
La revolución que él pretendió hacer por toda Latinoamérica, basada en unos ideales que garantizaran su permanencia, ahora está en manos de un bufonesco militar que compra adeptos con barriles de petróleo. A diferencia de Guevara, Chávez no necesita de las ideologías. Los modelos de Cristina y Don Francisco le son más útiles que Marx y Lenin para su reality show.
Los hijos y los nietos de los campesinos bolivianos que en Ñancahuazú le negaron cualquier ayuda, ahora viven del turismo que genera “La ruta del Che”. Aunque era un ateo acérrimo, no pocos lo quieren convertir en un santo y dicen tener pruebas de sus milagros. En Santa Clara, a pocos pasos de sus presuntos restos, se venden unos ceniceros con él en el fondo, de pie y con el brazo en cabestrillo, todavía listo para un combate en el que ya no puede hacer nada.
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