2 jul. 2011

Ornitólogos

En realidad buscábamos el canto de las especies en peligro. Salimos mucho antes de que la ciudad se despertara, pero aún así estuvimos a punto de llegar tarde al sitio donde los ornitólogos quedaron en juntarse. Una vaguada cernía sus consecuencias sobre el paisaje árido de la costa.
Una vez que arribamos al lugar del desembarco todo se aclaró para que las aves llegaran. Elegimos el mismo laberinto donde acamparon los guerrilleros (¿cómo se atrevieron a calcular que en estas montañas peladas podían conseguir otra cosa que no fuera la muerte?).
Cuando el canto del búho se reprodujo en las bocinas, un ejemplar bellísimo acudió a nuestro encuentro. Mario asegura que se miraron a los ojos a muy poca distancia. El ave debió preguntarse quién era aquel tipo que le apuntaba con un largo tubo donde él mismo acababa reflejándose. El fotógrafo no recuerda haber cuestionado nada.
El silencio y las sombras se quedaron con el búho. Nos marchamos hacia otra montaña y repetimos la misma práctica hasta tener éxito con algunos barrancolí, una cuyaya, dos chuachuá y el vuelo indescifrable de otras cosas que aquí siguen contradiciendo a la Ley de Gravedad.
Algunas especies siempre fueron aves, otras están por definirse y las más antiguas, las que siempre estuvieron aquí, comenzaron por ser peces. Esas tuvieron el privilegio de conocer esta montaña cuando todavía no estaba entre Azua y Baní, sino en el fondo inasible de un océano que nunca tuvo nombre.

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