08 diciembre 2009

El terror de vivir sin Luis

República Dominicana ha sufrido demasiadas pérdidas irreparables. En innumerables ocasiones, la historia y el azar se han ensañado con un pueblo que no se merecía que le jugaran tantas malas pasadas. Esa es la razón por la que aquí hay días en que el pesimismo se convierte en un catarro que se contagia a simple vista. Hoy es uno de ellos, porque habrá que acostumbrarse al terror de vivir sin Luis.

Me aprendí sus bachatas haciéndole el coro a Sonia Silvestre, en esas noches interminables en que todo termina en Casa de Teatro. Justo allí lo vi por última vez. Llegó perdidamente borracho, pero recobró la lucidez de un golpe, con solo ponerse la guitarra en ristre. Cantó “Yo quiero andar” y “Andresito Reyna”. Luego se bajó del escenario y se despidió con una frase cortante: “La vida dura dos canciones, un pote de romo o un gobierno corrupto. Elijan la opción que más les gusta”, dijo y se fue dando tumbos.

Hace ya unos años le hice una entrevista. Nos encontramos en el colmado donde se le dejaban todos los recados. Nos bebimos un Brugal Extra Viejo y conversamos durante toda una tarde. “Ya me estoy poniendo viejo y creo que es hora de velar por lo mío, por mi casa, por la finquita que me compré con el dinero que gané con los números que se pegaron y por la música que quiero componer de ahora en adelante”, me dijo ya cuando nos despedíamos.

Así de humilde era Luis Días, probablemente el músico más revolucionario que ha nacido en esta media isla desde hace por lo menos cinco décadas. Era el más talentoso y el más ingenioso, pero no supo cuidar su suerte y ya sabemos que aquí el azar no pierde una oportunidad de jugar una mala pasada.

Eso no se hace, Luis Días, eso no se hace.

Círculos viciosos

En su columna de hoy en El País, Fernando Savater recuerda que John Dewey propuso una salida para la regeneración de la filosofía: “en lugar de dar vueltas exclusivamente a los problemas de los profesores debe interesarse por lo que inquieta a los humanos en general”.

A muchos intelectuales cubanos les sucede algo parecido. Se han elevado tanto en la búsqueda de ideas, reflexiones y metáforas sobre la nación, que han perdido de vista a la masa que la conforma. De ahí que Rafael Hernández definiera los debates y las preocupaciones que emergen en los blogs y las redes sociales como un vulgar chancleteo.

Cuba está sumergida hoy en la peor crisis de su historia. Nunca antes la economía del país se había depauperado tanto. Donde quiera que se mire se halla el mismo panorama, todas las fotografías son una misma imagen repetida hasta el cansancio: tierras baldías, industrias inoperantes, ciudades en ruinas y gente hastiada, sin la más mínima esperanza en los ojos.

A lo mejor eso ayudaría un poco a la regeneración de Cuba: más chancleteo y menos círculos viciosos.

El hijo de Guillermo Tell prefirió poner la manzana en la cabeza de su amiguita

A finales de los años ochenta y principios de los noventa, el pequeño apartamento de Puchi Fajardo (hija de Piti, el comandante) se convirtió en un inmenso refugio para un montón de jóvenes creadores cubanos. Músicos, poetas, pintores, filósofos y algún que otro nuevo loco, nos reuníamos allí semana tras semana a compartir nuestras cosas y, sobre todo, a imaginarnos el futuro de Cuba.

Algunos parroquianos eran más constantes que otros, pero a la hora que fuera y el día menos pensado, uno siempre se encontraba allí con Kiki Álvarez, Omar Mederos, Bladimir Zamora y Carlos Varela. Con la ayuda del peor de los rones y la abulia de una Habana que empezaba a hundirse en el Periodo Especial, aquellas jornadas se extendían más de la cuenta.

Cuando leí las declaraciones más recientes de Carlos Varela sobre nuestro país, sobre Estados Unidos y sobre Yoani Sánchez, recordé muchas historias de aquella época en que ninguno de nosotros, en ninguno de aquellos ejercicios de adivinación, ni siquiera llegó a sospechar lo que en realidad acabó ocurriendo.

Respeto mucho lo que piensa Carlos, por el cariño con el que recuerdo los años duros y por la compañía que me han dado sus canciones durante todo este tiempo en que no he podido volver a La Habana. Sé que Carlos no sería capaz de decir nada que en verdad no piense. Quizás es por eso que lamento tanto que el hijo de Guillermo Tell prefiriera poner la manzana en la cabeza de su amiguita.

02 diciembre 2009

Malecón

En Veracruz el mar, aún en verano, parece una tarde de invierno.

Tres mujeres avanzan sin mirar sobre la luz de las estrellas,

tres mujeres vestidas de blanco

que bailan descalzas un danzón a destiempo.

No les preguntes sus nombres,

no les digas nada que pueda distraerlas.

Déjalas que bailen,

déjalas que le digan su pesar a la oscura marea del Golfo.

En Veracruz los danzones se oyen en la tarde, aun en verano

siempre parece que es de noche.

No digas nada que pueda distraerme,

el camino de regreso empieza cuando se acabe la música,

tres mujeres vestidas de blanco,

tres mujeres que nunca tendrán nombre

no podrían convencerme.

No digas nada que pueda distraerme, del otro lado del mar estoy yo,

esperándome.

01 diciembre 2009

Tríptico del Monumento de Mal Tiempo


I.
Piedra a piedra,
unos pasos más allá
del sitio donde
en verdad
ocurrió el combate,
el monumento
cede a la tremolina
y
se
desmorona.

El antiguo polvo
se esparce
sobre la tierra vacía
para que los muertos
se sigan muriendo.

II.
Los huesos sin nombre
detrás de un vidrio empañado.
Los nombres desnudos
delante de las cenizas anónimas.
La tarde inundada
por el aguacero
que cayó horas después,
durante la noche más larga
del siglo pasado.

La madrugada que sobrevino
cuando los huesos,
los nombres, el agua
y todas las cenizas
se convirtieron
en un botín de guerra:
150 fusiles máuser,
60 rémington,
6 cajas de municiones,
los caballos de los oficiales
y de la tropa,
las acémilas,
los equipos, el botiquín
y la bandera*.

III.
Ahora esto no es un obelisco,
ni el potrero
que se nubló
de espanto
cuando aquellos
negros en harapos
gritaron “¡Viva Maceo!”.
Tampoco el fortín
donde nuestros
antepasados
se rindieron
a las cuchilladas
y el arbitrio del vencedor.

No calamos las bayonetas
ni tocamos a degüello,
solo escapamos,
cañaveral adentro,
hasta estar seguros
de que nadie nos veía.
Para que te quitaras la blusa
grité “¡Al Machete!”.
Un tren de caña pasó pitando,
como si anunciara
al mundo pacífico
nuestro desastre en Mal Tiempo.

Nunca pude decir
si caímos junto a los héroes
o del lado de los cobardes.


*Miró Argenter, José: Crónicas de la guerra. Editorial Letras Cubanas, 1981. Pág. 210.