Cada vez que el mar y yo
nos reencontramos,
busco en él la costa
de mi provincia.
Huyendo de mí
entre Islamorada
y Matecumbe,
mirándonos
en el espejo de arena
de Sunny Isles,
descubriendo el frío
en Upper Bay,
empujando
nuestra barca al mar
en Calella de Palafrugell
o aquí,
en el Atlántico Norte,
donde los faros avisan
el fin de la tierra,
siempre acabo buscando
el mar del que vengo.
Lo mismo
debió de ocurrirles
a mis antepasados:
Venegas y Nodal,
Yero y Mosteiro.
Cada vez que llegaban
a los puertos de Casilda,
Isabela de Sagua
o Caibarién,
siempre que metían
los pies en los sargazos
de Rancho Luna
o navegaban
por el azul oscuro
de Pasacaballos,
esto era lo que veían.
Mares de Galicia:
ellos vivieron recordando
esto que mis ojos

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