Conocí
a Corojo Valdivia en los primeros años de la década del 80. Cuando llegué a la
Escuela de Arte de Cubanacán, él ya estaba allí. Aunque los dos estudiábamos
dirección teatral, nos unió más el béisbol, sobre todo cuando su Sancti
Spíritus y mi Cienfuegos se vestían con el uniforme de Las Villas.
Teníamos
otros dos puntos en común: la literatura y la música. Más de una vez nos fuimos
juntos por las librerías de uso de La Habana en busca de tesoros escondidos. Pirandello,
Brecht, Piscator, Beckett, Sartre y, de Cuba, Piñera. Centavo a centavo reuníamos
para seguir consiguiendo aquellos raros ejemplares, aun cuando estuvieran
deshechos por la humedad y las polillas.
Respecto
a la música, todo era mucho más complicado. En el país del que hablo era un
verdadero lujo tener un tocadiscos propio. La mayoría de las veces las canciones sonaban en silencio, sobre las hojas de las libretas donde
copiábamos las letras de Silvio, Pablo y Serrat, entre muchos otros.
Cuando
teníamos la inmensa suerte de encontrar un cassette y el modo de reproducirlo,
hacíamos un silencio absoluto. Así fue que, sentados en círculo alrededor de
las bocinas, descubrimos a Charly García, Juan Carlos Baglietto y Fito Páez.
Nadie se movía de su sitio mientras sonaban aquellos rocanroles de Rosario y el
Río de la Plata.
Después
de muchos años sin saber el uno del otro, nos reencontramos en Facebook. Como
si aún nos habláramos desde nuestras respectivas literas, en el albergue de la
ENA, Corojo me envió un link con el último disco de Santiago Feliú. “Oye eso,
asere”, fue todo lo que dijo.
Seguimos
siendo los mismos. Ya viejos, canosos, cansados, pero siempre listos para compartir
lecturas o sentarnos en un círculo imaginario alrededor de una bocina improbable. Aún
somos aquellos, los de la generación que hacía silencio para oír las canciones.




