08 abril 2013

Río Negro, la película


Calculo que fue un día de 1976. Mi padre me llevó a casa de Daniel Peña, un amigo suyo que vivía en el valle de Jibacoa, allá arriba, entre las lomas del Escambray. Era una hermosa residencia con grandes terrazas, secaderos de café, despulpadora y almacenes. Todo ya estaba abandonado, en apenas 17 años de revolución se había decretado su ruina.
Cuando estábamos en Manicaragua, le conté a Diana de aquella mañana. Mi padre me había prometido una sorpresa y lo consiguió. Cuando llegamos encontramos varios camiones, reflectores enormes, cámaras, pantallas, sombrillas… En cuanto oscureciera, filmarían una escena de Río Negro, la película que Manuel Pérez hizo después de El hombre de Maisinicú.
He olvidado muchos detalles, pero aún conservo el momento en que mi padre y Sergio Corrieri se dieron un abrazo. “Aquí tienes a Alberto Delgado”, me dijo Serafín como quien regala un trofeo. El actor me despeinó con una mano y se empinó una botella de ron con la otra.
En cuanto cayó la noche, la casa de Daniel Peña se convirtió en un campo de batalla. Se hicieron dos tomas del combate. La primera se dañó con los gritos de los espectadores (entre ellos estaba yo, eufórico, alucinado). En la película la escena es muy breve, nunca he logrado ver en ella todo lo que viví aquel día.
—Si estuvieran vivos —le dije a Diana—, fuéramos con mi padre al Grupo de Teatro Escambray, en La Macagua, para que conocieras a Sergio Corrieri. Ellos dos se abrazarían y el actor me despeinaría con una mano y se empinaría una botella de ron con la otra.

06 abril 2013

Santo Domingo no es un show de televisión


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Hace unos días hice una de las cosas que más me gusta: leer ciudades. Estábamos en un apartamento con una ubicación estratégica, en un noveno piso. Desde allí Santo Domingo se dejaba ver en todas direcciones. Compartí la experiencia con Mario Dávalos y Maurice Sánchez.
Avanzamos muy despacio, mirando siempre hacia el mismo punto, como si compartiéramos un mismo catalejo. Comenzamos por dividir a la ciudad en diferentes épocas. De los ochenta, sobreviven edificios espléndidos, que vindican los materiales con los que se construyeron y proponen una identidad para la ciudad.
Luego llegaron los terribles noventa, una década fatal en cuanto a arquitectura. No solo por lo que se hizo sino por lo que se perdió. Parecería que fue atacada por una epidemia kitsch. Visto desde arriba, da la impresión de que ridículas casas de muñecas fueran elevadas por siete, ocho, nueve y hasta diez pisos.
Por culpa de esas torres, con absurdos tejados y entoldadas hasta parecer bizcochos, se rompe el diálogo con las construcciones actuales, donde se ha recuperado la racionalidad y hasta el sentido común. Gracias a la obra de arquitectos como Yuyo Sánchez, Antonio Segundo Imbert y Cuquito Moré, la ciudad ha retomado su discurso.
Justo hablábamos de eso cuando llegamos al parque de la Kennedy con Los Próceres, ese que el sarcasmo popular bautizó como Zooberto. Entonces, no nos quedó más remedio que resumir el funesto legado del alcalde de Santo Domingo en cuanto a soluciones urbanas.
Nada impide que un comediante de televisión sea un gran gestor de un ayuntamiento, salvo que empiece a ver a la ciudad como un show que busca elevar los ratings. Esa puede ser la razón de que patéticos monstruos de plástico fueran emplazados en un sitio clave, donde hubiera sido muchísimo más barato, simple y hermoso sembrar árboles endémicos.  
Si se baja en dirección al mar, por la Winston Churchill, se encontrará una estatua de Casandra Damirón. Por ella, se adecuó una cuadra entera, trastocando el “discurso” de la avenida. El nombre de la soberana, inexplicablemente, aparece en letras mucho más pequeñas que el de Roberto Salcedo. Más que una tarja, parecen los créditos de un espectáculo.
Pero ninguno de esos absurdos alcanza el nivel de disparate de la playa artificial que el alcalde de la capital dominicana construye en Semana Santa. A unos escasos metros del mar Caribe, el balneario más deseado del planeta Tierra, Salcedo se gasta la broma de colmar una avenida de arena y, en medio de una severa sequía, llenar piscinas de plástico.
Lo más penoso es que luego, gracias a las relaciones públicas, algún que otro diario asegurará en su portada que la experiencia fue todo un éxito. Para probarlo, publicarán una foto de las piscina repleta de bañistas. Lástima que el encuadre no sea lo suficientemente amplio, para que se vea, un poco más al Sur, al espléndido Caribe desolado.
Si algo urge en Santo Domingo es promover el sentido de pertenencia, hacer que la gente quiera y valore el espacio en el que vive. La mayoría de las acciones que hace Roberto Salcedo, sin embargo, invitan a burlarse de él, a menospreciarlo.
Mario y Maurice nacieron en Santo Domingo, para ellos este sitio es su lugar en el mundo. Cuando lo miraban desde arriba, incluso en los momentos en que más lo criticaban, se notaba el amor que había detrás de su vehemencia.
Santo Domingo es la primera ciudad de América, su Zonal Colonial es insustituible por ningún otro enclave urbano de la región y su Malecón, el mejor portal que se pueda conseguir con vistas al mar Caribe.
Por eso llega un punto en que confundirla con un show de televisión se convierte en un crimen.

Aviso a los viajeros*


La estación de Quintana, que estuvo en el kilómetro 159,2 de la Línea Norte, se desvaneció en la tarde de ayer. Por ella pasaban los trenes que circulan entre La Habana y Santiago. Algunos rastros del andén y unas ruinas en forma de baluarte no son suficientes para reconstruir la apariencia de aquel lugar. Desde las 00:00 horas de hoy su nombre fue suprimido de los itinerarios. Los viajeros que tengan boletines para ese destino deben efectuar su reintegro de inmediato.
Ya no hay manera de llegar o irse de Quintana.

*Tomado de ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, Capital Books, 2011.

05 abril 2013

La trampa


“Esta isla es una trampa”, dice Sergio, el personaje de Memorias del subdesarrollo, en su monólogo final. Mientras habla, el Malecón de La Habana se prepara para la guerra. Una de las más coloridas y excitantes vistas al Golfo de México se transforma en un campo de batalla.
En ese momento no hay música. En el lugar de la partitura de Leo Brouwer suenan los hierros de los cañones y los tanques que son empujados por rampas para su emplazamiento. Una Habana oscura, donde solo el gris del celuloide alumbra, parece anunciar su larga marcha hacia la decadencia.
Era el 22 de octubre de 1962.  “¿Y si ahora mismo empezara todo? —se pregunta Sergio acostado en su cama. Afuera, el resto del país se moviliza—. De nada me sirve protestar, moriré igual que los demás. Esta isla es una trampa. Somos muy pequeños, demasiado pobres. Es una dignidad muy cara”.
El 1 de octubre de 2011 pasamos por el Malecón a oscuras. No encontré a uno de los edificios que sale en la película. Hablo de aquella altísima pared por la que suben un cañón con sogas. En todo caso no lo derribó la guerra, pues nunca llegó a suceder. Todas las ruinas que saltan a la vista son obra del socialismo.
“Esta isla es una trampa”, repite Sergio en mi cabeza, mientras nos hundimos en el túnel bajo el río Almendares.

01 abril 2013

Bear Claw!

En mi escritorio tengo una garra de oso. Cuando me pica la espalda, la alargo como si fuera la antena de un viejo radio portátil. Con una precisión inmejorable, logro que las uñas de metal apacigüen el hormigueo. A veces, aun sin escozor, despliego el artefacto y paso la garra por mi espalda. Eso ya se ha convertido en un reflejo incondicionado.
La gente de mi pueblo tenía muchas maneras de rascarse la espalda. Algunos se hacían de un palo de aroma en forma de garabato. Después de cortarle las espinas y descascararlo, lo ponían al sol por un día entero. Solía usarlo para muchas cosas: chapear, tumbar limones, levantar cosas del suelo o llegar hasta ese punto de la espalda que las manos no alcanzan. 
Lo más rudos se rascaban contra el pino que había frente a la escuela. A veces la corteza del enorme árbol llegaba a romperles las camisas, pero eso no impedía que siguieran frotándose contra él. Primero hacia los lados, luego de arriba a abajo. De todas las formas que había en el Paradero de Camarones de rascarse la espalda, la más amorosa era la de Aurelio y Atlántida. 
Sentado en su sillón de majagua, mi abuelo se doblaba hacia delante y, deslizando las uñas muy suavemente, las manos de mi abuela avanzaban en la dirección que el viejo les indicaba. 
—Más arriba, no, no, baja un poquito, no tanto, sube más, un tilín a la izquierda, menos, menos, a la derecha, sí, sí, casi, casi, sube un poquitico más… ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ay, qué alivio! 
En mi escritorio tengo una garra de oso. Cuando me pica la espalda, pienso en la gente de mi pueblo y en todas las maneras que tenían de rascarse. Pero solo la uso si no tengo a Diana cerca. De ser así, me limito a doblarme hacia delante. 
—Más arriba, no, no, baja un poquito, no tanto, sube más, un tilín a la izquierda, menos, menos, a la derecha, sí, sí, casi, casi, sube un poquitico más… ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ay, qué alivio!

27 marzo 2013

El tatuaje americano de Alejandro Aguilar


(Texto leído durante la presentación de la novela El cliente tatuado, en Casa de Teatro, Santo Domingo, la noche del martes 26 de marzo)

Presentar un libro de un amigo es difícil, por más objetividad que se trate de aparentar, nunca deja de ser sospechoso cada elogio que se diga. Presentar un buen libro de un hermano es muchísimo más difícil. De manera que les propongo algo. Si quieren no escuchen, pero, por favor, no dejen de comprar la novela; con toda seguridad me lo van a agradecer.
La obra narrativa de Alejandro Aguilar está llena de personajes reales. Algunos han sido disfrazados lo suficiente como para que nadie los reconozca. Otros, sin embargo, apenas usan un seudónimo y se muestran tal cual fueron. Ese es el caso del propio Alejandro, que es un personaje más que evidente  en todos sus libros.
En República Dominicana suele decirse, unas veces por ingenuidad y otras por desconocimiento, que la actual tradición literaria cubana se debe a la revolución (Siempre que oigo semejante disparate, pregunto a quién se debe entonces la de Carpentier, Lezama, Guillén, Vitier y Cabrera Infante, entre muchos otros?).
Pero una de las maneras más rotundas de desmentir eso, es Alejandro Aguilar, quien se hizo escritor a pesar de la revolución. Fundamento mi afirmación. Alejandro estudió en una escuela militar, donde no le permitían tener el más mínimo contacto con actividades creativas. Marchar y disparar, eso era lo único que se necesitaba que hiciera bien.
Siempre que el autor de “Casa de cambio” cae en una crisis de nostalgia, recuerda la noche en que burló las postas de la escuela y se escapó para el teatro de Camagüey, donde habían anunciado a un catalán desconocido, muy jovencito, de nombre variable (a veces le llamaban Juan y a veces Joan) y de apellido Serrat.
Las cosas que cantó y dijo aquel hombre provocaron la primera crisis de identidad de Alejandro Aguilar, pues se dio cuenta de que había algo más importante que reventar una bota rusa contra el suelo o destruir el objetivo que tenía en la mirilla.
Ya en La Habana, Aguilar estudió para político. De alguna manera seguiría siendo un soldado, aunque esta vez sin uniforme ni armas. Una vez más la revolución exigió de él un hombre sin fantasía ni creatividad, listo siempre para repetir discursos y consignas de memoria.
Pero el artista que llevaba por dentro este humilde hijo de ferroviario (así dirán de él en el futuro sus biógrafos) siempre se las arreglaba para sobrevivir. En misiones de las juventudes comunistas recorrió prácticamente todos los países del planeta donde eran bienvenidos semejantes misioneros.
Así fue que Moscú, Budapest, Sofía, Berlín, Praga, Managua y hasta Pyongyang se quedaron grabadas en su subconsciente, no como ciudades sino como escenarios. Allí sucederían las historias que terminaría contando Aguilar cuando Alejandro acabara por revelarse (y rebelarse) como creador.
Antes de que eso pasara, el azar le regaló el detonante. En un vuelo de regreso a Cuba conoció a una rubia que, por esos años, era la musa de toda una generación (y me incluyo en ella). Esa mujer, bailarina por más señas, no solo lo enamoró a primera vista (¿o debo decir a primer avión?) sino que le cambió la vida.
Nunca más pudo Alejandro enrolarse en una misión del gobierno cubano. Una de las cosas que más disfruto de nuestras conversaciones es oírle repetir la historia de su desilusión. A partir de ese momento fue un hombre más comprometido que nunca, pero con las causas de la creatividad, esas que siempre librar sus batallas en un campo de guerra intangible, inimaginable para el común de los mortales.
El primer libro de Alejandro Aguilar, “Paisaje de arcilla”, se publicó en el mismo año y en la misma colección que mi primer libro. Gracias al hecho de que ambos fueran premiados en Pinos Nuevos, me cayó en las manos y lo leí sin conocer a su autor, a quien empecé a admirar sin tener la más remota idea de quién era.
En un momento de profunda crisis nacional, donde todos en Cuba escribían historias de prostitutas y balseros, Alejandro regresó a la escuela militar donde en vano trataron de adoctrinarlo. Saldó las cuentas con su conciencia y, de paso, escribió el que era hasta ahora su mejor libro.
He releído varias veces aquel pequeño cuaderno que no es ni poesía ni cuento, sino las dos cosas a la vez. En él eran evidentes las mejores influencias: William Faulkner, la literatura clásica rusa y un libro que tuvo una luna de miel con nuestra generación: “Reflejos en un ojo dorado” de Carson McCullers.
Recuerdo que muchos contemporáneos nuestros desconfiaban de Alejandro, el cuadro político que había mutado en escritor. Ante más de uno defendí los valores innegables de su libro y siempre me respondían lo mismo: “Tocó la flauta”, que traducido al dominicano quiere decir “la pegó de milagro”.
Pero 6 años después aparecería su primera novela “La desobediencia”,  luego, en 2005, “Casa de cambio” y, en 2009, “Fijar la mirada”.  Cada una de esas obras forman parte de un cuerpo narrativo sólido, legítimo, irremplazable de la literatura cubana actual.
Pero si les soy del todo honesto, yo no había vuelto a sentir la sensación que me dejó “Paisaje de arcilla”, aquel libro minimalista y rotundo que me hizo admirar a Alejandro Aguilar como escritor muchísimo antes de llegarlo a querer como un hermano.
“El cliente tatuado”, la novela que les estoy proponiendo que compren (todo lo que he dicho y diré aquí es con ese único objetivo), es el libro que siempre estuve esperando de Alejandro. Aquí, con todas las herramientas que la madurez le regala a los escritores (hablo de los buenos, porque los malos tratan, pero no escriben), se cuenta una historia redonda, rotunda.
¿Recuerdan al muchachito aquel que estudiaba en una escuela militar y luego se hizo un líder de las juventudes comunistas del mundo? Ahora imagínense que acabó viviendo en Filadelfia, la ciudad donde está la escalinata de Rocky y la estatua de ese símbolo kitsch del imperialismo.
“El cliente tatuado” es el encuentro de Alejandro Aguilar con la sociedad contra la cual se suponía que luchara. Hay otra novela cubana que aborda el mismo tema, pero el protagonista de “Memorias del desarrollo”, de Edmundo Desnoes, ya había vivido en el capitalismo y solo estaba regresando a él.
El personaje de Alejandro, en cambio, se enfrenta a algo totalmente diferente a lo que le contaron y a lo que él mismo se había imaginado. De ese choque de culturas, de esa crisis de identidad, nace una historia apasionante (y perdonen que use una palabra tan manida, pero no encuentro otra).
Cuando uno nace como escritor con la influencia de William Faulkner, se muere sin poderse deshacer de ella. Si se tiene ese antecedente y lo que se escribe sucede en las rutas americanas, esa fuente de inspiración saldrá a relucir inevitablemente. Pero lo que en otros libros era influencia aquí es homenaje, destreza en una manera de decir a la que ya se pertenece.
Tanto Alejandro como yo pertenecemos a una secta oculta. Se llama Los Búfalos y acudimos a ella para discutir libros de Conrad, Capote, Melville, Tabucchi. Sé que recibiré una reprimenda por hablar en público de algo que es ultra secreto. Pero estoy feliz de que un búfalo sea capaz de escribir un libro tan bueno.
Le prometí a Freddy Ginebra que solo serías dos cuartillas y acabo de quedar mal. Por eso prefiero que sea él quien les presente mejor a uno de sus hijos cubanos. Solo una cosa más.
Como pueden ver, Alejandro ya no vive en Filadelfia sino en Santo Domingo. Ese es el capítulo que le falta a la novela. Cuando terminé de leer “El cliente tatuado” encontraba que algo estaba inconcluso y al final me di cuenta que era eso.
Aún no sabemos cómo será ni cuándo, pero el viaje de ese personaje no se acaba esa tarde en que “la autopista 95 dirección Norte se hallaba bastante despejada”.