12 septiembre 2009

El favor de Pánfilo es más chiquitico

Soy ateo, pero me veo en el deber de elevar esta petición. Dejo que sea Pánfilo, de su puño y letra, que sí cree, quien apele al más allá para gestionar su libertad. Como él mismo dice, el favor que está pidiendo es más chiquitico que el de otros que ya fueron favorecidos.

Este hombre sencillo está en prisión por haber gritado, en un rapto de ebriedad, que en Cuba había hambre. El gobierno de Raúl Castro, en uno abuso de poder, lo envió a la reja con la misma facilidad que el Tremendo Juez encerraba a José Candelario Tres Patines.

Pánfilo se ha convertido en un símbolo de la Cuba sometida y marginal que le toca vivir a la inmensa mayoría de mis compatriotas. Miles de cubanos en todas partes del mundo se han sumado a una campaña internacional que reclama su excarcelación.

Mientras tanto, sería bueno que el primero que escuche las súplicas de Pánfilo por allá arriba, empiece a canalizar lo que nosotros acá abajo no hemos podido: la liberación inmediata e incondicional de un inocente cuyo único delito es haber gritado en la vía pública que tenía el estómago vacío.

09 septiembre 2009

Últimas imágenes de un miserable

Hace varias semanas, en el blog Cambios en Cuba, de M. H. Lagarde, fue publicado el post Yoani Sánchez: ¿Romance a la polonesa?, un reportaje gráfico donde el autor hace una verdadera exhibición de su calidad humana y de paso, se declara como vouyerista. En aquel momento tuve deseos de hacer lo que hago ahora, pero cuando regresé al blog el link había sido suprimido.

No niego que me intrigó aquel borrón y traté de imaginarme el motivo que tuvo Lagarde para hacerlo: ¿un súbito cargo de conciencia? ¿una transitoria crisis de pudor? ¿un regaño de sus superiores en Villa Marista por haber revelado las “pruebas” antes de tiempo?

Quién sabe cuál fue la verdadera razón por la que las imágenes fueron retirados hasta hoy, a las 7:02 a.m., en que volvieron a ser colgadas. Como no todos tenemos el mismo estómago, pongo el link y que cada quien decida si se aventura o no en ese marasmo de fisgoneos y bajezas.

Unos pocos comunicadores incondicionales al régimen mantienen dentro de Cuba bitácoras obsecuentes. Su docilidad es retribuida con un acceso libre a Internet, algo vedado para la inmensa mayoría de los cubanos. Pero aún cuando su visión de la Cuba actual es a veces irritante, ninguno de ellos juega un rol tan obsceno como M. H. Lagarde.

Para justificar su post, Lagarde dice que andaba por la calle G, “cámara en ristre”, cuando advirtió que Yoani Sánchez salía de la embajada de Polonia y decidió perseguirla (con lo cual se convierte en el primer chivarazzi del periodismo cubano). Con esa misma cámara Lagarde debería hacerse un autorretrato.

Ojalá que al verse cara a cara con su propia imagen, sufra la misma repugnancia y la misma indignación que padecen las víctimas de sus miserias.

08 septiembre 2009

El perfecto idiota norteamericano

El cine de Oliver Stone, su irrenunciable vocación crítica y la acidez con la que se abordan en él los más sensibles temas patrios, fue una gran lección para los que estudiábamos artes escénicas en la Cuba de los años ochenta. Entonces, cada uno de nosotros se creía preparado para vencer las barreras y los miedos de aquellos años funestos donde el cine y el teatro de nuestro país se convirtieron en meros ejercicios de orientación y propaganda.

Recuerdo que en un debate sobre la película Platoon (1986), alguien propuso reconstruir la historia de los focos guerrilleros que surgieron en el Escambray en la década del 60 (que oficialmente se conoce como Lucha Contra Bandidos) y de las reconcentraciones de campesinos que ella produjo, con el mismo nivel de honestidad que Stone miraba la guerra de Vietnam.

Oliver era un paradigma, por eso me apena tanto verle convertido en un monigote de Hugo Chávez. La ingenuidad con la que opina sobre la realidad venezolana y el entusiasmo con el que habla de la revolución bolivariana son una ofensa para todas las víctimas del caudillismo chavista y para los artistas que se resisten a perder un derecho que a él nunca le ha faltado: decir lo que piensan con entera libertad.

Oliver se nos ha convertido en uno de sus peores personajes: el perfecto idiota norteamericano, ese ignorante que enarbola una bandera sin saber en verdad por qué lo hace ni averiguar el precio que otros tienen que pagar por ello.

Tía Cary

Mi tía Cary era el ser más apasionado y revolucionario de la familia (hasta que el sentido común y la revolución misma se lo permitieron). Fue la tercera figura materna que hubo a mi alrededor, después de mi abuela Atlántida y mi madre. Desde anoche, en que por fin nos enteramos, estamos llorando por su muerte. Ocurrió hace cuatro días en su linda ciudad del mar. Ya no se reía ni hablaba con nadie.
En el verano de 1984, la madrugada en que Cienfuegos se ganó la sede del acto central de por el 26 de julio, nos despertaron las sirenas de la marina de Cayo Loco. En aquella época estaba en pleno apogeo la “guerra de todo el pueblo”, Silvio Rodríguez soñaba con aviones a todas horas y en Cuba vivíamos en vilo por una inminente invasión imperialista.
Al oír las alarmas, tía Cary nos dio el de pié a Rafelito (su esposo) y a mí para que nos fuéramos corriendo hacia nuestro respectivos puestos en las Milicias de Tropas Territoriales. Mientras nos vestíamos, las sirenas no pararon de sonar. Estuvimos listos en muy pocos segundos, pero cuando íbamos a salir tía nos detuvo: “¿Y se van a ir sin que colemos un poquito de café?”
Su propuesta de última hora nos libró del papelazo. En unos minutos las calles se llenaron de gente celebrando la noticia y la promesa de al menos tres cosas: un poco de pintura para las fachadas de las casas, africanas y queso crema por la libre en las cafeterías y un discurso de Fidel en la plaza que construirían en tiempo record frente al Malecón.
Una tarde en que regresábamos en tren a Cienfuegos, después de celebrar todos juntos el Día de las Madres en Camarones, sentimos un duro golpe y los vagones se llenaron de humo y polvo. En realidad la locomotora había chocado con un camión que trató de ganarle la carrera en un crucero, pero mi tía Cary, como siempre, creyó que aquello era otro intento del enemigo.
−¡Nadie se mueva, que esto es un sabotaje! ¡Abajo el imperialismo! −gritaba hacia todas partes.
Ese era el cuento de ella que yo siempre dejaba para el final cuando se reunía la familia. Me parece estarla viendo, muerta de la risa, mientras contaba cómo la gente se lanzaba aterrada por las ventanillas. Nos tuvimos que cambiar de vagón cuando todo volvió a la calma y el tren reanudó la marcha. “Las cosas que se te ocurren a ti, Cary, las cosas que se te ocurren a ti”, era lo único que atinaba a decir Rafelito.
Desde anoche mi madre llora sin consuelo. Su único sueño era volver a reunirse con sus dos hermanos en Cuba. Hace dos años preparamos un viaje que, por una razón o por otra, siempre acabó posponiéndose. Ahora sólo tío Aldo la espera. Sé que van a llorar mucho el primer día. Pero como al final la mejor manera de recordarla es con una carcajada, es eso lo que acabarán haciendo.
Yo también lo siento, tía, pero sólo te puedo recordar si me río. Es que esa fue una de tus dos grandes lecciones. La otra fue la de saber rectificar, algo que según tú, era cosa de sabios y de ex revolucionarios.

07 septiembre 2009

Para aprender a soñar como Joaquín

A principio de los años noventa, cuando la crisis económica obligó al cierre de casi todas las publicaciones cubanas, la revista El Caimán Barbudo fue desalojada de su caserón en la calle Paseo y su equipo tuvo que marcharse a la Editora Abril. La antigua redacción de El Diario de la Marina, donde Gastón Baquero había escrito las mejores páginas del periodismo cultural cubano, era ya en ese entonces un edificio en ruinas.
Como no había nada que hacer, todos los que trabajábamos allí éramos capaces de tramar cualquier cosa para no morirnos de aburrimiento. Ni el aire irrespirable del edificio, ni la falta de papel lograron cruzarnos de brazos. Recuerdo que en unos recortes encontrados en el basurero de la imprenta, Bladimir Zamora y yo logramos imprimir un cancionero de Benny Moré y algunos textos sobre el Bárbaro del Ritmo.
En aquella aventura de hacer lo que fuera por tal de no darnos por vencidos, nos acompañaban un diseñador, Alí; un realizador, Armandito, y dos periodistas, Luis Felipe Calvo y Joaquín Borges Triana. Cuando hacíamos una lista de los libros que editaríamos si tuviéramos con qué hacerlos, siempre incluíamos una compilación de los textos que Joaquín Borges Triana había publicado en su columna Los que soñamos por la oreja.
Por eso me dio una inmensa alegría la noticia de que en Barcelona acaba de publicarse el libro Concierto cubano: La vida es un divino guión, un volumen donde el viejo Joaquín, según sus propias palabras, intenta “trazar una historia de las principales tendencias sonoras abrazadas por las nuevas generaciones de músicos cubanos a partir de la segunda mitad de los 80”.
La persistencia con que Borges Triana ha ido consignando todas las sonoridades producidas por los más jóvenes creadores del panorama musical cubano, nos permite tener una visión mucho más clara de lo más relevante que ha sucedido en la isla en materia de hip hop, pop, rock, metal y las diferentes variantes de la nueva canción.
En aquella época no pudimos publicar casi nada de lo que se nos ocurría, pero nunca es tarde para aprender a soñar como Joaquín. Léanse Concierto cubano: La vida es un divino guión… y sabrán lo que les digo.

01 septiembre 2009

Ese espacio angosto donde se acaba la infancia

En las primeras páginas de Pelando la cebolla, Günter Gras describe con precisión el momento exacto en que dejó de ser un niño: “Mi infancia terminó en un espacio angosto, cuando, donde me criaba, la guerra estalló simultáneamente en varios sitios. Comenzó, inconfundible, con las andanadas de un navío de línea y los vuelos de aproximación de bombarderos en picado sobre el suburbio portuario de Neufahrwasser”, recuerda Grass.

La infancia de los que nacimos en Cuba en los años sesenta del siglo pasado también se acabó en una guerra, pero el campo de batalla estaba a miles de kilómetros de nosotros, en África. En el verano de 1975, tres viejos barcos y tres aviones descontinuados transportaron a un contingente de más de 10,000 soldados cubanos a luchar en las selvas de Angola.

“Por los tragaluces del edificio se veía ascender un humo negruzco sobre el puerto franco, un humo que se renovaba con los continuos ataques y el suave viento del noroeste”, recuerda Günter de aquellos días en que todo a su alrededor comenzó a desmoronarse. Aunque todas las bombas de la guerra de Angola cayeron en su territorio, la honda expansiva le causó graves daños a mi país.

Esa es la razón por la que el lugar donde se acabó nuestra infancia luce ahora irreconocible. Todo lo que nos rodeaba parece ahora un campo de batalla, algo mucho más devastador que una conflagración acabó por reducir a ruinas.