19 junio 2008

La pedrada de Reinaldo Escobar

Fidel Castro junto a Erich Honecker, quien fue condecorado con la Orden José Martí y murió sin responder por sus crímenes.

Reinaldo Escobar le acaba de dar una pedrada al techo de vidrio de Fidel Castro. El “proyectil” del bloguero cubano apenas tiene 345 palabras y cuatro párrafos, pero alcanzan para absolver a Yoani Sánchez de las acusaciones indirectas que le hizo el Comandante en Jefe.
Aunque Reinaldo es el esposo de la autora de Generación Y, su defensa va más allá del compromiso conyugal. Con su réplica, él asume la responsabilidad de tantos y tantos intelectuales que se tragan la lengua todos los días de su vida, participando de una complicidad que ya repugna.
Todo empezó por el prólogo al libro Fidel, Bolivia y algo más, donde el ex presidente cubano (me cuesta creer y escribir eso de ex presidente) acusa a la bloguera cubana, sin mencionarla por su nombre, de hacer “labor de zapa y prensa neocolonial” al haber aceptado el Premio Ortega y Gasett de Periodismo.
“La responsabilidad que implica recibir un premio nunca será comparable a la de otorgarlo”, le responde el periodista al comandante. Dos párrafos más abajo, hace una relación de todos los dictadores y personajes nefastos que fueron condecorados en la Plaza de la Revolución con la Orden José Martí.
“Me gustaría leer, a la luz de estos tiempos, una reflexión que justifique aquellos honores improcedentes que, para mover agua de otros molinos, enlodaron el nombre de nuestro apóstol”, reclama Reinaldo, quien no contento con eso, describe algunas de las acciones más deplorables de los condecorados por el máximo líder.
La inmensa mayoría de los cubanos que viven dentro de la isla, no pueden acceder ni al blog de Yoani ni al de Reinaldo. En cambio, las Reflexiones del Comandante en Jefe son reproducidas en las primeras planas de todos los periódicos y transmitidas por radio y televisión.
Por ahora, sólo por ahora, pedradas como las de Reinaldo aún tienen muy poco impacto, pero satisface ver un hoyo pequeñísimo en ese tejado tan grande al que las gaticas de María Ramos se rehúsan a tocar por un sinnúmero de excusas y autocompasiones.

17 junio 2008

Como una novela

Se dice que las obras de Honorato de Balzac explican a la Francia que cuenta el novelista como ningún libro de historia. La obra más reciente de Frank Moya Pons, reconstruye más de cuatro siglos de historia en el Caribe como si se tratara de una novela.
En poco más de 400 páginas, el autor de logra armar ese rompecabezas de culturas que confluyeron alrededor de los cañaverales. En apenas una línea, Moya Pons logra definir su propósito: “Este libro trata principalmente de la evolución de la plantación azucarera como la fuerza integradora predominante en la historia económica del Caribe”.
El libro comienza con la llegada de Colón y culmina en 1930, justo antes de que el mapa económico de la región fuera afectado por la Gran Depresión. Hoy, tal como lo describe Moya Pons en su “Historia del Caribe”, nuestra región es un “complejo archipiélago de nacionalidades y culturas con economías diversificadas”, pero en sus sociedades aún es muy visible la huella que dejó la plantación. De ahí la importancia de esta obra. Cuando un pueblo conoce su pasado, puede entenderse mejor con el futuro.

10 junio 2008

Perdidos en Leipzig

El muro de Berlín en realidad se comenzó a derrumbar en Leipzig. En el otoño de 1989 miles de ciudadanos protestaron por sus calles de forma pacífica. “La manifestación de los lunes” tenía un lema, “Nosotros somos el pueblo”, y reivindicaba dos palabras: democracia y libertad.
El 9 de noviembre de ese año, Alemania se reunificó y sus dos mitades derribaron a martillazos al muro que las dividía. Por su posición estratégica, Leipzig es hoy uno de los nudos ferroviarios más grandes y modernos del mundo. A la estación central de Hauptbahnhof, la llaman la “catedral del progreso”.
La Leipzig de la República Democrática Alemana ha desaparecido. Todo allí se ha transformado, todo, menos la gente que creció bajo el régimen socialista. Ni siquiera los manifestantes de los lunes han logrado asimilar el cambio. Con la democracia no hubo mayores inconvenientes, pero la libertad es una palabra que sólo se llega a entender cuando varias generaciones crecen con ella.

03 junio 2008

Los espirales del regreso

Mi hija Ana Rosario salió de La Habana hace siete años, el nombre de su email dice la fecha exacta: "adioscuba2001". Hace una semana cumplió 15 y sus padres le quisimos regalar un viaje. Le dimos varias opciones, pero en primer lugar le ofrecimos la posibilidad de que volviera a El Vedado y se reencontrara con los lugares de su infancia.
En dos semanas se irá para el destino que finalmente eligió. Las ruinas de Pompeya la sedujeron más que las ruinas de su patria. El Mediterráneo le pareció más provechoso que el Golfo de México. La ida la sedujo más que el retorno, el porvenir le atrajo más que el pasado.
En una entrevista que Jorge Luis Arcos le hizo recientemente a Lorenzo García Vega para Cubaencuentro, el anciano escritor del Grupo Orígenes también se resiste a la idea de volver a su país. “Exilio, insilio, el carajo bendito. Ya, pasado el tiempo, no sé ni lo que quiere decir eso”, dice el autor de Los espirales del cuje.
Puesto a escoger, García Vega preferiría tener la oportunidad de terminar sus días en Buenos Aires antes que volver a La Habana o a su natal Jagüey Grande. “No sé, creo que me he acostumbrado a ser un apátrida”, concluye tajante. Ana Rosario y Lorenzo pertenecen a generaciones muy diferentes y abandonaron países muy distintos, pero en el fondo tienen el mismo miedo, nada de lo que hay allá tiene que ver con lo que ellos dejaron.

Las moscas

La granja avícola Panamá fue construida en las afueras del Paradero de Camarones en 1960. En su lugar había una arboleda de mangos y nísperos, pero fue derribada en dos días con un buldózer y dinamita. Orientadas por la precisión milimétrica de un teodolito, dieciséis naves de gallinas ponedoras fueron levantadas a lo largo de la trayectoria del sol.
Pocos años después, entre los límites de Panamá y la faja de la línea del ramal Cumanayagua, surgió el barrio de Las Latas. El término se debe a las casas, que fueron construidas con el zinc de las canaletas de los bebederos. Aplanadas a martillazos y fijadas en una estructura de cujes, las láminas limitaban salas, cocinas, portales, dormitorios y corrales de puercos.
Todos los hombres y la mayoría de las mujeres del barrio de Las Latas se dedicaron de inmediato al mercado negro de huevos y gallinas. Los huevos eran vendidos a cuatro pesos, las gallinas a cien. Al amparo de la noche cerrada, avanzando a ras del suelo, entraban como fantasmas a la granja y sustraían todas las posturas y las aves que les cupieran en costales preparados al efecto. Su mercancía era muy solicitada por dulceros, cocineros y santeros. Encubierta en los más ingeniosos equipajes, aves y posturas eran sacadas del pueblo en bicicletas, camiones y trenes.
La granja ya está prácticamente en ruinas. La falta de pienso y el moquillo han devastado su población millonaria. El tráfico también ha sido controlado. Guardias armados con fusiles y poderosas linternas cuidan de las tres naves que aún permanecen en explotación. Acompañadas por enormes pastores alemanes, las patrullas rondan toda la noche entre los límites de Panamá y la faja de la línea del antiguo ramal Cumanayagua. A su cargo, tienen la vida de 968 gallinas ponedoras y 504 pollitos recién salidos de la incubadora y con escasas probabilidades de supervivir.
Lo único que perdura son las moscas. Los insectos llegaron el mismo día que las aves, pero se quedaron para siempre. Las moscas no entienden de época de frío o de calor, de lluvias o de seca. Siempre están ahí, sobrevolándolo todo. Al cabo de los años la gente se resignó a la idea de convivir con ellas. Nada se puede hacer para espantarlas. Todas las estrategias, las trampas y los remedios han fracasado. Ni siquiera se ha podido impedir que vuelvan al mismo punto de donde acaban de levantar el vuelo.
Su zumbido es lo primero que se oye del Paradero de Camarones cuando uno se acerca al crucero de la curva o a la loma del Chino Piloto. Las moscas están encima de la comida recién servida, de los espejos, de las sábanas tendidas al sol, de los bombillos encendidos y de los que se han quedado dormidos,
–Si las moscas se comieran, coño –murmura Berto Aguiar camino del barrio de Las Latas, espantándoselas de los ojos y de la boca.

02 junio 2008

Nostalgia viral

Mi abuelo hablaba de su ron preferido como si se tratara de un amigo que emigró y que nunca más volvió a ver. Todas las tardes de su vida se iba al Bar Arelita a tomarse un solo trago de un solo golpe. Siempre que aquel aguardiente sin nombre por fin le pasaba, decía una misma frase: “¡Ah, si esto fuera Bacardí”!
Cuando yo emigré y descubrí el Bacardí 8 años, pensé en mi abuelo y compré una botella. Al abrirla hice un viejo ritual de mi país: eché el primer trago al suelo y se lo dediqué a mi Aurelio, aquel viejo ferroviario que se murió lleno de nostalgia por sus antiguas costumbres.
Varios amigos míos han descubierto el Bacardí 8 años mientras oyen el cuento del anciano cubano. Ellos, a su vez, se lo han brindado a sus amigos y así, de una manera tan impredecible como el vuelo de los murciélagos, todos se han ido contagiando.
Un mercadólogo diría que eso es marketing viral. Pero yo sé que es nostalgia. Eso es lo que sucede cuando un deseo se añeja y pasa de generación en generación.