04 julio 2008

Los disidentes no tienen quien les escriba

La aparición en un programa de la televisión cubana de Papito Serguera y Luis Pavón Tamayo, las dos cabezas visibles de las persecuciones y represiones que desató la revolución en los años setenta del siglo pasado, provocó una respuesta rápida de no pocos intelectuales.
Los Inbox se llenaron con mensajes que llegaban desde todas partes del mundo. Nadie había olvidado. Más de treinta años después las heridas aún estaban abiertas. El regreso de aquellos “perseguidores de cualquier nacimiento”, además de resultar irritante, alarmó a todos, incluso a los que disfrutaban de prebendas, privilegios y beneficios.
Ayer fueron detenidos 20 disidentes que pretendían manifestar en público y de manera pacífica su oposición al régimen. El Gobierno cubano una vez más se valió de la burda excusa de una “escalada de acciones provocadoras organizadas y financiadas” por Estados Unidos.
Nadie ha escrito un email. A nadie le ha llamado la atención este suceso. El hecho de que ninguno de los encarcelados pertenezca a la UNEAC ni haya escrito un verso antalogable, los hace invisibles. El hecho de que su desacuerdo se manifieste por cuenta propia, los hace indefendibles.
Es probable que ninguno de los encarcelados sepa quien es Nazim Hikmet y puede que casi todos hasta escriban con faltas de ortografías. Pero son cubanos y deberían tener los mismos derechos que los pocos elegidos que van de feria en feria, resolviendo algunos meses de supervivencia y ahogando sus remordimientos en whisky.

03 julio 2008

Busca en el Granma, Pascual

Pascual Serrano es un periodista valenciano que se hace retratar mientras fuma una pipa, cuidándose de quedar lo más parecido que se pueda al Sub Comandante Marcos. Aunque es fundador del diario Rebelión (esa página “insurgente” que aglutina a “lo mejor de cada casa”), ahora vive del cheque que le pagan como asesor editorial de Telesur, el canal engendrado por los gobiernos de Venezuela y Cuba.
Serrano ha publicado varios libros relacionados siempre con su oficio y con la ideología que profesa con obcecación. Uno de ellos, Perlas, va ya por dos volúmenes donde se recopilan “los disparates, patrañas y trapacerías de periodistas, columnistas y líderes políticos difundidas en los medios de comunicación”.
Es curioso, pero a pesar de que el libro compila innumerables informaciones manipuladas sobre la revolución castrista, todas provienen de medios españoles o latinoamericanos y ninguna, absolutamente ninguna, del órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.
Busca en el Granma, Pascual, busca en el Granma, para que veas que nunca nadie ha tergiversado tanto ni ha mentido más sobre la realidad cubana que esas ocho paginitas.

02 julio 2008

Sí, el mundo cabe en una canción

“Esto no es un teatro, pero esto será un concierto”, fue lo primero que dijo Fito antes de sentarse al piano, desconcertado por ese incómodo espacio que es La Fiesta del Jaragua. Tenía razón. Muy pronto a todos se les olvidó el “dónde”, el “cómo” y el “cuándo” para disfrutar única y exclusivamente del “qué”.
En el concierto de anoche, Fito y su piano fueron más que suficientes para probar que, en efecto, el mundo cabe en una canción. Más de una vez recordé mis primeros encuentros con su música, allá en La Habana de mediados de los ochenta. Aun aquellas piezas, escritas en circunstancias muy diferentes a las de hoy, mantienen su vigencia, como sólo sucede con los clásicos.
“¡Buenas noches, Santo Domingo! ¡Hasta el próximo disco!”, fue lo último que dijo antes de perderse caminando en la parte sin luz del escenario. Ya en el Malecón, seguía escuchando a Rodolfo: “Yo ya no pertenezco a ningún ismo/ me considero vivo y enterrado/ yo puse las canciones en tu walkman/ el tiempo a mí me puso en otro lado/ tendré que hacer lo que es y no debido/ tendré que hacer el bien y hacer el daño/ no olvides que el perdón es lo divino/ y errar a veces suele ser humano…”.

01 julio 2008

El Hombre de las Mil Voces

Hace unos días volví a ver una caótica película donde Chaplin terminaba subiéndose a un ring de boxeo. De pronto descubrí que me la sabía de memoria. Debo haberla visto cientos de veces. Allá, en los más que lentos domingos de mi infancia, eso era lo más entretenido que sucedía. Sólo los cubanos me entenderán de ahora en adelante, pero en esas películas disfruto más el recuerdo de Armando Calderón que la actuación de Chaplin.
Armando Calderón, para los que tuvieron la desdicha de no oírlo nunca, era El Hombre de las Mil Voces, un anciano que le ponía textos y sonidos a los personajes más simpáticos y a las situaciones más enloquecidas del cine mudo. Su programa, La comedia silente, salió al aire durante décadas y sirvió para que todos aquellos clásicos maltrechos y fragmentados mantuvieran su vigencia.
Creo que el poeta Omar Pérez es el único de nosotros que sabe lo que realmente sucedió. Pero, según una de las tantas “bolas” de aquellos tiempos, La comedia silente fue sacada del aire el domingo que a Armando Calderón se le fue una palabrota delante de millones de “abuelitos, papaítos y nietecitos”. Lo cierto es que desde entonces Matasiete, Mermelada y Luz Brillante, entre muchísimos más, recuperaron sus nombres originales y volvieron a quedarse mudos.
En YouTube pueden encontrarse algunos fragmentos si se pone “comedia silente” en la barra de Search. No sé cómo pudieron salvarse, pero están intactos y dan una idea perfecta de lo que era aquel espacio de 30 minutos donde Armando Calderón le ponía sonido a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Ahora Buster Keaton se llama Buster Keaton, pero entonces, al menos para nosotros, era simplemente un ser ensimismado que jamás se reía y que sólo hablaba si el Hombre de las Mil Voces lo hacía por él.

Tenn se desnuda ante los desconocidos

Álvaro Cortina cuenta en El Mundo lo que ha contado Tennessee Williams en sus memorias. Cortina empieza por el final, por el único suceso de su existencia que no pudo contar Williams: el momento en que el escritor se atragantó con el tapón de sus barbitúricos.
“Decenas de marineros, militares, escritores y jovencillos anónimos van pasando por sus habitaciones de hotel de Nueva Orleans, Nueva York, Los Ángeles, Boston, Chicago, Marruecos, por su residencia de Cabo Hueso, por sus suites francesas o romanas”, cuenta el periodista del escritor.
“Un tal Ángel, un tal Ryan, un tal Santo, ‘la viciosa sureña’, ‘un joven estudiante medio indio’, un joven ‘de grandes ojos soñadores y esbelta figura’, y un interminable etcétera, pueblan sus andanzas libertinas”, continúa.
Pero las líneas más esclarecedoras sobre el contenido del volumen son del propio Tennessee: “Este libro es una especie de catarsis de puritanos sentimientos de culpabilidad, supongo. Todo buen arte es indiscreto. Bien, yo no puedo asegurarles que este libro vaya a ser arte, pero indiscreto tiene que serlo, puesto que trata de mi vida adulta”.
Según Cortina, los apellidos sonoros y celebérrimos de Bowles, Capote, Vidal, Magnani, Hemingway, Faulkner, Visconti, Bernstein, Sartre, Losey, Taylor y Brando son recurrencias constantes en las 400 páginas con las que cuenta la segunda edición de Bruguera, que es la que se comenta.
La crónica termina con una frase de Blanche Du Bois que Tennessee tuvo que decirse a sí mismo cientos de veces: “he confiado en la amabilidad de los desconocidos”. Cerré la página y fui directo a las librerías, pero aún no ha llegado. Esa frustración me hizo escribir estas líneas.

Los que van a competir te saludan

Son peloteros, pero les dijo adiós como a gladiadores. Es comprensible, los juegos de Beijing deben ser los últimos del béisbol como deporte olímpico y del Comandante en Jefe como ser vivo. Más que una arenga, es una despedida. En el breve mensaje, de apenas 34 palabras (sin contar la firma y la fecha al pie), Fidel menciona dos hazañas: Ayacucho y Mal Tiempo. No son partidos sino combates, no son victorias deportivas sino militares. Desde su lecho, todavía magno, escribe o le digta al copista para que imite su caligrafía. Ese último detalle poco importa, para él lo indispensable es que ellos, los que van a competir, sepan que aún está ahí... y lo saluden.