Hace demasiado calor, pero los dos llevan los vidrios abajo. Él, porque su destartalado carro público ya no tiene aire acondicionado. Ella, porque quiere que la miren. Los pasajeros del concho tratan de adivinar la marca de aquel artefacto amarillo: “¿Un Porche?” “No…, ¿un Lamborghini?” “¿Un quéee? No, ombe, eso es un Maserati?” “¡Pero señores, esa vaina es un Ferrari! ¿Ustedes no lo están viendo?”.
Aunque están a sólo unos pies de distancia, ella no escucha nada de aquello. En su radio suena a todo volumen la peor canción del mundo, la más frívola, la más ridícula. Del otro lado, una bachata se abre espacio entre las voces apretujadas. Por un segundo, o por mucho menos, por una milésima, sus ojos coinciden. Cada uno encontró algo atractivo en el otro, pero entre esos pocos pies de distancia había una diferencia insalvable. “¡Chopo!”, pensó ella. “¡Tu maldita mai!”, susurró él.
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