16 octubre 2012

El régimen cubano destapa la olla de presión


Si hay algo en que el régimen cubano ha sido muy exitoso, es en el uso de los eufemismos. En Cuba, desde hace medio siglo, muy pocas cosas se han llamado por su nombre. Hoy no fue una excepción. Lo que se anuncia como una “actualización de la política migratoria”, no es más que una ratificación de las violaciones los derechos y la soberanía de los cubanos.
Muchos de los que leyeron por arribita, han celebrado la eliminación del Permiso de Salida. Pero pocos han reparado en que el no menos infame Permiso de Entrada se mantiene, como también siguen en pie las restricciones a médicos, científicos, atletas y otros profesionales.
En su obsesión por manipular la realidad, el periódico Granma cae en la desfachatez: “La política migratoria de Cuba, a lo largo de todos estos años de Revolución, se ha basado en el reconocimiento del derecho de los ciudadanos a viajar, a emigrar o residir en el extranjero y en la voluntad de favorecer las relaciones entre la Nación y su emigración”.
El órgano oficial del Partido Comunista suele decir cosas muy apartadas de la realidad, pero hoy llegó más lejos que nunca. No se puede ser tan cínico en tan poco espacio. No se puede jugar de una manera tan perversa con las miles y miles de familias que fueron divididas por la injusticia revolucionaria.
Con la eliminación del Permiso de Salida, el régimen cubano solo trata de destapar la olla para que no siga cogiendo presión. Ellos saben que el país está a punto de estallar y, como en 1980, se adelantaron a los hechos. Aunque ahora será a través de los aeropuertos y mucho más lento, al final se producirá un éxodo parecido al del Mariel.
En aquella época, la moral fue levantada con actos de repudio y desfiles interminables en cada pueblo. Pero han pasado 32 años. Todos los deseos de marchar, incluso de algunos de los más combatientes, son en otro rumbo, con otra dirección.

05 octubre 2012

Peligrosamente cubanos


 

Aunque parezca una película de ciencia ficción, es la realidad cubana. En mi país la posibilidad, la presunción, el quién sabe y el tal vez son un delito. Se le llama “peligrosidad” y es el artilugio más socorrido por el régimen para detener a sus opositores sin otra excusa que no sea la más mínima duda.
Yoani Sánchez y Reinaldo Escobar viajaban por la Carretera Central cuando fueron detenidos. Antes, mientras atravesaban las llanuras del Camagüey, les interceptaron dos veces. En ambas lfue fumigado el interior de su vehículo. Preguntaron si era por la epidemia de dengue, pero el fumigador guardó silencio.
Unos kilómetros más adelante, Yoani publicó en Twitter una foto de un campo de marabú. Quién sabe qué hubo en ese páramo improductivo en otra época: a lo mejor un cañaveral, quizás un potrero de vacas lecheras. “Y siguen kilómetros y kilómetros de marabú”, fue lo último que escribió.
Luego supimos que fueron detenidos antes de llegar a Bayamo. No hubo más noticias hasta que el blog de la Seguridad del Estado confirmó nuestros temores. Habían sido apresados por la sospecha de que podrían realizar “una provocación y un show mediático”.
Cuando Yohandry Fontana usa el término “provocación”, se refiere a las redes sociales, y cuando habla de “show mediático”, describe el acto de compartir contenidos a través de un blog, Twitter o Facebook.  Es decir, describe una pelea del régimen cubano contra los “demonios” de un internauta.
“No es la primera vez que Yoani Sánchez y Escobar intentan provocaciones similares. Sus últimas maniobras en la red han estado, precisamente, vinculadas a manipular la verdad de ese accidente”, insiste Yohandry, refiriéndose a las confusas circunstancias donde perdió la vida Oswaldo Payá.
Pensar diferente, desear un Cuba distinta o aspirar a un futuro cierto para nuestros compatriotas, también es considerado un delito en mi país. El régimen, en su afán por no ceder el paso en la historia, nos ha declarado peligrosamente cubanos a todos.

03 octubre 2012

El ego dominicano, una tarea urgente


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos) 

República Dominicana merece tener un lugar más visible en el mundo. Sobran las razones para que el lado Este de La Española aparezca con unas letras de mayor puntaje en los mapas. Pero hay algo que conspira de manera constante contra eso: los dominicanos casi no tienen ego.
En honor a la verdad le sobran las excusas para eso, desde la nobleza de su carácter hasta el trágico peso de la historia. Esta nación tuvo que esperar demasiado para dar con su identidad. Mientras las islas vecinas establecían sus signos vitales y construían su propio yo, el dominicano padecía un frustrante letargo de abandonos, dictaduras e invasiones.
Aunque todo eso ya ha quedado en el pasado, las consecuencias de algunos traumas perduran. Santo Domingo tiene el malecón más hermoso del Caribe (La Habana está en el golfo de México), pero los que viven en ella le dan la espalda y miran para otra parte. Desconfían hasta de la belleza de esa Luna llena que le cae encima al Jaragua.
En toda la región del Caribe no hay una autopista más exhuberante ni con mejores paisajes que la Duarte. Pero lejos de reafirmar su potencial turístico y sus incontables valores antropológicos, se arrabaliza día a día. Eso permite que otras rutas de la región le tomen kilómetros de ventaja y sean mucho más conocidas y admiradas.
Puerto Plata es la ciudad que mejor le da la cara al Atlántico. Se dice, incluso, que es su novia. Su suerte, sin embargo, parece la de una viuda. Las cosas en ella, lejos de rejuvenecerse y prosperar, menguan o se mueren. Una vez más, el dominicano cede ante la mala suerte y no le echa mano a su ego para sobreponerse.  
Al igual que Puerto Plata, Montecristi es una ciudad con un patrimonio arquitectónico único. Pero ambas comparten también un sino trágico. Ya una vez fueron desmanteladas por la desidia y la falta de voluntad para enfrentar la historia. Monteplata (pueblo hecho con los restos de los nombres y las poblaciones de ambas) es el mayor símbolo que se pueda tener de esas frustraciones.
Además de peloteros y ritmos contagiosos, en República Dominicana se producen incontables valores. Muchísimas cosas del país merecen ser tan admiradas como los batazos de Albert Pujols y las canciones de Juan Luis Guerra. Pero los que las producen tienen que creer más en ellas, en ellos.
Basta con salir al aire libre del país un sábado en la mañana y respirar esa brisa transparente y cariñosa que circula por todas partes. Si nos abstraemos de todo lo que nos hace reventar de rabia de lunes a viernes, si ignoramos por unas horas la frustrante politiquería y la asfixiante irresponsabilidad de algunos, descubriremos a un país que en verdad nunca se nos va a agotar.
Hay muchas tareas urgentes por delante. Quizás la más importante de todas es alfabetizar a todos los que aún no saben leer y escribir. Es una vergüenza presumir del siglo XXI a sabiendas de que 700 mil dominicanos no han podido salir del XIX.
Justo por eso eso hay que empezar a sembrar ego. Ya no se puede esperar más. Cada dominicano tiene que saber que se merece el amor propio del resto de los habitantes de esta media isla. 

The Allman Brother Band

Siempre me he entendido mejor con los sonidos que con las ideas. A pesar de mis orejas cuadradas y de mi absoluta incapacidad para comprender la música como quisiera, el simple llanto de una guitarra me conmueve mucho más que la más trascendental catarsis literaria. 
Entre todos los sonidos, incluyendo el pitazo de los trenes de mi infancia, prefiero los del jazz y el blues. Aunque Bladimir Zamora y Sigfredo Ariel me regañen por eso, nunca he encontrado en la música cubana algo tan rotundo como un solo de B.B. King. Si acaso, el sax exiliado de Paquito D’Rivera. 
Cuando Julio Verne y Mark Twain se despidieron de mí (corrían los años ochenta del siglo pasado), Sherwood Anderson, Erskine Callweld y William Faulkner me abrieron los brazos. Tratando de encontrarle una respuesta a todos los silencios que planteaban sus páginas, di con los soplidos de Louis Armstrong y Charlie Parker. 
A partir de ese momento comencé a mirar la geografía que me rodeaba de una manera diferente. De ahí que todos aquellos cañaverales se me trocaran a veces en inmensos campos del algodón. The Allman Brother Band apareció en ese época y desde entonces me acompaña.
No sé nada de música, pero si en lugar de golpear las letras del teclado supiera tocar algún instrumento, sonaría como uno de los suyos. Siempre que los oigo y los vuelvo a oír llego a la misma conclusión.

19 septiembre 2012

El plan de Potemkin


En su columna “Cuba o la fallida invención de la realidad”, Carlos Alberto Montaner recuerda la expresión “aldea Potemkin”. Se refiere a Gregori Potemkin, mariscal de campo y amante de Catalina II, a quien le encomendaron adecentar las insalubres aldeas que pululaban por la Rusia del siglo XVIII.
“El mariscal, que era una especie de Eusebio Leal ruso, como no disponía de muchos recursos, se dedicó a maquillar las aldeas, remozando algunas fachadas, para ocultar la verdadera miseria que aquejaba a los pobladores”, dice Montaner, basándose en una leyenda de la propaganda alemana.
Un plan parecido al de Potemkin se llevó a cabo en Cuba para encubrir la miseria y los sucesivos derrumbes del país. Durante toda mi infancia, al Paradero de Camarones le dieron dos manos de pintura. La primera fue en la semana previa al 28 de enero de 1976.
Ese día nos apostaron en el borde de la carretera para decirle adiós a Fidel y a Pierre Trudeau, Primer Ministro de Canadá. Mientras ellos pasaban, en dirección a la terminal de azúcar donde se celebraría un acto de la amistad entre Canadá y Cuba, nuestro pueblo resplandecía, entre la cal viva y las pencas de arecas.
Años después, para volver a decir adiós a Fidel, repintaron el pueblo. Esa vez pasaría acompañado de Erich Honecker, presidente de la RDA. Era mayo de 1980 y algunas casas ya se habían derrumbado, pero los adornos y los carteles encubrían el desastre. De cara al represor alemán, éramos una aldea pintoresca y jovial.
Aunque Fidel esa vez inauguraría una fábrica de cemento (la Karl Marx, de Guabairo), mi pueblo continuaría desplomándose por falta de materiales de la construcción. Tal como advierte Carlos Alberto: “La verdad y la realidad no tenían ninguna importancia. Lo fundamental era la percepción”.  
Aún hoy, cuando se acerca alguna razón para celebrar, se encubre la miseria con cal viva y pencas de arecas. El plan de Potemkin sigue en pie en la Cuba revolucionaria. Lo importante es que las fachadas se vean engalanadas al decir adiós, que la situación real pase desapercibida.