01 noviembre 2006

En el medio del centro

“Es que sólo ahí se puede estar, en el medio del centro”, me escribió un amigo desde su lejana casa, en unos de los peñascos canarios. Saco esa línea de la conversación que sostuvimos por el Messenger, a propósito de una entrevista a Anthony Giddens que apareció hace dos semanas en EP[S].
Giddens es considerado el sociólogo más importante de su generación en el Reino Unido y recibió el Premio Príncipe de Asturias, en 2002, por sus aportes “al debate y renovación de las ideas políticas, planteando una armonización entre las exigencias del mercado internacional y los problemas sociales, a partir de nuevas vías de reflexión y actuación democrática”.
Pero el gran mérito de Giddens es el de haber propuesto una de las “salida de emergencia” más coherentes para los que rehúyen de la fosilización y las incoherencias que padece la izquierda. “La tercera vía es para mí algo más amplio: es un intento constante de llevar la izquierda hacia el centro, adaptándola a los cambios que vive el mundo”, repite Giddens.
De isla a isla, con el Atlántico de por medio, mi amigo y yo comentamos la entrevista punto por punto. “Como te dije, es que sólo ahí se puede estar, en el medio del centro”, escribió antes de que se interrumpiera la conversación y cada uno volviera a lo suyo.

20 octubre 2006

La conocen los que la perdieron

Raquel Paiewonsky, una de las artistas dominicanas que más ha trabajado con la palabra libertad en sus obras, acaba de ganar la XXI edición del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes. Raquel es producto de una sociedad que se sacude el polvo de dos dictaduras (una a la franca y otra solapada).
El Concurso de Arte Eduardo León Jimenes ha sido, durante sus cuatro décadas de trayectoria, uno de los más constantes impulsores de la creatividad y de la libertad de expresión en República Dominicana. Sin poner otra condición que no sea el talento, este certamen no ha dejado de apoyar a los artistas del país aún en los momentos más graves.
Carlos Palacios, miembro del Jurado de Premiación del XXI Concurso, también se refirió a la libertad de expresión en su conferencia magistral. Con ejemplos en la mano, Palacios reveló las maniobras que los gobiernos de Cuba y Venezuela llevan a cabo en contubernio, por tal de amordazar a sus creadores, sumiéndolos en un discurso unicorde y empobrecedor.
Las palabras de Palacios fueron, además de un enorme aliento para todos los artistas que tienen la posibilidad de participar en espacios abiertos e incluyentes, como lo son el Centro León y el Concurso de Arte, un grito solidario a favor de los que carecen de esos privilegios. Es que a la libertad, como dice Andrés Calamaro, “la conocen los que la perdieron”.

02 octubre 2006

La noche de la iguana


En estos momentos en la Tierra se está produciendo la mayor pérdida de biodiversidad después de la que hubo con la desaparición de los dinosaurios. Más de 16,000 especies se encuentran seriamente amenazadas en todo el planeta. Desde cualquier latitud, día tras día, llegan noticias que corroboran el desastre.
El destino del último ejemplar de cada especie extinta es casi siempre el mismo: una vitrina impoluta en uno de los tantos museos de ciencias naturales. Allí, disecados y maquillados, los animales ofrecen una penosa invocación de lo que fueron en vida. Continuamente vemos incontables documentales sobre la tragedia ecológica en el mundo entero. Pero muchas veces se tiene la idea de que eso sucede lejos de uno: en los casquetes glaciares, en las selvas, en los desiertos o en los océanos que están del otro lado.
Casi siempre actuamos como si nosotros no fuéramos parte del problema y como si fueran otros los que deben resolverlo. Esa puede ser la razón por la que miramos para otra parte cuando un vendedor de pericos nos sale al paso, jaula en mano, a la salida de Santiago. Quizás por eso no decimos nada cuando nos ofrecen el “fresco palmito” en la Mejía Ricart con Lincoln.
De ahí que simulemos no oír cuando nos cuentan que allá, en el Sur, las iguanas que nadie compró duermen a un lado del camino, amarradas a un palo.

29 septiembre 2006

El espanto

En 1987 le di un abrazo a un hombre que acababa de ser torturado. Aún hoy puedo ver delante de mí el espanto que había en el fondo de sus ojos. Rodolfo era recién graduado de la Escuela Nacional de Arte y trataba de hacer una obra de teatro con un grupo de obreros de la central termonuclear que los soviéticos construían en Cienfuegos.
Por las noches leían a Brecht, Piscator, Ionesco, Beckett o Kantor. Por el día, compartía interminables jornadas de soldaduras, encofrados, fundiciones y sol irresistible. Pero aquel proceso de “creación colectiva” fue suspendido de golpe por una patrulla de la Seguridad del Estado, que los condujo hasta unas mazmorras secretas en Pueblo Griffo.
Mientras le pegaban, Rodolfo no dejó de cantar una canción de Silvio Rodríguez: “En el borde del camino hay una silla, la rapiña merodea aquel lugar…” Muchos de los hombres y mujeres que han sido torturados en mi país durante casi medio siglo de dictadura, viven ahora como refugiados políticos en Estados Unidos. El Senado de esa nación se plegó a las exigencias de George Bush y legalizó la privación del sueño o el sometimiento a temperaturas irresistibles, entre otras vejaciones, a cualquier sospechoso de terrorismo que llegue a ser interrogado.
Esa aprobación es, sin dudas, un terrible retroceso en materia de derechos humanos y garantías individuales. Estados Unidos ha borrado de un plumazo décadas y décadas de avances democráticos y acaba de legitimar algo que, con el fin de la Sudáfrica racista y de las dictaduras latinoamericanas, sólo se practica en los estados totalitarios y policiales que aún perduran.
Hace ya 19 años que vi por primera vez a un hombre que acababa de ser torturado. Cuando leí la noticia de la legalización de la tortura en Estados Unidos, el espanto que había en el fondo de sus ojos volvió a pararse delante de mí.

21 septiembre 2006

Iconofilia

En la escuela rural del Paradero de Camarones no alcanzaban las paredes para tantas efigies. Los rostros de Marx, Engels, Lenin, Céspedes, Martí, Gómez, Maceo, Dimitrov, el Tío Ho, Brezhnev, Guevara, Fidel y Raúl, entre muchos otros que mi memoria no alcanza, no dejaban ni un espacio en blanco en las tablas y la mampostería. Vivos y muertos nos vigilaban a todas horas entre barbas, ceños fruncidos y rostros descoloridos.
En materia de idolatría, los gobiernos comunistas han estado siempre más cerca de los antiguos egipcios que de sus próceres laicos. De ahí que hayan dejado, donde quiera que se han instaurado, un rastro infinito de bustos, estatuas, monumentos, obeliscos y hasta momias. Al caer el Muro de Berlín, la mayoría de los países socialistas de Europa del Este y Asia estaban sembrados con descomunales panteones donde se salvaguardaban los cuerpos embalsamados de sus líderes históricos.
Algunos de esos célebres difuntos han recibido sepultura, pero otros aún permanecen a la vista de todos. Hace algunos años en Moscú se produjo un enconado debate alrededor del cadáver embalsamado de Lenin. Algunos querían enterrarle y otros preferían que permaneciera en su urna de cristal. Con el tiempo, el camarada Vladimir Ilich se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de una ciudad que ha vuelto a creer en las lágrimas.
Pienso en esto, porque es probable que, más temprano que tarde, se erija un mausoleo para una nueva momia. Ya el conjunto escultórico debe de estar planificado hasta la última piedra. Mientras tanto (como un homenaje al comienzo de El otoño del patriarca), el círculo de auras tiñosas que siempre sobrevuela la Plaza de la Revolución sigue ahí. Nada logra espantar su imperturbable constancia.

05 septiembre 2006

El cortesano

Joaquín Balaguer acaba de cumplir cien años y con esa excusa se celebraron actos donde se alabó su talento como político y como escritor. No cabe duda alguna de que el Doctor fue el político dominicano más influyente del siglo XX. Primero como cortesano de Trujillo, después como dictador él mismo (en unos interminables doce años), luego como Presidente legitimado en las urnas (algo a lo que, por cierto, no se han atrevido otros caudillos de la región) y al final como un ente ineludible en la vida nacional.
Pero se ha exagerado a la hora de evaluar la obra literaria de Balaguer. Hace unos días un orador rimbombante llegó a considerarlo “una de las grandes plumas del continente”. Por lo regular, figuras como él suelen tener inclinaciones literarias; ejemplos de ello hay de sobra. Pero eso no quiere decir que se le pueda tomar en cuenta a la hora de establecer el más estricto panorama de la literatura dominicana del siglo XX.
No es posible situarlo junto a Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch, Virgilio Díaz Grullón, Marcio Veloz Maggiolo o Pedro Peix (para citar a varias generaciones). Su talento era otro y pruebas de ello dio hasta con los ojos cerrados.