24 septiembre 2015

El sabor, el recuerdo y el sonido

Un vagón Pionero en el andén de Caibarién. © Iván Cañas (1968)
Ayer mi madre hizo torrejas. Aunque su memoria es cada vez más escasa, no ha extraviado ningún detalle de las receta original de mi abuela Atlántida. Hoy, mientras desayunábamos, le dije a Diana que ese era uno de los sabores que más extraño de mi infancia.
Ya me estaba sirviendo el segundo café (Bustelo, desde luego) cuando oí un ruido de hierros viejos. En verdad era la estera de una máquina excavadora que abre un hoyo enorme en la calle del fondo. Pero a mí lo que me vino a la cabeza fue el mixto de Cumanayagua.
Los vagones de aquel tren, que dejó de circular a mediados de la década de los 90 del siglo pasado, se llamaban Pionero y estaban hechos con viejas planchas de cargar azúcar y antiguos autobuses Canberra. Llegaban al Paradero de Camarones a la hora del desayuno. Chirriaban como si se fueran a desarmar de un momento a otro.
Todo ocurrió en fracciones de segundo: el retrogusto de la vainilla y la canela, el recuerdo de las torrejas de Atlántida y la confusión con el sonido de los hierros. Eso me hizo recordar la frase que Paul Bowles recita en la escena final de El cielo protector (Bernardo Bertolucci, 1989).
“Como no sabemos cuando habremos de morir, pensamos que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, las cosas suceden un número muy limitado de veces. ¿cuántas veces mas usted recordara una cierta tarde de su niñez, una tarde que es tan parte de su ser, que no se puede imaginar su vida sin ella?”, pregunta Bowles.
Mi respuesta está en esa fracción de segundo en que coincidieron el sabor, el recuerdo y el sonido.

22 septiembre 2015

Mensaje de Ángel Santiesteban a sus amigos dominicanos

El escritor cubano Ángel Santiesteban le envió hoy un mensaje a todos sus amigos en República Dominicana. Lo reproduzco en El Fogonero por si alguno de ellos pasa por aquí.
A mis hermanos dominicanos, el agradecimiento eterno por su constante preocupación y por todos los mensajes que me hicieron llegar a la cárcel. Los amigos se saben en los tiempos adversos y ustedes me ofrecieron una solidaridad que nunca olvidaré. 
Sentí sus lejanas palabras como un fuerte abrazo, ellas fueron una guarida donde pude acurrucarme y resistir. Gracias a gestos como los de ustedes pude soportar los zarpazos de los represores que enviaba el dictador.
Les agradezco su humanidad, generosidad y amistad. 
Abrazos,
      Ángel Santiesteban

21 septiembre 2015

Dios y el Diablo en la tierra del sol

Esta imagen podría llevar el mismo título que aquel filme de Glauber Rocha de no ser por la gravedad del hecho. Francisco, quien encarna una extraña mezcla de Evita Perón con Paulo Coelho, se negó a reunirse con los pocos cubanos que se enfrentan de una manera pública a la dictadura. 
También evitó recordar a Oswaldo Payá, un ferviente católico que murió en extrañas circunstancias mientras luchaba justamente por todo lo que él Papa pide en sus sermones. La excusa de Francisco es que no tenía tiempo, que su agenda era muy apretada. 
Sin embargo encontró el espacio para acudir con un "pequeño séquito" (sic.) a la guarida del dictador más viejo de América. Este vergonzoso gesto, este inexplicable servicio a domicilio, le levanta la sotana a Bergoglio y deja ver al verdadero hombre que hay dentro de ella.

17 septiembre 2015

Alberto Rodríguez Tosca (1962-2015)

Cuando Arturo Arango me dijo que estaba herido de muerte, me costó mucho digerirlo. Alberto Rodríguez Tosca vivía y escribía como si fuera a durar muchísimos años. Sus actos y sus poemas eran los de un hombre que no tenía en mente el más mínimo encuentro con la parca.
En 1999 estuve casi un mes en Colombia. Durante esos días, Albertico y yo fuimos inseparables. Conservo un cartel donde se anuncia un recital de poemas que dimos juntos en un bar, bebiendo aguardiente, rodeados por la bohemia más recalcitrante y el frío de Bogotá.
Gracias a él conocí las maravillas más intrincadas de La Candelaria, un lugar que parece estar hecho para que solo vivan en él poetas, artistas y orates. Una madrugada, con un frío que calaba los huesos, apenas abrigados por el alcohol, una nube se quedó atrapada en una callejuela y comenzó a perseguirnos.
—Como puedes ver —me dijo— aquí arriba vivo dentro de la poesía.
Según me contó Arturo, gracias a Norberto Codina se logró que volviera a Cuba y que se hiciera todo lo posible por salvarlo. Pero ya era demasiado tarde. Los poetas suelen tener un hígado muy frágil, cualquier rasguño en él se convierte en una herida mortal.
Recuerdo cuadro a cuadro la última noche que compartimos. Al final, mientras cantábamos a dúo una de las más viejas de Silvio, abrazados y totalmente borrachos, me pidió que me mantuviera atento, porque el fantasma de José Asunción Silva podía aparecer en cualquier momento.
Lo único que le pido a Albertico es que el día que yo vuelva a La Candelaria, él haga todo lo posible por reaparecer. Me conformo con su fantasma.

12 septiembre 2015

Leer es más importante que escribir

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Poder compartir este espacio con Freddy Ginebra, mi padre dominicano, es una verdadera fortuna. Pero la obligación de tener que decir algo los sábados que él hace silencio, ha acabado convirtiéndose en una angustiosa responsabilidad.
Hace unos días una señora me abordó cuando pagaba en el supermercado. “¿Tú eres el que escribe cuando Freddy no puede?”, me preguntó inquisitiva. “¿Cómo lo supo?”, fue lo único que se me ocurrió decirle. “Adió, porque leí su nombre en la tarjeta de crédito”, su tono parecía reclamarme que no la subestimara.
“A mi nieta le gustan sus cosas, pero a mí no —soltó sin reparos—. Es que no pareces ser un hombre tan feliz como Freddy”. “Doña, en el planeta Tierra no existe un hombre más feliz que Freddy” —su crisis de honestidad me obligó a ser también lo más honesto posible.
Sonrió y, con una de las expresiones más amables que he visto en mi vida, me puso la mano en el hombro, como si tratara de consolarme. “Ay, ombe, eso es así”. 
Se tomó un tiempo para inspeccionar las cosas que llevaba en el carrito. Cuando llegó a las dos botellas de Brugal Extra Viejo, levantó la vista: “Ya veo que tiene los mismos gustos que Freddy”.
“Es mi padre —fue lo único que se me ocurrió responderle—, trato de imitarlo en todo… aun cuanto sepa que nunca llegaré a ser tan feliz como él”. Olvidé mencionar a su esposo, quien permaneció en silencio junto a nosotros. De vez en cuando, solo de vez en cuando, me ofrecía un gesto compasivo.
“Dígame una cosa —por fin se decidió a intervenir—, a mi nieta también le gusta escribir. ¿Qué consejo usted le daría?”. “El mismo que le daría Freddy —llegados a este punto, primero me cuidé de quedar bien con su esposa—, que lea”.
“¿Cómo así?”, preguntó ella. “Ya no tenemos que ir”, dijo el esposo empujando su carrito. “No, no, no, espérame, quiero que primero me responda eso”, insistió ella. “Leer es más importante que escribir —le respondí a él, pero ella me tocó en el hombro para reclamar mi atención—. Yo podría dejar de escribir ahora mismo, pero sería incapaz de dejar de leer”.
Entonces caí en cuenta de que en los dos últimos meses apenas había escrito. Cuando traté de encontrar las razones, se lo achaqué al calor del verano, a la mudanza de El Bohío y a los inconvenientes con la compañía de comunicaciones, que aún no ha sido capaz de trasladarnos el Internet.
Pero al final me di cuenta de que la verdadera razón es que en las últimas semanas tampoco he tenido tiempo para leer. No sé escribir sin leer. Para poder decir algo, primero tengo que fijarme en las palabras de los otros. Este fin de semana reorganizaré los libreros.
Estoy seguro de que ese será un trabajo muy productivo, porque me recompensará con un nuevo plan de lectura. Solo entonces podré ponerle fin a mi sequía interna, que en estos momentos es tan aguda como la que sufre el territorio nacional.
Para que la señora dejara de mirarme con cara de desconfianza, le cité a al escritor que más he leído en mi vida. “Una vez a William Faulkner le advirtió a sus alumnos que escribieran. ‘Pero es imprescindible que sean grandes lectores —les dijo—. Nada sustituye lo que nos da la lectura’”.
El esposo la tomó del brazo y la invitó amablemente a despedirse. Una vez más me ofreció un gesto compasivo. “Puede que tú y el tal Faulkner tengan razón, pero la felicidad es aún más importante que la lectura, así que imite a su padre también en eso y no se angustie tanto en sus escritos”, soltó mientras se alejaba.
No tuve tiempo de responderle, así que lo hago ahora: Pocas cosas me hace más feliz que un buen libro. No les pregunté sus nombres, pero ellos saben. Desde aquí les doy las gracias por salvarme de la angustia de este sábado, solo de este.

11 septiembre 2015

Diana pisará las calles nuevamente

Diana Sarlabous amaneció oyendo "Yo pisaré las calles nuevamente", de Pablo Milanés. Cuando le hice notar que hoy era 11 de septiembre, me aclaró que la estaba oyendo por la ciudad en la que ella nació. "En Santiago de Chile ya se pueden pisar las calles libremente, pero Santiago de Cuba sigue presa de una dictadura que la ha llevado a la ruina. La estoy cantando por mi Santiago", recalcó.