10 octubre 2011

La frontera de Cruces

Era poco más de la una de la tarde. A esa hora, en ese andén, debía estar el tren mixto que recorría los ramales entre Mataguá, Cumanayagua y Santo Domingo. Pero estamos en el 2011 y la estación de Cruces es un lugar fuera del alcance de los relojes, allí no se mueven ni las hojas de los árboles.
No podría decir cuántos recuerdos de mi infancia sucedieron en el tren mixto (llevaba vagones de carga y de pasajeros, de ahí su nombre). En él íbamos a casa de mis primos, en San Juan de los Yeras. En él también se iba mi padre,  colgando de un estribo, haciendo murumacas para que yo me riera.
Frente a la estación de Cruces hay un prado. Cuando yo era chiquito me parecía inmenso, casi interminable. Pero luego, cuando conocí el de Cienfuegos y el de La Habana, se fue empequeñeciendo hasta convertirse en una calle municipal con ciertas ínfulas.
Esta vez el problema no fueron las dimensiones sino las ruinas. Algunos de los edificios más emblemáticos ya no existen, otros están a punto de desplomarse. Afortunadamente, los portales han resistido y aún se puede caminar a través de ellos por cuadras y cuadras.
Al pasar por el parque, giré en la misma dirección que lo hacíamos los varones los sábados en la noche. Eso era todo lo que quería volver a ver de Cruces. Ya no me quedaba ni una excusa para seguir demorándome. Cinco kilómetros más adelante me esperaba el Paradero de Camarones.
Sus olores ya se habían adelantado. El humo de la basura que arde en el fondo de los patios, la hierba recién cortada en las alcantarillas, el alquitrán de las viejas traviesas que ahora sirven de postes... La frontera de la región a la que pertenezco también es transparente.

Santa Isabel de las Lajas querida

Hacía una mañana espléndida. Salimos de La Habana a la hora prevista. Lo supimos cuando una valla recién pintada nos dio la bienvenida a la provincia de Mayabeque. Diana no salía de su asombro. La autopista le parecía enorme, los campos increíbles, el verde inmenso y el azul indescriptible.
No estaba en condiciones de llevarle la contraria, de manera que asentí en todo. En el fondo me gustaba que así fuera. Y, en honor a la verdad, a Cuba ese día se le fue la mano. Todo estaba mucho más lindo que de costumbre. Ahora no podría decir si eran mis ganas de llegar a Las Villas o todo lo que provocó en mí el reencuentro con esos paisajes.
El itinerario que nos habíamos propuesto era ir directo hasta Santa Clara. Allí nos esperaban tío Aldo, Beba, Alahím y Lizandra. El primer viaje al Paradero de Camarones sería al día siguiente. Pero cuando llegamos al kilómetro 132 todo cambió. El ranchón Te Quedarás, una silueta lumínica de Benny Moré y un cartel de “Bienvenidos a Santa Isabel de las Lajas querida” me pararon en seco.
Estábamos a muy poca distancia de mi lugar en el mundo. Me era imposible esperar 24 horas más. Torcimos camino y nos perdimos por esa carreterita que avanza en paralelo a la línea que va de Cruces a Santo Domingo (la geografía, como el azar, sabe regalarnos ese tipo de coincidencias).
Entramos a Lajas guiados por la voz del Benny: Saludos para las Cuevas/ Guayabal y la Guinea/ Pueblo Nuevo se recrea,/ viendo que yo soy sincero/ que abro mi pecho entero,/ igual que mi corazón/ al gritar con emoción/ orgulloso, soy Lajero, tú ves…”
Traté de hacer tiempo en el andén de la estación. Justó allí le confesé a mi compañera de viaje que tenía miedo. De ahí en adelante todo sería mucho más lento. La lejanía también es un temor, pero solo se entiende una vez que se está a punto de acabar con ella.

09 octubre 2011

Soundtrack


Durante mis 10 años de ausencia, me imaginé el viaje de regreso a Cuba de muchas maneras. Dormido o despierto, trazaba rutas, simulaba encuentros y ensayaba situaciones. Pero debo confesarlo, esos 15 días fueron infinitas veces más intensos y mejores que todo lo soñado.

Ni siquiera las ruinas de tantas cosas importantes para mí sofocaron la euforia. Sí, es duro no encontrar ni rastros de lugares esenciales. Duele, por ejemplo, que ya no estén los andenes de Arango, el sitio donde aprendí a hablar como un ferroviario. Pero hay un paisaje humano que ha sabido soportar todo vendaval y ese fue el país que más disfruté.

Cada vez que pensaba en los trayectos por las rutas cubanas, hacía una selección de la banda sonora que me acompañaría. Nos llevamos un iPod de apenas 8 GB. Suficiente para cargar con lo que sonaría durante los más de dos mil kilómetros que recorreríamos entre un extremo y el otro del itinerario.

Beny Moré, Bob Dylan, Paquito D’Rivera, Eric Clapton, Gonzalo Rubalcaba, The Allman Brothers Band, Andrés Calamaro, B.B. King, Celia Cruz, J.J. Cale, Arsenio Rodríguez, Pat Metheny, María Teresa Vera, Paul Simon, los Matamoros, Leonard Cohen, Pablo Milanés, Lucinda Williams, Lynyrd Skynyrd, Mississippi John Hurt, Marta Valdés, Nick Drake…

Antes de entrar al túnel de La Habana, a punto de pasar por debajo de la bahía, rumbo a la ciudad que posee la Isla en el centro, era inevitable poner a Calamaro. Cuando las luces nos dieron en la cara, el Salmón cantaba el estribillo de “Mi gin tonic”:

“Hay días para quedarse a mirar,

hay días en que hay poco para ver,

hay días sospechosamente light,

hay un deseo que pido siempre 

que pasa un tren…” 

Del otro lado, ya en la superficie, nos esperaba una geografía donde no pararon de sonar las guitarras y las canciones que siempre quisimos oír de aquel lado. Las cosas son del color del sonido con el que se miran. Esa es una de las lecciones que aprendimos.

Point of no return

En lo alto de un edificio casi destruido por completo, un habanero permanece abrazado a las dos hojas de una puerta tambaleante. Cuando lo descubrí, pensé en Guillermo Cabrera Infante y en su despedida de Cuba. Poco después de ese día de octubre de 1965, escribió que le “regalaba su tierra a la erosión histórica”.
Hoy La Habana, la ciudad que el Infante difunto escribió como nadie, también se encuentra parada sobre un point of no return parecido al suyo. Devastada por la degradación del inmovilismo y la necedad de la historia, la capital de los cubanos parece haberse disfrazado de su vagabundo más célebre.
Como el Caballero de París, la ciudad aún luce un vestido de gala, pero ya no puede esconder su avanzada decrepitud. La Habana es la más europea de todas las ciudades del Caribe. Si a las fotografías de sus calles interiores se le borran los autos y la gente, parecería un escenario de la post guerra.
Por cosas como esas las virtudes allí acaban convirtiéndose en una desgracia. Ya ni la ciudad ni el escritor pueden regresar al punto donde se separaron. Para hacernos entender eso, el habanero desconocido sigue abrazado a las dos hojas de una puerta tambaleante. Su silencio es todo lo que hay que decir por ahora del pasado y el presente de la ciudad que más amamos.

07 octubre 2011

Únicas

La noche del viernes es tan larga, que me alcanza para escribir de Únicas, un disco que dura cien canciones. Le debo el hallazgo a Jorge Rodríguez, quien estuvo a cargo de la producción y de la profusa antología. Las 22 cubanas que están incluidas en el álbum, demuestran que el lado femenino de nuestra música es esencial, indispensable.
—Ese es un disco para la noche, Camilo —me dijo Jorge cuando lo puso en mis manos. Estábamos en el Patio de la Egrem, en el miocardio de Centrohabana, a unos pasos de los míticos estudios donde se grabaron la inmensa mayoría de los sonidos que definen a mi país desde principios del siglo pasado.
María Teresa Vera, Blanca Rosa Gil, La Lupe, Freddy, Gloria Arredondo, Martha Strada, Gina León, Doris de la Torre, Luisa María Güell, Amelita Frades, Rosita Fornés, Celeste Mendoza, Juana Bacallao, Moraima Secada, Omara Portuondo, Elena Burke, Ela Calvo, Beatriz Márquez, Farah María, Lourdes Torres y Soledad Delgado.
En ese mismo orden suenan. El disco arranca con María Teresa cantando “Veinte años” y acaba con “Amigas”, ese inolvidable diálogo entre Elena, Moraima y Omara. Ahora mismo, mientras escribo esto, mi madre oye le hace la voz segunda a Blanca Rosa Gil en  “Quiero hablar contigo”.
En un rato llegará Alejandro Aguilar para bebernos un ron que le trajimos de La Habana. Mientras tanto, ellas seguirán cantando sin parar. La noche del viernes es casi tan larga como la eternidad que proponen los boleros. Con sonidos como esos, Cuba puede darse el lujo de ser invisible. Al menos por hoy.

06 octubre 2011

Ciénaga


Nunca había puesto un pie en el andén de Ciénaga. Siempre pasaba por ella a toda velocidad. Cuando iba en la ruta 43, por la Calzada de Puentes Grandes, o en el Budd de Cienfuegos, por la Línea Sur. A través de las ventanillas, la estación se veía fuera de foco, como una mancha.
Sus alrededores tienen el mismo olor que el Zoológico de 26. No tengo idea qué es lo que produce ese raro aroma que flota por toda esa isla de tupida vegetación y trenes abandonados. A lo lejos, los rugidos de los leones y los tigres enjaulados subrayan la atmósfera inhóspita.
Ni siquiera los estruendos de la ciudad llegan hasta los bancos del salón de espera. Algún raro fenómeno impide que el edificio y su entorno se mezclen.  Aunque está en el mismo corazón de La Habana, ella se resiste y establece un ambiente rural en sus alrededores. Los niños que juegan en su andén lo hacen como si estuvieran en el campo.
Por fin puse un pie en la estación de Ciénaga. Pero entonces fue la ciudad la que comenzó a verse fuera de foco, como una mancha. Una vez que me subí en su andén, me dio la impresión de que el edificio comenzaba a moverse, que trataba de irse para un lugar donde la alcancen los trenes y los viajeros, es decir, las razones de su existencia.