07 abril 2016

La división entre la arena y el mar

No la puedes tocar
sin que antes se escape,
no puedes marcar
su pasado
o su presente,
no hay modo
alguno
de decir dónde queda.
La división
entre la arena
y el mar
es ese punto
donde se acaba
tu país
y empieza el destino.

02 abril 2016

El mes que viví en los libros de Svetlana Alexeiévich

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Cuando supe que Svetlana Alexiévich había ganado el Premio Nobel, pensé que era otro de los tantos desatinos de su impredecible jurado. No lo niego, les guardo un enorme rencor por haber permitido que genios como Kafka, Borges o Miller se murieran sin esa medalla, mientras la ponían en manos de tantos escritores olvidables y prescindibles.
“Una vez más se hicieron los suecos”, recuerdo que comenté en Twitter. Aunque nunca había leído a la periodista y escritora bielorrusa, daba por hecho que era menos relevante que Paul Auster o Haruki Murakami, dos de los candidatos más obvios. Hoy, después de vivir un mes entero dentro de sus libros, puedo asegurar que estaba totalmente equivocado.
La obra de Svetlana Alexiévich es un documento imprescindible sobre el drama del socialismo y la tragedia que vivieron los pueblos que fueron dominados por la Unión Soviética. Todavía en la librería leí una frase de la introducción de “El fin del Homo sovieticus”:
“Ahora vivimos en Estados distintos y hablamos lenguas distintas, pero seguimos siendo inconfundibles. ¡Se nos distingue a la primera! Todos los que venimos del socialismo nos parecemos al resto del mundo tanto como nos diferenciamos de él: tenemos un léxico propio, nuestra propia concepción del bien y del mal, de los héroes y los mártires”.
A partir de ahí, no pude parar de leer un libro tras otro. Nací y me crié a nueve mil kilómetros del país de Svetlana Alexiévich, pero cuando leo los testimonios de sus entrevistados, también creo oír a los campesinos y obreros de mi pueblo, esos que creían construir el futuro de Cuba cuando en verdad demolían nuestra nación hasta reducirla a ruinas irreconocibles.
En 1987, cuando me gradué de la Escuela de Arte de La Habana, integré una brigada de teatristas, pintores, escultores y músicos que estuvo durante todo el verano en la base naval de la bahía de Cienfuegos. En las mañanas hacíamos presentaciones, pintábamos murales y erigíamos esculturas. En las tardes nos llevaban de excursión por las embarcaciones.
El último día conocimos un enorme submarino soviético. Estaba herrumbroso y despintado. Su interior olía a ballena descompuesta. El capitán, rudo como los personajes del acorazado Potemkin, solo decía frases optimistas sobre la técnica del sumergible y la moral de sus hombres.
Al final hizo que toda la tripulación saliera a cubierta y formara para saludarnos. Eran muchachitos muy flacos y pálidos, horrorizados por la luz del Trópico. Mientras el capitán vociferaba consignas en ruso, su tripulación se concentraba en respirar aire fresco, fuera de la fetidez del artefacto donde vivían.
Hay un sueño recurrente que compartimos muchos de los cubanos de mi generación que ahora vivimos en el exilio. Soñamos que volvemos de visita a Cuba y no nos dejan salir. Al menos en mi caso, cuando me despierto, me siento como los muchachitos del submarino soviético. Me concentro en respirar aire fresco, fuera de la fetidez de la pesadilla.
A muchos de los personajes de Svetlana Alexiévich les pasa lo mismo. Ella misma aclara por qué: “Yo escribo, reúno las briznas, las migas de la historia del socialismo ‘doméstico’, del socialismo ‘interior’… Estudio el modo que consiguió habitar en el espíritu de la gente. Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo”.
A República Dominicana le debo la libertad de haber podido ser quien realmente quise ser siempre. Esa es una de las tantas conclusiones a las que llegué al final del mes en que viví en los libros de Svetlana Alexiévich. Eso también explica mi obsesión por defender a la libertad en cualquier espacio.
Yo también fui un homo sovieticus, por eso es que estoy tan agradecido de los libros de Svetlana. Todavía no puedo evitar el sueño de que me dejan encerrado en mi país y no logro escapar de él. Por eso no cambio por nada la enorme felicidad que siento cada vez que abro los ojos y compruebo que soy un hombre libre.

31 marzo 2016

La enajenación del hombre nuevo en Cuba

En los años sesenta del siglo pasado, Ernesto Guevara propuso que la revolución cubana pariera un hombre nuevo. Según el guerrillero argentino, la arcilla fundamental del régimen que ellos habían instaurado era la juventud: “en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera”.
Elías Argudin Sánchez, el periodista de Tribuna de La Habana que llamó negro al presidente norteamericano Barack Omaba, es un perfecto hombre nuevo. Mientras el Che escribía de la ternura con una mano, dirigía un pelotón de fusilamiento con la otra. Elías pide disculpas insultando.
Supe del artículo de Elías por un post en Facebook de Víctor Fowler Calzada: “Por largo rato quedará, para vergüenza del periodismo contemporáneo en Cuba, el comentario titulado 'Negro, ¿tú eres sueco?', aparecido en la edición electrónica del diario Tribuna de La Habana…”.
Aunque la columna fue retirada y su autor forzado a publicar una excusa, advierte que hay “sangre de por medio”. Sus palabras recuerdan otra frase de Guevara a propósito del hombre que necesitaba Cuba para construir su futuro: “Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre”.
En 2016, Cuba es un país inmovilizado con una nación en ruinas. Alrededor del mausoleo con los restos de Ernesto Guevara, en Santa Clara, crece un barrio marginal. Esa metáfora basta para relatar el fracaso de la utopía. Sus compañeros de lucha que aún viven, tienen más de 80 años y no se han atrevido a pasar la bandera.
El hombre nuevo resultó ser un tipo enajenado como Elías, que insiste en quedarse a vivir en el pasado. Por eso no es capaz de entender que el mundo cambió, que ahora el joven presidente de Estados Unidos es más revolucionario y progresista que los ancianos reaccionarios que gobiernan su país desde 1959.
Elías fue hecho de arcilla, por eso no toleró el aguacero que llegó a Cuba con Obama. Cuando escampó se vio sin esperanza.  

29 marzo 2016

Acuse de recibo o el afán de coleccionar cosas

A finales de enero sostuve un diálogo con Manuel Sosa por el chat de Facebook. Fue a propósito de un post suyo sobre Los Reyes 73. Yo le pregunté si tenía grabaciones de esa importante y efímera agrupación cubana y él me respondió con una propuesta que me llenó de entusiasmo:
— Mira, te puedo mandar un flashdrive por correo. Tengo muchas cosas de los 60 y 70 — me puso— Rumbavana, Ritmo Oriental, Los Latinos, Los Tainos, todos los grupos de ese tiempo. Déjame una dirección y te envío una memoria con eso y mucho más.
Anoche, cuando volví a casa, me esperaba un sobre que había llegado desde Scottdale, Georgia. Dentro, había 16 gigabytes de música cubana y una nota:
“Camilo, me confirmas si recibiste esto. Recuerda que muchas de estas grabaciones solo tienen valor de coleccionista, de rareza o lo que sea. El nivel de audio es disparejo, la calidad de la conversión digital no siempre es buena. Algunos fueron pasados directamente de la cinta magnetofónica o el vinilo a mp3. Tampoco tengo que aclararte que mucho de esto no refleja mi gusto musical, sino mi afán de coleccionar cosas. Un abrazo, Manuel”.
Mientras escribo este post, Radeúnda Lima, la Reina del Monte, dice que quiere disfrutar lo que perdió. Gracias a Manuel yo también puedo hacerlo. Con este acuse de recibo le mando mi abrazo y toda la gratitud por la indescriptible alegría que ahora retumba a mi alrededor.

22 marzo 2016

Apuntes sobre el discurso de Barack Obama en el Gran Teatro de La Habana

A Barack Obama habrá que agradecerle siempre que fuera hasta ‪#‎Cuba‬ y dejara en evidencia, de la manera que lo ha hecho, la decrepitud y la inviabilidad de la dictadura de Fidel y Raúl Castro.

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En el auditorio no había jóvenes. Solo dos personas del palco presidencial, Raúl Castro y Alicia Alonso, suman casi doscientos años de edad. Él único joven que los acompañaba, el nieto del dictador, apenas entiende de cubrir espaldas y armas de fuego. Al final de las palabras de Obama, pusieron una canción de mediados del siglo pasado cantada por artistas muertos. El régimen no entiende el presente y no tiene ni idea del futuro, por eso se atrinchera en antiguos símbolos que cada vez le resultan más indiferentes a los cubanos. Este viaje de Obama no es el fin, pero es el principio del fin.

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Cuando Obama hablaba de oportunidades y de libertad, nadie en el público se atrevía a aplaudir, pero algunos compartían una sonrisa con los que estaban a su lado. Desde arriba, el movimiento de las cabezas parecía un silente coreografía de aprobación y complicidad.

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La dictadura de Cuba no sabe vivir sin enemigos. Durante casi 60 años ha basado su subsistencia en la confrontación con Estados Unidos y la división de los cubanos en dos bandos irreconciliables. De cara a la nueva realidad que plantea Obama, todos los que estaban en el palco presidencial lucen tan ciegos como Alicia Alonso.
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Me llama poderosamente la atención que todos los pinchos, ñángaras y talibanes que cacareaban la visita de Obama a Cuba como un espaldarazo del presidente de Estados Unidos a la dictadura, ahora estén tan apurados en descalificar su discurso y en restarle importancia al hecho. Primero, es muy peligroso dar marcha atrás a tanta velocidad. Segundo, el mal (es decir, el bien) ya está hecho.

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Lo que quedaba en pie del discurso del régimen cubano, hoy fue derribado por Obama con su cañón de futuro.

Los tiranos en sus fincas

Hay una vieja película en blanco y negro donde Rafael Leonidas Trujillo, el sanguinario dictador dominicano, concede una entrevista en su finca de San Cristóbal. A veces habla con sombrero y a veces sin él, pero siempre se refiere a los dominicanos y al destino del país como si se tratara de los caballos, las reses y los sembradíos que le rodean.
La entrevista a Trujillo ocurrió en 1961 y cada vez que la veo acabo sintiendo un raro escalofrío. Me imagino lo que era vivir bajo el yugo de esa bestia. Ayer, 22 de marzo de 2016, el mundo pudo ver a Raúl Castro enfrentarse a periodistas libres, que fueron hasta allí sin un cuestionario previamente concertado.
En la primera pregunta que le hicieron, cuando se pronunció la palabra libertad, el dictador comenzó a toser. A pesar de que es un general octogenario, que ha dirigido ejércitos, batallas y hasta pelotones de fusilamiento, algo tan sencillo como la palabra libertad le resecó la garganta y lo dejó sin palabras.
Aunque no estaba en Birán, la finca de su padre, sino en un palacio de La Habana, se sentía con un dominio total de escenario. Por eso habló como un terrateniente y no como un estadista: “¡Dame la lista ahora mismo de los presos políticos para soltarlos (…) Y si hay esos presos políticos, antes de que llegue la noche van a estar sueltos!”, respondió.
Habló de los cubanos con la misma propiedad que su padre disponía del ganado. Antes, confundido, le dijo a Barack Obama que le pareció oír que le preguntaban por “presos humanos”. Tan acostumbrado está a que nadie lo contradiga ni le haga interrogantes incómodas, que una pregunta tan sencilla y directa logró embrollarlo.
Raúl Castro todavía no había terminado de hablar, cuando ya en las redes sociales circulaba un listado actualizado de los presos políticos en Cuba. Al parecer nadie pudo hacérsela llegar al dictador, porque ninguno fue liberado anoche. Aunque la rueda de prensa fue transmitida en todo el mundo por medios digitales y a todo color, algo había en esas imágenes de una vieja película en blanco y negro.
Hace 15 años que me escapé de esa realidad, pero cuando vi al anciano que gobierna mi país referirse a los cubanos, sentí un escalofrío, me sentí parte de los caballos, las reses y la tierra baldía que le rodean.