09 junio 2011

Cuba levanta trincheras de papel

Hace una semana o dos estuve en la biblioteca de Luis Canela, uno de los más pertinaces lectores que he conocido. Como sé que Luis también se mantiene al tanto de cada avance que se produce en materia de tecnología, la primera pregunta que se me ocurrió hacerle fue si seguía comprando libros de papel.
—Ahora los compro dos veces, uno físico, por mero afán coleccionista, y uno para el iPad, que es donde realmente leo —me respondió.
Cuando tropecé con el dossier que La Jiribilla le dedicó al libro, pensé de inmediato en la curiosa respuesta que me había dado Canela. Como soy incapaz de pedirle que se someta a la lectura de esos textos, decidí hacer este post. Así puede llegar a tener una idea de cómo piensan algunos integrantes de la intelectualidad oficial de mi país.
Para Fernando Martínez Heredia, la apuesta cubana y la liberación social del país se ganará si se aprende a gobernar entre todos “a todas las formas de comunicación, y no nos dejamos gobernar por los que forjan nuevas cadenas con cada invención. Necesitamos el libro, prenda moderna que la Revolución democratizó”.
A Ambrosio Fornet lo que más le perturba es que la gente se deje engatusar por “los cantos de sirena del televisor o la computadora” (no, no se trata de un ensayo de los años ochenta del siglo pasado, les juro que la frase fue escrita hace apenas una semana). Es decir, que para él la impresión tal y como la ideó Gutenberg sigue siendo la única manera de acceso al conocimiento.
En el dossier participan algunos más, pero solo uno o dos parecen estar al tanto de que la “prenda moderna” que hay que democratizar ahora es el Internet. En esa nube que el genio de Steve Jobs nos acaba de regalar, caben todos los libros escritos jamás, pero sin bibliotecarios ni mediadores. Allí, sin paredes ni anaqueles, no hay nada que inducir o censurar.
Lástima que tipos que fueron tan revolucionarios en su juventud, como Martinez Heredia o Fornet, sean tan conservadores hoy. Claro, ellos tienen un punto. Si el internet fuera libre en Cuba, los temas del debate serían otros. Ya no habría tiempo para discutir cosas obvias, sobreentendidas.

Reina Luisa, al partir

Esa mujer con la cabeza llena de rolos y una cajita de cartón tabla entre las manos, es una de las cubanas más valientes que jamás he conocido. Es Reina Luisa Tamayo, la madre de Orlando Zapata, aquel albañil que prefirió morir de hambre porque, como había cantado de niño, “en cadenas vivir es vivir en afrenta y oprobio sumidos”.
Orlando también aparece en la foto. Sus cenizas están dentro de la cajita, en primer plano, justo delante de la bandera. Como en la época colonial, como tantos y tantos compatriotas suyos, Reina Luisa fue desterrada de su patria y tiene que marcharse de manera forzosa al exilio.
Para facilitarle las cosas en la partida, el régimen de los hermanos Castro militarizó un solitario y apartado cementerio de provincia. Con las auras tiñosas como testigos, exhumaron los restos de Zapata y se los entregaron a su madre. A pesar de las dimensiones de ese muerto, lograron encerrarlo en unos pocos centímetros cúbicos de madera desechable.
Me atrevo a asegurar que hasta los que dirigieron la penosa operación están conscientes de que esas cenizas, más temprano que tarde, volverán a su lugar de partida. Nada va a impedir que Zapata descanse en paz en el cementerio municipal de Banes. Mientras tanto, el fantasma de ese hombre estará persiguiendo a sus verdugos hasta que los cubanos puedan saber, con entera libertad, lo que él hizo por ellos.

08 junio 2011

Hoy como ayer, gracias

A la mañana siguiente de mi viaje de ida de La Habana, Freddy Ginebra me dejó en El Caribe. La bienvenida oficial me la dio Juan Fernando Dorrego, quien en aquel entonces era el último en irse y el primero en llegar a la redacción. Enorme y noble, como el oso Jogi, Juan Fernando no tardó en darme un abrazo y las lecciones elementales para que yo comenzara a trabajar aquel mismo día.
Él es español y su esposa Angelika, quien también trabajaba allí, alemana. Ambos eran asesores en aquel nuevo diario que se estaba gestado dentro de uno de los periódicos más tradicionales de República Dominicana. Poco después del mediodía, conocí a Luis Canela, quien por aquellos meses, de manera temporal, se había desdoblado de su oficio de banquero para convertirse en director del periódico.
Luis tuvo incontables gestos de generosidad conmigo. Pero el más importante de todos fue regalarme los libros que tenía repetidos en su biblioteca. Así comencé a recuperar lo que había dejado en Cuba y me hice de otras cosas con las que, en  honor a la verdad, ni había soñado.
Desde ayer, El Fogonero aparece entre los blogs de Hechos de Hoy, una página de análisis de América Latina, España y el mundo que gestaron Juan Fernando y Angelika con el apoyo de Luis. Eso me produce una enorme felicidad, porque es estar otra vez entre algunos de los que hicieron el mejor periódico dominicano que se recuerde.
Hace una semana volví a casa de Luis y, como es costumbre, me fui con un libro repetido debajo del brazo. Por aquellas felicidades y por estas, hoy como ayer, gracias.

07 junio 2011

La isla que quiere seguir perdiendo el tiempo

Muchos cubanos, impedidos de regresar a nuestra Isla o de vivir en ella como quisiéramos, nos hemos mudado a un país virtual que ha sido levantado entre todos, poco a poco. Allí, en las redes sociales y en una infinidad de blogs y páginas web, mis compatriotas y yo nos la pasamos comparando y soñando, discutiendo y queriendo.
No sé cuántas veces he recibido un email donde se destacan algunos de los indicadores que hacían de Cuba, en enero de 1959, uno de los países más desarrollados de América y de eso que todavía conocemos como el Tercer Mundo. Las infraestructuras y los avances tecnológicos que teníamos entonces eran realmente envidiables para muchos.
Pero a partir de ese mes y de ese año, nuestra república decidió comenzar a perder el tiempo y es así que hemos llegado al punto en que estamos hoy. En 2011, la mayoría de nuestros índices de desarrollo solo son mejores que los de Haití y La Habana, que antes era comparada con París o Nueva York, cada vez se asemeja más a Puerto Príncipe.
Para poder hacer “cierto balance del raulismo”, Carlos Alberto Montaner necesitó de al menos cinco años, que es más de un periodo presidencial en la mayoría de los países del mundo. Es comprensible. En Cuba ahora se hace tan poco y dentro de la isla hay una inmovilidad tal, que un lustro apenas alcanza para tantear o suponer, para comenzar a cotejar.
El mundo actual cambia a una velocidad vertiginosa. Lo que está vigente hoy, comienza a ser obsoleto dentro de tres meses. En Cuba, en cambio, un gobierno que ha fracasado rotundamente por medio siglo, aún defiende su permanencia a capa y espada. Por eso, como nuestra Isla ha decidido seguir perdiendo el tiempo de manera indiscriminada, nos mudamos para una virtual… y allí vivimos.

03 junio 2011

El trago más amargo de Ñico Membiela

En la calle O´Donnell, justo en la esquina de Santa Elena, su nombre no está escrito en ninguna parte. Y si estuviera, muchos jóvenes no sabrían de quién se trata. En el Hotel Jagua hace medio siglo que no retumban sus boleros. En Radio Ciudad del Mar ya nadie pide sus discos.
Cienfuegos fue obligada a olvidarse de Ñico Membiela. Todos los recuerdos que quedaba de él en la ciudad fueron ocultados de tal manera, que ahora no aparecen por ninguna parte. Y es una pena, porque poco antes de morir, cuando él ya había perdido la memoria, solo repetía el nombre del lugar donde se hizo trovador.
—Tengo que irme para Cienfuegos, porque me van a hacer un homenaje —dicen que decía.
Antonio Francisco Membiela nació en Zulueta, muy cerca de Santa Clara, el 3 de diciembre de 1913. Pero desde muy pequeño sus padres se lo llevaron a vivir a la Perla del Sur. Fue allí donde empezó a tocar la guitarra y no dejó de hacerlo hasta que se convirtió en un ídolo de los cubanos de los años cincuenta.
Muy pocos se enteraron de la noticia de su muerte, que ocurrió en Miami el 13 de julio de 1998. A veces no recordaba ni quién era. Aun así, jamás se olvidó del camino de regreso. Con su dedo índice señalaba en dirección al Sur y pronunciaba el nombre de su lugar en el mundo.
El trago más amargo de Ñico Membiela  fue ese, no estar tranquilo en Cienfuegos el día que murió su canción.

02 junio 2011

Estoy cansado de explicar las películas cubanas

Solo entro a Cubavisión durante la temporada de béisbol. Además, casi por disciplina, he programado la cajita del cable para que grabe todas las películas que pasen en ese canal. Gracias a eso ya tengo una apreciable colección que permanece a salvo en un folder.  Para ello, me he asegurado de que no se borren cuando el disco duro del aparato necesite espacio.
Eso me ha permitido hacer un interesante ejercicio de revalorización. Algunas de las películas que recordaba con cariño, ahora me han resultado sosas, pobres y hasta ridículas. En cambio otras, a las que no les di mucha importancia en su momento, me han sorprendido con cosas que no advertí entonces. El valor antropológico de algunas, donde se revela cómo éramos y dónde habitábamos, es lo que más agradezco siempre.
Pero ver películas cubanas también se me ha convertido en una experiencia muy agotadora. Mi pareja es dominicana. Estudió en su país y en Europa. Sus referencias culturales son las de cualquier individuo normal de una sociedad normal de finales del siglo XX y principios del XXI. Eso la hace incapaz de entender lo que sucede en esos filmes.
Cada vez que se produce un giro en las tramas, tengo que poner pausa y explicarle qué está sucediendo y por qué los personajes se comportan de esa manera. No niego que, en la mayoría de los casos, disfruto mucho verlas otra vez. Pero ya estoy cansado de tener que explicarlas tanto.