15 diciembre 2023

Mal Tiempo


(fragmento de la novela Atlántida)

La maestra Mary y Claudio Yero, mi bisabuelo, contaban la batalla de Mal Tiempo de maneras muy diferentes. Sólo coincidían en que ese día cambió el curso de la Guerra de Independencia. Como las películas sobre los mambises siempre son en blanco y negro, me imagino todo sin colores.
Claudio ya estaba ciego, pero abría bien los ojos cuando recordaba el 15 de diciembre de 1895. “Los trenes andaban como locos para arriba y para abajo —decía siempre—. Oír aquellos pitazos de alarma y ver tantos cañaverales ardiendo le ponían a uno los pelos de puntas”.
La maestra decía que, a pesar de que los soldados españoles superaban ampliamente en número a los mambises, la capacidad estratégica de Máximo Gómez y el gran valor de Antonio Maceo en el campo de batalla fueron decisivos para la victoria de los cubanos. 
Claudio Yero, sin embargo, creía que los libros exageraban o mentían y aseguraba que todo no fue más que un crimen. “Ahí lo que había era un batallón de quintos que acababan de traer de Canarias —insistía—. Eran niños que lo soltaron todo y se mandaron a correr muertos de miedo. Los mambises los tasajearon”. 
Mi abuelo tenía un marcador en la página 207 del primer tomo de Crónicas de la guerra, el libro de José Miró Argenter. Con lápiz de tinta subrayó “¡entró la nave en alta mar!”, la frase que dijo Maceo poco antes de que el corneta tocara a degüello. Había leído tanto esa parte que se desencuadernó. 
“Todo el terraplén está empedrado de cadáveres. En un reducido espacio yacen más de un centenar de hombres mutilados y la tendalera sigue por todo el camino de Mal Tiempo”, leo. Busqué tendalera en el diccionario: “desorden de las cosas que se dejan tendidas por el suelo”.
“¡Entró la nave en alta mar!”, dije empuñando el libro. Al tratar de dar el primer machetazo con él, se me fue de la mano y las hojas que se le habían soltado salieron volando. Las recuperé todas, pero no me dio tiempo a organizarlas. Dejé algunas al derecho y otras al revés.
La maestra Mary dio un punterazo en el centro del mapa de Cuba, muy cerca de Cruces, más o menos por donde deben de estar Mal Tiempo, la loma de La Rioja, el Paradero de Camarones y los Mangos de La Flora. A ella le encantaba andar con el puntero en la mano, incluso cuando no lo necesitaba. 
—El combate de Mal Tiempo, que como ustedes saben ocurrió muy cerca de aquí —nos dijo—, tuvo un alto costo para los españoles, quienes perdieron a ciento cuarenta y siete hombres contra sólo cuatro de los cubanos. Gracias a esa aplastante victoria de los mambises contra el ejército colonial, la guerra se extendió al occidente.
Claudio Yero decía que ese día la historia pasó por la puerta de su casa. Él y Pequeña, mi bisabuela, vieron a la columna de hombres acercarse por el camino de la loma de La Rioja y salieron a esperarla. Máximo Gómez inclinó la cabeza y se tocó el ala del sombrero para saludarlos. Maceo miraba para otra parte.
“Después de los hombres uniformados, empezaron a pasar harapientos y al final negros desnudos —contaba Claudio—. Yo le dije a Pequeña que entrara para la casa, pero esa mujer era muy rebencuda. Iban con los machetes embarrados de sangre. Así mismo pelaban las cañas y se las comían. Un negro llevaba el brazo que le habían cortado y la cabeza del que se lo cortó”. 
Cerca de la casa de Claudio y Pequeña había un corte de caña del ingenio Hormiguero y un ferrocarril portátil llegaba hasta él. Después de coger todas las cañas que quisieron, los negros que iban al final de la columna volcaron los pequeños vagones y les prendieron fuego. 
—Luego quemaron la locomotora —recordaba siempre mi bisabuelo—. Era una Koppel, aquella maquinita llegaba a donde fuera.
Un oficial ordenó que no tocaran la casa y se quedó mirando a Pequeña, esperando a que ella le diera las gracias. Pero mi bisabuela no lo hizo. Con las manos entrelazadas en la espalda, temblando de frío y envuelta en una nube de polvo, se mantuvo parada hasta que pasó el último hombre. 
“Yo no me fijé en el caballo de Maceo, pero supongo que era el famoso caballo blanco —decía Claudio—. El de Gómez era inmenso y mantenía el paso con una elegancia que jamás he vuelto a ver en una bestia. A la legua se veía que aquel era el mejor caballo de la tropa”. 
Como ya estaba ciego, dibujaba en el aire las cosas que iba diciendo. Con sus brazos fue describiendo al caballo. Por eso supe que tenía una cola larguísima. Según contaba, a la mañana siguiente fue al pueblo a dar el parte de los vagones quemados. Entonces se enteró que habían acampado en La Flora y que la zafra, que aún estaba por empezar, ya se había acabado. 
“Ese día ardieron muchas fortunas por aquí —repetía—. La mayoría de los ingenios desmontaron sus máquinas y lo dieron todo por perdido. No molieron ni Hormiguero, ni Andreíta, ni San Agustín, ni San Francisco, ni Dos Hermanos, ni Santa Catalina, ni Parque Alto, ni San Lino… Aquello fue el fin del mundo”.
Durante la clase sobre Mal Tiempo, la maestra Mary nos prometió que haríamos una visita al Monumento. Caminaba por toda el aula, blandía el puntero como si fuera un machete. Ella trataba de que nos imagináramos a la caballería mambisa, pero muchos estábamos más pendientes de su cara y de sus senos que del ataque del ejército libertador.
Claudio Yero, además de quedarse ciego, tuvo gangrena en una pierna y se la amputaron. Ya no se levantaba de la cama, pero todavía tenía a mano las botas y el machete. Cada vez que le hacíamos la visita, se enderezaba y pedía que le alcanzaran el sombrero para inclinar la cabeza y tocarle el ala.
Como tenía más de cien años, la memoria le había empezado a fallar. A veces olvidaba el nombre de algunos de sus hijos y no reconocía que se había quedado ciego. “Ahorita, cuando me despierte —decía con los ojos apretados—, voy a ir al patio a tumbar unas guayabas para que Atlántida te haga una mermelada”.
Después tanteaba el aire en busca del machete y las botas. Le ponía de muy mal humor verse desvalido. “¿Yo te he contado que tuve delante de mí a Máximo Gómez y a Antonio Maceo? —me volvía a preguntar—. Ese día la historia pasó por la puerta de mi casa”. 
Igual que las páginas desencuadernadas del libro, algunos recuerdos le salían al derecho y otros al revés. No siempre lograba terminar los cuentos. Poco a poco se iba hundiendo en el bastidor hasta que empezaba a roncar. Entonces Aurelio y yo salíamos de su cuarto tratando de no hacer ruido.
—Aquello fue el fin del mundo —le oímos decir un día, entre ronquido y ronquido.

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