
En materia de idolatría, los gobiernos comunistas han estado siempre más cerca de los antiguos egipcios que de sus próceres laicos. De ahí que hayan dejado, donde quiera que se han instaurado, un rastro infinito de bustos, estatuas, monumentos, obeliscos y hasta momias. Al caer el Muro de Berlín, la mayoría de los países socialistas de Europa del Este y Asia estaban sembrados con descomunales panteones donde se salvaguardaban los cuerpos embalsamados de sus líderes históricos.
Algunos de esos célebres difuntos han recibido sepultura, pero otros aún permanecen a la vista de todos. Hace algunos años en Moscú se produjo un enconado debate alrededor del cadáver embalsamado de Lenin. Algunos querían enterrarle y otros preferían que permaneciera en su urna de cristal. Con el tiempo, el camarada Vladimir Ilich se ha convertido en uno de los principales atractivos turísticos de una ciudad que ha vuelto a creer en las lágrimas.
Pienso en esto, porque es probable que, más temprano que tarde, se erija un mausoleo para una nueva momia. Ya el conjunto escultórico debe de estar planificado hasta la última piedra. Mientras tanto (como un homenaje al comienzo de El otoño del patriarca), el círculo de auras tiñosas que siempre sobrevuela la Plaza de la Revolución sigue ahí. Nada logra espantar su imperturbable constancia.
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