Durante mis 10 años de ausencia, me imaginé el viaje de regreso a Cuba de muchas maneras. Dormido o despierto, trazaba rutas, simulaba encuentros y ensayaba situaciones. Pero debo confesarlo, esos 15 días fueron infinitas veces más intensos y mejores que todo lo soñado.
Ni siquiera las ruinas de tantas cosas importantes para mí sofocaron la euforia. Sí, es duro no encontrar ni rastros de lugares esenciales. Duele, por ejemplo, que ya no estén los andenes de Arango, el sitio donde aprendí a hablar como un ferroviario. Pero hay un paisaje humano que ha sabido soportar todo vendaval y ese fue el país que más disfruté.
Cada vez que pensaba en los trayectos por las rutas cubanas, hacía una selección de la banda sonora que me acompañaría. Nos llevamos un iPod de apenas 8 GB. Suficiente para cargar con lo que sonaría durante los más de dos mil kilómetros que recorreríamos entre un extremo y el otro del itinerario.
Beny Moré, Bob Dylan, Paquito D’Rivera, Eric Clapton, Gonzalo Rubalcaba, The Allman Brothers Band, Andrés Calamaro, B.B. King, Celia Cruz, J.J. Cale, Arsenio Rodríguez, Pat Metheny, María Teresa Vera, Paul Simon, los Matamoros, Leonard Cohen, Pablo Milanés, Lucinda Williams, Lynyrd Skynyrd, Mississippi John Hurt, Marta Valdés, Nick Drake…
Antes de entrar al túnel de La Habana, a punto de pasar por debajo de la bahía, rumbo a la ciudad que posee la Isla en el centro, era inevitable poner a Calamaro. Cuando las luces nos dieron en la cara, el Salmón cantaba el estribillo de “Mi gin tonic”:
“Hay días para quedarse a mirar,
hay días en que hay poco para ver,
hay días sospechosamente light,
hay un deseo que pido siempre
que pasa un tren…”
1 comentario:
Las cosas son del color del sonido con que se miran. Esa es una de las lecciones que aprendimos.......
Antológico.
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