuchaba jazz, y que cambió de música al cambiar de dueño.  Meterme en la oscuridad del cine todos los fines de semana. Caminar de madrugada por calles vacías.

Entre las cosas que suelen asociarse con la “cubanidad”, ¿cuáles son las que sigues apreciando y cuáles las que has empezado a detestar?
Pues es una antología tan variable como mi carácter. Y, pese a la necesidad de alardear de cubanidad que afecta a la cultura nacional, yo no me considero muy cubano de carácter. (Aunque no soportaría que me echaran en cara esa falta.)

…Insisto en la encerrona, ¡haz un pequeño inventario!
Si hablamos de encerrona, voy metido en un taxi colectivo en La Habana. Es uno de los numerosos auto de los cincuenta que ruedan todavía, gracias a la inventiva del cubano. La inventiva del cubano: ahí tienes un buen rasgo. Al taxi, que llaman almendrón por la forma de las carrocerías de los primeros cincuenta, suben distintos pasajeros hasta repletarlo. Sin que se hayan visto antes, la conversación entre pasajeros y taxista está hecha con la confianza de quienes llevan años tratándose. Aquí tienes otro buen rasgo: simpatía. Aunque no tarda en convertirse en el peor defecto: asalto a la intimidad, falta de tacto, intromisión y cederismo (de CDR: Comité de Defensa de la Revolución, organización de vecinos dedicada a la vigilancia y la delación). Lo que empezara como un hipotético viaje por las calles habaneras puede desembocar, de la curiosidad y simpatía por el prójimo, en el atropello de la individualidad, en la chivatería. 

Cuándo caíste en cuenta de que no volverías a Cuba y que tendrías que abandonar tu biblioteca, ¿con qué libros cargaste? ¿Qué autores cubanos has releído más de una vez? ¿A cuáles no volverías a leer?
Varios amigos han hecho el favor de traerme algunos libros de mi biblioteca habanera. Títulos cubanos, que en España se harían inencontrables. Más mis ejemplares de Isak Dinesen, de Joseph Roth, de Marina Tsietáieva, de poetas chinos y japoneses traducidos al inglés por Keneth Rexroth...
De Cuba, he releído a todos los poetas de consideración. A la mayoría de mis contemporáneos, sean poetas o no. A quienes han prestado testimonio sobre autores por cuyas biografías siento curiosidad: Julián del Casal, José Lezama Lima, José Martí, Virgilio Piñera... A quienes me ayudan a explicarme el país o una época.
¿De qué vale lo que pueda prometerme ahora si en cuanto me pidan un texto sobre alguno que no quiera releer, aceptaré la encomienda y volveré a hacerlo? Aún así, no evito tu pregunta, voy a darte ejemplos. Preferiría no releer La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier. Preferiría no releer la poesía de Reinaldo Arenas. Preferiría no releer las novelas de Guillermo Cabrera Infante (ya conozco sus chistes) y las de Severo Sarduy (a diferencia de sus ensayos y poemas). Preferiría no releer ciertos volúmenes de las obras completas de José Martí. Preferiría no releer ninguno de los textos dedicados por García Marruz y Vitier al culto martiano.
Preferiría no hacerlo, como decía el empecinado Bartebly en el cuento de Herman Melville.

05 julio 2016

CARLOS CELDRÁN: “Detesto la sensación habanera de ser sobreviviente”

El 19 de agosto de 2006, abrí una cuenta en Blogger y publiqué el primer post en El Fogonero. Para celebrar los 10 años de esta bitácora, le haré pequeñas entrevistas a creadores cubanos que han sido importantes para mí por alguna razón. Quiero que sus palabras se conviertan en mi fiesta.

La noche que leí el manuscrito de 10 millones apenas dormí. Algunos fragmentos de la obra de Carlos Celdrán se quedaron retumbando en mi cabeza.  Aunque el teatro se escribe para ser representado y aún no he visto la puesta en escena, pude intuir claramente los gestos y la luz, llegué a escuchar el tono de cada voz.
Lo conocí a principios de los 80, cuando ambos estudiábamos en la Escuela de Arte de Cubanacán. Una tarde, Salvador Lemis me llevó a su casa. Tarde en la noche pusieron un disco de Chico Buarque y oí por primera vez “Geni y el zepelín”.
Con la promesa de que se lo cuidara mucho y se lo devolviera, al final Carlos me prestó el volumen de Ediciones R con el teatro completo de Virgilio Piñera. “Qué linda era Lilian Llerena, ¿verdad?”, dijo mientras hojeaba el libro por última vez.

¿Qué diferencia hay entre el Carlos Celdrán que aún no había escrito 10 millones y el que, además de escribirla, la puso en escena?
Nunca seré tan personal otra vez como en 10 millones. Algo que siento con una fuerza tremenda. Que asusta. Todo lo que hago y digo en ese espectáculo me interesa, en ningún momento hay relleno, cada segundo de él cuenta, pesa.
De un modo que aún no puedo definir estoy descubriendo que el teatro también es para uno, tu sanación, tu método. Durante años trabajé por un teatro cívico, honesto, profesional, donde los demás encontraran espacio, sentido. Aquí también lo hago, pero  más cerca de la experiencia del poema, de ese estado que deja hacer un poema, un texto.
No sé, estoy en un territorio distinto, casi físico, donde respiro libertad, cercanía, emociones. 

Muchos artistas y escritores cubanos que viven dentro la isla aseguran que no podrían crear fuera de ella. ¿De qué te sirvió escribir 10 millones en Estados Unidos?
Estar en Nueva York, lejos de Cuba, estudiando, otra vez, teatro y sometido a ser actor, quizás me abrió a la escritura, a la memoria, al dolor  de escribir lo que fue la infancia y la adolescencia en Cuba. También los ejercicios de actuación que hacía cada día me abrieron a eso, a recordar, a despertar lo pasado.
Recuerdo salir de clases y caminar por el Village donde vivía, bajo el calor de aquel verano, a finales de mis treintas, la excitación de vivir allí, de ser uno más allí, un estudiante más de teatro en Nueva York.  Todo eso creó, quizás, un estado que está en el texto, una mirada, un tipo de voz.
No sé cuánto influye un espacio en el acto de escribir, no soy un escritor profesional, no escribo todos los días ni lucho con esa materia a diario, por lo que no puedo comparar experiencias, sin embargo, en Nueva York escribí mucho, de golpe, como nunca lo había hecho antes. Ni siquiera aquí, en La Habana.

Has viajado mucho más que la inmensa mayoría de los cubanos. Después de todos esos trayectos y al final de tantas experiencias vividas en tantos lugares diferentes, ¿qué te hace seguir siendo cubano?
Es curioso, he sido un cubano raro, casi toda mi vida me he sentido extraño como cubano, no sé si has sentido ese malestar, esa presión, pero desde joven sufrí por ello, por no reconocerme en las cosas que para un cubano eran esenciales, definitorias.
Sin ser una persona elitista, odio las élites, siempre me he sentido ajeno aquí, entre mi familia, incluso, entre mis amigos. Quizás es una experiencia bastante generalizada, imagino que a los ingleses, a los alemanes les pase lo mismo, que no se vean ingleses o alemanes. No hablas de ello, es complicado y puede tergiversarse.
He hecho un teatro que escapa al énfasis que es la cubanidad, sin embargo, las contradicciones sociales e históricas que hemos vivido, las paradojas, el destino que nos ha tocado si está en mi teatro y es lo único cubano que reconozco, eso que no puedo dejar de sentir, de padecer.
Soy cubano porque he padecido cosas inevitables. Soy cubano por esa herida que también me sostiene, quiero curarla, entenderla, explicarla, supongo que también a ti te pase lo mismo, no dejar de pensar a Cuba, de atraparla. Después de viajar tanto siento que eres lo que eres a donde quiera que vayas, un cubano, un simple cubano.

Una vez me prestaste el Teatro completo de Virgilio Piñera y no te lo puede devolver, porque me lo robaron en el albergue de la Escuela de Arte. Eso me hizo pensar en esta pregunta: ¿Qué libros temes perder, cuáles te llevarías contigo a donde quiera que vas?
No recordaba ese préstamo. Igual he perdido muchos libros así. Y me he quedado con otros muchos también. Creo, como Virgilio Piñera, que no conservaba sus libros después de leerlos, que no hay nada más intenso que prestar y que te presten libros, ese ritual que en Cuba es tan fuerte. Lees lo que leen tus amigos, al mismo tiempo, en complicidad, con sus anotaciones.
Me gusta leer bajo ese mandato, para después conversar del libro, no sé qué me gusta más, si leer o si compartir la lectura con amigos. No me gusta leer solo para mí, me gusta el cruce de opiniones, la incitación, la vigilancia de leer con otros. Cuando no tengo eso el impacto que deja el libro es amargo, solitario, leer es complicidad también, euforia.
Me llevaría mucha poesía, una antología personal que no está editada, con los poetas de mi juventud y los nuevos que dejo entrar de a poco, acostumbrarse a un lenguaje lleva tiempo,  familiaridad. Estaría allí mi Rimbaud de adolescente, el Borges de mi juventud, el Rilke de las elegías que leí una vez para siempre, Pessoa, Whitman, Cernuda, Eliot, Kavafis, todo ese pasado que es un sedimento que no cabe en listas. Que releo cuando no hay nada que leer.
Hablo de la poesía porque fue lo primero que leí con más intensidad cuando descubrí en serio la lectura. El teatro es mi oficio, leo teatro como obligación, aunque Chéjov o Beckett escapen a eso definitivamente. Y después, la lista solo podría llevarla  en un ebook, diversa, caótica, Virginia  Woolf completa, Bernhard, Coetzee, Gombrovic, Durás, Sebald, Piñera,  Lezama,  Baquero, Reina María Rodríguez. 

Eres un gran habanero y La Habana es una de las protagonistas de tus obras, aún cuando no aparece en ellas o ni siquiera la mencionas. ¿Qué es lo que más amas y lo que más detestas de La Habana? ¿Qué cosas te hacen feliz cuando vuelves a ella?
De La Habana detesto su irrealidad. Cada vez que regreso y no encuentro a mis amigos y tengo que comenzar a relacionarme con generaciones nuevas, que en algún momento se irán y despoblarán los lugares, la memoria. Detesto la sensación habanera de ser sobreviviente, de ser fantasma, de ver lo que otros, que acaban de empezar, no ven, esa falta de continuidad que impide que La Habana sea real, tenga realidad.
Sin embargo, cuando vuelvo a ella encuentro la necesidad de trabajar, de hacer teatro, de ser lo que soy. En otros lugares soy turista, emigrado de paso, que puede luchar y trabajar profesionalmente si lo quisiera, pero sin esa oscura necesidad que encuentro aquí, desesperadamente.

La luz de esos ojos

Hoy hace exactamente 5 años que le pedí amistad en Facebook a Diana Sarlabous Sosa. Entonces, tenía esta foto en su perfil. Recuerdo que me aceptó enseguida y apenas unos minutos después empezamos a chatear. En honor a la verdad, esa noche lancé un juego perfecto. 
La prueba es que dos meses después estábamos recorriendo Cuba juntos. El viaje por La Habana, el Paradero de Camarones, Santa Clara, Cienfuegos, El Cristo, Santiago de Cuba y Varadero acabó por hacernos inseparables. 
Desde entonces, sería inúltil tratar de negarlo, la luz de esos ojos me alumbra el camino.

04 julio 2016

La Loma de Thoreau

El día en que Diana Sarlabous y yo nos conocimos, descubrimos que ambos compartíamos un sueño: tener una casita en la punta de una loma, donde pudiéramos sembrar un pequeño bosque para esperar en él la vejez. Cinco años después, ese sueño ha comenzado a hacerse realidad.
Ella quería que fuera en la Sierra Maestra (la región donde nació) y yo quería que fuera en El Escambray (la región donde nací). Pero Cuba es el único país de América Latina en el que los dinosaurios aún no se han extinguido y nosotros no tenemos tanto tiempo como ellos.
Por eso preferimos refugiarnos en la Cordillera Central, el corazón montañoso de La Española. El Cibao ha hecho posible lo que Oriente y Las Villas nos negaron. Allá arriba, a mil metros sobre el nivel del mar (y del mal), echaremos nuestras agradecidas raíces dominicanas.
Le hemos dedicado nuestra loma a Henry David Thoreau, porque él es quien más nos ha inspirado a llevar el estilo de vida que elegimos. Decía Thoreau que quien avanza confiado en la dirección de sus sueños, cruza una frontera invisible. En una de nuestras canciones preferidas, Andrés Calamaro solo pide poder "atravesar el viento sin documentos".
Diana y yo nos conformamos con hacer realidad en ese pedacito de montaña nuestros proyectos más importantes y envejecer juntos. A cambio, plantaremos árboles. Nuestro último deseo es que ellos sigan siendo parte del bosque cuando nosotros ya los abonemos.