03 diciembre 2010

La República Dominicana que Mike Alfonseca quiere

El próximo lunes miles de dominicanos saldrán a las calles vestidos de amarillo. Será una señal de exigencia a Leonel Fernández para que cumpla la Ley y le dedique a la educación de su gente al menos el 4% del PBI. La Web 2.0 ha sido la tribuna. Poco a poco comenzaron a levantarse las voces, sobre todo en Facebook y en Twitter, hasta que se conformó un coro ya indetenible.
Hoy en la tarde, mientras pasaba frente al más horroroso parque de América Latina, escribí un tweet: “Si el alcalde de Santo Domingo hubiera estudiado, no habría hecho el #Zooberto. ¡#4% para una mejor #educación de los #dominicanos!”. Muy pocos minutos después, Mike Alfonseca, uno de los seres más creativos que he conocido en este mundo, ya había replicado mi idea:
“Basado en una reflexión de @camilovenegas y con una foto cortesía de @MarielMartinez”. El gorila del publicista es el mismo que Roberto Salcedo encajó en medio de su pavoroso parque. Está envuelto en las luces que el alcalde/comediante le ha hecho vestir en Navidad. Toda una metáfora de un Gobierno que asegura que no podría aumentar el presupuesto de Educación... porque no tiene claro en qué gastarlo.
Como yo prefiero vivir en la Republica Dominicana que Mike Alfonseca quiere, el lunes me forraré de amarillo. No me cansaré de decirlo ni de escribirlo: Sin educación no hay progreso. Sin maestros, libros y pupitres, ¡e’ pa’tras que vamos!

02 diciembre 2010

Los padres del Sigfredo Ariel

Hasta el día en que leí el primer poema de Sigfredo Ariel, yo creía que los grandes versos eran una tarea exclusiva de seres inmortales. Para mí, hacer poesía era un oficio reservado para unos pocos elegidos: Walt Whitman, W. B. Yeats, T. S. Eliot, Arthur Rimbaud, César Vallejo, Jorge Luis Borges y dos o tres criaturas más  que atesoraba debajo de mi colchoneta, en la litera del albergue de la Escuela Nacional de Arte.
Una tarde, camino del comedor, iba de la mano con Dania Andrés cuando ella me habló del novio de su hermana. “Es de Las Villas, como tú, y también escribe poesía”, me dijo. Por instinto de conservación, minimicé sus palabras. Pero ella no le hizo caso a mi indiferencia y abrió un cartucho donde había un dulce de guayaba y dos o tres poemas mecanuscritos.
Fui uno de los últimos en comer ese día. No sé cuántas veces leí cada unos de aquellos versos y cuántas me pregunté por qué no se me habían ocurrido a mí. Años después, tuve la fortuna de convertirme en uno de sus amigos y de disfrutar de ese raro espacio donde Sigfredo Ariel rehace la cubanía a partir de discos rayados, frases olvidadas y rones de la más oscura procedencia.
En 1989, durante una gira que hicimos por toda Cuba con el pianista Víctor Rodríguez, detuvimos la guagua frente a la casa de los padres de Sigfredo Ariel. Estaba justo al borde de uno de esos arroyuelos que hieren a Santa Clara en todas direcciones. Ahora que lo pienso, los encontramos en esa misma pose que tienen en la foto.
La única diferencia es que él estaba en camiseta y ella en bata de casa. En la Cuba de la que hablo, ya era impensable una botella de Pedro Domecq; pero todavía quedaba Ron Decano y “las fiestas más bien íngrimas” del atardecer. Hoy, cuando Sigfredo colgó esta imagen en Facebook, recordé todo lo que acabo de contar y muchísimas otras cosas que no cabrían aquí, pero que llevaré conmigo por donde quiera que vaya.

El error no estuvo a la hora de elegir la cerveza

En Cuba se hicieron, en la primera mitad del siglo XX, algunas de las revistas más importantes y revolucionarias del idioma español. Aún hoy, muchas de los recursos y secciones que idearon Carteles o Bohemia, mantienen su vigencia. En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones había una mesita de noche donde se atesoraban los primeros números de Bohemia de 1959.
Hojeando aquellas páginas macilentas, heridas por las polillas, pude entender mejor la historia de aquellos años. Gracias a eso, desarrollé cierta inmunidad contra los cuentos infantiles que nos hacían en las clases de Historia de Cuba. Luego también advertí que mirando aquellas páginas desarrollé cierto gusto por el diseño (al que aún hoy le saco provecho).
Como ya no tengo a mano la mesita de noche de mi abuelo Aurelio (quien hoy, 2 de diciembre, cumpliría 102 años); cuando tengo deseos de volver a tocar aquellas maravillas,  suelo acudir al Archivo de Connie. Algunos minutos junto a esos PDF, me ayudan a recargar las energías que exige mi labor creativa.
Hoy me causó especial gracia este anuncio de Polar, una marca que, pocos meses después de publicado tan optimista slogan, fue intervenida y tuvo que marcharse a Venezuela (donde cuarenta años después le dio alcance el mismo fantasma). Al menos tiene razón en parte, el error del pueblo no estuvo a la hora de elegir la cerveza.

El desconcierto de Fernando Vallejo

(Escrito para el blog de Campo de Texto)
La Feria de Guadalajara se ha convertido en el más importante reducto del libro en América Latina. Año tras año, allí se dan cita los editores y escritores que predominan en el mercado del idioma español. Como es tradición, en 2010 se han producido diálogos muy interesantes. Llama la atención uno que sostuvieron Juan Villoro y Laura Restrepo, entre otros, sobre el círculo vicioso de los estereotipos en nuestro continente.
Luego le tocó el turno a Fernando Vallejo. Acostumbrado como está a ir por el mundo cuestionándoselo todo (hasta a él mismo, hay que ser justos en eso), el autor de La Virgen de los Sicarios se puso más pesimista que de costumbre cuando le preguntaron qué va a ser del libro en la era del iPad y la Web 2.0. “Pues que su versión virtual, digital, lo va a acabar”, aseguró.
“Y no porque podamos pasar a un libro electrónico con un clic bibliotecas enteras sin pagar -como ocurrió con los CD-, que eso sería lo bueno, sino porque los libros electrónicos se pueden manipular: cambiarles el tipo de letra, la interlínea, la caja, la sangría; y al poderles cambiar uno la tipografía también les puede cambiar el texto, y eso es gravísimo. Por ahí va a empezar el acabose. ¿Se imaginan cuando a la canalla de Internet le dé por poner en un libro ajeno y firmado por otro las calumnias y miserias propias y lo eche a andar por el mundo? ¿Qué va a ser del autor?”, argumentó Vallejo.
Su inconformidad con los tiempos que corren no acabó ahí, luego se quejó, también con pesimismo, de lo que está ocurriendo con el idioma: “El español es un idioma en bancarrota. Está anglizado completamente. Los gringos nos colonizaron hasta el alma. Es irreversible. Luego nos colonizarán los chinos. Si hay tiempo...”, dijo.
Según cuenta Pablo Ordaz en una deliciosa crónica para El País, Vallejo no vislumbra la salida ni tiene la más mínima esperanza: “Quebradas las industrias discográfica y cinematográfica, ¿cuál sigue? Pues la del libro”, afirmó. Es curioso, otros artistas de su generación, Silvio Rodríguez y Leo Brouwer, también se quejan de los tiempos que corren, pero aún entienden menos y culpan de todo a la industria por ya no hacerles caso a ellos.
Fernando Vallejo se equivoca. No sé da cuenta de que ahora la mayoría de sus personajes tienen más oportunidades de ser escuchados. Aunque es cierto que ya no necesitan que él cuente sus historias por ellos. A lo mejor es eso lo que le produce más desconcierto al escritor.

01 diciembre 2010

Un autogol en Santa Clara

El lunes en la tarde yo viví una experiencia similar a los 1,500 jóvenes que acudieron al cine Camilo Cienfuegos, de Santa Clara, para ver el partido entre el Barcelona y el Real Madrid. En mi caso, fueron apenas unos angustiosos minutos donde me perdí el gol de Xavi y algunos de los bailes más brillantes del Barça.
Estaba solo en casa, pero me puse histérico y le grité de todo a la representante de Claro TV. Cuando se resolvió el inconveniente, ni di las gracias ni me despedí: “¡Ya, ya, ya se ve, okey, ya, ya, ya!”, fue todo lo que dije. Yo ni quiero pensar cuál habría sido mi reacción si me hubiera perdido ese clásico que ya está escrito es la historia del fútbol con letras blaugranas.
Allá, en Santa Clara, los muchachos habían pagado 3 pesos para ver el partido en una pantalla gigante y acabaron proyectándoles un documental cubano. Ante semejante estafa, no se les ocurrió otra cosa mejor que dejar constancia de su frustración. Primero la emprendieron contra las butacas del cine, pero luego decidieron tirar a puerta: “¡Abajo la dictadura!”, “¡Abajo Fidel”!...
En el mismo edificio, unos pisos más arriba, algunos pocos disfrutaban el partido con tranquilidad en una enorme pantalla de LCD. Habían pagado poco más de 5 dólares por semejante privilegio y ni siquiera se enteraron de la llegada de las 22 patrullas de la policía y de los más de 60 detenidos.
Al finalizar el partido, cuando yo comenzaba a leer las incontables reacciones que provocó el increíble 5-0, supe de lo ocurrido en Santa Clara. En Facebook y en Twitter ya había decenas de comentarios. Luego, llegó la versión más detallada de Coco Fariñas. Mientras el Barça dictaba sentencia desde la cima del fútbol global, un grupo de muchachos de mi provincia hacían que el régimen se anotara un autogol.
¿Será que de verdad creen que las cosas pueden seguir igual?

(Galería de fotos del incidente en Café Fuerte).