27 febrero 2014

El día en que le pedí perdón a Huber Matos

Por años traté de imaginarme su rostro, pero no aparecía en ninguna parte. Lo habían borrado de la historia nacional con meticuloso ensañamiento. Lo difuminaron, Incluso, de una de las imágenes más emblemáticas de la revolución, esa donde de él y Camilo Cienfuegos acompañan a Fidel en el lomo de un Jeep, durante la entrada victoriosa a La Habana.
A mediados de la década pasada, Huber Matos estuvo de visita en Santo Domingo y me invitaron a un encuentro con el heroico comandante. Ya era un aciano frágil, pero conservaba intactas su estatura y su fuerza. Cuando nos saludamos me dio un duro apretón. Llegué a sentirme atenazado por los huesos de sus manos.
Me costó mucho trabajo pedir la palabra, me intimidaban su mirada y el peso de la historia que llevaba sobre los hombros. “Yo solo quiero pedirle perdón, comandante”, le dije. Entonces le conté el odio que, de niño, llegué a sentir por él: “A mi generación le inculcaron que usted era un traidor a la patria y el responsable de la desaparición de Camilo”.
Él también se puso de pie y me dio un abrazo. Otra vez me sentí atenazado. “Gracias, hijo”, me dijo muy conmovido, casi al oído. Aunque no pudieron fusilarlo, acabaron asesinando su reputación, que es la manera más cobarde que ha usado Fidel Castro para anular a sus adversarios. Por eso los jóvenes de mi país saben tan poco de uno de los líderes más valientes que tuvo la revolución.
Hoy murió uno de los primeros cubanos que advirtió que aquella gesta popular acabaría convirtiéndose en una oprobiosa dictadura. El día en que la historia se pueda contar tal como fue, Huber Matos volverá a subirse en el Jeep del que nunca debieron bajarlo. Entonces, sin borrar a nadie más, deberá quedar bien claro quién traicionó a quién.

21 febrero 2014

167 kilómetros a solas con el Padre Arnáiz

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Freddy Ginebra me llamó para darme dos noticias, una buena y una mala. La buena era que el Padre Francisco José Arnáiz le había pedido ser el presentador de su libro Antes de que pierda la memoria, en Casa de Arte, Santiago. La mala, que yo también estaría en la mesa, para que hablara sobre los orígenes de aquel volumen.
Traté por todos los medios posibles de convencerlo de que mi presencia era innecesaria, pero no cedió. “Verás que será muy divertido”, me prometió. Lo cual no garantizaba nada, Freddy Ginebra encuentra divertido, apasionante y genial cada instante de su existencia, incluso algunos que para otros serían dolorosos.
Con solo decirle mi nombre, por el acento, Arnáiz intuyó de qué región de Cuba era: “Ustedes los villareños son los que más se parecen a los canarios”, me dijo y, para mi sorpresa, me dio un fuerte abrazo. Olía a tabaco y whisky, algo que se fue acentuando durante toda la velada, mientras fumaba y bebía.
Me impresionó la manera tan llana que tenía para decir las cosas más complejas. Ejercía una gran lucidez con las palabras más comunes y sencillas. Su sentido del humor era complejo y pasaba de lo agudo a lo punzante en segundos. Justo eso fue la primera cosa que admiré de él, su destreza en el uso de la ironía.
Esa noche dormimos en Santiago. Tanto Arnáiz como yo debíamos regresar a Santo Domingo a primera hora. Con esa cara de circunstancia que pone Freddy Ginebra cuando quiere pedir un favor incómodo, se me acercó. “¿Cómo te cayó el Padre?”, preguntó tanteando. “¡Muy bien! Creo que es más cubano como yo”, respondí para tranquilizarlo.
Ya relajado, me pidió que lo llevara conmigo de regreso a Santo Domingo. A Arnáiz también le gustó la idea. Por unos segundos su cara se volvió drástica: “A las cinco de la mañana lo espero aquí abajo, jovencito”, me dijo y se perdió en una nube de tabaco cibaeño torcido por una familia pinareña.
Freddy se ocupó de coordinar el desayuno. Cuando acabamos el café con leche y estuvimos listos para irnos, se acercó a Arnáiz para hacerle una aclaración impostergable. “Padre, Camilo es cubano… usted sabe”, le dijo, no sin antes ponerse otra vez su cara de circunstancia. “Sí, ya lo sé, Freddy, hablamos de Cuba toda la noche”, respondió el jesuita. “Es que es ateo —dijo rápido, con los ojos cerrados— …y quisiera que usted me lo convierta durante ese viaje”.
El Padre soltó una gran carcajada y puso su pesada mano en mi hombro. “¡Vámonos, que estoy tarde!”. El valle del Cibao, entre Santiago y La Vega tenía una neblina espesa, casi impenetrable. Y eso fue lo primero que comentamos, la descripción que hizo José Martí de ese paisaje en sus Diarios.
Pocos kilómetros después descubrimos que conocía a mi familia. Estuvo en Cienfuegos durante años y llegó a oficiar muchas misas en la iglesia del Paradero de Camarones. Recordaba hasta el nombre de mi abuelo, Aurelio, con quien habló muchas veces en el andén de la estación, mientras esperaba el tren.
“Él también era ateo”, me advirtió con sorna. Luego preguntó por varias familias de mi pueblo. “¿De qué tamaño puede ser la memoria de este hombre?”, me pregunté a mí mismo, mientras él recordaba con dolor el día en que tuvo que abandonar Cuba.
Habíamos quedado en que llamaríamos a Freddy cuando llegáramos a Santo Domingo. “¡¿Lo convertiste?!”, fue lo primero que preguntó. El Padre soltó otra de sus grandes carcajadas. “No, Freddy, a él lo convirtió su abuelo” —respondió el sacerdote.
Según Freddy, le preguntó muchas veces por mí. Acordamos incontables reencuentros, pero al final algo acababa malográndolos. Aunque he viajado muchísimo, los 167 kilómetros que estuve a solas con el Padre Arnáiz significaron una enorme distancia.
Perdóname el adjetivo, Freddy, pero gracias por esa experiencia inolvidable.

Night Train

El tren de La Habana a Cienfuegos viajaba durante la noche. Era un Budd plateado que atravesaba la llanura de Línea Sur como un cuchillo afilado. Incontables pueblos soñolientos, alumbrados por luces amarillas y parpadeantes, se veían a través de los cristales empañados.
No podría contar las veces que viajé en ese tren. Rara vez me dormí. Prefería ir atento a las paradas en las estaciones y los cruces con otros trenes. Cuando el conductor pasaba a mi lado, siguiendo el halo de luz de su linterna, me saludaba. Aquel “¿Cómo va todo, Camilito?”, me inflaba de orgullo; porque me hacia sentir parte de una secta —los ferroviarios— que solo yo no integré en mi familia materna.
Cuando por fin tuve una Walkman y seis baterías recargables, hacía el viaje oyendo música. Uno de mis cassettes preferidos contenía 120 minutos con la música de Oscar Peterson. Con la ayuda de un lápiz adelantaba la cinta hasta las inmediaciones de “Night Train”, una de las piezas que más me gustaba en aquella extensa selección.
Entonces miraba hacia los interminables cañaverales matanceros y me imaginaba estar en Georgia, Ohio, Massachusetts… en cualquiera de los paisajes de Norteamérica que atravesaban los Budd en los viejos anuncios de National Geographic que coleccionaba mi abuelo. Pero un olor, una voz o un inconfundible ruido cubano me ponía en mi sitio. 
Pronto se cumplirán 15 años de la última vez que hice ese trayecto. Ahora oigo a “Night Train” en mi iPod, en una grabación resmaterizada donde solo se escuchan el piano de Oscar Peterson, el bajo de Ray Brown y la batería de Ed Thigpen.
Siempre que eso sucede, cierro los ojos y me imagino que estoy en el Budd que atraviesa la llanura de Línea Sur como un cuchillo afilado. Daría cualquier cosa porque un olor, una voz o un inconfundible ruido cubano me pusiera de regreso en aquel sitio.

Camilo es la imagen del pueblo... de Venezuela

Camilo Hernández es uno de los cubanos más inteligentes que he conocido. Su sentido común y su agudeza solo son derrotados por su sentido del humor, que sí es invencible. En uno de los últimos chats que tuve con Lichi Diego, el autor de Esther en alguna parte lo admitía: “Camilo es el más inteligente e ingenioso de todos nosotros”.
A principios de la década de los 90, como muchos, muchísimos jóvenes cubanos, emigró. Venezuela le abrió todas y cada una de las puertas que Cuba le había cerrado. Del otro lado del Caribe, Camilo sí pudo hacer lo que en su país no le permitieron. El nombre de su blog anticipa el final de esa historia.
La consagración de la primavera, la novela de Alejo Carpentier, cuenta la historia de una rusa que llegó a una ciudad al Oriente cubano huyendo de la Revolución de Octubre. En enero de 1959 le volvió a dar alcance otro régimen socialista. Como a Camilo le pasó lo mismo en Caracas, su blog se llama La Rusa de Baracoa.
Anoche, por primera vez en muchos años, leí algo de Camilo que no contiene ni un solo chiste. Con dramatismo, acudiendo solo a las palabras justas, describe lo que está sucediendo en Venezuela y aclara cuál es su posición. Estoy seguro de que si Lichi Diego hubiera alcanzado a leer ese post, me lo habría comentado en un chat:
—Te lo dije, compadre —sospecho que serían sus palabras—, Camilo es la imagen del pueblo… de Venezuela.

“Lo siento, amigos, pero tengo la paciencia flaquísima en estos días. Demasiada sangre, demasiados chamos asesinados por militares sádicos, demasiada vergüenza por esa izquierda puta y miserable cuyos principios alguna vez creía compartir.
Me cago en la Luz, me cago en la Paz y en las cadenas de oraciones cuando esos hijos de puta están allá afuera matando gente.
El que quiera echar chistes, ironizar sobre la masacre, se puede ir largamente a la mierda. Al que le moleste mi rabia contra unos degenerados que me han quitado dos patrias en una sola vida, puede salir por la misma puerta.
Tengo la paciencia flaca y la ira demasiado ancha.
A mi amigo Juan Marcos Blanco, amenazado de muerte por un chavista, te acompaño a donde sea para denunciarlo.
A los que se ofenden porque en Venezuela quemen banderas cubanas: aguanten porque no hicieron, no hicimos NADA porque la bandera "que no ha sido jamás mercenaria" ampare hoy a quienes siembran la desgracia por todo el continente. Si les molesto, sáquenme de sus vidas, si igual no hacen nada en la mía.
¡Viva Venezuela, cojones!”
Camilo Hernández,
Caracas, 20 de febrero de 2014

17 febrero 2014

Los 85 de Don Jorge

Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, el padre de Diana. Nació en Santiago de Cuba en 1929. De sus 85 años, ha vivido 44 fuera de su país. Eso lo convierte en un hombre con dos mitades. Una de ellas la dedicó a trabajar sin descanso para el bienestar de su familia. La otra, a salvaguardar los recuerdos por un país del que nunca hubiera querido irse.
Todos los fines de semana comparto un trago con don Jorge. Él siempre aprovecha ese momento para reconstruir algún recuerdo de su vida en Cuba. Es así que trae hasta el presente el pretérito de Guantánamo, Alto Songo, El Cristo y Santiago de Cuba. Interminables cañaverales, el paso de los trenes de caña y el bramido de los ingenios en plena zafra se escuchan a nuestro alrededor.
A veces habla con alegría. Sobre todo cuando me describe a los antiguos campos de su provincia en plena producción. Luego, con tristeza, hace un inventario de las ruinas en que se ha convertido todo, al cabo de 55 años de dictadura, improductividad y desidia. Como es un hombre que trabajó toda su vida con números, tiene una memoria increíble para las cifras; es a través de ellas que demuestra el naufragio de Cuba.
Como miles de cubanos, fue obligado a trabajos forzados cuando decidió abandonar el país. Aunque fue reprimido y vejado incontables veces, de esos meses en un campo de concentración solo insiste en un enorme temporal. “Todo quedó bajo agua y nos abandonaron allí para que nos ahogáramos—relata siempre de la misma manera—. Logramos llegar hasta la línea del tren y cruzamos el puente sobre el río Tana antes de que la crecida lo cubriera. Gracias a eso estoy vivo”.
Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, mi suegro, un cubano admirable y bueno que tiene dos mitades: una en la nostalgia y la otra en el exilio.

13 febrero 2014

Mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social"*

El régimen de los hermanos Fidel y Raúl Castro, después de medio siglo, ha convertido a Cuba en una de las naciones más pobres de América Latina. Pablo, un personaje de Memorias del subdesarrollo (1967), la célebre película de Tomás Gutiérrez Alea, describe con precisión lo que acabaría sucediendo.
“Esta gente dice que están haciendo la primera revolución socialista de América. ¿Y qué? Van a regresar a la barbarie… Van a pasar un hambre… Como los haitianos, derrotaron a Napoleón, ¿y qué? Tuvieron la primera industria azucarera del mundo antes de la revolución y míralos ahora, descalzos y convertidos en zombis”, dice con insolencia el pequeño burgués interpretado por Omar Valdés.
Pero hay una forma aún más penosa de la pobreza en Cuba: la miseria intelectual. Durante mis 14 años de exilio he podido vivir al margen de ese tipo de indigencia. Un email de la poeta dominicana Chiqui Vicioso, me llevó de regreso a esa realidad de la que tanto rehúyo.
“A ti te reconocí talento para la escritura, aunque opacado por una tendencia irrefrenable al ventajismo social, algo que afirman tus colegas en Cuba, comenzando por los que niegan que siquiera conocieras a [Raúl] Rivero, Marilyn [Bobes], entre ellos”, dice Chiqui.
Nunca he hablado con nadie de Marilyn Bobes ni de Chiqui Vicioso. Ni ellas ni sus obras me resultan mínimamente interesantes. Me desconcierta, eso sí, que desperdicien su tiempo en calificarme y en buscarle una explicación a mi postura frente a la falta de libertades en Cuba.
No voy a caer en su chiquito y vicioso juego de maledicencias. Lo único que sí quisiera dejarle muy claro a ambas es que no hace falta conocer a un poeta preso para defenderlo. Cuando alguien va a la cárcel por escribir lo que piensa, se convierte en un amigo íntimo de todo los hombres libres.
No sé si Raúl quisiera aclararles si nos conocemos o no. A mí me da pereza, más pereza aún que los pocos versos que leí de estas damas.

*La poeta dominicana Chiqui Vicioso me acaba de escribir un email donde se queja de mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social". Ella y, según ella, la poeta cubana Marilyn Bobes, creen que mis denuncias sobre la falta de libertades en Cuba se reducen a un tipo de oportunismo. No puedo decir que esta es mi respuesta, es solo un post que comenta el suceso.