En el centro exacto del Paradero de Camarones hay cuatro esquinas. Todos los que van a tomar alguna dirección tienen que llegar a ese punto. Hacia Cruces se va por el Norte, a Cienfuegos por el Sur, a San Fernando de Camarones por el Este y a Ciego Montero por el Oeste. Justo en esa encrucijada, debajo de un mutilado laurel de la India, se sentaban los viejos de mi pueblo.
No se movían del banco en todo el día. En la mañana estaban soñolientos, antes del mediodía con cara de hambre, en la tarde de buen humor, al oscurecer borrachos y tarde en la noche otra vez soñolientos. Ese ciclo solo lo detuvo la muerte, que los fue llamando uno a uno hasta exterminarlos.
No se movían del banco en todo el día. En la mañana estaban soñolientos, antes del mediodía con cara de hambre, en la tarde de buen humor, al oscurecer borrachos y tarde en la noche otra vez soñolientos. Ese ciclo solo lo detuvo la muerte, que los fue llamando uno a uno hasta exterminarlos.
Felipe Cervera, Claudio
el Zapatero y Macho Calixto eran los primeros en llegar y los últimos en irse.
Si se quería saber algo de alguien, bastaba con preguntarle a ellos. Para cada
pregunta tenían una respuesta precisa, que solían decir sin mirarte a la cara,
con la vista fija en el viento distante de los cañaverales.
—Aracelita acaba de
llegar en la guagua de Cienfuegos.
—Chena pasó con la
carretilla para la estación a llevar las películas.
—Isidro anda
repartiendo los periódicos para el barrio de Las Latas.
—El ruido de ahorita
fue en casa de Maño, le explotó la olla de presión.
—La pipa de cerveza
todavía está para Manacas.
—El tren de Cumanayagua
no ha salido del ramal.
—Hoy es seguro que
llueve.
Cuando comenzaba la
zafra y se desataba el tiempo de frío, los viejos de mi pueblo sacaban sus
raídas camisitas de corduroy y metían las manos debajo de los muslos. Así las
mantenían a salvo de esa frialdad que tanto dolor les dejaba en los huesos.
Solo iban a sus casas a satisfacer sus necesidades básicas, el resto del tiempo
se lo pasaban allí.
A ninguno de ellos
siquiera le pasó por la cabeza irse a otra parte que no fuera la sombra
deslizante del mutilado laurel de la India. En la mañana estaban soñolientos,
antes del mediodía con cara de hambre, en la tarde de buen humor, al oscurecer
borrachos y tarde en la noche otra vez soñolientos.
Cuando murió el último dejó un vació enorme. Hasta el viento distante de los cañaverales les echa de
menos.



