20 marzo 2012

El anhelo de Gauck

 
La foto de Joachim Gauck sentado en la primera fila de la Asamblea Federal de Alemania, cabizbajo, rodeado de aplausos, me hizo pensar en el futuro de mi país. Joachim era un connotado disidente en la República Democrática Alemana y ahora es el presidente del país que se unificó en 1990.
Justo el pasado 18 de marzo, día en que fue investido, se cumplieron 22 años de las primeras elecciones libres en el lado este del Muro de Berlín. “Llevábamos demasiado tiempo sin votar”, recordó Gauck en su discurso. A tres asientos del nuevo presidente, la canciller Ángela Merkel sonreía. Ella también proviene de aquel país ya inexistente.
Más de una vez he tenido la misma discusión con más de un amigo cubano. Se trata de aquellos que no ven entre nuestros disidentes a nadie capaz de ocupar un puesto relevante en el futuro. Uno, incluso, se apresuró a aclarar que un blog no es literatura, como si eso invalidara aún más a los que han tenido el valor de comunicar, literalmente, ese pavor cotidiano que es el diario vivir en Cuba.
El futuro es impredecible incluso para los que más saben de pronósticos. Pero yo estaría feliz si algún día los cubanos podemos vivir el anhelo de Gauck. Lo importarte ahora es recuperar el derecho a decidir delante de una urna. Lo demás, depende de todos los que estemos dispuestos a participar de eso.    

19 marzo 2012

El relojero de la estación de Montparnasse

 
Hay películas que puedo volver a ver una y otra vez (El maquinista de La General, de Buster Keaton, es una de ellas) y hay película para las que quisiera irme a vivir. La invención de Hugo, la obra más reciente de Martin Scorsese, me dio deseos de hacer las maletas y mudarme un siglo atrás.
Las ganas de saltar hacia la pantalla surgen casi el principio, cuando la cámara sobrevuela el París de los años 30 y entra en la estación de Montparnasse, cruzando andenes y salones, hasta dar con un niño que le da cuerda a incontables relojes y repara la imaginación de Georges Méliès.
Esa veloz secuencia basta para introducirnos en un mundo del que no vamos a querer salir unas dos horas después. Consciente de ello, Martin Scorsese nos mira con desfachatez llegado un momento, cuando se disfraza de de fotógrafo ambulante para percatarse de la cara que tenemos.
Tengo una lista de películas de las que no me puedo deshacer. Cada vez que tengo una oportunidad, regreso a ellas en busca de cosas que me son indispensables. Desde ayer, La invención de Hugo está entre ellas. Solo lamento haber tardado tanto en conocer al pequeño relojero de la estación Montparnasse.
Los aciertos del filme son tantos, que solo los críticos se pueden dedicar a enumerarlos. Dejo esa ardua labor a ellos y solo recalco algo que, al fin y al cabo, es lo que más le agradezco a Scorsese por esta película. Hugo Cabret es una prueba ineludible de que la ficción y la realidad pueden habitar un mismo espacio.
Justo por eso quisiera vivir dentro de ella, así sea en el papel de autómata.

17 marzo 2012

No tengo suerte con los cardenales

 
El primer cardenal que conocí en mi vida fue en una pantalla en blanco y negro, de lunes a viernes, a las 7:30 de la noche. Ese era el momento en que pasaban las aventuras en el Canal 6 de la Televisión Cubana. No recuerdo al actor que hizo de Cardenal Richelieu, pero no olvido ninguna de las patrañas del personaje.
Impulsado por aquellos episodios, le pedí a mi madre que me comprara los dos tomos de Los tres mosqueteros, la novela de Alejandro Dumas. En esos libracos, de hojas amarillentas y borrosas, conocí mejor al siniestro personaje. Allí estaban descritas con lujo de detalles cada una de sus miserias.
Cuando llegué a República Dominicana encontré que, gracias a un triste Concordato, pactado entre la Iglesia Católica y el tirano Rafael Leonidas Trujillo, un cardenal manejaba al país con hilos invisibles. Su peso en la sociedad es tanto, que la mantiene anclada a un pasado la mayoría de las veces inamovible.
Luego, como si aquel personaje de la infancia no cesara de reproducirse, apareció en escena el cardenal Jaime Ortega. Este último personajillo, a pesar de parecer mucho más frágil e inofensivo que los anteriores, los iguala en perversidad. Una prueba de ello es la operación policial que acaba de dirigir en La Habana.
No tengo suerte con los cardenales. Es como si Richelieu lograra derrotar, en cada nuevo capítulo, todas las esperanzas de Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan. Como no soy diestro en la esgrima, no me queda más remedio que librar todos mis duelos en el terreno del desprecio.
Por eso, cada vez que veo aparecer a Jaime Ortega con su gorrito ladeado y su oportunista genuflexión, me convierto en el niño aquel que peleaba en silencio desde el banquito de ordeñar las vacas. Nadie me oye, pero siempre reitero el grito de guerra: “¡Uno para todos y todos para uno!”. 

16 marzo 2012

Crash

 
Hasta ahí llegamos. Ese es el kilómetro 67 de la Vía Blanca. Íbamos camino a Varadero y un viejo jeep torció sin previo aviso en dirección a una vaquería. No nos quedó más remedio que lanzarnos hacia la cuneta. Así fue que acabamos estrellándonos contra un poste.
Un cable de alta tensión estuvo a punto de caernos encima. Pero, afortunadamente, lo único que cambió el accidente fueron los planes. El día que habíamos destinado para una de las playas más renombradas del mundo, acabó sucediendo en un cañaveral sin nombre, a medio camino entre La Habana y Matanzas.
Fue un mal rato, pero ahora le agradecemos muchas cosas. Ninguno de los que estuvimos allí podemos deshacernos de la experiencia. A menudo recordamos frases, absurdos, enseñanzas… Solo la fiesta de despedida logró zafarnos de la inercia que produjo aquel crash.
Gracias al incidente también conocimos a Zabala, un caballito (policía motorizado) de San José de las Lajas que tiene la gracia de un personaje de ficción. Una catarsis suya se ha convertido en una cita recurrente entre nosotros. Cada vez que la recreamos, volvemos a reírnos como lo hicimos aquel día.
El seguro cubrió el 100% de los daños y nos dieron un carro nuevo. Llegamos a Varadero de noche, muertos de cansancio y con una insolación. Dos matanceras, disfrazadas de Ochún y Obatalá, nos ofrecieron el coctel de bienvenida. Curiosamente, esas deidades son las patronas de Cuba y República Dominicana.
Diana y Susan aseguran que fueron ellas quienes impidieron que el cable de alta tensión cayera sobre el vehículo y nos calcinara. Yo, que era el único ateo del grupo (incluyendo a los policías), también hice notar que frente al accidente había una señal con mi año de nacimiento.
Hasta ahí llegamos. Ese es el kilómetro 67 de la Vía Blanca. Todo sucedió en cuestión de segundos, pero aún estamos reconstruyendo los hechos.

14 marzo 2012

El cardenal anuncia el próximo programa

 
El cardenal Jaime Ortega habló a los cubanos desde un set de televisión. Aunque debía simular un púlpito, la escenografía se acercaba más a un decorado doméstico (la saleta de una casa o ese misterioso rincón donde las abuelas duermen la siesta).
A la izquierda de su señoría, una mesita sostiene la cabeza de un cristo. Parecería de mármol, pero ya es sabido que en la televisión todo es de yeso. A la derecha, como telón de fondo, en orlas doradas, una foto donde el propio Ortega saluda efusivo a  Benedicto XVI.
Más que una autoridad religiosa, se parecía a una de aquellas señoras que anunciaban el próximo programa en la televisión cubana de los setenta. Sus palabras le hubieran quedado más creíbles a Dignorah del Real, Marianita Morejón o Nela del Rosario.
-¿Por qué el Papa viene a Cuba?- se preguntó con voz engolada.
Antes de responderse a sí mismo, recordó la visita pastoral que hiciera Juan Pablo II hace 14 años. “Entonces Benedicto XVI era simplemente el Cardenal Ratzinger y estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe”, aclaró sin perder el engolamiento.
Aún sin alcanzar el motivo de su intervención, Ortega habló de las “condiciones especiales” que vive Cuba. Con ese ridículo eufemismo resumió todo lo que no se atreve a llamar por su nombre. Fue entonces que estuvo listo para anunciar que el Papa va “a buscar la verdad”. Justo él, que le rehúye tanto.
Eso fue todo lo que ofreció Ortega: la imagen penosa de un individuo dócil y apoltronado, que le da las gracias a la televisión por permitirle comunicarse con “sus amigos de Cuba” (sic). Ahora hay que esperar que aterrice el pastor alemán, quien se ha autoimpuesto la encomienda de restaurar la fe de los cubanos (¿a cual de tantas se refiere?).
Casi al final de su mensaje, Ortega describió la primera vez que se arrodilló frente a Ratzinger (ya vestido de Benedicto XVI): “Tomó mis manos y me dijo palabras muy cariñosas”, aseguró con la mirada perdida. No pude superar esa imagen, me costó mucho trabajo retomar el hilo de sus sinuosas palabras.

12 marzo 2012

Decide tú

 
Sigo sin saber con qué palabras
se hace un poema,
me resulta demasiado difícil
dar con las respiración adecuada.
Ya no creo que pueda dominar
el timbre de voz del silencio,
ese ritmo arcaico que debe tener
lo que nunca se oye.

Si partí a los hechos en versos
se debió a la forma
en que ocurrieron las cosas.
Si mencioné a la noche
o a la Luna llena
y repetí algunos términos
con tono grave,
casi solemne,
fue por falta de destreza,
por miedo a lo incognoscible.

Siendo del todo honesto,
solo quise
dejar constancia
de aquel momento crucial
en que los surcos de tu vientre
se convirtieron
en la superficie del mundo.

Ahora decide tú si eso es poesía.