22 enero 2013

Sobre los comentarios en El Fogonero


En dictaduras como la de los hermanos Fidel y Raúl Castro, el asesinato de la reputación es uno de los métodos más eficaces de represión. Ya son incontables los cubanos buenos que han sido silenciados y hasta anulados con esa bochornosa práctica.
No solía moderar los comentarios en El Fogonero. Prefería dejar ese espacio abierto de manera permanente a todos los lectores del blog. Pero, de un tiempo a este parte, la insistencia de algún que otro cobarde me ha obligado a poner un candado.
No lo hago por mí, sino por las otras personas que ataca y mancha. Cada cosa que escribo tiene mi nombre y apellido. Lo único que le pido a los que no están de acuerdo es que hagan lo mismo. Pueden decir lo que quieran, solo tienen que estar dispuestos a dar la cara.
Jamás van a lograr paralizarme sacándome las "manchas" de mi expediente. Nada de lo que hice en el pasado me produce vergüenza o culpa. El Camilo que fui no puede ser un impedimento para el que soy. Tampoco éste me impedirá ser otro más adelante.
No pienso parar de cambiar nunca. Ya tuve suficiente con pasarme más de 30 años dentro de un país paralizado. Prefiero decirme y contradecirme a la cobardía del silencio, la complicidad y la inmovilidad. 
Abro de par en par las puertas, las ventanas y hasta los postigos de El Fogonero para todo el que esté dispuesto a lo mismo.

Aquel arañazo


Nunca he podido pertenecer a un grupo literario. En verdad no me gusta pertenecer a nada. Prefiero la posibilidad de no estar de acuerdo, la libertad para disentir. Las militancias, sean de la índole que sea, imponen una disciplina que no estoy dispuesto a cumplir.
Aunque simpatizo con las ideas de varios movimientos y grupos, al final puede más mi individualismo campesino, esa tozuda obsesión de decir y desdecir que ejerzo como si cultivara una pequeña porción de tierra (aun cuando sea para mi propio autoconsumo).
Hace 12 años que vivo en República Dominicana y durante ese tiempo apenas he participado en la vida cultural del país. Fuera de las publicaciones en periódicos y revistas, algunos lanzamientos y esa fiesta interminable que significan Freddy Ginebra y Casa de Teatro, me he mantenido al margen.
También me he negado a colaborar de una manera activa con la cultura oficial. Eso siempre acaba implicando un respaldo político y hasta un acto de lambonismo (guataquería, en cubano) que ni yo mismo me perdonaría. Justo por eso es que simpatizo tanto con los muchachos de El Arañazo.
Alexei Tellerías, Dei Galán, Luis Reinaldo Pérez, Ricardo Cabrera, Isis Aquino, Lusmerlin Lantigua y Lauristely Peña gestionan su creatividad por cuenta propia. Ellos mismos se han constituido en la “industria” que promueve sus obras y eso les garantiza algo esencial: la honestidad de lo que dicen y hacen.
Los espero el 24 de enero, a las 6:45 p.m., en el Laboratorio Evolutivo de Arte Contemporáneo de la calle El Conde, frente al Parque Colón, justo al lado de Hard Rock Café. Allí les mostraré aquel arañazo, pero en presente.

21 enero 2013

Con Woody Allen en Montecristi


(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

No son tantos los que han mirado al siglo XX con más lucidez y sarcasmo que Woddy Allen. Gracias a ese ojo despiadado, siempre dispuesto a reírse hasta de sí mismo, heredamos algunas de las mejores metáforas de la sociedad norteamericana y, sobre todo, de la ciudad de Nueva York.
No contento con ese poder de síntesis, inalcanzable para la mayoría de los creadores, Woody hizo las maletas y cruzó el océano. Con el cambio de siglo, él también cambió de escenario y desde entonces se dedica a mirar (y filmar) a Europa con ojos de turista.
Es así que hemos tenido la oportunidad de viajar hasta Londres, París, Barcelona y Roma en unos curiosos asientos de primera: la comodísima butaca que siempre se agencia el espectador. Woody nos he hecho seguirle, como una manada de turistas japoneses, por una época que Visconti, Fellini y Truffaut no alcanzaron a conocer.
Los escenarios de Allen en esas ciudades son los lugares más comunes que pueda haber en ellas. Jamás descubre nada que ya no conociéramos. Y es en eso, justamente, que consiste su genialidad. Su cámara padece del mismo asombro que él y se detiene a observar cada esquina reconocible como si nunca antes la hubiera visto.
Más allá de las historias, de lo que cuentan y lo que dejan de contar, la mirada con la que Woody Allen ha encarado este nuevo mundo sirve para llegar hasta otras latitudes no tan famosas ni manidas. Hace unas semanas, mientras hablábamos de eso, partimos hacia Montecristi.
Pocas ciudades en República Dominicana tiene una personalidad tan definida como Montecristi. Ni siquiera la desidia y las innumerables lejanías han logrado borrar del mapa un lugar que casi nunca aparece en las coordenadas de los turistas actuales.
Una montaña con silueta de fantasma, unas enormes salinas sin sal y el trazado de una próspera ciudad en ruinas. Eso es todo. En Montecristi, como en las películas europeas de Allen, cualquier momento del pasado parece haber sido más importante que el presente.
La casa donde Máximo Gómez y José Martí manifestaron su decisión de liberar a Cuba, se ha convertido en un mural donde viejos izquierdistas cuelgan los recortes de sus antiguas batallas. Las mansiones victorianas se desvanecen o fosforecen con los horribles colores de los partidos políticos.
El tiempo es lo que menos importa en Montecristi. Es por eso que el enorme reloj del parque, cual torre Eiffel extraviada en el Trópico, da la hora que le parece. Si los personajes actuales de Allen solo quieren perder el tiempo, allí eso es lo único que se puede hacer.
República Dominicana no es un país tan grande y muchas veces llegamos a creer que ya lo conocemos. Pero basta con cambiar la manera de mirar las cosas para advertir que podemos volver a encontrarnos con ellas como si nunca antes las hubiéramos visto.
En el Hotel El Morro traté de hacerle una foto a Diana y, sin querer, grabé un pequeño video. Son apenas unos segundos de imágenes en movimiento. El viento ensordecedor hace que el cabello le tape la cara. A lo lejos, después de lanzarse desde una roca altísima, unos bañistas se hunden en el mar.
Me he preguntado muchas veces por qué cometí ese error tan elemental. Cómo es posible que acabara rodando un video si lo que quería era algo inmóvil. La única respuesta posible es que Woody lo quiso así. Él, definitivamente, iba con nosotros y ya es sabido que nunca ha soportado que las cosas se detengan.

20 enero 2013

Puertas del cielo


La semana pasada irrumpieron en mi oficina dos mujeres muy sobrias. Eran vendedoras de Puertas del Cielo, el más exclusivo cementerio de Santo Domingo. Aunque fui tajante desde el principio, insistieron. No les cabía en la cabeza el hecho de que me negara a tener una tumba.
—Le he dado instrucciones a mi esposa y a mi hija para que echen mis cenizas en el potrero de mi abuelo —Les dije— Quiero quedarme para siempre en el Paradero de Camarones y esa es la manera más factible.
Esa extraña experiencia, me llevó a releer las peripecias de Patricia Gutiérrez Menoyo con las cenizas de su padre. La hija del comandante recorrió casi todos los paisajes de mi infancia esparciendo sus restos: Manicaragua, Cumanayagua, Charco Azul, El Nicho…
Como una niña que aún no ha conocido el rencor, Patricia regresó a los lugares donde el héroe protagonizó sus más grandes hazañas. Puñado a puñado, devolvió su cuerpo al único lugar en el mundo al que verdad pertenecía: las montañas del Escambray.
Mi sentido de pertenencia es mucho más estrecho. Si uno camina por la línea de ferrocarril en dirección al Norte, una vez que se acaba el andén de la estación, encontrará un pequeño puentecito. En época de lluvias, por ahí corre una sinuosa cañada.
Si me echan en época de lluvias, podré llegar hasta el río Caunao y luego desembocar en la bahía de Cienfuegos. Con un poco de suerte, una milésima parte de mí podría alcanzar el mar Caribe. No pretendo tanto, pero para algo existe la ley de las probabilidades.
Digo todo esto para demostrarme a mí mismo que me sobra tiempo para volver y, sobre todo, para quedarme. Si el cielo tuviera puertas, esas serían las más grandes en mi caso.

15 enero 2013

Los cubanos solo quieren irse


Lo he contado muchas veces, pero nunca he logrado describir con exactitud todo lo que me pasaba por la cabeza. La primera vez que salí de Cuba fue en el verano de 1993. Mi hija apenas tenía un mes de nacida y mi padre acababa de morir.
Me tocó conocer a esas tres cosas al mismo tiempo: la vida, la muerte y el mundo. Tuve la fortuna de tener dos compañeros de viaje excepcionales: Fina García Marruz y Cintio Vitier. Fue el propio Cintio quien se ocupó de presentarme cada detalle del exterior.
Cuando llegamos a la raya roja del aeropuerto José Martí, me pidió que la saltara: “Nunca pises el fin de Cuba”, me dijo burlón, apurándose un tabaco (en ese entonces aún se podía fumar en las salas de espera). Luego, en el avión, me dio otra lección inolvidable.
La aeromoza de Iberia repartió unas vendas para los ojos y anunció las películas que se proyectarían durante el cruce del océano. “A partir de ahora eres tú el que eliges: ¿la venda o la película?”, me dijo mientras le alcanzaba la venda a Fina, convidándola a dormir.
Al final eso es lo que desean la inmensa mayoría de los cubanos que nunca han viajado: tener la posibilidad de elegir entre una cosa y la otra, sea cual sea. Es cierto que el mundo exterior no es eso que ellos creen que es, pero su país tampoco llegó a ser nunca lo que les prometieron que sería.
Alejo Carpentier aseguró que los habitantes de las islas siempre llevan consigo el deseo de abandonarlas. En los cubanos, que han permanecido encerrados en la suya por más de medio siglo, ese anhelo se ha convertido en una obsesión compulsiva.
Cuando uno solo quiere irse, llegar es lo menos importante. Aunque me costó entenderlo, eso también lo aprendí la primera vez que me fui.