31 marzo 2009

Hay que sacarle presión a la caldera

En la radio y la televisión cubana acaban de prohibir dos temas del nuevo disco de Buena Fe, un dúo de jóvenes trovadores que goza de una gran popularidad en la Isla. En el video clip de una de ellas, “Fuera”, los músicos están enfundados en dos camisetas negras, una con el rostro de Silvio y la otra con el de Pablo.
Usando un verso de Silvio como trampolín, los músicos se lanzan de cabeza en la realidad cubana, llamando por su nombre a las cosas que han convertido a esa sociedad en un callejón sin salida ni futuro. El inventario, que empieza con una célebre pregunta silviana: “¿qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?”, termina con una respuesta que abre una nueva interrogante: “Si no hubiera que sacarle presión a la caldera”.
En la Bienal de La Habana (en el Centro Wifredo Lam, para ser más exacto), la artista Tania Bruguera hizo un performance. Yoani Sánchez, describe en su blog Generación Y el escenario: “Un podio con micrófonos, delante de un inmenso telón rojo, formaba parte de la instalación interactiva que se ubicaba en el patio central.
Todo aquel que quisiera podía hacer uso del estrado para decir –en solo un minuto- la arenga que se le antojara”. A todos los que se atrevía a subir al podio, le ponía una paloma blanca en el hombro, en alusión a una providencial casualidad que ocurrió en el mismo 1959. En un multitudinario acto de masas, una paloma se posó en el hombro de Fidel Castro (y “se cagó en la suerte de los cubanos”, solía decir mi padre).
Según Yoani, un muchacho de veinte años “confesó que nunca se había sentido más libre”. “Sin embargo, ninguno de los que hablamos nos creímos elegidos, ninguno quería quedarse -por cinco décadas- gritando a través de los micrófonos”, concluye Yoani Sánchez. Con toda seguridad habrá una respuesta oficial a este suceso.
Esperemos un iracundo texto en la próxima edición de La Jiribilla y, no es descartable, hasta una reflexión del Comandante en Jefe. Sí, hay que sacarle presión a la caldera.

30 marzo 2009

El hermano que siempre quise

Ángel Santiesteban, Camilo Venegas y Arturo Arango en la tumba de Benny Moré, en el Cementerio Municipal de Santa Isabel de las Lajas.

Ángel Santiesteban sigue en La Habana. Lo último que supe de él es que la Seguridad del Estado le pidió una explicación sobre Los hijos que nadie quiso, su blog en Cubaencuentro. Unos días antes, mi madre recibió un email donde Angelito le prometía que vendría pronto a Santo Domingo.
Desde el día en que nos conocimos, Ángel es el hermano que siempre quise. Aunque él es habanero y yo guajiro (creo que una de las pocas desavenencias que hemos tenido), su madre nació en San Fernando de Camarones y eso, de alguna manera, lo exime de culpas por irle a Industriales y no a Villa Clara.
Aunque Angelito siempre acaba volviendo, nunca ha dejado de ser un outsider, alguien que escribe desde una frontera que no está en ninguna parte. Nadie como él defiende el derecho a no pertenecer a ningún bando y a decir lo que piensa en el momento en que se le ocurre.
Siempre he dicho que no extraño a Cuba sino a la gente que dejé allí. Muchas veces, cuando voy por una de las carreteras del Este de República Dominicana, entre cañaverales y líneas de ferrocarril, recuerdo aquel último viaje que hicimos en Cuba, cuando Angelito me llevó en su vieja camioneta Chevrolet a despedirme del Paradero de Camarones.
Espero que venga aunque al final se vaya. Su ida es mi vuelta. Con él aquí al menos por unos días, yo estoy allá por esa misma cantidad de tiempo.

24 marzo 2009

La estatua de Casandra Damirón

Las estatuas son lo que menos me gusta de los parques. Prefiero la sombra de los árboles, ese silencio que suele circular a favor del viento. En el parque Villuenda, en Cienfuegos, está emplazada la mejor burla que se le pueda hacer a esa manía de eternizar a los próceres en una pose de bronce.
A un escultor europeo, si mal no recuerdo italiano, le encargaron dos estatuas. Una era del independentista cubano Enrique Villuenda, que sería colocada en el parque cienfueguero. La otra, de un poeta menor, iría a parar a un olvidado pueblo de Suramérica. Por error, dejaron en Cienfuegos al poeta y se llevaron al patricio.
 Esa es la razón por la que Enrique Villuenda está despeinado y rodeado de libros por todos lados; mientras el poeta, esté donde esté, carga al machete contra el enemigo, mientras su caballo permanece parado en dos patas.
Cuando llegué a Santo Domingo me perturbó un poco la idea de vivir en una ciudad que apenas tiene parques (sobre todo para alguien que venía de El Vedado, donde están los más espléndidos de La Habana), pero de inmediato advertí que había una recompensa: a menos parques, menos estatuas.
Ese equilibrio se desquebrajó ayer, cuando emplazaron en la Winston Churchill una de las estatuas más horrendas que he visto en mi vida. Por Cuquito Moré aprendí a valorar ese eje que baja desde Arroyo Hondo hasta el mar. Es cierto que no tiene la suntuosidad de la Avenida de los Presidentes o de Paseo, pero cuando Cuquito la explica, uno se enamora de la que, probablemente, sea la única avenida de Santo Domingo que invita a que la caminen, a que la miren con descaro.
Desde anoche ese paseo tiene un obstáculo insuperable. La estatua de Casandra Damirón es insalvable desde todo punto de vista y destroza su entorno. Con una base que parece un urinario y una escultura de un mal gusto exagerado, la mole se nos atraviesa delante, impidiéndonos disfrutar de la belleza de los árboles y la modestia del parque.
Al síndico Roberto Salcedo hay que aplaudirle su vocación por construir espacios públicos en una ciudad que los necesita con urgencia, pero hay que prohibirle terminantemente que emplace una estatua más, porque en eso tiene un peor gusto que su hijo para hacer cine.

21 marzo 2009

Con el alma en el terreno "enemigo"

Mi gran pasión por el béisbol comenzó el día que mi abuelo Aurelio me llevó por primera vez al estadio de Cienfuegos. Puedo reconstruir esa lejana noche de los años setenta minuto a minuto. Las tres cosas que más me impactaron fueron el color de los uniformes (hasta entonces sólo los había visto en blanco y negro, tanto en la televisión como en los periódicos), la extensión de la hierba y un descomunal jonrón de Cheíto Rodríguez.
Solía cerrar los ojos para volver a ver el anaranjado de Las Villas y el rojo vino de Matanzas debajo de aquel resplandor de mercurio. Pero fueron las narraciones de Bobby Salamanca, las palmadas de Misifú (el sempiterno cargabates de mi equipo) y las hazañas de la mejor novena que he visto en mi vida (aquella Trituradora Naranja donde alineaban Jova, Muñoz, Cheíto, Olivera, Gourriel, Víctor Mesa y Sixto Hernández) los que me hicieron entender que no se trataba de un deporte sino de mi identidad.
Hay un libro, Con el alma en el terreno, escrito a cuatro manos por Leonardo Padura y Raúl Arce, que revela las claves que el béisbol le ha aportado a lo cubano. A través de varias entrevistas a luminarias de ese deporte, Padura y Arce establecen un espacio imperecedero de confesiones increíbles, números inalcanzables y jugadas irrepetibles. A veces, cuando tengo nostalgia por aquella época en que me sentaba a ver la pelota en un televisor ruso, abro Con el alma en el terreno y empiezo a leer cualquier párrafo.
Raúl Arce, quién ha sido cronista deportivo por más de dos décadas en el diario Juventud Rebelde, abandonó la delegación cubana en San Diego, poco antes de que ésta regresara a la isla. En su reflexión de hoy, Fidel Castro insulta y denigra al destacado periodista por haber decidido reunirse con su familia y no volver a su país. Baboso, simulador y repugnante. Así llama el dictador al comunicador.
Alguien debería pedirle que ya deje de hablar de pelota, que al menos en eso no se meta más. Porque está traspasando el hedor de su colostomía a una de las esencias más limpias de la cubanidad. El béisbol es una constante lucha de contrarios. Al hablar de él puede haber porfía, fundamentalismo y hasta ceguera, pero en ese terreno no tiene cabida el odio burdo y retorcido de quien no tolera que ninguno de sus adversarios, al menos una vez en la vida, se salga con la suya.

19 marzo 2009

Los hijos de la derrota

Higinio Vélez no se atrevió a dar la cara después que su equipo fuera humillado por Japón en el Petco Park. El plan de evacuación de los peloteros debía ejecutarse de inmediato. La densa niebla que había a esa hora en San Diego no podía ser una excusa para ni siquiera una oveja se separara de la manada.
Cuando el fly de Michihiro Ogasawar dio en el guante de Yoennis Céspedes (quien, como pueden ver, pertenece a la "Generación Y") y cayó al suelo, al manager cubano ya no le fue posible seguir al pie de la letra las estrictas instrucciones que Fidel le había dado en su última reflexión. El Comandante había advertido que “uno de los principios inviolables es que no puede haber vacilación alguna cuando un pitcher tenga que ser sustituido de inmediato, si muestran una tendencia al descontrol frente a japoneses o coreanos”.
Habló de casi todo, menos de la defensa. Ese error fue suficiente para que la escuadra cubana de béisbol sufriera su peor derrota desde 1939, que fue la última vez en que una selección de la isla participó en una competencia internacional y regresó a casa sin alcanzar ninguno de los tres primeros lugares. “Quiero felicitar al equipo japonés por su gran victoria de esta noche. Fueron mucho mejores que nosotros y merecían la victoria", fueron las palabras de Vélez, quien pidió “una disculpa por no acudir a la rueda de prensa, pero quiero agradecer a todos por su amabilidad con el equipo cubano”.
Cuando cayó el noveno inning, Eduardo Paret, Ariel Pestano, Norge Luis Vera y Pedro Luis Lazo se quitaron un uniforme que nunca más volverán a vestir. Tuvieron la oportunidad de llegar a ser estrellas en las Grandes Ligas. Ahora, en el ocaso de sus carreras, son los verdaderos hijos de la derrota. Aún antes de que Fidel abra la boca, su orfandad comienza.
Aunque el anciano Comandante prometió hacerse responsable de la derrota, en estos momentos debe estar cavilando a qué o a quién le va a echar mano para desviar la atención y convertir el revés en victoria. Como a estas alturas es improbable que secuestren a unos pescadores, pobre del que se atraviese en su camino hoy.

11 marzo 2009

Lomografía

Una vieja cámara fotográfica rusa, la Lomo Kompakt Automat, ha posibilitado una nueva manera de mirar al mundo. No pienses, dispara. Esa es la máxima que mueve a los artistas. Se trata de ser rápidos, de no pensar y de atrapar lo que les rodea de una manera diferente, ajena al perfeccionismo que garantizan los artefactos digitales.
A principios de los años ochenta mi madre me regaló una camarita soviética. Se llamaba Smena y venían acompañada por dos películas ORWO (producidas por un laboratorio de la República Democrática Alemana). Un complicado estuche de cuero envolvía aquel aparato cuyo lente sólo ofrecía tres posibilidades: cerca, lejos y lejísimo.
Mucho antes de que unos estudiantes en Viena descubrieran las cámaras “lomográficas” y se animaran a desarrollar un nuevo estilo, a contracorriente de la pureza visual de los pixeles, miles de cubanos nos aventuramos a reproducir nuestro entorno a través de aquel vidrio cuadrado donde las cosas se veían al revés y como si estuvieran en otra parte.
Hace poco recuperé algunas de aquellas imágenes gracias a que algunos de sus negativos sobrevivieron inexplicablemente dentro de un libro. En una de ellas, mi abuela Atlántida deja que Quino, mi viejo perro, se le abalance encima. En otra, el tren de las dos está a punto de llegar al Paradero de Camarones.
También retraté el potrero que fue de mi abuelo y, tratando de imitar una de aquellas perspectivas que tanto obsesionaban a los cineastas soviéticos, me subí a un tren de combustibles para que la hilera de vagones saliera a buscar el horizonte del pueblo. La clave de la lomografía es la espontaneidad y la experimentación. Todos lo que tuvimos una Smena en las manos fuimos precursores del singular movimiento sociocultural. La necesidad nos obligó a ello.