13 febrero 2009

Chile, depende

Recuerdo perfectamente la noche que cerraron las Grandes Alamedas y ardió el Palacio de La Moneda. Todo aquello, al menos para mí, sucedió en el Hospital Militar de La Habana. A mi padre acababan de operarlo de una hernia discal y yo apenas tenía 6 años. Aún retengo la frase exacta de mi tío Cipriano: “Se salvaron los chilenos”.
Por años odié aquellas palabras. No entendía cómo alguien tan humano como mi tío marinero, que amaba al puerto de Antofagasta (nunca supe las razones) y al corazón de Pablo Neruda, podía “alegrarse” de un golpe de estado que había desembocado en la masacre de una generación con todos sus ideales incluidos. Durante mis años de estudiante, cada vez que Silvio le cantaba a Santiago de Chile o Pablo prometía pisar las calles nuevamente, yo hacía el coro conmovido, pidiendo para otros (sin querer, sin saber) lo que yo más necesitaba.
En la escuela de arte de Cubanacán me enamoré de una chilena y fue ella quien empezó a explicarme todo. Luego, poco antes de morir de un infarto masivo, mi tío Cipriano volvió a hablar del asunto en mi presencia: “Pinochet mató a mucha gente, pero le dejó a los chilenos la mejor economía de América.
Fidel no mató a tantos, pero nos va a dejar en la miseria”, dijo y se empinó una botella de un ron indescifrable. La otra frase que recuerdo de Chile, un país del que he bebido ya mucho, tanto literaria como etílicamente, es de Roque Dalton. El gran poeta salvadoreño, a propósito de la actitud de un chileno, tan inexplicable como la que acaba de tener Michelle Bachelet, dijo: “Cuba sí, yanquis también... Chile, depende”.

10 febrero 2009

El último tramo del asta

Cuando era pionero hacía todo lo posible por ser elegido para izar la bandera. Recuerdo que, en el patio de la escuela Conrado Benítez del Paradero de Camarones, siempre me ponía a la vista del maestro Gustavo a la hora del matutino. Eso aumentaba considerablemente las probabilidades de que su dedo apuntara hacía mí a la hora de elegir quién ataría la desteñida insignia de la raída soga.
Cuando el nudo que asía a la bandera chocaba con la roldana que había en la punta del asta, había que retroceder una cuarta. Según el maestro Gustavo, ese tramo equivalía al pedazo de tierra cubana que Estados Unidos ocupaba ilegalmente. En diez pulgadas de un tubo galvanizado se representaban las aguas divididas de una bahía y el rompecabezas incompleto de un país.
Al denunciar la burda maniobra de Fidel Castro de usar a la base naval de Guantánamo como un pretexto para continuar porfiando con Estados Unidos y evitar cualquier acercamiento, justo ahora que en la política de ese país se ha producido un cambio tan esperanzador, no quiere decir que yo no esté de acuerdo con la devolución a Cuba de ese territorio.
Yo quisiera izar la bandera hasta el final del asta, pero con la seguridad de que todas las pulgadas del tubo serán de verdad de todos los cubanos, desde abajo hasta arriba.

Aguas territoriales

Hace unos días, cuando escribí el post Puestos a elegir, donde comentaba la ilusoria idea de Fidel (o de quien escribe a nombre del fantasmagórico líder) de que los cubanos claman a toda hora por la devolución de la Base Naval de Guantánamo, un guantanamero residente en Santo Domingo puso un comentario al que quisiera referirme.
“Estados Unidos (...) debe entender que ese territorio pertenece a Cuba, que los cubanos, y particularmente los guantanameros, no queremos esa maldita base militar en la puerta de nuestra bahía”, dice Dedalus (esa es su firma). Por un texto que escribió luego en su blog A Orillas del Guaso, se denota que Dedalus es muy joven (eso justifica también su pomposo seudónimo).
Yo, que pasé la mitad de mi vida muy cerca de dos bahías, la de Cienfuegos y la de La Habana, no estoy muy seguro de que los que habitan esas ciudades puedan disponer de sus aguas territoriales. En la de Cienfuegos había una base de submarinos soviéticos y gran parte de sus costas eran inaccesibles (por otras razones lo siguen siendo).
Los que se ven obligados a cruzar la estrecha bahía de La Habana en una lancha, tienen que someterse a más chequeos que en un aeropuerto. La requisa dura más que el viaje. Los cubanos tampoco tienen acceso a los pedraplenes que se construyeron en Caibarién y Morón ni a las mejores playas de su país. Todo su territorio al final es un gran cercado del que disfruta cualquiera menos ellos.
Hace unos días un amigo me ponía varios ejemplos de cómo muchos de nosotros repetimos de manera inconsciente los mismos clichés del discurso de Fidel. Dedalus es un ejemplo de ello. Todo lo que él necesita es que Estado Unidos le devuelva un pedacito de bahía o los que le quitaron a él la isla entera.

06 febrero 2009

El viaje

Hace 48 horas, tras hacerse pública la noticia de la muerte de Papito Serguera, el perseguidor más temido por los intelectuales cubanos, yo les preguntaba (sobre todo a los que participaron en aquella guerra chiquita de emails contra el infausto personaje) si ya se sentían un tilín más libres, si esa defunción les dejaba la vía expedita para expresarse sin miedos.
De ser así, ya tienen una excelente oportunidad para empezar a comportarse como individuos que de verdad quieren pensar el futuro de su país. Hoy el Comandante en Jefe (o la mano que mece su cuna) ha publicado una reflexión donde se queja de que Obama sigue sin mencionar el derecho de los ciudadanos norteamericanos de viajar a Cuba.
Si el miedo al fantasma de Papito Serguera era lo que los obligaba a hacer silencio, me imagino que ya pueden preguntarle abiertamente a Fidel (o al ente que lo usa como heterónimo) por qué él no habla primero del derecho a viajar de sus compatriotas. Se supone que su prioridad deben ser los once millones de cubanos que él gobierna. Una vez atendido eso, podría continuar con su política injerencista hacia Estados Unidos.
¿No les parece un buen punto?

04 febrero 2009

Sin Papito

Papito Serguera ha muerto. El Granma, al dar la noticia, resume en cinco párrafos la hoja de vida del combatiente revolucionario. En la nota se destacan, sobre todas las cosas, sus valerosas acciones durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Lo que hizo a partir de enero de 1959 cabe en tres oraciones breves, siempre acotadas por un punto y seguido.
“Al triunfo de la Revolución fue ascendido al grado de Comandante. Desempeñó tareas en los Tribunales Revolucionarios, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias y en el Partido, en la provincia de Matanzas. Cumplió otras funciones tanto en el país como en el exterior”, dice el diario. En el cumplimiento de “otras funciones” fue que Serguera se ganó el desprecio de una buena parte de los intelectuales y artistas cubanos.
Por eso es que los sobrevivientes de sus persecuciones y “algún que otro brioso nuevo pino” reaccionaron con inusual alarma cuando volvieron a encontrarse con el rostro del personaje. Ya Papito no está más. Su cadáver, atendiendo su voluntad, ha sido cremado. Me pregunto si a partir de ahora el actual quinquenio empezará a ser menos gris de lo que fue hasta hoy. Les pregunto a todos los que protestaron si se sienten un tilín más libres.

03 febrero 2009

Se canta... y se llora

Hugo Chávez ha decretado que toda Venezuela celebre sus diez años en el poder. A él, como a casi todos los tiranorevolucionarios, el ego no le cabe en el uniforme y se ve forzado a repartirlo a partes iguales entre la masa que gobierna. Diez años después, Hugo ya es la caricatura de aquel Chávez que encantó serpientes por toda América Latina.
Recuerdo que hace unos años, aquí en Santo Domingo, en una velada de velados pequeños burgueses (de esos que cuando beben whisky de malta destilan añoranza por los tiempos en que luchaban contra todo lo que ellos acabaron siendo), se defendía a Hugo Chávez con pasión y convicción.
Era un pequeño jardín en forma de rectángulo y todos los que estaban ahí adentro alababan con entusiasmo el Socialismo del Siglo XXI; todos menos dos cubanos, que conocíamos en carne propia (y sin poder comer la de ningún otro animal) tan eufórica estafa. Me gustaría saber qué piensan aquellos señores de lo que ha resultado ser su prospecto de líder continental. Hugo Chávez se canta a sí mismo... y se llora.
No olviden que no paró de sollozar durante las horas que duró el golpe de estado. No sé si es del todo cierto, pero según los soldados que lo retuvieron, no había quién aguantara el olor a mierda en aquella celda.