Natalio Puras, APECO, es uno de los más importantes maestros de la fotografía dominicana; pero es también uno de los más desconocidos fuera de Santiago, esa ciudad a la que él le dejó su corazón antes de mudarse al reino de la locura.
El libro APECO, fotografía, historia y vida acaba de ser presentado en el Centro León, donde la Cámara de Diputados le hizo uno reconocimiento a esa ave rara del lente, a ese inquilino permanente de la imaginación que dedicó buena parte de su vida a legar sus conocimientos y a propiciar la creatividad de los más jóvenes.
Ojalá que esa iniciativa de la Cámara de Diputados se traduzca en muchas otras acciones que continúen divulgando la obra de APECO. Una de ellas podría digitalizar su miles y miles de negativos, donde seguramente están recogidos buena parte de los signos de identidad que han definido a los dominicanos y en particular a los cibaeños.
Narciso Isa Conde es el mejor ejemplo que se pueda poner del rol que ha acabado jugando la izquierda anquilosada y reaccionaria de Latinoamérica. Si alguien le hace daño al desarrollo del continente, en este momento en que su mapa ha cambiado de color, son esos seres caricaturescos que parecen sacados de una obra de Goethe.
Resulta que el líder “revolucionario” dominicano ha denunciado toda una conspiración de lo que él califica como el “régimen narco-para-terrorista de Álvaro Uribe” para asesinarle. Eso que él llama “régimen” es el gobierno de Colombia, que en estos momentos goza del más alto apoyo popular del continente. Justo en territorio colombiano fue que Narciso, movido por su inagotable narcisismo, se retrató disfrazado de guerrillero (un oficio que en la realidad nunca ha ejercido).
Esa imagen me hace preguntarme quién agrede a quién. ¿Las autoridades colombianas indagando por los cómplices de una banda de terroristas o un extranjero que se infiltra en suelo colombiano para apoyar a los que sabotean su democracia?
El análisis de cualquier cifra no suele ser tan preciso como un número redondo. Si a los economistas le sobran razones para desconfiar de los porcientos, a los críticos literarios ni se diga. Aún así, vale la pena echarle un vistazo a la pregunta que el El País Semanal le hizo a 100 escritores de habla hispana: ¿Qué 10 libros han cambiado tu vida?
Si los autores encuestados fueron del todo honestos y no cedieron a la tentación de ser elegantes o quedar bien, los resultados ponen a descubierto una verdad incómoda para muchos: Marcel Proust y Frank Kafka son los escritores modernos que más han influido a la literatura hispanoamericana actual. Nadie que escriba en castellano ha sido más leído que ellos por los autores de ese idioma.
Otro dato curiosísimo es la ventaja que Jorge Luis Borges le saca a los escritores del boom, incluyendo a Gabriel García Márquez, quien no logró una posición aventajada ni siquiera con Cien años de soledad. Sospecho que el autor de El Aleph se hubiera divertido muchísimo con las cifras logradas por sus libros. Hay que admitir que Borges tenía razón, él es sucesivo.
La reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que pretendía pedir el alto al fuego entre el Ejército de Georgia y las fuerzas separatistas de Osetia del Sur ha concluido sin lograr un acuerdo. Mientras tanto, en Tsjinvali se sigue combatiendo. Eduard Kokoiti, el presidente surosetio, asegura que los bombardeos de hoy dejaron por lo menos 1,400 muertos.
Mientras en Beijing se inauguraban los Juegos Olímpicos más fastuosos de la historia, los tanques rusos irrumpían en territorio de Osetia de Sur para apoyar a las fuerzas rebeldes. “Este es el tercer genocidio del pueblo oseta cometido por Georgia”, ha asegurado Eduard Kokoiti a la agencia rusa Interfax.
Por su parte, Georgia ha anunciado que planea imponer la ley marcial en las próximas horas, lo que daría su ejército entera libertad para manejar el conflicto. No es posible calcular las muertes que se produzcan en Tsjinvali antes de que se reanude la sesión en Naciones Unidas. Por lo pronto habrá que esperar a que amanezca en Nueva York y a que todos los miembros del Consejo desayunen.
Nadie le creía a Alexandr Solzhenitsin cuando denunció el horror de los campos de concentración y las cárceles de la Unión Soviética. Importantes intelectuales y escritores, procurando justificar sus filias con el régimen socialista, le dieron la espalda y trataron de restarle valor a sus obras.
Alejo Carpentier fue uno de los que denostó a Solzhenitsin cuando el escritor ruso publicó El Archipiélago Gulag en 1973. Esa obra, junto a Un día en la vida de Iván Denisovich (1962) y El primer círculo (1968), revelaba al mundo los horrores de las prisiones de trabajos forzados en Siberia.
Alexandr Solzhenitsin vivió más que el estado que lo condenó y lo privó del derecho a su patria. Sus verdades también se impusieron a las mentiras, la cobardía y la mediocridad de los que le acusaron. Nadie le creía, pero sus palabras quedaron como un testimonio que la ignominia ya no podrá borrar nunca.
Unos hermanos cubanos que estafaron a la Seguridad Social en Estados Unidos, han protagonizado el mayor escándalo por lavado de dinero en la historia de República Dominicana. En el operativo, encabezado por el FBI, les han incautado apartamentos de lujo, moteles, vehículos y hasta un parque acuático.
Ese episodio, que acapara los titulares de los diarios desde hace más de una semana, me ha hecho pensar en una conversación que tuve recientemente con unos amigos. Como suele suceder cada vez que nos reunimos, acabamos la velada tratando de predecir el futuro de Cuba.
Uno de ellos, el más escéptico de todos, está convencido de que una vez comience el inevitable proceso de democratización, se vivirá una crisis muy parecida a la que se produjo en la antigua Unión Soviética después del “desmerengamiento” (el término es de Fidel, quien acuñó así el fin de aquel estado multinacional).
La hipótesis de mi amigo se sustenta, sobre todo, en que los oficiales desmovilizados de las FAR se aprovecharán de su acceso a los arsenales y de su entrenamiento militar para conformar mafias y fuerzas paramilitares que les aseguren su sobrevivencia en el reordenamiento social que se producirá en todos los niveles.
La hipótesis no es tan descabellada como cree otro de mis amigos. Pero hay un elemento más grave aún que ese. Los que tienen en sus manos la tarea de construir la nueva nación, son los sobrevivientes de la gran crisis de valores que se produjo con el llamado Periodo Especial (eufemismo que también es obra de Fidel). Como dice la canción de Carlos Varela, desde entonces en Cuba todo se roba, todos roban.
No es posible para nadie sostenerse dentro de la Isla sin verse forzado a delinquir de una manera o de otra. No sólo por un problema de sobrevivencia, sino porque la mayoría de las leyes que el Estado ha implantado son tan absurdas que no se pueden cumplir ni siquiera por los propios funcionarios que contribuyen a dictarlas.
En el ingenio Cristóbal Colón, de San Pedro de Macorís, conocí a un consultor cubano que trabaja en la industria azucarera desde hace más de 40 años. Aunque ahora es asesor de importantes consorcios de la Florida, República Dominicana y Centroamérica, toda su nostalgia permanece anclada en un centralito de Matanzas que acaba de ser demolido.
Ese consultor nos contaba, a Luis González Ruisánchez y a mí, que en los ingenios de la Florida ya no pueden emplear a cubanos acabados de llegar de la isla. Ni siquiera le dan trabajo a los que provienen de la industria azucarera de la Isla. “Se lo roban todo −nos decía−, los neumáticos de los camiones, el combustible, las baterías… cargan con todo lo que vean mal puesto”.
Otro amigo, que llegó a República Dominicana hace dos años, se burlaba de mí porque yo había hecho un contrato con una compañía de televisión por cable. Él, en su casa, tiene una “cajita” ilegal. Allá traficaba cualquier cosa para sobrevivir, aquí necesita de la ilegalidad para reafirmarse como “luchador”, ese término que en Cuba se ha convertido en un perverso sinónimo de la palabra emprendedor.
¿Cómo se acostumbraría al cocinero que ahora se roba el jamón de la escuela para venezolanos, a comprar en el supermercado el que comerán sus hijos en casa? ¿Cómo convencer al maquinista de que endulce su café con azúcar de la bodega y no con la que él lleva en su tren? ¿Cómo enderezar la pirámide de los valores después que estuvo invertida durante tantas generaciones?
En muchos de los encuentros donde mis amigos y yo nos convertimos en “futurólogos”, nos preguntamos a menudo cuál será el principal legado de la Revolución. Me gustaría que fuera otro, pero lo que trascenderá de todas las batallas, será la “luchita” de la gente para poder “resolver” aún cuando ya no lo necesiten. Un país donde todo se roba y todos roban por la cultura que ha impuesto la necesidad, tardará varias generaciones en recomponerse.
Por eso es que lo de la “teoría soviética” no es tan descabellado como parece. Nos hicieron a imagen y semejanza de aquella barbarie y podríamos acabar comportándonos de una manera tan bárbara como ellos.