Mi querido hermano Eduardo Lozano, viejo compañero de literas en la Escuela de Arte de Cubanacán, nos regaló este díptico sobre la aparición de la Vírgen de la Caridad en la bahía de Nipe y la representación actual que tendría ese hecho. Hoy, día de la Patrona de Cuba, quiero darle las gracias por su gesto y volverle a mandar otro abrazo. En cuanto amaneció, Diana le puso girasoles y le encendió una vela.
08 septiembre 2015
29 agosto 2015
La historia de Craig Morrison y la chica del call center
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)
La
noche anterior habíamos visto Still Mine, la hermosa lección de vida de Craig
Morrison. La primera advertencia que te hacen en la película es que se trata de
una historia real, la de un anciano en un lejano campo de New Brunswick que es
capaz de romper todas las reglas por tal de defender al sentido común y al
amor.
Aunque
Morrison, brillantemente interpretado por James Cronwell, tiene ya 80 años,
reúne las fuerzas suficientes para construir una casa. Para ello cuenta con dos
herramientas fundamentales: los saberes que heredó de su padre (un experimentado
carpintero que construía barcos) y su deseo de permanecer junto a Irene, su
mujer, quien padece de Alzhéimer.
Con
una idea muy clara de lo que quería (un austero y funcional espacio donde Irene
no corriera peligros), Craig buscó un lugar con una hermosa vista y trazó los
espacios sobre la tierra. Luego comenzó a serruchar y clavar. Es entonces que
aparece el tecnócrata pidiendo licencias, impuestos, planos, permisos…
Ninguna
casa en este lugar se hizo con un plano —le responde Morrison— y todas tienen
más de 200 años. Pero el joven ingeniero, que con toda seguridad tiene una
maestría y presume de toda una pared llena de certificados, es incapaz de
razonar. Para él las normas, lo que está establecido y lo que exige la ley está
muy por encima de la lógica y de los conocimientos trasmitidos de generación en
generación.
No
es mi intención contar la película, preferiría antes que la vieran y disfruten
la experiencia de compartir 103 minutos de su vida junto a un individuo
fascinante. La traje a cuento porque a la mañana siguiente me tocó llamar a la
compañía de telecomunicaciones para solicitar un traslado. Así fue que caí en
manos de la chica de call center.
A
diferencia de Craig Morrison, al que sería capaz de describir con lujo de
detalles, no podría ni siquiera intuir la apariencia de la joven. Basta con
adelantarles que a los pocos segundos de conversación ya había conseguido
exasperarme. Primero me dijo su nombre y luego me preguntó el mío. Con una
amabilidad tan perfecta como fingida, me aseguró que estaba para servirme.
Sin
embargo, cuando puntualicé lo que necesitábamos, detalló una larga lista de
inconvenientes; cada uno de ellos dicho con idéntica afabilidad, como si en
lugar de revelarnos la gran incapacidad de la empresa, nos estuviera dando una
buena noticia.
Como
soy comunicador y he tenido que escribir ya unos cuantos mensajes clave, le
pedí que parara de hablar por un momento, que dejara de comportarse como una
máquina y que, ¡por favor!, primero oyera lo que yo le estaba diciendo. De nada
sirvió, durante casi una hora me repitió las mismas excusas con las mismas
palabras e idéntico tono.
Puestos
a perder el tiempo, le pregunté si había visto Still Mine. Me respondió que
ella estaba para servirme. Insistí en que ya no le estaba hablando de mi
requerimiento sino de una película. Entonces aclaró que nuestra orden sería
procesada durante las próximas 72 horas y que, en caso de ser rechazada por el
sistema, tendríamos que empezar el proceso de nuevo.
Mientras
ella insistía en leerme el enorme inventario de excusas que aparecen en su
guión, no sin antes incluir algún mensaje esperanzador de la marca, yo no paré
hasta contarle toda la historia de Irene y Craig. Aún no tenemos Internet, ni
siquiera han venido a cablear el edificio. Gracias a eso he visto ya a Still
Mine tres veces.
A la
chica del call center no le creí ni una palabra, pero Craig Morrison ya ha
logrado convencerme de que a veces es necesario romper todas las reglas, de que
vale la pena persistir cuando se trata de defender al sentido común y al amor.
25 agosto 2015
Mudanza y acarreo
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de ls revista Estilos)
Provengo
de una familia de ferroviarios. Cada vez que a mi abuelo le asignaban la
jefatura de una nueva estación, tenían que recogerlo todo y mudarse. Un tren
les dejaba dos vagones para que metieran todas sus pertenencias y las
despacharan hacia su nuevo destino.
Mi
madre, quien ha extraviado ya la inmensa mayoría de sus recuerdos, no olvida los
días de mudanza. De San Fernando para San Andrés, de San Andrés para San Juan
de los Yeras, de San Juan de los Yeras para el Paradero de Camarones.
Todo
lo que tenían era enviado en aquellos vagones: la ropa, los muebles, los
enseres, las vacas, las gallinas… Cada vez que los Yero armaban y desarmaban
sus cosas, comenzaba un nuevo capítulo de su nostalgia. Por las historias que
me hacían, llegué a la conclusión de que solo empezaban a disfrutar de un lugar
una vez que lo abandonaban.
Diana
y yo acabamos de mudarnos. Mientras desarmábamos El Bohío —así llamamos a
nuestro hogar—, recordé la antigua condición de mi familia y su obsesión por
idealizar las cosas que dejaban atrás, tratando por todos los medios de que el
futuro le diera sentido al pasado.
Ayer
volví a la casa que acabamos de abandonar. De las paredes solo colgaba la
sombra que dejaron los cuadros al ser retirados. Sin los muebles me sentía
desorientado, me era imposible determinar un punto fijo para trazar la
proyección de los recuerdos. Todo lo que logramos entre esas paredes se había
ido con nosotros.
Incluso
las cosas que compartimos con los amigos y los seres queridos también pudieron
ser embaladas. Cuando en las habitaciones vacías ya solo quedó espacio para el
eco, me di cuenta de que —contrario a la tradición de mi familia— también nos habíamos
llevado a la nostalgia con nosotros.
Eso
me hizo recordar la primera página de La ignorancia. No paré de buscar en las
cajas de libros hasta dar con la novela de Milán Kundera: “En griego, ‘regreso’
se dice nostos. Algos significa ‘sufrimiento’. La nostalgia es, pues, el
sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar”.
Aunque
Diana y yo también compartimos la condición de exiliados, hemos renunciado a la
posibilidad de volver al pasado que compartimos. Eso nos exonera de padecer
el tipo de ignorancia que define Kundera y nos permite acarrear también con las
cosas intangibles.
Hace
unos días una amiga me hizo notar que yo había cambiado mucho: “Eres otra
persona”, insistió. Ayer, mientras atornillaba los muebles y buscaba un nuevo
lugar para cada cosa, me di cuenta de que también estaba armando a un nuevo
Camilo.
Me
gustaría encontrar en alguna página de Milán cómo llamar a la alegría que causa
la posibilidad de alcanzar al futuro en el presente. Durante mucho tiempo,
Diana y yo nos imaginamos cómo sería la nueva vida dentro de un espacio que aún
no existía. Desde hace unas pocas noches respondemos esa pregunta.
Mi
familia se iba de un lugar para poder pertenecer a él. Nosotros, en cambio,
pudimos cargar con todo lo que tenía un sentido, abandonando el espacio absolutamente vacío. El lugar que dejamos ya
no se llama El Bohío, porque El Bohío es todo lo que se fue con nosotros.
Mi
amiga tenía razón, he cambiado mucho y espero poder seguir haciéndolo. Uno
necesita mudarse por dentro como se muda por fuera. Si abandonar nada de lo que
se ha sido, sin dejar atrás ningún recuerdo ni padecer de una manera enfermiza
por el pasado, es necesario embalar y desembalar lo que somos para tener la
posibilidad de ser de otra manera.
Por
eso en estos días, además de mudarnos de casa, también nos estamos mudando de
Diana y Camilo. Nos desempacamos con mucho cuidado, tal como hacíamos con los
cuadros, con los libros y con todos los recuerdos que nos llevamos para darle
espacio al eco.
04 agosto 2015
La ciudad invisible de Homero y Maurice
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)
Ítalo
Calvino es uno de mis escritores preferidos y Las ciudades invisibles uno de
sus libros que más he releído. En él, el célebre escritor italiano se inventa
55 ciudades para que Marco Polo le explique a Kublai Kan, emperador de los
tártaros, cómo se vive en el mundo que él no conoce.
El
propio Calvino definió su libro como una discusión, unas veces implícita y
otras explícita, sobre la ciudad moderna. “Creo haber escrito algo como un
último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas
como ciudades”, advirtió.
En
la revista Arquitexto (una de las más
valiosas publicaciones periódicas que se han producen en República Dominicana) apareció 'Alma de barrio', un ensayo gráfico de Homero Pumarol y Maurice Sánchez sobre
la ciudad más grande y más desconocida del Caribe insular.
Como
bien apuntan los editores de la revista, en este conjunto de imágenes se
exploran otros territorios de Santo Domingo, esos que nunca son reseñados ni
fotografiados por los que se concentran en exaltar el “Nueva York chiquito” de
la exclusión y la demagogia.
“Sin
ser urbanistas ni arquitectos, captan sugerentes aspectos que aportan otra
lectura de la ciudad. Este ensayo gráfico propone un recorrido por barrios de
la capital (…). Desde allí nos invitan a reflexionar sobre la eterna y
constante condición de urbe inacabada y en constante transformación”, advierten
los editores de la revista.
Descubrí
el número de Arquitexto en el que aparecen las fotografías de Homero y Maurice
en una de esas mesas donde se amontonan publicaciones para que uno no pierda la
paciencia esperando. Debo reconocer que ese hallazgo me salvó durante casi una
hora y, de paso, me empujó a escribir estas líneas.
República
Dominicana es en verdad un país muy diverso y fascinante, pero lo más valioso
de su cultura y de su gente pasa desapercibido o es reseñado erróneamente la
mayoría de las veces: O se le mira con una impostada sofisticación o se le
simplifica a lo típicamente caribeño.
De
ahí la importancia de 'Alma de barrio'. Tanto las imágenes como los textos nos convidan
a mirar a ese punto donde nunca nos enfocamos. Se trata de las puertas y las
ventanas por las que el “progreso” jamás ha pasado, esas que no escatiman
colores para dejar de ser invisibles.
En
la misma mesa donde encontré la revista Arquitexto, había más de diez
publicaciones cuyo único contenido era el exhibicionismo visceral de los que en
verdad creen que vivir en un Nueva York chiquito. Después de una breve hojeada
de tantos cocteles y fastuosas familias sonrientes, volví a las páginas de
Homero y Maurice.
Nací
en el Paradero de Camarones (un pequeño pueblo del centro de Cuba que jamás ha
encontrado espacio en los mapas) y viví hasta los 33 en La Habana. Pero hace ya
15 años que resido en Santo Domingo y es esta ciudad la que define quien soy
ahora.
Esa
es la principal razón por la que estoy tan agradecido de Homero Pumarol y de
Maurice Sánchez. Gracias a sus palabras y a sus imágenes puedo confirmar que no
vivo en una ciudad invisible, por más que traten de enmascararla, ocultarla o negarla.
21 julio 2015
Ángel Santiesteban y las mandarrias contra los rostros de bronce
Hay
un fragmento de película en blanco y negro en que un grupo de cubanos disfruta
de la libertad a golpes de mandarrias. Sonrientes, descargan todas sus fuerzas
contra un rostro de bronce. Es el de Gerardo Machado, quién acababa de ser
derrotado. Corría el 12 de agosto de 1933.
Lo
conseguido ese día apenas duró 19 años. El 10 de marzo de 1952, Fulgencio
Batista dio un golpe de Estado que le puso fin a la vida democrática en Cuba.
Durante las próximas seis décadas, los cubanos han llamado a la libertad de muchísimas
maneras, pero jamás han podido disfrutar de ella plenamente.
“Apenas
hace unos minutos el mayor Adonis y el primer teniente Guillarte me dijeron '¡Ángel
Santiesteban, felicidades, usted acaba de ser liberado!'"—así detalló el escritor el momento en que le dijeron
que podía volver a la calle. Antes de que se abrieran las puertas de la prisión,
el mayor y el primer teniente le aclararon las condiciones.
Ángel
Santiesteban ha escrito varios libros y ha merecido importantes premios
literarios, entre ellos el Casa de las Américas 2006. Su novela El verano en que Dios dormía recibió el
Premio de Novela Gaveta de Franz Kafka 2013.
Reporteros sin Fronteras había exhortado a las autoridades cubanas a que
retiraran todos los cargos presentados contra él.
A
cambio, el régimen apenas lo ha dejado salir a la calle, donde podrá moverse
sin que le pierdan pie ni pisada y tendrá la oportunidad de pararse en el
Malecón a mirar el mar. Ángel Santiesteban ahora disfruta de libertad
condicional, un estatus muy parecido al que se encuentran otros once millones
de cubanos.
En
verdad hay muy pocas las diferencias entre estar en libertad o en libertad
condicional en Cuba. La más importante de todas es la que ha prometido Ángel:
luchar hasta que llegue el día en que las mandarrias vuelvan a descargar todas
sus fuerzas contra los rostros de bronce.
18 julio 2015
La destrucción de las ruinas de San Francisco
![]() |
| Proyecto presentado por el Ministerio de Turismo para la remodelación de las ruinas de San Francisco, en Santo Domingo. |
(Escrito para la columna Como si fuesa sábado, de la revista Estilos)
Hace
apenas unas semanas, a punta de martillos neumáticos, un grupo de obreros
provocó el desplome de uno de los edificios más valiosos de la Zona Colonial de
Santo Domingo. Trabajaban para hacer que la ciudad fuera más atractiva para los
turistas, pero acabaron destruyendo parte de uno de sus patrimonios.
El
Ministerio de Turismo acaba de sorprendernos con la noticia de que acometerá
una dramática intervención de las ruinas de San Francisco, el primer monasterio
que se construyó en el Nuevo Mundo. Incapaces de construir ideas para
preservarlo, prefieren verter cemento sobre lo que queda de él.
Santo
Domingo ha sido una ciudad incomprendida por muchos, pero nunca la habían
incomprendido tanto como ahora. Por 12 años ha tenido un alcalde que la ha
asumido como un show de televisión (es comediante de profesión) y no como un
espacio para compartir y convivir.
Roberto
Salcedo ha perpetrado parques de muñecos monstruosos, anfiteatros que agreden a
la comunidad, espectáculos de costosísimas luces en un país con graves
problemas de generación y, lo más “genial” de todo, una playa artificial justo
al lado del mar.
Como
si las bromas de mal gusto del Alcalde ya no fueran suficiente, el Ministerio
de Cultura se empeñó en “restaurar” la Puerta del Conde, uno de los símbolos
más emblemáticos de la ciudad. Varios camiones de cemento después, lo único que
lograron fue que el monumento quedara irreconocible.
Ahora,
cuando un turista busque los escenarios de la independencia dominicana, en 1844,
alguien tendrá que explicarle que ese muro mal maquillado esconde en su
interior parte de la historia que él busca.
Conozco
a muchos nacidos en Santo Domingo que cuando uno les pregunta de dónde son, se
refieren al pueblo de sus padres y no a la ciudad donde han vivido desde que
llegaron a este mundo. Moca, Puerto Plata, Nagua, La Romana, San Juan de la
Maguana, El Seibo o el lejanísimo Vengan a Ver les producen más sentido de
pertenencia que esta gran urbe ocupada por el caos y la indolencia.
Hay
solo dos cosas que logran que los nacidos en Santo Domingo tengan pasión por su
ciudad y acudan en masa a defenderla: los Tigres del Licey y los Leones del
Escogido. Cuando acaba la temporada invernal de béisbol, termina también el
único vínculo emocional legítimo entre Santo Domingo y los que la viven.
La
Academia de Ciencias de República Dominicana ha alertado que el proyecto
contratado por el Ministerio de Turismo para la restauración de las ruinas de
San Francisco, “violenta e irrespeta en muchos de sus planteamientos las
recomendaciones de la UNESCO para intervenir sitios que están declarados
Patrimonio Mundial”.
Si
las Ruinas de San Francisco estuvieran en París, el debate ya fuera global.
Pero como están en Santo Domingo, no ha pasado de Twitter y de algunos medios
noticiosos que se apropiaron del tema desde la red social. Todo parece indicar
que el desastre será inevitable y que tendrá consecuencias aún peores que el
saqueo de Francis Drake en 1586.
Hace
unos años, circuló de manera viral un video donde la hija del Ministro de
Turismo se hacía las fotos de sus 15 en el Salón de las Cariátides del Palacio
Nacional, uno de los espacios más solemnes de la República. ¿Será que su padre quiere
sorprenderla con un nuevo escenario para las fotos de su boda?
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