11 junio 2014

El abismo cultural de Cuba

Mi generación es la última análoga en la historia del mundo. Dentro de 30 años seremos piezas de museo, como lo fueron durante décadas los veteranos de las grandes guerras mundiales. Los que sobrevivan de nosotros serán los únicos que podrán dar testimonio de cómo era el mundo sin Internet, Bluetooth, Wi-Fi, redes sociales o smartphones.
Mi generación es la última análoga en la historia del mundo… menos en países como Corea del Norte y Cuba. Cuando uno llega a La Habana y logra atravesar ese sombrío túnel donde los oficiales sellan los pasaportes, cae en la duda de si hizo el viaje en una aeronave o en la máquina del tiempo. Los servicios, los vehículos, los edificios y el comportamiento de la gente pertenecen a una época remota.
La mayoría de los niños cubanos están creciendo sin tener el más mínimo acceso a las actuales tecnologías. Una película, Habanastation, de Ian Padrón, aborda el tema desde su lado más lúdico. Pero hay otro mucho más trágico, que tiene que ver con la desactualización, la desinformación y hasta la ignorancia de la mayoría de los cubanos de lo que realmente pasa en el mundo.
Algunos de los que aún defiende a la dictadura, en su afán por desacreditar a los que disienten y levantan su voz contra el anciano régimen, se mofan de empeños como 14yMedio o Estado de Sats con la excusa de que en Cuba nadie los conoce. “¿No te parece terrible eso? —Le pregunté a un dominicano que aún admira a Fidel Castro, el mayor responsable de las ruinas cubanas—. ¿Acaso no es tragedia que en pleno siglo XXI a un país se le prive hasta del derecho a navegar con libertad por Internet?”
Hace unos días un amigo de la infancia, que aún vive en mi pueblo, me mandó a preguntar en una carta por la actuación de los peloteros de nuestra provincia en Grandes Ligas. Todas las noches, Yasiel Puig y José -Pito- Abreu escriben una página de la historia del béisbol, que es uno de los signos de identidad esenciales de Cuba como nación. A los 11 millones de cubanos que viven dentro de la isla les impiden disfrutar con orgullo de eso.
Cuando la dictadura caiga, sea de la manera que sea, Cuba parecerá uno de los cacharros que pintaba Ángel Acosta León. Pero habrá algo más terrible aún que eso: el abismo cultural en el que se encontrarán los cubanos respecto al resto del mundo. Solo por ese hecho es repudiable esa enquistada tiranía que algunos insisten en llamar “revolución”.

06 junio 2014

Urgente: Se necesitan provocadores

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Antes de seguir a alguien en Twitter suelo revisar su perfil. Esa mínima ventanita se ha convertido en una de las oportunidades más precisas que tenemos para sintetizar nuestro curriculum vitae. Algunos se lo toman demasiado en serio, otros lo hacen de una manera muy ridícula. Particularmente, prefiero a los que acuden al humor o al sarcasmo.
Uno de los perfiles que más he disfrutado en Twitter es el del escritor Pedro Cabiya: “agent provocateur”. Cada uno de sus tweets le hace honor a esa labor que él mismo se ha fijado. Se puede estar de acuerdo o no con lo que él dice, pero no hay manera de ser indiferente a sus afirmaciones, preguntas, dudas o desconciertos, ya sea en forma de preguntas o respuestas.
Cabiya cumple a cabalidad, dentro de la sociedad dominicana, con el rol que se espera de un intelectual, ese que los colaboradores de Wikipedia definen, en 2014, de la misma manera que lo hacían los antiguos: “el que se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública”.
El intelectual es, como acierta Cabiya, un provocador por antonomasia. Pero un provocador para bien, algo tan útil donde hay tantos provocadores para mal. Vivimos rodeados de malos ejemplos. A todos los niveles, desde los que ocupan los más importantes responsabilidades hasta los individuos que desempeñan las posiciones menos relevantes, se ha perdido la necesidad de hacer cumplir y cumplir las Leyes.
Por todos lados nos provocan. Nos provocan los que prefieren bloquear la ciudad y doblarle el pulso a la sociedad antes que respetar una señal del tránsito. Nos provoca el funcionario cuyo vehículo oficial es una despampanante Porsche Cayenne. Nos provoca el dueño del Jaguar que, en lugar de usar la misma placa que el resto de los dominicanos, presume una del Principado de Mónaco.
Cada una de esas provocaciones, precisan de otro provocador, que les salga al paso desde la responsabilidad y la inteligencia. Un provocador que no tenga más intereses ni ambiciones que la necesidad de dejar por escrito sus principios y convicciones. Un provocador que no se deba a la disciplina de un partido ni a la obediencia de una institución religiosa.
Para Nietzsche la capacidad intelectual de un hombre debía medirse por la dosis de humor que era capaz de utilizar. Al principio advertí que prefería los que se valían del humor o el sarcasmo para autodefinirse. Esa simpatía es directamente proporcional al rechazo por los rimbombantes y pretenciosos.
Ciertas columnas de opinión de algunos “intelectuales” (las comillas, obviamente, están puestas con humor y sarcasmo) son verdaderos ejercicios de funambulismo, logrando llegar de un extremo al otro del texto, haciendo un equilibrio perfecto entre la palabrería y el no tener nada que decir, ¡justo en una sociedad donde urge expresar tantas cosas!
Otros, que son los casos más tristes, aun teniendo el talento para hacer aportes realmente importantes, se conforman con un puestecito que les permita darse algunos lujitos. Nada del otro mundo: dar algún viajepor Suramérica, sentarse a la diestra del ministro de turno o quedarse con un pedacito de la cinta en algún acto inaugural. Todo lo que sacrifican por ese afán, nos priva de sus contribuciones, que en verdad hubieran sido muy útiles.
Solo por eso hay que darle las gracias a tipos como Pedro Cabiya, que no caen en la tentación de sentirse mimados ni ceden ante las presiones sociales. Nos hacen falta muchos más como él. Es urgente. República Dominicana necesita provocadores para obras de bien.
Aún estamos a tiempo. Peor si seguimos como vamos, llegará el día en que ya se nos hará demasiado tarde.

En patines o en bicicleta

Es importante que diga esto. Es probable que a muchos amigos cubanos, algunos entrañables, no les guste. No me importa. Me preocupa muchísimo más ser honesto. Nací en 1967, ocho años después de que en mi país comenzara a consolidarse una dictadura. Todos los días de mi vida lo denuncio. Lo hago con la intención de llegar a ver una Cuba plural, como no la hemos conocido millones de cubanos. 
Justo por eso necesito decir que Marco Rubio me parece un comemierda. Durante un buen rato pensé el calificativo que se merecía, pero no se me ocurre otro que ¡comemierda! Nunca, jamás en su puta vida, va a saber ese cubano de probeta lo que es ser cubano de verdad. Quizás por eso tampoco se va a enterar de que el embargo ha sido un fracaso rotundo. Me cago en Marco Rubio con los mismos deseos que me cago en Fidel y Raúl Castro. Y al que no le guste, doy la receta: monte en patines o en bicicleta.

24 mayo 2014

La hazaña de ser madre

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Una vieja película, filmada en el ya remoto año de 1987, trata de contar la historia de una mujer que, por accidente, acabó convirtiéndose en madre. Aunque esa es la sinopsis que aparece en Netflix, lo que al final relata es el enorme esfuerzo que tienen que hacer las mujeres para tratar de ser valientes en un mundo dominado por la cobardía de los hombres.
El filme se llama “Baby Boom” y su protagonista es Diane Keaton, quien interpreta a J.C. Wiatt, una exitosísima mujer de negocios en un Nueva York que empezaba a prepararse para la revolución digital. Era tan competitiva y agresiva, que le llamaban “La Tigresa”. Tanta era su ambición, que los dueños de su compañía habían decidido convertirla en socia.
De eso trata una de las primeras escenas, donde le preguntan si está dispuesta a trabajar de 80 a 90 horas a la semana. Ella, con fiereza, acepta. Nada del mundo real la distrae, ni siquiera su pareja, con quien resuelve el acto sexual como uno de los tantos trámites a los que se enfrenta en su vida cotidiana, en unos pocos minutos.
Pero un accidente que ocurrió a miles de kilómetros de ella, en Inglaterra, tuvo un radical impacto en su vida. Un primo que había visto una sola vez murió junto a su esposa en un accidente y, lo que era más sorpresivo aún, había hecho un testamento donde le dejaba una herencia: su pequeña hija.
Al principio les dije que J.C. Wiatt acumulaba éxito tras éxito en el mundo de los hombres, donde por lo regular no hay niños. Por eso sus jefes ponen una terrible cara de espanto cuando la ven llegar con una rubita británica entre los brazos. “¡Yo ni siquiera sé cuántos nietos tengo!”, le reprochó el que más esperanzas había cifrado en ella.
No les quiero contar la película, pero se hace obvio que perdió el trabajo y cayó de una patada en el lugar que, según los hombres de éxito, le corresponde a las mujeres que no quieren parecerse a ellos. También al principio les dije que era una mujer muy competitiva y agresiva. Omití un detalle importante: también era muy valiente.
Conozco a muchas más madres valientes que a padres valientes. Si algo precisa de coraje, intrepidez y bravura, es criar hijos es un mundo que hace cada vez más difícil esa labor. Muchos de los deberes actuales se pueden resolver a través de una aplicación o, cuando menos, haciendo click en un ícono. En cuanto a los hijos, solo se han resuelto los pañales desechables y las fórmulas enlatadas. Todos lo demás hay que hacerlo igual que en el siglo XIX.
En el mundo de los hombres de éxito, esos que construyen de una manera obsesiva un capital, algo tan simple como contribuir a formar la capacidad intuitiva y el sentido común de los hijos, resulta una distracción poco rentable y prefieren delegarlo en alguien.
“Baby Boom” habla de la sociedad norteamericana de finales del siglo XX. La sociedad dominicana actual no está muy lejos de ahí. Una doctrina substancialmente conservadora y machista sigue rigiendo en la mayoría de su ámbitos.
Las madres dominicanas que han logrado el éxito profesional, lo han tenido que hacer con el triple de esfuerzo y desempeño que los hombres, aunque no sean padres. Viendo a Diane Keaton en la pantalla, reconocí los rostros de muchas madres dominicanas que admiro mucho.
Hablo de esas mujeres que no se han dejado devorar por unas concepciones morales que las persiguen todo el tiempo, como en una pesadilla. A ellas, a esa valientes mujeres que libran día a día una batalla campal contra la cobardía discriminatoria, nunca bastará con que le dediquemos un párrafo o un Día.
Sus hazañas son su verdadero premio.

23 mayo 2014

Apat(r)ía

Siempre tengo deseos de volver a Cuba. Desde el año 2000, en que me fui, no se me quitan las ganas de regresar a mi país. En 2011, cuando por fin volvimos, los 15 días que estuvimos allí no nos alcanzaron; ni a mí ni a Diana Sarlabous. 
Cuando Marianela Boan y Alejandro Aguilar nos dijeron que viajarían a La Habana a finales de mayo, trataron de convencernos para que fueramos con ellos. Diana y yo nos miramos y bajamos la cabeza al unísono: ninguno de los dos tenía deseos de volver. 
Sospecho que es un estado de ánimo, alguna patraña de la desilusión. Pero lo cierto es que no me entusiasma estar en la Cuba de ahora mismo. No puedo explicarlo, es una extraña apat(r)ía. Aun así, quiero que Ale y Marianela disfruten la mejor Habana de todas, que sean todavía más felicies de lo que ellos se merecen. 
En El Bohío, en el corazón de Santo Domingo, hay dos abrazos esperando por ellos.

Publiqué este pequeño post en Facebook, a las 11:40 a.m. Unos 21 minutos después, Wichy García Fuentes escribió en su muro un comentario relacionado con él. Fueron sus palabras y no las mías las que me animaron a transportar ambos textos para El Fogonero.

"Apatría: término acuñado por el poeta Camilo Venegas, que define la desidia ante la posibilidad de permanecer en (o visitar a) la patria, sin dejar de tenerla presente. Queda establecida la diferencia entre "apátrico" y "apátrida". Apátrico es aquel que ama a su nación, pero que, por razones ajenas (las razones del apátrida serían irremisiblemente propias) evita el contacto con esta".
                                                                                                             Wichy García Fuentes