16 marzo 2012

Crash

 
Hasta ahí llegamos. Ese es el kilómetro 67 de la Vía Blanca. Íbamos camino a Varadero y un viejo jeep torció sin previo aviso en dirección a una vaquería. No nos quedó más remedio que lanzarnos hacia la cuneta. Así fue que acabamos estrellándonos contra un poste.
Un cable de alta tensión estuvo a punto de caernos encima. Pero, afortunadamente, lo único que cambió el accidente fueron los planes. El día que habíamos destinado para una de las playas más renombradas del mundo, acabó sucediendo en un cañaveral sin nombre, a medio camino entre La Habana y Matanzas.
Fue un mal rato, pero ahora le agradecemos muchas cosas. Ninguno de los que estuvimos allí podemos deshacernos de la experiencia. A menudo recordamos frases, absurdos, enseñanzas… Solo la fiesta de despedida logró zafarnos de la inercia que produjo aquel crash.
Gracias al incidente también conocimos a Zabala, un caballito (policía motorizado) de San José de las Lajas que tiene la gracia de un personaje de ficción. Una catarsis suya se ha convertido en una cita recurrente entre nosotros. Cada vez que la recreamos, volvemos a reírnos como lo hicimos aquel día.
El seguro cubrió el 100% de los daños y nos dieron un carro nuevo. Llegamos a Varadero de noche, muertos de cansancio y con una insolación. Dos matanceras, disfrazadas de Ochún y Obatalá, nos ofrecieron el coctel de bienvenida. Curiosamente, esas deidades son las patronas de Cuba y República Dominicana.
Diana y Susan aseguran que fueron ellas quienes impidieron que el cable de alta tensión cayera sobre el vehículo y nos calcinara. Yo, que era el único ateo del grupo (incluyendo a los policías), también hice notar que frente al accidente había una señal con mi año de nacimiento.
Hasta ahí llegamos. Ese es el kilómetro 67 de la Vía Blanca. Todo sucedió en cuestión de segundos, pero aún estamos reconstruyendo los hechos.

14 marzo 2012

El cardenal anuncia el próximo programa

 
El cardenal Jaime Ortega habló a los cubanos desde un set de televisión. Aunque debía simular un púlpito, la escenografía se acercaba más a un decorado doméstico (la saleta de una casa o ese misterioso rincón donde las abuelas duermen la siesta).
A la izquierda de su señoría, una mesita sostiene la cabeza de un cristo. Parecería de mármol, pero ya es sabido que en la televisión todo es de yeso. A la derecha, como telón de fondo, en orlas doradas, una foto donde el propio Ortega saluda efusivo a  Benedicto XVI.
Más que una autoridad religiosa, se parecía a una de aquellas señoras que anunciaban el próximo programa en la televisión cubana de los setenta. Sus palabras le hubieran quedado más creíbles a Dignorah del Real, Marianita Morejón o Nela del Rosario.
-¿Por qué el Papa viene a Cuba?- se preguntó con voz engolada.
Antes de responderse a sí mismo, recordó la visita pastoral que hiciera Juan Pablo II hace 14 años. “Entonces Benedicto XVI era simplemente el Cardenal Ratzinger y estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe”, aclaró sin perder el engolamiento.
Aún sin alcanzar el motivo de su intervención, Ortega habló de las “condiciones especiales” que vive Cuba. Con ese ridículo eufemismo resumió todo lo que no se atreve a llamar por su nombre. Fue entonces que estuvo listo para anunciar que el Papa va “a buscar la verdad”. Justo él, que le rehúye tanto.
Eso fue todo lo que ofreció Ortega: la imagen penosa de un individuo dócil y apoltronado, que le da las gracias a la televisión por permitirle comunicarse con “sus amigos de Cuba” (sic). Ahora hay que esperar que aterrice el pastor alemán, quien se ha autoimpuesto la encomienda de restaurar la fe de los cubanos (¿a cual de tantas se refiere?).
Casi al final de su mensaje, Ortega describió la primera vez que se arrodilló frente a Ratzinger (ya vestido de Benedicto XVI): “Tomó mis manos y me dijo palabras muy cariñosas”, aseguró con la mirada perdida. No pude superar esa imagen, me costó mucho trabajo retomar el hilo de sus sinuosas palabras.

12 marzo 2012

Decide tú

 
Sigo sin saber con qué palabras
se hace un poema,
me resulta demasiado difícil
dar con las respiración adecuada.
Ya no creo que pueda dominar
el timbre de voz del silencio,
ese ritmo arcaico que debe tener
lo que nunca se oye.

Si partí a los hechos en versos
se debió a la forma
en que ocurrieron las cosas.
Si mencioné a la noche
o a la Luna llena
y repetí algunos términos
con tono grave,
casi solemne,
fue por falta de destreza,
por miedo a lo incognoscible.

Siendo del todo honesto,
solo quise
dejar constancia
de aquel momento crucial
en que los surcos de tu vientre
se convirtieron
en la superficie del mundo.

Ahora decide tú si eso es poesía.

11 marzo 2012

La mañana que volví a La Gaveta

 
La Gaveta, para los escritores de mi generación, no es una parte de un mueble sino un refugio. La casa de Bladimir Zamora está en un tercer piso, es uno de los cuartos de un antiguo hotel de La Habana Vieja. No tiene ni baño y está en peligro de derrumbe.
En ese minúsculo rectángulo se atesoran los discos y los libros que pueden definir a alguien como cubano. Pero hay algo aún más valioso allá adentro. El individuo que lo habita. En busca de eso subí la escalera oscura, donde las más antiguas telarañas permanecen intactas.
Cuando hice sonar la verja de hierro, Bladi protestó mal humorado. Creyó que se trataba de otra visita de los compañeros de la Campaña Nacional contra el mosquito Aedes Aegypti, agente transmisor del dengue hemorrágico. “¡Ya he dicho que va!”, gritó ante mi insistencia.
No quise avisarle que era yo. Si me había demorado más de diez años en volver, qué importaban unos minutos más. No cambió ni la frase de bienvenida ni la expresión de su rostro. “¡Niñooooo!”, dijo en el mismo tono de siempre y con esa rara mueca que usa para sonreír. Yo lloré, él puso música.
Volver a La Gaveta me devolvió demasiadas cosas que ya creía perdidas. Hice que Diana se parara en el balcón y mirara a La Habana desde esa perspectiva. Luego lanzamos ron al aire, con la esperanza de que alcanzara una puertas más allá, donde aún está el cuarto que fue de Reinaldo Arenas.
Muchos llegan a Cuba en cuanto aterrizan en Rancho Boyeros. Yo, además, necesité entrar en La Gaveta. Es que mi país no empieza en un puesto fronterizo, sino en los espacios donde sobrevive lo que me hace cubano.

09 marzo 2012

Quiero estar ahí

 
Muchas veces al día queremos estar en un lugar muy diferente al sitio donde nos vemos obligados a permanecer. Yo siempre tengo deseos de volver al Paradero de Camarones. No pierdo ese instinto que me empuja hacia las cosas que me rodearon de niño (aun después de comprobar que la mayoría de ellas están perdidas o muertas).
Más de una vez he querido volver a pasar caminando el puente giratorio sobre el río San Juan, en Matanzas. La única vez que lo hice, viví una experiencia que puedo reconstruir travesaño a travesaño. Aun suenan en mi cabeza los pitazos del tren que se acercaba.
A la sombra de los árboles de la calle Álvaro Obregón, en la Colonia Roma, leí varios libros. Cada vez que los veo en mi librero, quisiera reabrirlos allí, en México D.F., mientras el olor de los comales se mezcla con la tóxica neblina del valle.
Una callecita del barrio gótico de Barcelona, una casa con la silueta de un poeta suicida en Bogotá, la calle de los rieles de Santiago de los Caballeros, el malecón de La Habana… Hay muchos lugares a los que siempre estoy dispuesto a volver. Pero ahora mismo, en este instante, quisiera estar ahí.
El río Hanabanilla nace unos pasos más arriba de esa poceta, en el vientre de las montañas que rodean El Nicho. No necesito muchas cosas más. Lo único innegociable sería un poco de ron añejo, algunas canciones para el viaje de regreso y que tú estés dispuesta otra vez a meterte en el agua helada.

08 marzo 2012

La chica de la avellana

 
Cuando llueve de esta manera,
los peces del acuario
piden comer avellanas.
Lo hacen de una manera rabiosa.
Se llenan la boca de piedras
y escupen la palabra
en pequeñas burbujas grises.

Los peces del acuario
aún no saben a ciencia cierta
cuál es el sabor de las avellanas,
pero tienen la sospecha
de que en algo se parece al suyo.

Ninguno de ellos ha podido olvidar
aquella tormenta.
La penumbra del cielo
encima del estanque,
como un reflejo de ese vacío
donde las cosas
no flotan ni se hunden.

Los peces del acuario
todavía pueden describir
los detalles que vieron:
el dedo rozando los labios,
la lengua atrapando la avellana
y los ojos que se cerraban
al mismo tiempo que mordían.
A eso se debe su rabia,
la boca llena de piedras
y la palabra que,
en pequeñas burbujas grises,
ha sido escupida contra los vidrios.