El diario Granma, la bocina más reaccionaria de la dictadura, llama apátrida a todo cubano que no apoye, de manera explícita o al menos con un silencio cómplice, al gobierno a cuatro manos de Fidel y Raúl. Los que tienen el valor de oponerse a su maquinaria represiva (el único logro real de la revolución después de 50 años en el poder) son, además, mercenarios.
Los que señalan al aparato estatal cubano como un inviable y obsoleto armatoste, según las autoridades, son anticubanos. Para ellos también atacan a Cuba los que se atreven a cambiar la palabra gobierno por régimen y revolución por dictadura. Ya lo advirtió Fidel en un lejano encuentro con los intelectuales de los años 60: conmigo, todo; contra mí, nada.
Durante muchísimos años, Fidel reservó la parte más importante de sus discursos para comparar a la república con la revolución. Ahora ambas fracciones de tiempo están más parejas y se hace más fácil el cotejo. Cuando el desarrollo alcanzado en una época (incluyendo la salud y la educación) se pone frente al que se logró en la otra, solo un apátrida, un mercenario y un anticubano sería capaz de cerrar los ojos para no ver la dimensión de la tragedia.




