26 noviembre 2010

4%

El 30 de noviembre de 2000 comenzó a crecer el lado dominicano de Camilo Venegas. Ese día llegué al aeropuerto de Las Américas con la esperanza de empezar una nueva vida del otro lado del Paso de los Vientos, ese estrecho que comunica a Cuba con La Española, la isla donde he permanecido por una década.
Si mi gratitud con todos los dominicanos que me tendieron su mano al pasar no fuera suficiente, bastaría lo que este país me ha dado a cambio de mi trabajo. Aquí me he sentido útil y he construido cosas con amor o desamor, pero siempre con la satisfacción que da no tener que traicionar nada y ser fiel a mí mismo.
Martha Sepúlveda, una amiga dominicana a la que aprendí a querer por sus carcajadas y su honestidad, siempre me decía que ella hubiera querido para su gente una educación como la que teníamos los cubanos. Yo, a cambio, siempre le replicaba que hubiera querido para los míos una libertad como la que ella disfrutaba.
En honor a ese intercambio, me sumé a la campaña que le exige al gobierno dominicano una inversión de al menos el 4% del PBI en la Educación. Solo así el futuro de este país podría cambiar y el sueño de Martha alcanzar al mío. José Martí dijo que tenía dos patrias, Cuba y la noche. Las dos mías son más tangibles, pero necesitan tanta claridad como las suyas.
Como no voy a seguir escapando de mi destino, quiero que República Dominicana cambie y su gente tenga derecho a una educación y un futuro mejor. El día que pueda hablar en Cuba con la libertad que lo hago aquí, defenderé otras cosas. Mientras tanto, asumo el deseo de Martha en ausencia de ella.

24 noviembre 2010

La desesperante fascinación por Carnivàle

(Escrito para el blog de Campo de Texto)
De un tiempo a esta parte las series de televisión me entusiasman mucho más que los estrenos en el cine. Prefiero un capítulo de Mad Men, Two and a Half Men o Big Bang Theory que la mayoría de las cosas que se estrenan en las salas. Desde que puedo grabar en la caja del cable, he logrado anticiparme a las sorpresas y, sobre todo, sortear todos los anuncios publicitarios.
Gracias a eso, puedo probar la primera afirmación de este post. En casa tenemos todos los paquetes de películas, sin embargo es en TCM donde más grabaciones programamos. El resto del espacio en el disco duro lo ocupan los estrenos y las repeticiones de las series que más nos gustan. Rara vez grabamos una película reciente, no tenemos tiempo para ellas.
Hace días busqué en los meses por venir si HBO (esa admirable fábrica de maravillas) tenía previsto la repetición de Carnivàle. Luego, en internet, di con la noticia de que se acaba de lanzar un pack que contiene la colección completa de  Carnivàle. 12 discos con las dos temporadas y un libro de 80 páginas que incluye material gráfico inédito.
Desafortunadamente, HBO decidió abortar la tercera temporada de Carnivàle por los elevados costos de producción. Ni siquiera los blogs y los fórum de los fans de la serie lograron persuadir a los ejecutivos del canal, que prefirieron hacerle caso a su olfato para intuir donde acaba el éxito y comienza el declive.
Estoy entre los que se quedaron colgados de la desesperante fascinación por Carnivàle. Esa pesadilla itinerante que Daniel Knauf situó en la región más fantasmagórica de la Gran Depresión, me sigue pareciendo una metáfora inmejorable. Desde que David Lynch hizo El hombre elefante, nadie había retratado el inframundo del circo con tanto ingenio.
Lo dicho, las series se han adaptado mejor a esta época donde la gente necesita crear comunidades y dialogar permanentemente. Al cine le ha costado más trabajo entender la era 2.0, ni siquiera dedicándole una película a los creadores de Facebook lo logra de manera efectiva.

23 noviembre 2010

La lección del motociclista

La publicación de este poema entraña para mí dos alegrías. La primera, colaborar con Diario de Cuba, donde están involucrados el ingenio y la pasión de mi querido Antonio José Ponte. La segunda, porque comparto el espacio con Gerardo Fernández Fe, un escritor que siempre he admirado, y Dolan Mor, un poeta pinareño que Chago Méndez Alpízar me acaba de presentar.

Para filmar la escena en que una casa
se le desploma encima,
Buster Keaton no aceptó un doble
ni que se hiciera algo para protegerlo.
Cuando la fachada de madera
comenzó a caer,
hasta el camarógrafo volteó la cara.
Apenas se había hecho
una marca en el suelo.
Nada aseguraba que el cuerpo de Buster
se colaría intacto
por la más estrecha de las ventanas.

Él también es el hombre que el viento derriba
del asiento trasero de un automóvil,
del techo de una locomotora
y del palo más alto de un navío;
el que viaja sin pagar
en el guardafangos de un autobús
y el que apenas cruza la línea
antes de que un tren pase a toda velocidad.
Buster es el que se tira en un lago
que resulta ser un telón de fondo,
el que se lanza al vacío
y se da en el rostro
con el edificio de enfrente.

En todas sus películas, como en la vida real,
Buster Keaton cae y se levanta
sin que se le mueva un músculo de la cara.
Estaba harto de todo
y no le importaba morir.
Por eso ahora nos resulta tan gracioso
que siempre salga intacto.
Por más que vuele por los aires
o se arrastre como una escoba
por el polvo sin color de California,
Buster al final se sacude
y mira sin dolor a la cámara.

Nunca sabremos cómo lo hizo.
Lo único que dejó claro,
además de su rostro inconmovible,
es la lección del motociclista:
a veces lo único que se puede hacer
es taparse los oídos y cerrar bien los ojos.

22 noviembre 2010

El apellido de la Esperanza es Spalding

Cuando Esperanza Spalding se abraza al contrabajo, la belleza de la mujer y el sonido del instrumento logran una rara conjunción de la que uno no se puede zafar fácilmente. La primera vez que oí su primer disco, lo repetí una y otra vez hasta que se acabó la noche. Hoy me regalaron Chamber Music Society y me ha pasado lo mismo. Esta es la tercera vez que lo oigo sin poder librarme de él.
Hija de una mexicana y un afroamericano, creció en un vecindario de Portland que ella describe como un “peligroso ghetto”. Aprendió a tocar el contrabajo con Ron Carter, apenas tiene 26 años y ya se le considera una de las estrellas más refulgentes en el nuevo firmamento del jazz. Además cantar y compone la mayoría de las cosas que interpreta, nunca se separa del contrabajo. Con él, según ella, se está un poco por encima de la música: “Escuchas colores”, resume.
En esa misma entrevista, publicada por El País, le pidieron que definiera su nueva obra. “Chamber Music Society no es solo un disco, sino muchas cosas diferentes (…). Por un lado está el trío de jazz; por el otro, el trío de cuerdas. Lo que hago es interactuar entre ambos mundos, el de la música de cámara y el jazz, explorando las posibilidades que se abren. Al final, se trata de preparar a los oyentes de la música clásica para acercarse al idioma del jazz, y viceversa”, dijo.
La esperanza es lo último que se pierde, pero si lleva el apellido Spalding, hay que conservarla para siempre.

18 noviembre 2010

El pasado que nos espera

El nuevo libro de Andrés Oppenheimer habla del pasado que nos espera a los latinoamericanos si seguimos mirando por el espejo retrovisor. ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las doce claves del futuro, retrata a nuestras repúblicas como un manojo de estados inviables que erigen estatuas en lugar de producir tecnologías y se encierran en el nacionalismo en vez de abrirse al mundo que viene.
En Cuba, mi país de origen, los periódicos le dedican los titulares más importantes a las efemérides y las letras más grandes a frases que se dijeron hace medio siglo. El Estado acaba de descubrir la necesidad imperiosa de que exista la microempresa, pero solo admite que desempeñen oficios del siglo XIX: aguador, cartomántica, desmochador de palmas, forrador de botones o zapatero remendón, entre otros.
En República Dominicana, la media isla donde he decidido echar el ancla, los políticos prefieren hacerles preguntas a los caudillos muertos antes que atreverse a responderlas por ellos mismos. El estado invierte millones de pesos en recordar las fechas patrias y sembrar al país de bustos, antes que cumplir la Ley que exige una inversión en la educación del al menos el 4% del producto interno bruto.
“Si tuviera que resumir el libro diría: mientras los latinoamericanos estamos guiados por la ideología y obsesionados con el pasado, los asiáticos están guiados por el pragmatismo y obsesionados con el futuro”, asegura Andrés Oppenheimer. Eso explica las razones por las que Venezuela es la única economía que no crece en el continente. Mientras Chávez trata de secretear con Bolívar, Vietnam abre cada vez más sus fronteras al intercambio con Estados Unidos.
El mundo compite sin descanso por alcanzar el desarrollo y producir bienestar. Los latinoamericanos, en cambio, permanecemos obsesionados con el recuerdo de lo que tratamos de ser a través de los que nunca fueron.

17 noviembre 2010

El ciudadano Coco

Para los que nunca vivieron en un albergue de becados en Cuba, creo que no entenderán lo que digo por más que les explique. Pero pueden irse imaginando un edificio de cinco pisos sitiado por un bosque, en el centro de un campo inmenso, rodeado de cúpulas de ladrillos donde se estudiaba teatro, artes plásticas, música, ballet y hasta circo.
Nuestro albergue, el de Teatro, estaba en el último piso y recibía más luz que ningún otro. Como Coco dormía en una de las literas de arriba, justo al lado de una ventana, siempre le veíamos a contraluz. Era mucho más flaco de lo que es hoy y mucho menos snob que la mayoría de nosotros. La teatralidad la llevaba por dentro.
Conviví con él tres cursos y eso, de cierta manera, condiciona una hermandad que dura de por vida. Hace más de 20 años que no nos vemos, pero el día en que nos reencontramos en Facebook, la conversación recomenzó justo donde la habíamos dejado. Volvimos a hablar de las mismas cosas y de la misma gente, como si el tiempo, el implacable, solo hubiera pasado para los otros.
Ahora Coco es ya el ciudadano Coco, es decir, Rigoberto Rodríguez Estenza, un reconocido poeta que escribe sus versos con la misma naturalidad que hacía teatro o se paraba en una ventana, siempre a contraluz, a decir las frases más agudas con la mayor desnudez posible.


COMENTARIOS

Se fue anoche. Corren
las manos por la cruz de agua.
A un lado y otro, los cabos
tensos como la última carta
se aferran a lo inasible.
Arriba y en el fondo, las melodías
rompen su aullido mordaz.
El eco traza la forma
de la puerta, el umbral
la quema donde los ojos
arden sobre brazas de silencio.
Así cae la noche, el preludio.
Hacia el pozo de asedios
cruzan los pájaros sueltos.
Desde la ventana
con el codo hundido en la rabia
los hijos, como nosotros
miran hacia las arcas lejanas.
El que ha regresado también
juega, juega y muestra el asombro.
No lo dice con las mismas palabras
pero su huella afila el borde
de las hendiduras en la madera
y muestra otro modo
de calar las figuraciones en la cruz.
El que ha regresado también mira
por la ventana, pero
los pollos se espantan
y el polvo se adhiere
a las paredes, a los retratos.
Se fue anoche, recitan.
Esos cantos, le dije una vez
a mi madre, yo los mastiqué
antes de salir al camino.
Y ahora, el ver las mujeres
heridas como palomas en ristre
me vuelvo hacia la cara cercana
y digo, con un aire poblado de pericias
con el pellejo sucio, yo necesité
escuchar palabras leves
como  la llegada del verano.
Son los tiempos, susurré
para disimular que todo está escrito
entre dos aguas, a veces
extendidas, como nosotros
domesticadas en ese caudal
de años y quietud, a veces
turbias, como nosotros
en la cúpula calada
en el arsenal humano
contenido, como los días
cuajados de sal y vocablos.
Se fue anoche, dos cifras
alrededor de un verbo áspero
mil enunciaciones, mil ojos
tragados por el rumor que rueda
hacia nosotros, como un país
vocinglero, como un eco
cuyas murmuraciones pesan
en el fondo de las vitrinas
como esos pliegos familiares
doblados en la penumbra de los libros.
Se fue anoche, como una noticia
domada por la misma la voz
con el ritmo perfecto de los himnos.
Se fue anoche, el hijo del vecino
como mi hermano, se fue anoche.
RIGOBERTO RODRÍGUEZ ESTENZA (Sancti Spíritus, 1963)