02 agosto 2012

Puerta de Golpe, la estación de Heberto Padilla

 
La poeta cubana Belkis Cuza Malé escribió para la sección Estaciones, de El Fogonero. Se trata de una viñeta sobre Puerta de Golpe, el pueblo donde nació Heberto Padilla (1932-2000), el autor de Fuera del juego (1968). No recuerdo que el destino de un escritor estuviera mejor descrito por el nombre de su lugar de nacimiento.
Le doy las gracias a Belkis por esta colaboración, que aceptó con gusto y redactó en tiempo récord, apenas unas horas después de que fuera encontrada la imagen en el ciberespacio. Puerta de Golpe está en la Línea Oeste, que va desde Rincón hasta Guane y atraviesa toda la región occidental de la Isla.
Aprovecho la ocasión para hacerle una invitación a todos los creadores cubanos: Escriban un texto sobre la estación de su pueblo para publicarlo en El Fogonero. Nuestra única intención es que, al menos en este espacio, los viajeros de la isla, estén donde estén, puedan esperar un tren que los lleve de regreso a su lugar en el mundo.

01 agosto 2012

Según el régimen cubano, Víctor Casaus debió ser apresado en Nueva York

El régimen cubano, quien durante décadas alentó, financió, dirigió y perpetró la subversión en muchas naciones soberanas de América Latina es, en cambio, exageradamente celoso con los extranjeros que visitan Cuba. Para ellos solo hay dos posibilidades: comportarse como turistas mudos o apoyar de manera explícita a la dictadura.
El solo hecho de hacer contacto con un disidente o donarle un puñado de dólares que ayude en algo a su misión imposible, lo convierten en un criminal que puede ser condenado a prisión. El más reciente caso es el del español Ángel Carromero y el sueco Jens Aron Modig.
Esos dos jóvenes democratacristianos contribuían a que Oswaldo Payá pudiera moverse dentro de su país (cuyo transporte público es prácticamente inexistente y posee unos precios prohibitivos para los cubanos que viven honradamente de su trabajo). Ellos viajaban en el auto con Payá cuando se produjo el aún confuso accidente donde el líder opositor perdió la vida.
Paradójicamente, algunos intelectuales y funcionarios cubanos que tienen el privilegio de salir de Cuba y viajar a países que respetan la libertad de expresión de sus ciudadanos, se aprovechan de ese derecho ajeno para darle continuidad a las antiguas políticas injerencistas de su régimen. Los ejemplos sobran. 
Algunas veces son actos solapados, pero otras son descaradas provocaciones. Para suerte de Víctor Casaus (el peor poeta de su generación. Sus versos siempre provocaban risa cuando llegaban a las redacciones donde laboré), Estados Unidos es un país donde se respeta con mucho celo la diversidad de pensamiento y el derecho de los ciudadanos de expresarse.
Porque, según las leyes del régimen cubano, el debió ser apresado en Nueva York, cuando se escabulló de las actividades de la Fundación Puffin (quien le había invitado a dar una conferencia) y se sumó a las manifestaciones de la “Plaza de la Libertad”, como un integrante más del movimiento Occupy Wall Street.
La experiencia que vivió Víctor Casaus en ese momento, tuvo inmediatas repercusiones en muchas páginas web alineadas con el régimen, comenzando por el blog Segunda Cita de su amigo Silvio Rodríguez. Poco días después de publicadas sus fotos dentro de la insurgencia neoyorquina, Casaus regresó a su país tranquilamente.
Esas cosas que él experimentó allí es lo que deseo que vivan los millones de cubanos que nunca han podido viajar. Yo solo quiero que mis compatriotas puedan ir al menos una vez de manera voluntaria a la Plaza y agitar la bandera que quieran, después de haber dicho lo que les diera la gana.

31 julio 2012

Un año sin saber nada de Lichi

 
A través de las redes sociales, mantengo contacto casi diario con amigos y gente que quiero. Aunque están desperdigados por todo el mundo, las ventanas de Facebook y Twitter nos permiten tener un contacto casi tan cercano como los abrazos, las palmadas en los hombros y hasta los besos.
A veces no nos decimos nada directamente, pero comparto lo que dicen, reproduzco la música que oyen o hago mías algunas ideas suyas. El escritor cubano Eliseo Alberto Diego estaba entre ellos. Nunca dejaba pasar una mañana sin asomarme al muro de Lichi. Jamás logré salir de allí sin dar con algo conmovedor o soltar una carcajada.
Como uno de los equilibristas de su padre, el poeta Eliseo Diego, Lichi sabía balancearse entre la ironía, la ternura y el humor con una destreza impresionante. Su bondad no le impedía ser sarcástico. Su inquebrantable sentido del humor jamás lo privó de la ternura.
A través de él, alcancé a conocer épocas y momentos de la vida cubana que, por mi edad o por estar en provincia, me perdí. Gracias a él pude revivirlos como si yo hubiera sido un testigo de excepción, sin esos barnices y edulcoraciones que tanto estropean las mejores anécdotas.
Pero si tuviera que elegir una sola cosa que agradecerle a Lichi, sería su libro Informe contra mí mismo. Él, como muchos otros, pudo acomodarse en ese exilio de terciopelo que ofrece el régimen a los que dicen las verdades a medias o hacen un rotundo silencio sobre los temas más comprometedores.
Eso le hubiera permitido entrar y salir de su país y de su tan querida Habana cada vez que quisiera. Él, sin embargo, eligió hacer la catarsis, poner por escrito lo que pensaba, contarlo todo desde aquel día en que la Seguridad del Estado le pidió que espiara a su propio padre, que denunciara cualquier debilidad ideológica de su familia.
La valentía que tuvo Lichi en ese libro, aún no ha sido lo suficientemente agradecida. Ni falta que le hace. Estoy seguro que si le hubiera comentado eso en uno de nuestros frecuentes chats, me habría saltado con un chiste desternillante para restarle gravedad a la conversación.
Hace un año que no sé nada nuevo de Lichi. Solo le releo. No me acostumbro a la idea de que no nos dirá nada más.

25 julio 2012

25 de julio

 
No puedo decir que la poesía me ha servido de mucho.
No supimos qué hacer juntos en aquella ciudad
cercada por volcanes,
nublada por el aire oscuro de una estación pertinaz, desconocida.
Cada quien anduvo por su lado,
incluso en aquel parque
donde el pintor obeso llevaba del brazo a su mujer inválida.

En nada ayudó que me presentaran como poeta
en la Candelaria,
donde las nubes que se le escapan al Magdalena
interrumpen el paso de los recién llegados
y llueve dentro de los techos,
sobre las siluetas de tantos románticos muertos.

Ningún verso me ha salvado de los peores momentos.
Las  metáforas siempre ocurrieron antes
o llegaron después,
pero jamás dieron la cara por mí en el fragor del caos.
Hasta donde me alcanza la memoria,
no recuerdo que ninguna hiciera acto de presencia
en medio de mi mayor aflicción,
en ese momento en que estás a punto de darte por vencido.

Solo tú,
mujer mía,
fuiste conquistada con los compases de mis poemas.
Gracias a esa rotunda victoria
insisto en decir las cosas de este modo
tan anticuado,
inútil
y rancio.
Consciente de que se acabaron las posibilidades,
me aferro al clamor que compartimos,
mientras describo los márgenes del mar 
y la hora en que llegan las ciguas palmeras
a posarse en las afueras del ruido.
Ya no espero que la poesía me vuelva a servir de algo
que no tenga que ver contigo.

23 julio 2012

Oswaldo Payá, cuando la libertad muere por accidente

 
El 25 de noviembre de 1960, unos sicarios de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo simularon un accidente. Al lanzar un Jeep por un abismo, en las montañas de Puerto Plata, trataron de deshacerse de las hermanas Mirabal, tres luchadoras por la libertad de los dominicanos.
Aún no sabemos si ayer, 22 de julio de 2012, unos sicarios de la dictadura de los hermanos Fidel y Raúl Castro provocaron un accidente. Lo cierto es que Oswaldo Payá, un luchador por la libertad de los cubanos, perdió la vida cuando el vehículo en el que viajaba se estrelló contra un árbol.
Aunque no compartía algunas de sus posiciones, lo admiré desde que supe las razones de su lucha. Pocos como Payá defendieron tanto el derecho a la libertad y el futuro de los que viven encerrados en Cuba. Su persistencia, su humildad y su valentía siempre me conmovieron. Ahora lamento que mi firma no apareciera entre las que apoyaban el Proyecto Varela.
En el siglo XXI el olvido es mucho más grande que en cualquier otra época. Ojalá que mi país no se olvide de Oswaldo Payá. La nota en la que el periódico Granma le avisa a los cubanos del accidente, no advierte quién era realmente uno de los hombres que murió en él. Algunos dice que es cinismo, yo creo que es cobardía. 
Hoy Cuba debió amanecer de luto. Pero el poder absoluto es tan cobarde que le teme a todo, incluso a las banderas a media asta.

18 julio 2012

Un camión gallego

 
Por estos días, una tres décadas atrás, las tiendas de los pueblos de Cuba se llenaban de juguetes. En su afán por cambiar todas las cosas de lugar, la revolución había removido el Día de Reyes para julio, de manera que coincidiera con la celebración de sus más importantes fechas.
Siguiendo los preceptos del igualitarismo, a cada niño nos correspondían tres juguetes: básico, no básico y dirigido. En el 75 o el 76 (estábamos en 3ro. o 4to. grado), por fin alcancé un camión gallego. Me pasé dos horas mirándolo, sin hacer nada con él.
En el Paradero de Camarones, un camión gallego de volteo era el mejor juguete al que se podía aspirar. El Chiqui tenía uno que llegó a cargar toneladas de fango de la zanja de su casa. Cuando el mío se sumó a las obras, reconstruimos por completo aquella vía fluvial, imprescindible en el desagüe durante los temporales.
En Nuevo en esta plaza, la película de Palomo Linares, sale un camión gallego. Es en la famosa escena de Las Ventas, cuando el guardián advierte que el aprendiz de torero se ha colado en el ruedo y tiene que echarlo. El camión era blanco, como el mío y el de mi amigo.
Por eso, cuando Palomo Linares decía su célebre frase (“Le juro que algún día entraré por esta puerta sin entrada. Y cuando yo pase usted se quitará la gorra”), El Chiqui y yo aún hablábamos de nuestros camiones y lo comparábamos con aquel, destinado a la carga de toros de lidia.
Justo frente al rodeo de Manicaragua, que es lo más cercano a una plaza de toros que tenemos en mi provincia, volví a dar con un camión gallego (que es el nombre cubano del Pegaso Comet). Aunque debía tener más de 30 años, su motor sonaba perfecto. Mantenía intacto el tableteo que nosotros reproducíamos con la boca cuando arrastrábamos los nuestros.
Eso que ven ahí no es un camión, es un objeto de culto. Si hubieran estado conmigo y con El Chiqui, dentro de aquella zanja, con el lodo hasta las rodillas, sabrían lo que les digo.