17 febrero 2014

Los 85 de Don Jorge

Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, el padre de Diana. Nació en Santiago de Cuba en 1929. De sus 85 años, ha vivido 44 fuera de su país. Eso lo convierte en un hombre con dos mitades. Una de ellas la dedicó a trabajar sin descanso para el bienestar de su familia. La otra, a salvaguardar los recuerdos por un país del que nunca hubiera querido irse.
Todos los fines de semana comparto un trago con don Jorge. Él siempre aprovecha ese momento para reconstruir algún recuerdo de su vida en Cuba. Es así que trae hasta el presente el pretérito de Guantánamo, Alto Songo, El Cristo y Santiago de Cuba. Interminables cañaverales, el paso de los trenes de caña y el bramido de los ingenios en plena zafra se escuchan a nuestro alrededor.
A veces habla con alegría. Sobre todo cuando me describe a los antiguos campos de su provincia en plena producción. Luego, con tristeza, hace un inventario de las ruinas en que se ha convertido todo, al cabo de 55 años de dictadura, improductividad y desidia. Como es un hombre que trabajó toda su vida con números, tiene una memoria increíble para las cifras; es a través de ellas que demuestra el naufragio de Cuba.
Como miles de cubanos, fue obligado a trabajos forzados cuando decidió abandonar el país. Aunque fue reprimido y vejado incontables veces, de esos meses en un campo de concentración solo insiste en un enorme temporal. “Todo quedó bajo agua y nos abandonaron allí para que nos ahogáramos—relata siempre de la misma manera—. Logramos llegar hasta la línea del tren y cruzamos el puente sobre el río Tana antes de que la crecida lo cubriera. Gracias a eso estoy vivo”.
Hoy es el cumpleaños de Jorge Sarlabous, mi suegro, un cubano admirable y bueno que tiene dos mitades: una en la nostalgia y la otra en el exilio.

13 febrero 2014

Mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social"*

El régimen de los hermanos Fidel y Raúl Castro, después de medio siglo, ha convertido a Cuba en una de las naciones más pobres de América Latina. Pablo, un personaje de Memorias del subdesarrollo (1967), la célebre película de Tomás Gutiérrez Alea, describe con precisión lo que acabaría sucediendo.
“Esta gente dice que están haciendo la primera revolución socialista de América. ¿Y qué? Van a regresar a la barbarie… Van a pasar un hambre… Como los haitianos, derrotaron a Napoleón, ¿y qué? Tuvieron la primera industria azucarera del mundo antes de la revolución y míralos ahora, descalzos y convertidos en zombis”, dice con insolencia el pequeño burgués interpretado por Omar Valdés.
Pero hay una forma aún más penosa de la pobreza en Cuba: la miseria intelectual. Durante mis 14 años de exilio he podido vivir al margen de ese tipo de indigencia. Un email de la poeta dominicana Chiqui Vicioso, me llevó de regreso a esa realidad de la que tanto rehúyo.
“A ti te reconocí talento para la escritura, aunque opacado por una tendencia irrefrenable al ventajismo social, algo que afirman tus colegas en Cuba, comenzando por los que niegan que siquiera conocieras a [Raúl] Rivero, Marilyn [Bobes], entre ellos”, dice Chiqui.
Nunca he hablado con nadie de Marilyn Bobes ni de Chiqui Vicioso. Ni ellas ni sus obras me resultan mínimamente interesantes. Me desconcierta, eso sí, que desperdicien su tiempo en calificarme y en buscarle una explicación a mi postura frente a la falta de libertades en Cuba.
No voy a caer en su chiquito y vicioso juego de maledicencias. Lo único que sí quisiera dejarle muy claro a ambas es que no hace falta conocer a un poeta preso para defenderlo. Cuando alguien va a la cárcel por escribir lo que piensa, se convierte en un amigo íntimo de todo los hombres libres.
No sé si Raúl quisiera aclararles si nos conocemos o no. A mí me da pereza, más pereza aún que los pocos versos que leí de estas damas.

*La poeta dominicana Chiqui Vicioso me acaba de escribir un email donde se queja de mi "irrefrenable tendencia al ventajismo social". Ella y, según ella, la poeta cubana Marilyn Bobes, creen que mis denuncias sobre la falta de libertades en Cuba se reducen a un tipo de oportunismo. No puedo decir que esta es mi respuesta, es solo un post que comenta el suceso.

El asteroide Santiago

No recuerdo otro hecho que uniera a tantos cubanos en las redes sociales. Ayer no importó nada más que el dolor por la caída, de una punzada en el pecho, de Santiago Feliú (1962-2014). Eso me hizo recordar una de sus últimas canciones, “Planeta Cuba”, donde el trovador hace una conciliadora convocatoria:
“Prisioneros de la libertad,/ pobres, sanos, cultos y valientes,/ consumidos por la austeridad,/ medio siglo siendo diferentes./ Amados, obstinados y sonrientes,/ llenos de música, ron y fe/ y una espera… dividida mal.// Evasivos de la realidad,/ emigrantes y anti-imperialistas,/ militantes de la dignidad,/ solidarios y anti-comunistas”, grita en a ritmo de son y con voz de rock and roll.
Hoy en la mañana, recorriendo los muros de Facebook, encontré muchísimas frases como estas:

“Santiaguito, confío, creo, tengo que creer, que allá en el Reino de los Cantores, donde has amanecido, incrédulo todavía, seguirás siendo el joven desesperadamente libre, apasionadamente hereje, invencible príncipe y mendigo, herido de Patria, cantor estremecido”.
José María Vitier
La Habana

“El gran éxodo de los noventa dinamitó a la Generación de los Ochenta cubana y la desperdigó por todo el mundo; creo que la muerte de Santiago Feliú ha aglutinado todo el dolor de esa generación proscrita y ha vuelto a unirnos hoy, aunque sea por unas horas”.
Odette Alonso
México D.F.

“Tómese nota, oigan, de la unanimidad en el ditirámbico recuerdo de Santiago Feliú que hemos visto hoy aquí. Es más notable porque se trata de lágrimas vertidas sobre la obra y la memoria de alguien que jamás he visto reproducido ni mencionado en estos canales ya no tan nuevos, ni en la prensa digital cubana o pericubana. (…) Y cuando se nos va un trozo, como se nos fue anoche, la vertemos aquí porque ya solo permanecemos juntos y en manada en estos avatares digitales. ¡En paz descanses, poeta, mientras te recordamos estas sombras que somos!”
Jorge Ferrer
Barcelona

En “Planeta Cuba”, Santiago exige derribar “los bloqueos de la mente” y advierte que ya no hay tiempo, que como pueblo merecemos algo más que aguantar y soñar. Él hubiera disfrutado mucho todo lo que provocó ayer. 
En verdad fue como uno de sus conciertos. El hecho de que la guitarra, la armónica y él mismo no llegaran nunca, era totalmente probable en esos casos. Perdimos a un trovador, pero descubrimos un asteroide. Y fue su fuerza de gravedad lo que ayer nos convocó a todos.

12 febrero 2014

El Sol al final de una calle

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
me encuentro con el Sol al final de una calle.
No importa la hora en que regrese,
él siempre me espera
sobre el filo del horizonte,
como si fuera la rodadera de Atlántida,
a punto de marcar
un surco definitivo en los contornos
de la silueta de mi madre.

Cuando vuelvo a casa, en las tardes,
el Sol se asegura de decirme
cuan insignificante soy.
Mientras espero por la luz verde
en las sucesivas intersecciones,
él empieza
a quitarle claridad a las cosas.
Alguna de mis canciones preferidas
me acompaña mientras desciendo.
Al final de la pendiente
ya es de noche.
La oscuridad, incomprensible,
es incapaz de tener
el más mínimo significado.
Esa es la razón
por la que me canso tanto
en ese pequeño viaje
de quince o veinte minutos.

Cuando vuelvo a casa, en las tarde,
me encuentro con el Sol
para que me explique,
durante el poco tiempo que dura su luz,
lo efímero que es todo
aquí abajo, encima de este viaje de regreso.

Para Santiago

A mediados de la década del 80 del siglo pasado, muchos de nosotros queríamos tener la inspiración, la melena y las mujeres de Santiago Feliú. Por demasiadas razones aquel joven trovador, gago y zurdo, era objeto de nuestra envidia.
Cuando se paraba en la Escalinata de la Universidad de La Habana, a cantar a dúo con Silvio, nuestra generación se hacía la idea de que tenía voz y voto. Cuando volvía de Buenos Aires y mencionaba apellidos tan extraños como Spinetta o Baglietto, le creíamos un extraterrestre.
Luego compartía los discos de un tal Charly García o las canciones de un flaquito, jovencísimo y enloquecido, que se llamaba Fito Páez. Además de sus canciones (que he oído y aún oigo hasta la saciedad), a Santiago le debemos eso: que nos abriera las puertas del rock argentino.
Al principio no entendía los tweet, luego crucé los dedos para que fuera una bola, una de las tantas bromas de mal gusto que se juegan en las redes sociales. Pero entré a Segunda Cita y ya Silvio lo había confirmado en un post urgente, adolorido.
Con Santiago el espíritu de mi generación pierde a un apóstol. Cualquier resumen de la Cuba que vivimos estaría incompleto sin sus canciones. Aunque su música nunca dejará de acompañarnos, el vacío que empieza a partir de hoy es insalvable.
A lo mejor anoche se le ocurrió una canción y, por vagancia, la dejó “para mañana”. El único consuelo para ese gran desasosiego lo escribió él mismo: “La vida es suficiente,/ si entonces no se acaba/ cuando se halló el final/ donde se encuentra el pasado con la nada.”

08 febrero 2014

La soledad de la colonia Condesa

El último recital de poemas que compartieron José Emilio Pacheco y Juan Gelman.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

José Emilio Pacheco y Juan Gelman eran vecinos. Es una gran coincidencia que dos de los más grandes poetas del idioma español residieran a tan poca distancia en una de las ciudades más grandes del mundo. Uno era mexicano y el otro argentino, pero la colonia Condesa, en México D.F., fue la última geografía de ambos.
Cuando José Emilio ganó el Premio Cervantes en 2010, alguien recordó que estábamos ante uno de los mejores poetas latinoamericanos. “Pero si ni siquiera soy uno de los mejores de mi barrio. ¿No ven que soy vecino de Juan Gelman?”, respondió Pacheco, con una mezcla perfecta de humildad e ironía.
Empecé a escribir poemas para tener algo que regalarle a mis primeras novias. En la Cuba de entonces escaseaba todo, hasta las flores. Tampoco sabía bailar —ni música cubana ni disco, que era el ritmo que enloquecía a las jovencitas de aquella época—. Los versos eran mi única escapatoria.
Pero todo lo que escribía me parecía tan horroroso, que acabé cometiendo un terrible fraude: regalaba poemas de José Emilio Pacheco y Juan Gelman diciendo que eran míos. Recuerdo que una de aquellas muchachas, la rubia más rubia que tuvo jamás el Paradero de Camarones, me hizo una pregunta desconcertante: “Ven acá, chico, ¿y por qué tú dices ‘vos’?”
Me avergoncé tanto, que decidí regalarle un poema totalmente mío, que no contuviera ni siquiera una alusión a la poética de Pacheco o Gelman. Lo leyó rapidísimo y lo puso a un lado, apenada: “Este es mucho más normal, pero no me gusta tanto como los otros”. A finales de la década del 90, José Emilio Pacheco estuvo por última vez en Cuba y quise contarle esa historia.
Mi amigo Ángel Santiesteban me llevó a conocerlo. El poeta estaba a punto de comenzar una conferencia sobre no recuerdo qué. Era la Feria Internacional del Libro de La Habana. En momentos como ese, mi condición de guajiro siempre acaba jugándome una mala pasada. Me avergüenzo tanto frente a la gente que admiro de verdad, que suelo decirles unas estupideces inconcebibles.
Ángel me llevó a empujones y, cuando por fin logró que estuviéramos frente a frente, nos presentó. “¡Qué frío hace!, ¿verdad?”, dije con una torpeza inmejorable. “Hum… Vengo del D.F., allá sí hay mucho frío ahorita”, respondió el autor de “Los elementos de la noche”. A través de sus libros he sostenido infinidad de diálogos con él; pero en la vida real, eso fue todo lo que hablamos.
Alguien llamó su atención para presentarle a otro admirador. El recién llegado sí fue elocuente y logró sostener una breve conversación. Me quedé mirando sus gestos por un rato. No podía escuchar lo que decía, pero sí aprecié cómo era la gestualidad de uno de los poetas que más había leído en mi vida.
Con Juan Gelman tuve una relación mucho más cercana, tanto, que ni siquiera necesité conocerlo. Asistí a varios recitales y conferencias que le organizaron en Casa de las Américas, lo vi caminar por el Malecón de La Habana y beber del pico de una botella de ron (algo que solo hacen los hombres más felices o lo más tristes, frente a gente que quieren mucho). Esa cercanía me bastó, además de sus versos, que sigo releyendo a menudo.
Ahora sí puedo asegurar que mi adolescencia está del todo muerta, porque dos de su más grandes inspiradores se han marchado de este mundo. Quiso el azar que vivieran en el mismo barrio: la colonia Condesa, en México D.F.
Ahora mismo, en ese lugar, la soledad se debe ver a simple vista. Fulgurante, inexplicable, como se veía la poesía en cada una de las palabras que les robé a José Emilio Pacheco y Juan Gelman.