12 enero 2011

La carnicería del Estado cubano

Esta fotografía, que Tito Álvarez hizo para su serie Gente de mi barrio (1980-1982), explica mejor que un artículo, un ensayo o todo un libro por qué fracasó el socialismo en Cuba. Un Estado que se haga cargo hasta de repartir huesos en cada uno de los hogares de la nación, acaba en la ruina tarde o temprano.
Cuando el Che Guevara se aburrió de dirigir juicios sumarios y pelotones de fusilamiento, desvió los cañones de su ofensiva revolucionaria contra los pequeños comerciantes cubanos. Pocos meses después, la Isla ya estaba sumida en una grave crisis económica. Ese es el origen de la Libreta de Abastecimiento y de los absurdos subsidios que Raúl Castro quiere suprimir ahora.
Guevara era un pésimo economista, pero Fidel Castro también lo aventajaba en eso. El Comandante en Jefe nunca pudo lograr para Cuba la independencia económica (y política) que tanto había prometido. Primero la Unión Soviética y luego Venezuela tuvieron que hacerse cargo de un país inviable desde la má insignificante zapatería hasta la más importante termoeléctrica.
Tito Álvarez solo se propuso retratar los rostros de la gente que le rodeaba. Es probable que no se percatara de que lo más importante de la fotografía quedaba a las espaldas de su carnicero. Es curioso, pero al principio leí “Fidel” en la pizarra de la izquierda. Luego, cuando agrandé la imagen, advertí que decía “final”.

11 enero 2011

María Elena Walsh nos espera en el Reino del Revés

Mi infancia y la de mi hija tuvieron muy pocas cosas en común. Yo pasé los primeros años de mi vida en el campo y ella en la ciudad. A mí solo me rodeaban trenes y cañaverales. A ella todo lo que tenía adentro la última Habana del siglo XX. Yo aprendí a dibujar en el reverso de los papeles de la estación, ella en el Paint de Windows 93.
Solo una cosa nos sucedió de idéntica manera. A mí como a ella el Reino del Revés y el brujito de Gulubú nos hicieron seres distintos. La mayoría de las canciones infantiles comienzan a volverse tontas con los años. La magia que antes veíamos en ellas, se va disolviendo en una especie de bobería que, llegados a cierta edad, nos resulta intragable.
Las canciones de María Elena Walsh, en cambio, van cobrando significados en la medida en que vamos envejeciendo. Lo que a los diez años nos parecía una límpida moraleja, a los veinte se nos troca en una oscura canción de amor. La primera plana de Página 12 de hoy está dedicada a la autora de “La cigarra”. Como ya los periódicos no dan noticias, el diario evitó hablar de su muerte y prefirió contar todas sus vidas.
Nunca he creído en ninguna forma de vida después de la muerte. Pero sería bueno que existiera otra dimensión donde María Elena Walsh pueda seguir creando. Me gustaría pensar que ella nos espera en el Reino del Revés, que nada puede detener la imaginación de la única criatura que logró que mi infancia y la de mi hija coincidieran en algún punto.
Ojalá que llegue hasta allá manejando un cuatrimotor y que, el día menos pensado, se asome para preguntarnos si sabemos lo que pasó.

08 enero 2011

La cultura cubana no necesita a la revolución

Manuel Vázquez Portal me hizo una pregunta para un reportaje suyo que no pude responder a tiempo: “¿Qué impacto traerá para el arte y la cultura cubana las reformas emprendidas por el gobierno de Raúl Castro?”. Estuve a punto de responderle que ninguno. Pero hubiera sido un error, porque esta coyuntura puede acabar resultando muy alentadora.
La cultura cubana no necesita a la revolución. Cuando la segunda llegó, la primera acumulaba ya suficientes valores y universalidad. El “amparo” oficial lo único que logró, en la inmensa mayoría de los casos, fue esterilizar a escritores y artistas que habían conseguido obras relevantes cuando eran marginados o reprimidos.
Al privarlos de las prebendas y los salarios (que algunos incluso ganan sin tener que trabajar), muchos creadores volverán a ser cubanos comunes y corrientes, como los médicos, los agricultores,  los ingenieros, los maestros o los ferroviarios. Tener que regresar a la realidad donde viven la inmensa mayoría de sus compatriotas también les devolverá cierta lucidez.
El ICAIC es actualmente la mayor retranca del cine cubano. La editorial Letras Cubanas es quien menos representa a la vanguardia de la literatura nacional. A la cultura cubana le hacen falta mecenas como José Rodríguez Feo y le sobran intermediarios como Fernando Rojas. Lo que está pasando en estos momentos acelera el proceso en esa dirección.
Al menos en el área de la creatividad, los grandes perdedores de las reformas emprendidas por Raúl Castro serán los burócratas y los perseguidores. Para los verdaderos artistas todo acabará convirtiéndose en eso que los antiguos definieron como una fuente inagotable de inspiración.

Cuando lo vi ya se había ido

Anoche soñé que dormía en el Paradero de Camarones. Pero no en la estación, sino en casa de mi tío Leopoldo González (cosa rara, porque en realidad nunca pasé una noche bajo otro techo que no fuera el de Atlántida y Aurelio). El sueño no fue agradable, pero el reencuentro con mi tío, que murió a principios de los noventa, es de agradecer.
Cuando me desperté eran todavía las 3:50, pero decidí levantarme. Me era imposible volver a dormir después de la excitación que significaba caminar (aunque fuera en sueños) por mi pueblo. Lo primero que apareció en la pantalla de la computadora fue una publicación del poeta Carlos Pintado.
Siempre he sentido una gran admiración por los seres que son capaces de hacer una buena rima. Pero lo que siento por los que logran décimas con soltura, roza la envidia. Carlos nunca sabrá de verdad el bien que me hizo con estos diez versos. Esta madrugada llegué hasta el Paradero de Camarones, pero cuando lo vi ya se había ido.

MENSAJE DE CARLOS PINTADO

Por vergüenza y por timidez (¿quién puede saberlo?) nunca he colgado un poema mío en sitio alguno.  Éste deberá ser la excepción, hermano mío. Ya sabes cuánto te quiero. Sea este poemilla un abrazo, un amago de cercanía, una conversación mientras esperamos el mismo tren en la misma estación. A ver si me perdonas un poquitín de silencio.


LOS TRENES EN LA TARDE

para Camilito Venegas Yero, porque los trenes no vuelven

Los empuja la costumbre
de las horas en que pasan
sobre los rieles que abrazan
su silenciosa costumbre.
No hay sorpresa ni vislumbre:
los trenes van al olvido:
cuando los ves ya se han ido
hacia un tiempo inalcanzable;
los trenes son lo mudable
de un paisaje desvalido.

02 enero 2011

¿Por qué escribo?

(Escrito para el blog de Campo de Texto)
Se han escrito libros de ensayos y de entrevistas sobre eso. Para mucha gente es muy importante saber por qué se escribe o, lo que siempre es más urgente, por qué se tiene la necesidad de escribir. Hay autores que le restan importancia a la duda y prefieren ni averiguarlo, otros, se la toman demasiado en serio y dan una respuesta tan elaborada que hasta para ellos mismos resulta inconcebible.
El País Semanal le acaba de preguntar a 50 escritores, de geografías y lenguas muy diversas, por qué escriben. Como suele suceder en esos casos, hay respuestas ingeniosas, aburridas, simpáticas, torpes, lúcidas, obvias o geniales. Ken Follet lo redujo todo a una cuestión de oficio: “es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer bien”. Para responder, Carlos Fuentes se hizo una pregunta: “¿Por qué respiro?”.
Antonio Tabucchi también le puso signos de interrogación a sus respuestas: “¿Por qué tenemos miedo a vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió de prisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá no hubiere resultado mejor quedarnos aquí”.
Mario Vargas Llosa lo había dicho ya muchas veces, pero se sitió en el deber de repetirlo: “Es el centro de lo que hago. No concibo la vida sin la escritura”. Sin embargo, la frase más rotunda de todas no la dijo ninguno de los cuestionados sino Samuell Beckett, a quien Tabucchi trajo a colación: “Escribo porque no me queda otra”.

01 enero 2011

Endulzar la amargura

El primero de enero es una fecha trágica para mis compatriotas. Ese día, en 1959, Cuba comenzó a descomponerse como nación. Muchos lo advirtieron de inmediato, otros reaccionaron a los pocos años y la inmensa mayoría cayó en cuenta cuando ya todo estaba perdido. Ninguna de las cosas que hicieron de nuestra isla una nación próspera y de nuestra gente un pueblo emprendedor, están en pie.
Lo porvenir no era más que una gran tomadura de pelo. El 1 de enero de 2011 ha encontrado a Cuba sumida en las ruinas y la desesperanza. Entre la Punta de Maisí y el Cabo de San Antonio no cabe ni siquiera una razón para creer en el futuro. Las generaciones que empeñaron su juventud en construir una utopía, han llegado a la vejez con las manos vacías.  
Hace medio siglo, Cuba exhibía uno de los índices de desarrollo humano más envidiables de Latinoamérica. Tras cinco décadas de infecunda dictadura, el país ha comenzado a emular con Haití y naciones inviables de África. En los años cincuenta los empresarios cubanos operaban con las más avanzadas tecnologías de la época; en 2011, los cuentapropistas tienen que devolverse a la era preindustrial para comenzar de cero.
Celia Cruz es uno los símbolos más duraderos de la Cuba que comenzamos a perder un día como hoy. Ella murió en el exilio sin que le permitieran regresar a su patria, pero su grito de ¡Azúcar! ha sido más duradero, incluso, que la industria que contribuyó a conformar esa identidad. Una prueba de ello es que el Servicio Postal de Estados Unidos acaba de dedicarle un sello a su inmortal carcajada.
Es cierto que hay muy pocas razones para celebrar, pero una vez más Celia ha sacado la cara por nosotros. Ella, como siempre, solo tiene que enseñar los dientes para endulzar hasta la amargura.