Me aprendí sus bachatas haciéndole el coro a Sonia Silvestre, en esas noches interminables en que todo termina en Casa de Teatro. Justo allí lo vi por última vez. Llegó perdidamente borracho, pero recobró la lucidez de un golpe, con solo ponerse la guitarra en ristre. Cantó “Yo quiero andar” y “Andresito Reyna”. Luego se bajó del escenario y se despidió con una frase cortante: “La vida dura dos canciones, un pote de romo o un gobierno corrupto. Elijan la opción que más les gusta”, dijo y se fue dando tumbos.
Hace ya unos años le hice una entrevista. Nos encontramos en el colmado donde se le dejaban todos los recados. Nos bebimos un Brugal Extra Viejo y conversamos durante toda una tarde. “Ya me estoy poniendo viejo y creo que es hora de velar por lo mío, por mi casa, por la finquita que me compré con el dinero que gané con los números que se pegaron y por la música que quiero componer de ahora en adelante”, me dijo ya cuando nos despedíamos.
Así de humilde era Luis Días, probablemente el músico más revolucionario que ha nacido en esta media isla desde hace por lo menos cinco décadas. Era el más talentoso y el más ingenioso, pero no supo cuidar su suerte y ya sabemos que aquí el azar no pierde una oportunidad de jugar una mala pasada.
Eso no se hace, Luis Días, eso no se hace.


